El testimonio de perdón y el abrazo de Kim Phuc al piloto que mató a su familia en Vietnam

* «La primera vez que leí las palabras de Jesús “ama a tus enemigos”, ni las entendí ni sabía cómo hacerlo. Soy humana, tengo mucho dolor, muchas cicatrices y he sido víctima mucho tiempo. ¿Perdonar? Eso me resultaba imposible. Tuve que rezar mucho y no fue fácil… pero, con la ayuda de Dios, finalmente lo logré»

25 de marzo de 2012.-  ¿Qué reacción tendrías si te encontrases delante de quien ha asesinado a tu familia? Si el parámetro de nuestras acciones lo marcara lo que Hollywood u otros modelos nos facilitan, la respuesta sería obvia: «¡Denme una pistola inmediatamente, que pienso matar a este desgraciado!». Es algo comprensible, después de todo. Pero la respuesta de Kim Phuc a este dilema fue diametralmente opuesta.

Vietnam, 8 de junio de 1972. Un consejero militar estadounidense coordina el bombardeo de la aldea en que Kim vive; las bombas contienen napalm, un combustible gelatinoso que, en palabras de Kim misma, se siente como «quemarte con gasolina por debajo de la piel». En ese entonces, ella contaba con sólo nueve años y la foto en que aparece corriendo desnuda por un sendero y llorando, con el cuerpo quemado por el napalm, se convirtió en un símbolo. 

(Juan Antonio Ruiz J., LC / Con Tinta de Esperanza) Tras huir de aquel infierno, en donde toda su familia perdió la vida, tuvo que recorrer otro igualmente terrible: catorce meses de recuperación por las gravísimas quemaduras, con diecisiete operaciones y catorce años posteriores de terapia.  Diez años después de aquel día, en 1982, y después de tanto sufrimiento, Kim tuvo un sueño: quería estudiar medicina. Entró en la facultad, en Saigón. Pero soñar en un régimen comunista no es siempre posible; así nos lo cuenta ella: 

«Por desgracia los agentes del gobierno se enteraron de que yo era la niñita de la foto y vinieron a buscarme para hacerme trabajar con ellos y utilizarme como símbolo. Yo no quería y les supliqué: “¡Déjenme estudiar! Es lo único que deseo”.Entonces, me prohibieron inmediatamente que siguiera estudiando. […] Tenía la impresión de haber sido siempre una víctima. A mis 19 años había perdido toda esperanza y sólo deseaba morir».

Por fin, y tras muchos ruegos, en 1986 el gobierno permitió a Kim trasladarse a Cuba para estudiar medicina. Ahí conoció a Bui Huy Toan, otro estudiante vietnamita. Se casaron en 1992 y pasaron su luna de miel en Moscú. En el vuelo de regreso a la isla caribeña, la pareja huyó cuando su avión aterrizó en Gander (Terranova) para repostar combustible.

Hoy, Kim vive en Canadá con su marido y sus dos hijos, Thomas y Stephen. A quien le pregunta qué ha sido lo más difícil de todo su calvario ella no duda en responder:

«Sin duda alguna ha sido perdonar. Perdonar a los que mataron a mi familia, a los que incendiaron mi país; perdonar a quienes se empeñaron en utilizarme sin importarles mi vida personal…».

Y continúa: «La primera vez que leí las palabras de Jesús “ama a tus enemigos”, ni las entendí ni sabía cómo hacerlo. Soy humana, tengo mucho dolor, muchas cicatrices y he sido víctima mucho tiempo. ¿Perdonar? Eso me resultaba imposible. Tuve que rezar mucho y no fue fácil… pero, con la ayuda de Dios, finalmente lo logré». 

Efectivamente, en 1996, la Fundación para la Memoria de los Veteranos de Vietnam la invitó a Washington, en donde conoció a John Plummer, el piloto que vació las bombas sobre su aldea. 

Sería imposible imaginar lo que el corazón de ambos sentiría al verse cara a cara. Pero sí sabemos cuál fue la reacción de Kim: manifestó públicamente su perdón al piloto y, emocionados, sellaron el acto con un abrazo. El hombre dijo: «Es como si me hubieran quitado de mis hombros el peso del mundo entero». 

Si no fuera por las cicatrices de su cuerpo, al ver hoy a Kim con su sonrisa permanente y su buen humor, nadie imaginaría su drama personal. Y la pregunta nos viene natural: ¿cuál es el secreto para poder perdonar de una manera tan contundente? Es ella misma la que responde:

«La  foto de la niñita corriendo desnuda mientras su cuerpecito arde por el napalm es un símbolo de la guerra, pero mi vida es un símbolo de amor, esperanza y perdón. Solamente cuando encontré la fe, se atenuó el dolor de las llagas de mi corazón».  

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