Homilía del Evangelio del Domingo: En la Cruz Jesús expulsó del «Templo de su Cuerpo» a los mercaderes que lo profanaban: la codicia, el egoísmo, la injusticia… / Por P. José María Prats

* «Por el bautismo somos miembros del Cuerpo de Cristo y, como tales, durante la Cuaresma seguimos a Jesús en su ascensión a Jerusalén para ser purificados por la participación en su sacrificio que se renueva en el Triduo Pascual. Renovaremos así la Alianza nueva y eterna, una alianza que ha hecho de cada uno de nosotros un arca mucho más santa que la del Templo de Jerusalén, pues por ella llevamos en nuestros corazones la Ley de Dios escrita con el fuego del Espíritu Santo”

Domingo III de Cuaresma – B:

Éxodo 20, 1-17 / Salmo 18 / 1 Corintios 1, 22-25 / Juan 2, 13-25

P. José María Prats / Camino Católico.- El templo es el lugar donde Dios se hace presente de una manera especial y donde el ser humano puede alcanzar la comunión con Él. En el Templo de Jerusalén esta presencia estaba asociada a las Tablas de la Ley que Dios había entregado a Moisés en el Sinaí con los Diez Mandamientos que hemos recordado en la primera lectura. Estas Tablas estaban dentro del Arca de la Alianza, llamada así porque la Ley que custodiaba era el fundamento de la Alianza por la que Dios había prometido habitar en medio de su Pueblo: «Obrad conforme a lo que os he mandado; y así seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios» (Jr 11,4). La comunión con Dios se establecía, pues, mediante el cumplimiento de su Ley, pero también a través de los sacrificios de comunión que se ofrecían en el Templo de Jerusalén. Finalmente, el Templo era el lugar de la expiación de los pecados. El Día de la Expiación –y solamente ese día–el sumo sacerdote entraba en el sanctasactorum, y rociaba la cubierta del Arca con la sangre de los sacrificios de expiación para purificar a los sacerdotes y al pueblo, renovando así la Alianza.

Todo esto nos ayuda a entender la afirmación central del evangelio de hoy: «Pero Jesús hablaba del Templo de su Cuerpo». Jesús es el verdadero Templo de Dios del que el Templo de Jerusalén era solamente una figura. En efecto, Jesús es el lugar donde Dios se hace plenamente presente, porque es el mismo Dios hecho hombre; Él es la Palabra encarnada del Padre que debemos escuchar y obedecer; y por su sacrificio hemos recibido el perdón de los pecados y hemos accedido a la comunión con Dios. Recordemos las palabras de la consagración: «Este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados».

De hecho, el episodio que hoy hemos leído de la expulsión de los mercaderes con la que Jesús purifica el Templo de Jerusalén, es un signo profético de lo que Jesús viene a realizar a Jerusalén: viene a purificar el «Templo de su Cuerpo». Él ha cargado sobre sí los pecados de su pueblo y ahora invita a los judíos a destruir este Templo vivo convertido en «cueva de ladrones» para reconstruirlo al tercer día por su resurrección. En la Cruz Jesús estaba expulsando del «Templo de su Cuerpo» a los mercaderes que lo profanaban: la codicia, el egoísmo, la injusticia, la explotación de los débiles… para hacer de Él un Templo santo consagrado a Dios: «Cargado con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado» (1Pe 2,24).

Por el bautismo somos miembros del Cuerpo de Cristo y, como tales, durante la Cuaresma seguimos a Jesús en su ascensión a Jerusalén para ser purificados por la participación en su sacrificio que se renueva en el Triduo Pascual. Renovaremos así la Alianza nueva y eterna, una alianza que ha hecho de cada uno de nosotros un arca mucho más santa que la del Templo de Jerusalén, pues por ella llevamos en nuestros corazones la Ley de Dios escrita con el fuego del Espíritu Santo.

P. José María Prats

Evangelio

Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas:

«Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado».

Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole:

«¿Qué señal nos muestras para obrar así?».

Jesús les respondió:

«Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré».

Los judíos le contestaron:

«Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues Él conocía lo que hay en el hombre.

Juan 2, 13-25


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