Homilía del Evangelio del Domingo de resurrección: El encuentro con el Señor resucitado nos mueve a manifestar al mundo la victoria de la verdad, del amor y de la paz / Por P. José María Prats

* «María, yo he vencido al mundo y me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. María, el amor ha triunfado sobre el egoísmo, la verdad sobre la mentira, la humildad sobre la soberbia, la paz sobre la violencia. María, el Reino de Dios que os anuncié no es ya un sueño ni una quimera sino una realidad que se abre paso con poder en medio de vosotros”

Domingo de resurrección:

Hechos 10, 34a.37-43 / Salmo 117 / Colosenses 3, 1-4 / Juan 20, 1-9

P. José María Prats / Camino Católico.- En el salmo responsorial hemos cantado con júbilo: «este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo». Y es que en este domingo –el más importante del año– celebramos el acontecimiento central de la fe que fundamenta nuestra alegría y nuestra esperanza: la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.

Para profundizar en lo que este acontecimiento significa para nosotros, es muy útil meditar sobre lo que supuso para los discípulos de Jesús y, en particular, para María Magdalena.

Esta mujer, según cuentan los evangelios, había estado poseída por siete demonios. Había buscado la felicidad en los placeres y glorias de este mundo, pero en lugar de felicidad había hallado amargura y desesperación. Había intentado ser libre dejándose llevar por sus pasiones, pero se había convertido así en esclava de sí misma. Había buscado el amor por todos los caminos, pero sólo había encontrado engaño, egoísmo y explotación.

María Magdalena ya no creía en nada ni en nadie, hasta que encontró a Jesús, alguien diferente a los demás, que la amaba incondicional y desinteresadamente, alguien que, en vez de despreciarla por su condición de pecadora, se compadecía de ella y la invitaba a compartir su santidad de vida, alguien que tenía poder para perdonar sus pecados y sanar sus heridas.

Y entonces todo cambió: en Jesús había descubierto que era posible vivir de otra manera, y que esta nueva forma de vida estaba llena de gracia y de verdad. Ahora todo tenía sentido, todo era bello y luminoso: había vuelto a nacer y jamás se separaría de Aquél en quien había hallado lo que en verdad anhelaba su corazón.

Pero los antiguos fantasmas reaparecieron inesperadamente el día en que apresaron a Jesús y, tras someterlo a un juicio infame, lo torturaron y crucificaron entre dos ladrones.

Podemos imaginar la confusión y el desaliento de María Magdalena en la mañana del Sábado Santo: Jesús: la injusticia, el egoísmo y la mentira han vencido una vez más; ésta es la ley implacable del mundo. Pero yo –María– no quiero seguir viviendo para este mundo: tu muerte, Jesús, es mi muerte, tu fracaso es mi fracaso. Sólo me queda vivir para llorar tu muerte y honrar tu recuerdo. Mañana, pues, me levantaré temprano y, mientras todos duermen y olvidan, volveré al sepulcro y embalsamaré tu cuerpo con aromas y lágrimas”.

Pero al llegar al sepulcro y ver que habían retirado la piedra, María se desespera: no sólo habían dado muerte al que era su amor y su esperanza sino que ahora, profanando la tumba del Maestro, le impedían honrar su cuerpo.

Y es entonces, mientras María anda como sonámbula intentando hallar el cuerpo de Jesús, cuando se produce el encuentro que le devuelve la vida: “¡María!”, “¡Rabboni!”. “María, yo he vencido al mundo y me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. María, el amor ha triunfado sobre el egoísmo, la verdad sobre la mentira, la humildad sobre la soberbia, la paz sobre la violencia. María, el Reino de Dios que os anuncié no es ya un sueño ni una quimera sino una realidad que se abre paso con poder en medio de vosotros”.

Podemos imaginar el fuego que ardería en el corazón de María mientras corría llevando la buena noticia al encuentro de los discípulos, este encuentro que la Secuencia de Pascua canta con tanta belleza: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!».

Hoy, junto con María Magdalena, revivimos este encuentro con el Señor resucitado que enciende en nosotros el fuego sagrado del Espíritu y nos mueve a manifestar en medio del mundo la victoria de la verdad, del amor y de la paz: «Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa».

P. José María Prats

Evangelio

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.

Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto»

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Juan 20, 1-9


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