Fallece el P. Luis de Moya, cura tetrapléjico que amaba y defendía toda vida: «La muerte es el final de lo terreno. La vida es para llegar a Dios, que nos espera para siempre»

* «Si vemos la vida con un sentido sobrenatural, trascendente, no es razonable querer morirse. La persona que tiene fe sabe que debe aceptar la voluntad de Dios, de algún modo, Él lo ha querido así. La circunstancia en la que uno queda, después de un accidente como el que yo he tenido, no es algo que Dios ignora. Justamente por eso, yo pensaba que Dios proveería, si Dios consiente que yo esté en esta situación, me dará las fuerzas para llevarlo bien ¿no? Tendría que cumplir su voluntad en esta circunstancia como antes intenté cumplirla en otra situación diferente…  El aborto y la eutanasia son asesinatos, ni más ni menos. Incluyen, además, la negación de un Dios, Padre bueno, que no puede mantener a sus hijos en situaciones insufribles. Suponen la pretensión de ir de dioses por la vida, señores de la muerte, en este caso»

Recuperamos este vídeo producido por HM Televisión en el año 2005 en el que P. Luis Moya  reconocía que en aquel momento cuando sufrió el accidente, «en el cual sólo se puede mirar todo aquello que vas a perder», él vió que no iba a perder nada de lo fundamental en su vida: «Estoy vivo, soy sacerdote y mi punto de referencia es Dios. Y Él está ahí». «Tenía la oportunidad de dar lo genuino que Dios había puesto en mí. Como sacerdote, no había perdido mi oportunidad de hablar de Dios»

Camino Católico.- El lunes, 9 de noviembre de 2020, fallecía en Pamplona a los 67 años el sacerdote Luis de Moya, que durante casi 30 vivió tetrapléjico. En 1991, cuando Luis de Moya ya era sacerdote sufrió un gravísimo accidente de tráfico en el que acabó salvando la vida casi de manera milagrosa. En este siniestro sufrió la fractura de la segunda cervical, que le dañó la médula espinal y le hizo perder toda la movilidad y sensibilidad de su cuerpo, de cuello para abajo. Y así vivió hasta este lunes, dando ejemplo del sentido del sufrimiento y de un Dios bueno que no ha castigado a los que quedan tetrapléjicos o postrados sin poder moverse.

El 10 de agosto de 2008 el P. Luis Moya explicaba en una entrevista en el Observador de la actualidad su concepción sobre la vida y la muerte: “La muerte viene ser como el final del capítulo terreno o temporal. El final de las oportunidades. Porque la vida es eso: el tiempo o la oportunidad que se nos ha concedido para llegar a Dios, que nos espera para siempre. Por consiguiente, no hay tiempo que perder pues podemos convertir cada momento en una ocasión de amar a Dios, que Dios no olvida”.

Lejos de maldecir a Dios por su situación la convirtió en un apostolado para tantas personas que en su misma situación no encuentran motivos para vivir. Por ello, este religioso se opuso firmemente a la eutanasia y defendió siempre que acompañar, amar y mitigar todo lo posible el dolor físico y moral es la respuesta, y no la eutanasia.  Su testimonio lo sintetiza una entrevista concedida a la web de la Archidiócesis de Mérida Badajoz, el 23 de marzo de 2017, el P. Luis de Moya explicó cómo afrontó lo ocurrido:

– Cuándo sufre el accidente y le dicen que la secuela es una tetraplejia, ¿qué piensa?

Realmente yo no soy una persona demasiado dramática y, entre otras cosas, cuando sufro el accidente, no estoy lo suficientemente lúcido como para pensar las cosas fríamente, por lo que me fui haciendo cargo de la situación poco a poco. No hay un momento excesivamente dramático en el que me dé cuenta de que me ha cambiado la vida de la noche a la mañana.

– ¿Cómo se replanteó la vida?

– Habían cambiado muchas cosas para mí, pero no había cambiado que seguía siendo sacerdote. Tendría que emplear mucho la escritura, tendría que venir la gente a mí en lugar de ir yo a la gente… Me di cuenta de que tenía que contar mi historia y mi reacción ante el accidente.

