¿Cuándo rezo verdaderamente hablo con Dios? Responde el P. Franck Javary, sacerdote de la catedral de Nanterre

Camino Católico.-  El padre Franck Javary, sacerdote de la catedral de Nanterre, responde a las preguntas de Sophie de Villeneuve durante la emisión de «Mil preguntas sobre la fe», en Radio Notre-Dame respecto a una cuestión que afecta directamente a la esencia de la oración: ¿Cuándo rezo verdaderamente hablo con Dios?. La Croix  ha transcrito la entrevista.

– Un internauta pregunta: «Me gusta hablar con Dios pero, ¿cómo saber si no estoy hablando, de hecho, conmigo mismo?». He aquí alguien que disfruta de hablar con Dios, que sin duda, reza, pero que se pregunta con quién está verdaderamente hablando.

– Una cuestión profunda, que me recuerda a un pasaje del diario de Léon Bloy, un escritor católico de principios del siglo XX, que escribió: «Me encuentro en la calle de mi casera, la señora Frusquin». Se enfada con ella, como a menudo, y «por la tarde, estando el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia parroquial, vi a la señora Frusquin arrodillada, adorándose a sí misma».

– ¿No es un poco cruel?

– Esto nos remite a nuestra cuestión: ¿en la oración hablo con Dios o conmigo mismo, como si fuese un espejo? El propio Jesús trató la cuestión en una célebre parábola en el evangelio de Lucas (18), que cuenta la historia de dos hombres que se encuentran en el Templo. El fariseo se puso en los primeros lugares y se dirigía a Dios diciendo: «“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano». El publicano, por su parte, pecador reconocido, se encuentra al fondo del Templo, con la cabeza baja diciendo: «¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador». Jesús dice: «Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no», porque el primero se parecía a sí mismo, se admiraba a sí mismo, como un espejo de piedad.

– A todos nos sucede que, a veces, somos la señora Frusquin o el fariseo del Evangelio… ¿Cómo saber si somos el fariseo o el publicano?

– A partir de esta parábola, podemos proponer algunos puntos a los que prestar atención. En primer lugar, buscar ponerse en presencia del Señor. No estoy delante de un espejo, sino delante del Señor, y esto debe provocar en mí un sentimiento de «dilatación», y, por tanto, también el sentimiento de mi propia pobreza. En la misa, al comienzo, todos pedimos perdón diciendo «Señor, ten piedad». Yo no digo que toda oración deba comenzar por esta petición, pero cuando estamos en presencia de Dios, nos sentimos pequeños – lo que no quiere decir que seamos humillados. Dios quiere elevarnos. Pero nos sentimos pequeños, al contrario que el fariseo, que se pone frente a todo su esplendor. Es un sentimiento de humildad que puede convertirse en una petición de perdón. He aquí un primer criterio para cuando dudamos si estamos frente a nosotros mismos o frente a Dios.

Durante la misa, comenzamos escuchando. Cuando escuchamos la Palabra de Dios, es seguro que no somos nosotros los que hablamos. A menudo, en la oración estamos ansiosos por hablar y no tanto por escuchar. Te voy a contar una pequeña historia. Un hombre se queja a Dios diciéndole: «Te he hablado muchísimo y no me has respondido. Nunca me escuchas». Y Dios le responde: «Tal vez sea porque, de los dos, soy el único que escucha». En nuestra oración, ¿escuchamos la palabra de Dios? Podemos, más concretamente, leer un pasaje del Evangelio, o el propio evangelio del día.

– Entonces, para no tener la impresión de hablar con nosotros mismos, ¿podemos apoyarnos sobre algún material, como un pasaje de la Escritura?

– Sí; o, incluso, la oración de algún santo, algo que no venga de mí. En la misa, la oración de los fieles viene después de la Palabra de Dios. No comenzamos rogando, escuchamos, y esta escucha hace que algo nuevo nazca en nosotros. Aquí tenemos otro criterio interesante. Frente a un espejo, no vemos más que nuestras propias ideas y problemas. Frente a Dios, si escucho su palabra y me dirijo a él, puede nacer cualquier cosa en mi corazón. El fruto de la oración es una llamada a la conversión, una llamada a cambiar de vida, ideas nuevas, intuiciones que vienen de Dios. Si una idea te llega en la oración, puedes pensar que viene de Dios. Es un don del Espíritu Santo, que se pasa por tus neuronas, pero que no se plega ante el espejo. Es algo nuevo y conforme al Evangelio.

– ¿Estas nuevas ideas no están, la mayoría de veces, mezcladas con nuestros pensamientos habituales, con nuestras penas y preocupaciones?

– Sin duda, pero es posible unificarlas presentándoselas al Señor. De nuestros problemas, hagamos una oración: Señor, ayúdame, ilumíname… Quita este problema de mi corazón. «Venid a mí todos los que estáis cansados», nos dice en el Evangelio. Descargarse en el Señor puede ser una manera de escucharle mejor y de dejar de darle vueltas a nuestras dificultades y problemas.

– De la pregunta de nuestro internauta, tengo la impresión de que hay otra pregunta: cuando me dirijo a Dios y tengo la impresión de que me responde, ¿no soy yo el que inventa la respuesta?

– Creo que lo que viene de Dios produce un fruto de alegría, una conversión que permanece. Lo que viene de Dios es más profundo que lo que produce nuestro propio espíritu. No hay nada que nos permita verificar si algo viene de Dios o de mí, pero lo que viene de Dios, lleva a Dios y conforta nuestra vida espiritual. Y cuando tenemos preguntas importantes que requieren discernimiento, como verificar una vocación, por ejemplo, también podemos hablar de ello con algún sacerdote o alguien que pueda acompañarnos espiritualmente.

– ¿Entonces no hemos de temer demasiado un exceso de imaginación durante la oración?

– No, porque la imaginación también puede ser habitada por Dios. Aunque hay que tratar de evitar las distracciones y recentrarse en la presencia de Dios.

– ¿No hay días en los que Dios esté ausente?

– Puede suceder que no sintamos su presencia, pero la fe es más profunda que la sensación. Podemos, en una cierta oscuridad, hablar de una noche de la fe, agarrarnos a la rutina de la oración y a la fe en un Dios que existe, que es amor y que nos escucha.

– ¿Es grave tener la impresión de hablar con uno mismo? ¿Podríamos continuar por este camino?

– Sugeriría hacer silencio para poder prestar más atención a la presencia de Dios. El silencio puede introducirnos en la oración, puede guiarnos en ella. Es el silencio propio de la adoración, o de toda oración personal: es un silencio habitado. Esto no sucede siempre, es una gracia, pero debemos escuchar la palabra del Señor, en la misa, por ejemplo, haciendo silencio tras la comunión, un silencio de interiorización del don de Dios.

– Llegar a eso en nuestra vida cristiana, ¿lleva mucho tiempo?

– No necesariamente. Hay niños que, creo, son capaces de hacer una oración muy equilibrada. Saben hacer silencio, escuchar y hablar. Podemos progresar en la oración, pero me parece que estos son elementos básicos de la vida cristiana y que, por tanto, no requieren un largo recorrido espiritual, aunque sí que cueste entrar en la escuela espiritual de los santos. Hacer silencio, escuchar y hablar desde el fondo del corazón, ese es el origen de todo.

– ¿Hay que tener miedo de no hablar más que con uno mismo?

– No. Podemos recomendar a nuestro internauta que deje esta cuestión a un lado, centrándose en la presencia de Dios y en los frutos de su oración. Descubrirá, con gran gozo, que no estaba solo, sino en presencia de Dios.

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