Homilía del Evangelio del Domingo: Cuanto más nos alejamos del Dios vivo y verdadero, más esclavizados quedamos por el dios dinero / Por P. José María Prats

* «Cuando el dinero que actualmente se derrocha al servicio de la especulación, la codicia y el lujo desmesurado se utilice para devolver la dignidad a aquellos que han sido injustamente postergados, entonces el Señor nos felicitará por la astucia con que hemos obrado y bendecirá nuestra sociedad, haciéndola próspera y armónica”

Domingo XXV del Tiempo Ordinario – C:

Amós 8, 4-7 / Salmo 112 / 1 Timoteo 2, 1-8  /  Lucas 16, 1-13

P. José María Prats / Camino Católico.-La profecía de Amós que hemos escuchado en la primera lectura fue anunciada en el reino del Norte –con capital en Samaria– a mediados del siglo VIII a. C. en un contexto de intensa actividad comercial y de acentuación de las diferencias entre clases sociales.

Amós denuncia la codicia de los ricos, que desean que pasen las fiestas para seguir enriqueciéndose, que disminuyen la medida, aumentan los precios, usan balanzas con trampa y exprimen y despojan a los pobres.

Es importante notar que esta época coincide con una gran crisis religiosa: por una parte, proliferan los cultos idolátricos cananeos y, por otra, la religión israelita se vive por muchos como una seguridad mágica por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido, desde la que se practica impunemente la injusticia.

La conexión entre ambas cosas es fácil de entender: la ruptura de la comunión con el Dios vivo que da sentido, orientación y motivación para una vida virtuosa, conlleva poner el fundamento de la existencia y las aspiraciones humanas en otras realidades, que se convierten en ídolos. Y de entre estos ídolos, el dinero es el que tiene mayor capacidad de seducción.

La sociedad de hoy tiene bastantes paralelismos con la Samaria de los tiempos de Amós. Por una parte estamos viviendo una crisis religiosa sin precedentes y, por otra, vemos agudizarse día a día las injusticias y las diferencias sociales. Cuanto más nos alejamos del Dios vivo y verdadero, más esclavizados quedamos por el dios dinero. El fin último de la economía, que debería ser el bien común, ha sido sustituido por lo que debería ser simplemente un medio: el dinero. Es evidente que el sistema económico actual está dominado por la codicia y se orienta a la obtención de beneficios a costa de lo que sea. Basta constatar, por ejemplo, que el volumen de la economía financiera especulativa es muchas veces superior a la economía real y que intentos de control de la especulación financiera como la tasa Tobin, que podrían erradicar el hambre en el mundo, han sido sistemáticamente vetados por los gobiernos debido a la presión ejercida por los especuladores.

Amós denunciaba la codicia de su tiempo diciendo: «exprimís al pobre, despojáis a los miserables… compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias». Y es que cuando el dinero se convierte en un ídolo, la persona humana se convierte en mercancía, en una mera pieza de un engranaje económico, en un ser anónimo del que eventualmente se puede extraer un beneficio.

La sociedad actual es comparable al administrador del que nos habla el Evangelio. Con su sistema económico contrario al designio divino está derrochando los bienes que Dios le da y está condenada a desaparecer –a «ser despedida»– como Samaria, que fue destruida por los asirios en el año 722 a. C., muy poco tiempo después de la profecía de Amós. ¿Qué podemos hacer para evitarlo? Imitar la sagacidad de aquel administrador que usó el dinero de su señor para ganarse amigos que luego le recibieran en su casa. Es decir, cuando el dinero que actualmente se derrocha al servicio de la especulación, la codicia y el lujo desmesurado se utilice para devolver la dignidad a aquellos que han sido injustamente postergados, entonces el Señor nos felicitará por la astucia con que hemos obrado y bendecirá nuestra sociedad, haciéndola próspera y armónica.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo:

“¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”.

El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.” Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:

“¿Cuánto debes a mi amo?”

Éste respondió:

“Cien barriles de aceite.”

Él le dijo:

“Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.”

Luego dijo a otro:

“Y tú, ¿cuánto debes?”

Él contestó:

“Cien fanegas de trigo”.

Le dijo:

“Aquí está tu recibo, escribe ochenta”.

Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido.

Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera? Si no fuisteis fieles en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».

Lucas 16, 1-13

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