– ¿Qué es lo más duro, lo físico o lo mental?

– Lo más duro es la dependencia, que tendría que depender mucho de la gente para las cosas más elementales.

– Usted conoció a Ramón Sampedro, el tetrapléjico que pidió la eutanasia, y sobre el que se hizo la película “Mar adentro”, dirigida por Amenábar y protagonizada por Javier Bardem.

– Tuve relación telefónica y por carta, pero la verdad es que no conseguí hablar personalmente con él. Aunque hice un viaje a Santiago de Compostela, invitado a un congreso, e intenté quedar con él, finalmente no pudimos, porque el sitio donde él estaba era inaccesible para mi silla. Vivía en una primera planta y tenía que utilizar la escalera, así que no pude quedar con él.

– ¿Qué marca la diferencia entre querer vivir y querer morir en situaciones parecidas?, ¿sentirse o no querido?, ¿sentirse o no sentirse útil?, ¿sentirse o no llamado a una misión?, ¿tener o no tener un sentido trascendente de la vida?…

– Si vemos la vida con un sentido sobrenatural, trascendente, no es razonable querer morirse. La persona que tiene fe sabe que debe aceptar la voluntad de Dios, de algún modo, Él lo ha querido así. La circunstancia en la que uno queda, después de un accidente como el que yo he tenido, no es algo que Dios ignora. Justamente por eso, yo pensaba que Dios proveería, si Dios consiente que yo esté en esta situación, me dará las fuerzas para llevarlo bien ¿no? Tendría que cumplir su voluntad en esta circunstancia como antes intenté cumplirla en otra situación diferente.

– ¿Cómo es su vida un día normal?

– Hubo un tiempo en el que hacía muchas cosas. Tras el accidente podía dar clases en la Universidad, una labor pastoral de confesionario, hablaba con bastante gente… Ahora me siento más débil y muchas de estas cosas las he tenido que dejar porque me canso mucho. Pero tengo el día suficientemente ocupado, no me aburro ni mucho menos, siempre me quedan cosas pendientes que hacer para el día siguiente.

– El concepto que tiene nuestra sociedad de la felicidad, ¿nos hace más vulnerables, más débiles, ante el sufrimiento y las dificultades que nos plantea la vida?

– Sí. La clave está en no olvidar que Dios no deja de ser nuestro Padre, que nos quiere con locura a pesar de que hayan cambiado las circunstancias. Por lo tanto, no cambian demasiadas cosas. Si los animales dejan de sentir físicamente, dejan de moverse, podemos decir que se ha acabado, su vida ha perdido el sentido. Pero para el hombre no, podemos seguir amando, en mi caso no se han afectado las funciones más superiores, la inteligencia, la voluntad, puedo dar amor y recibirlo, que es lo que nos hace grandes a las personas.

– ¿Se ha dirigido mucha gente a usted después de sus testimonios públicos en prensa, radio y televisión, de sus escritos como el libro “Sobre la marcha”, de sus conferencias, su presencia pública cuando se ha planteado la legalización de la eutanasia?

Sí, sobre todo en los primeros años después del accidente. Ahora me he quedado un poco más encerrado en mí mismo. Eso no quiere decir que sea menos feliz que antes, conforme va pasando el tiempo, voy comprendiendo un poco más mi situación y creo que soy más feliz. Voy entendiendo mejor quién es Dios para mí, qué espera de mí, noto más su fuerza, su cariño, su comprensión… eso me hace sentirme más feliz.

– Hoy la vida humana tiene que pasar unos “controles de calidad” para ser considerada digna. Se justifica el aborto de un niño con síndrome de Down, se piensa que no merece la pena vivir con determinadas discapacidades o se aborrece a los mayores “improductivos”. El Papa lo refleja muy bien es su idea de lo que ha llamado el descarte.

Esa idea del Papa Francisco es muy interesante. Plantear el descarte es no entender qué es el hombre, pensar que una vida ha perdido su interés por no poder moverte. La actividad no es correr, lo importante es que soy hijo de Dios y me quiere igual, o quizás más, ahora, que antes.

