François-Xavier pensaba matarse, pero conoció a una consagrada que «me escuchó y dijo: ‘Cuéntaselo  a Jesús’. Todo lo que me pasaba se lo confié a Cristo y lo conocí»

* «Fue extraordinario: Me sentí amado profundamente, llamado por mi nombre. A Dios no le importaba todo lo que yo había hecho, me amaba por lo que soy. En aquel mismo momento dije que sí: ‘No sé Quién eres, no sé qué está pasando… pero sí, esto es lo que quiero para toda mi vida’. Acepté cambiar de modo radical»

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Camino Católico.-  En el convento de la Visitación de Paray-le-Monial tuvieron lugar las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690). Dicha localidad, situada al noroeste de Lyon, sigue siendo hoy un vivero espiritual y lugar de numerosas conversiones, sobre todo de jóvenes, que acuden por miles a encuentros y retiros.

No fue el caso de François-Xavier, que llegó allí con intenciones muy distintas. Pero su vida sí resultó transformada.

«Toqué fondo»

Todo comenzó hace tres años. François-Xavier estudiaba en Louvaine-la-Neuve, ciudad de nueva construcción planificada en torno a la Universidad Católica de Lovaina para hacer frente al grave problema lingüístico que separa en Bélgica a las comunidades flamenca y valona.

«Yo hacía bastantes tonterías. Mi vida estaba bastante alejada de Dios. Consumía mucho alcohol y bastantes porros y mantenía relaciones fugaces. Era profundamente infeliz, pero no me daba cuenta, así que seguí así durante mucho tiempo», confiesa en un vídeo de Découvrir Dieu, que sintetiza y traduce C.L. en Religión en Libertad.

Pensando que aquella vida era «alegre» y que le hacía «feliz», dejó pasar el tiempo profundizando en ese camino erróneo. «Toqué fondo«, dice enigmáticamente. A partir de entonces empezó a angustiarse: «Durante meses luché para no acabar con mi vida, para no terminar mis días».

Pero Alguien estaba trabajando ya en su alma para rescatarle: «Creo que Dios me protegió. Después de tocar fondo, me di cuenta de que en el fondo de mi alma había algo bueno. Cuando era pequeño sentía deseos de hacer algo con lo que servir de alguna manera al mundo».

Tomó entonces una decisión radical: «Me fui de casa en plena noche. Dejé una carta para mis padres y les robé un coche y algo de dinero».

Por alguna razón que él mismo considera «extraña», recaló en Paray-le-Monial: «Seguía queriendo suicidarme, no era feliz. Pero me sentía tranquilo. Apagué el teléfono para no tener contacto con nadie y corté todos los puentes. Quería comprender». Cuando llegó sabía que podía encontrar «algo diferente» a lo que le había provocado esa grave desazón vital.

Tuvo lugar entonces un encuentro decisivo: «Tuve la suerte de conocer a una hermana consagrada que notó que había algo en mí que no iba bien, pero no sabía qué era. Me impactaron su sencillez, su alegría, su capacidad de escucha. Me impactó que quisiera tomarse la molestia de conocerme«.

«Cuéntaselo a Jesús»

Quedaron un día a comer: «A medida que avanzaba la conversación empecé a contarle todo lo que me pasaba, todo lo que me apesadumbraba. No fue fácil. Al final ella me dijo: ‘Gracias por confiarme todo esto, pero no es a mí a quien debes contárselo, sino a Jesús’. Entonces empezó a explicarme lo que es la Adoración, las apariciones de Paray-le-Monial, el Corazón de Jesús… Yo solo comprendía a medias».

«Me gustaría que esta noche acudieras a la capilla de las apariciones, donde Jesús enseñó ese corazón ardiente de amor por ti, y que le confiases todo esto», le pidió la consagrada.

Él tardó en ir, pero avanzada la noche, llegó a la capilla: «Me quedé de pie, en el fondo. Hice lo que ella me aconsejó: consagrarme. Hice una lista en mi corazón de todo lo que me pasaba y se lo confié a Jesús«.

Exterior e interior de la Capilla de las Apariciones en Paray-le-Monial, durante una Adoración al Santísimo

Lo que sucedió «fue extraordinario»: «Me sentí amado profundamente, llamado por mi nombre. A Dios no le importaba todo lo que yo había hecho, me amaba por lo que soy. En aquel mismo momento dije que sí: ‘No sé Quién eres, no sé qué está pasando… pero sí, esto es lo que quiero para toda mi vida’. Acepté cambiar de modo radical».

Ese cambio sí le ha hecho feliz: «La alegría que yo buscaba antes haciendo tonterías que no conducían a ningún sitio la encontró en la alegría de conocer a Cristo. Y eso transformó profundamente mi vida».


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