Gonzalo Rafael Barradas era pandillero, vendía drogas y se hizo adicto a ellas y al alcohol, hace 15 años se encontró con Cristo, dijo  «ya no me vuelvo a drogar» y ahora evangeliza

Camino Católico.-  El día que Gonzalo Rafael Barradas dejó entrar a Jesús en su corazón, su vida cambió para siempre. Aquel fin de semana, a petición de su esposa, aceptó participar en un encuentro organizado por el movimiento católico Barrios Unidos en Cristo, que ayuda a hombres y mujeres de colonias conflictivas a superar el alcoholismo y la drogadicción. Tenía años drogándose y en varias ocasiones había intentado, sin éxito, dejar de consumir.

Gonzalo creció en un barrio conflictivo en el Sector Libertad de la ciudad de Guadalajara, México, donde pandillas defendían su territorio –de unas cuantas cuadras- con puños y dientes, y cruzar al otro lado de la banqueta podía acarrearte una golpiza.

De adolescente aprendió a robar, primero algunas prendas de vestir en tiendas de autoservicio y, más tarde, bolsas y carteras a los peatones, armado con una navaja.

Dejó las pandillas al poco tiempo de conocer a Julia Karina. Se casó, dejó aquella colonia y nació su primer hijo, Jesús Alejandro. Tres años después nació Brenda. En ese periodo trabajaba en el turno nocturno de una fábrica, y ahí se convirtió en el vendedor de drogas de sus compañeros.

“No sacaba mucho porque era muy tonto, consumía más de lo que vendía (…) a mí me explicaban que el negocio estaba en no consumir, pero yo nunca hice caso”, explica Gonzalo Rafael Barradas a Alejandro Feregrino en Desde la fe.

onzalo tenía años drogándose y en varias ocasiones había intentado, sin éxito, dejar de consumi

Durante muchos años logró ocultarle a su familia sus problemas de drogadicción, hasta el día en que un simple dolor de cabeza comenzó a tornarse en algo serio, incluso lo hacía perder el equilibrio y la orientación.

“Mi esposa me llevó el doctor y él me preguntó delante de ella qué estaba consumiendo. Para ella fue un shock, fue tremendo”.

A partir de ahí, intentó cambiar su vida e incluso hizo un juramento con ayuda de un sacerdote, pero todo fue en vano, hasta que llegó a sus manos una hoja con información de un encuentro del movimiento católico Barrios Unidos en Cristo, que se llevaría a cabo de jueves a domingo.

Se inscribió por insistencia de su esposa, pero en el fondo Gonzalo no quería cambiar.

“El día del encuentro salí de trabajar y fui a comprar droga. Me llevé dos ‘pelotas’ de polvo y calculé que con eso me alcanzaría sin problemas para todo el fin de semana”.

“Cuando llegué había una fila de unas 130 personas, todos tatuados igual que yo, algunos pachucos, otros con sus pañoletas en la cabeza. Yo estaba ahí parado con mi mochilita. No me gusta hacer filas, pero estaba feliz porque iba ‘cargado’”.

Entre charla y charla, Gonzalo se escapaba al baño para inhalar. “Alguno se ponía a cantar alabanzas y yo aplaude y aplaude, ya no podía ni cantar, estaba ya bien ‘trabado’”.

Encuentro de Barrios Unidos en Cristo

La droga no era su única distracción en aquel encuentro con Dios. Desde el primer día descubrió entre los asistentes a un antiguo enemigo, con quien tenía cuentas pendientes desde hacía muchos años.

 “Cuando entré al encuentro lo vi. Él dormía en otra zona de la casa de retiros, que era muy grande, y sólo estaba esperando el momento de encararlo (…) Yo nomás lo veía, no podía ni poner atención, estaba en mi rollo”.

Hasta que, en la última charla del sábado por la noche, su vida cambió para siempre.

“Fue en el último tema, fue un tema hermoso que se llama ‘María’ y habla sobre la madre del Señor, pero también sobre la mujer. Me zangoloteó, me cacheteó, me destrozó y me hizo llorar como nunca en mi vida. Recordé a mi mamá, a mi esposa y a mi hija, y cómo las hice sentir muy mal, me pegó por todos lados”.

“Ni una golpiza en el barrio me había hecho llorar como ese día”, recuerda.

Al final de la charla pidió a uno de los responsables del encuentro que lo acompañara al dormitorio. “Ya nomás me quedaba una ‘pelota’ de droga, se la di y le dije: ya no me vuelvo a drogar”.

Han pasado casi 15 años de aquel encuentro radical con Jesús y María. A partir de ahí, Gonzalo se enfocó en cuidar a su familia -que creció con la llegada de su hija Miriam Guadalupe-, y durante mucho tiempo formó parte del equipo de Barrios Unidos en Cristo, donde encontró su verdadera vocación: llevar a otros como él la Palabra de Dios.

Ahora, él y su esposa continúan por ese camino, compartiendo su testimonio en donde se lo pidan.

“Si no hubiera asistido a aquel encuentro, seguramente no estaría con mi familia y seguiría consumiendo, en aquel tiempo mi sueño era la ‘vagancia’. Hoy quiero ser un gran evangelizador y no sé si lo logre, pero me aferro a ese nuevo sueño”.


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