Fue en diciembre de 1996 que publicó el libro «Sobre la marcha. Un tetrapléjico que ama la vida», en cuya contraportada se puede leer:

«Yo no podía, no debía, buscar el mero sentirme cómodo o lo menos contrariado posible entre mis cuatro paredes, como si no pudiera hacer otra cosa, como si ya nadie esperara nada de mí. Si hubiera caído en ese planteamiento, habría condenado mi vida al lamento permanente como telón de fondo. Consentir en esa visión tan negativa de mi situación, supondría –aparte de pactar con una falsedad– autocondenarme al victimismo. Ir por el mundo con complejo de víctima, como dando pena, se me hacía poco gallardo y un tanto falso, porque veía con claridad que teniendo la cabeza sana no había razón para no utilizarla con provecho».

“Ayúdale a que no sufra, ayúdale a morir, no lo mates. Acompáñalo”

Además, el padre Luis participó en programas de radio y televisión a favor de la defensa de la vida humana. En 2000 creó Fluvium, un portal católico con una clara finalidad evangelizadora: todas las semanas, enviaba sus ‘Novedades’ a más de cien mil suscriptores de todo el mundo. Recibía cientos de mails de gente que contactaba con él para pedir consejo o recibir una palabra de consuelo.

Respecto al aborto y a la eutanasia respondía con claridad, sin rodeos:

“Son asesinatos, ni más ni menos. Se han escrito libros sobre ambos temas, pero resumiendo son eso. Incluyen, además, la negación de un Dios, Padre bueno, que no puede mantener a sus hijos en situaciones insufribles. Suponen la pretensión de ir de dioses por la vida, señores de la muerte, en este caso”.


El P. Luis de Moya tenía claro que amar es ayudar a morir, no matar, como argumentó como testimonio propio cuando le preguntaban por la eutanasia y cómo no apoyarla para gente que sufre mucho:

“Ayúdale a que no sufra, ayúdale a morir, no lo mates. Acompáñalo. Quita todo el dolor que puedas. El primero el físico, y luego sobre todo el moral, que es el más duro, la soledad, la sensación de inutilidad que pueda tener… enséñale que es hijo de Dios. Que lo aprenda si no lo ha aprendido todavía, que por mucho que le pueda costar lo de ahora no va a ser imposible porque Dios va a seguir siendo bueno.  Hay muchos que han pasado por ahí, que estamos en ello. Y que viva de esperanza, que en la vida eterna no hay dolor”.

Otra pregunta que se hacen muchos cuando ven una situación como la de este sacerdote es “si Dios es bueno, ¿por qué permite esto?”. Para el padre Luis de Moya la respuesta también en este caso era muy clara: “Si realmente crees que Dios es bueno, la frase termina ahí: ‘Dios es bueno’. Punto final. Lo que parece terrible desde nuestro punto de vista no es tan terrible desde el punto de vista de Dios. Yo no me cambiaría por nadie, porque tengo la experiencia de lo maravilloso que es Dios. Él consintió que me durmiera conduciendo, pero también me ha dado ayuda humana para sobrellevar esta situación. Dios consiente el mal, pero no nos abandona en él”.

Médico, el Opus Dei y la vocación definitiva:  ser sacerdote para procurar la salvación de los hombres

Luis de Moya Anegón nació en Ciudad Real el 17 de agosto de 1953. En 1971 comenzó la carrera de Medicina en Madrid y un año después pidió la admisión en el Opus Dei. Entre 1975 y 1978 fue secretario del Colegio Mayor Moncloa de Madrid. Terminada la carrera, se trasladó a Roma para continuar sus estudios de Teología. En agosto de 1981 recibió la ordenación sacerdotal. Su vocación la explicó en una entrevista en el Observador de la actualidad, el 10 de agosto de 2008:

“Al inicio de mis estudios de medicina, en Madrid, pedí la admisión en el Opus Dei. Desde entonces mi vida cristiana fue más responsable. Asumí el compromiso, permanentemente actualizado, de tomarme a Dios en serio, siguiendo el espíritu de santificación en medio de los quehaceres corrientes de este mundo, que había inspirado Dios a san José María Escrivá. En realidad, aquella entrega completa a Dios que suponía mi incorporación al Opus Dei, incluía ya, de algún modo, mi disposición al sacerdocio, si así se me pedía, aunque no tuviera por entonces, desde luego, en la mente semejante idea. Mi ilusión por entonces era ser un buen médico.

