Homilía del Evangelio del Domingo: Entrar en el Reino de Dios «por la puerta estrecha» / Por P. José María Prats

* «Muchos, al ver que sus hijos, imbuidos del espíritu del mundo, abandonaban la fe para vivir en clara contradicción con el evangelio, han optado por irse a vivir con ellos a un «país lejano» abandonando o adulterando su fe. Han preferido la comunión con sus hijos y con el mundo a la comunión con Dios, y han cambiado «la puerta estrecha y el camino angosto que conduce a la vida» por «la puerta ancha y el camino espacioso que conduce a la perdición». ¿Quién, entonces, orará por sus hijos? ¿Quién será el aguijón que les recuerde que estamos llamados a la santidad? ¿Quién velará esperando su retorno?”

Domingo XXI del tiempo ordinario – C:

Isaías 66, 18-21  /  Salmo 116  /  Hebreos 12, 5-7.11-13  /  Lucas 13, 22-30

P. José María Prats / Camino Católico.- En el evangelio de hoy Jesús nos recuerda que para entrar en el Reino de Dios hemos de esforzarnos en hacerlo «por la puerta estrecha». Es una palabra que nos hace mucho bien y que deberíamos tener siempre muy presente, pues nos sitúa en la actitud correcta de vigilancia, esfuerzo y exigencia que se necesita para vencer en el combate espiritual.

Por desgracia, en nuestro tiempo ha ido arraigando la idea contraria, la de que la puerta de entrada a la eterna bienaventuranza es ancha, hasta el punto de llegarse a afirmar que el infierno no existe y que, por la misericordia de Dios, todos nos salvaremos independientemente de cómo hayamos vivido.

Nada favorece tanto los intereses del Maligno y su acción devastadora en las almas como esta falsificación de la misericordia de Dios. San Ignacio de Loyola, con su finísima penetración de la vida espiritual, dice que cuando una persona persevera en la comunión con Dios, el Maligno lucha sin tregua contra ella, pero que cuando ha conseguido que por el pecado pierda la gracia, entonces la deja tranquila y procura que se sienta cómoda y confiada para que permanezca en este estado. Nada más eficaz en este sentido que persuadirla de que sus actos o la situación en que vive no van a tener consecuencias en relación con su destino eterno porque la misericordia de Dios es infinita.

El texto bíblico que nos habla con más elocuencia y profundidad de la misericordia de Dios es la parábola del hijo pródigo, y es importante notar que cuando el hijo menor se separó del padre para iniciar una vida disoluta «en un país lejano», el padre no lo acompañó a ese lugar para bendecir y justificar su nueva forma de vida, sino que esperó angustiado en casa su retorno. Ahora bien, cuando vio en el horizonte a su hijo que retornaba arrepentido, no pudo contener la emoción «y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo».

Por desgracia, esta no ha sido la actitud de muchos padres cristianos. Muchos, al ver que sus hijos, imbuidos del espíritu del mundo, abandonaban la fe para vivir en clara contradicción con el evangelio, han optado por irse a vivir con ellos a un «país lejano» abandonando o adulterando su fe. Han preferido la comunión con sus hijos y con el mundo a la comunión con Dios, y han cambiado «la puerta estrecha y el camino angosto que conduce a la vida» por «la puerta ancha y el camino espacioso que conduce a la perdición». ¿Quién, entonces, orará por sus hijos? ¿Quién será el aguijón que les recuerde que estamos llamados a la santidad? ¿Quién velará esperando su retorno?

Y es que amar de verdad a una persona no consiste en alcanzar con ella un estado de paz, concordia y “buen rollo” a cualquier precio durante el breve tiempo que permanecemos en este mundo, sino en desear con todo el corazón que viva en la verdad y que un día, con un gozo inefable y transfigurado, podamos sentarnos con ella a la mesa del Reino de Dios.

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, Jesús, pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén.

Uno le preguntó:

– «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».

Él les dijo:

«Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”.

Entonces comenzaréis a decir. “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad.”

Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a lsaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera.

Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Lucas 13, 22-30

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