Con el paso del tiempo, una vez finalizados mis estudios de medicina, y habiendo concluido asimismo los estudios necesarios que la Santa Sede exige para ser sacerdote, el prelado del Opus Dei, entonces Mons. Álvaro del Portillo, me llamó al sacerdocio. Mi respuesta afirmativa se concretó en la ordenación sacerdotal que tuvo lugar en el mes de agosto de 1981.

Habiendo deseado de antemano dedicar mi vida a Dios, para colaborar en la tarea de que los hombres, nuestros compañeros de camino, logren la santidad y felicidad a la que Dios llama a todos, el sacerdocio se presentaba ante mí como un medio, como un instrumento ideal.

En realidad la vida de sacerdote consiste en la Santa Misa. Todo en él debe ser la Misa: una ofrenda a la Trinidad Beatísima, que es el mismo sacrificio de Cristo en el Calvario, por la salvación de todos los hombres. Así, cualquier tarea sacerdotal -todo en el sacerdote debe serlo- tiene esa intención: la salvación de los hombres.

Pero esa salvación, esa Santa Misa, no es posible sin una rendida fidelidad al Santo Padre, que es Cristo en la tierra. El amor al Papa y a su doctrina es necesario que empape la vida del sacerdote, es el criterio y garantía de su valor sacerdotal. Procuro, por consiguiente, mirarme de continuo a través de su vida y sus palabras, cuando me pregunto qué hacer para impulsar más a los hombres hacia Dios. Pudiendo celebrar la Santa Misa cada día y manteniendo una permanente relación con muchas personas, no es un obstáculo en mi caso la discapacidad que padezco habiendo quedado tetrapléjico por un accidente. De hecho, la falta de movilidad física se puede compensar hoy, aunque sea en cierta medida, con los medios informáticos.

Me parece que el reto permanente y más complicado del sacerdote es el pobre hombre que sustenta el más grande de los honores que se puede recibir en este mundo. Las circunstancias en las que debe desenvolverse, los obstáculos con los que se debe enfrentar, las exigencias y contrariedades que pueda encontrar en su camino nunca son el problema. Todo eso tratará de superarlo con la Gracia de Dios que no le va a faltar. Intentará hacerlo lo mejor posible, con la ayuda divina, y obtendrá así el fruto que Dios le conceda. El único problema será él mismo, sus pecados, su falta de humildad, su falta de obediencia, su pereza, su falta de amor.

Me parece que lo más difícil para un sacerdote es el conocimiento propio y la mejora personal. «Primero tú», solía insistir san Josemaría. La principal tarea para un sacerdote es, desde luego, su propia santidad: su oración personal, su sacrificio personal, su amor a Dios. Sin duda algo bastante más difícil que lo que puede hacer para arreglar el mundo de fuera, por mucho que sea lo arreglable. Además, no todo lo que hay por hacer en el mundo corre de su cuenta; lo que sí corre de su cuenta es él mismo”.

Tras defender la tesis doctoral en la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad de Navarra, en 1984 el padre Luis fue nombrado secretario del Consejo de Capellanía de la Universidad de Navarra y capellán de la Escuela de Arquitectura. Ese mismo año empezó a atender el Colegio Mayor Goroabe.

El 2 de abril de 1991 sufrió un grave accidente de tráfico a consecuencia del cual quedó tetrapléjico. Desde entonces residió en el Colegio Mayor Aralar. Continuó desarrollando diversos trabajos pastorales durante varios años en el campus de la Universidad de Navarra: capellán de la Escuela de Arquitectura y en la Facultad de Derecho, atención espiritual a residentes del Colegio Mayor Belagua (Torre I).

Vídeo-documental realizado por los servicios audiovisuales de la Clínica de la Universidad de Navarra en 1996. Entrevista de Elica Brajnovic al P. Luis de Moya


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