Homilía de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de la Archidiócesis de Barcelona: redención con ayuda material y el testimonio de amor, conversión y fe / Por P. José María Prats

* «Hoy muchísimas personas han perdido el sentido de la trascendencia y viven esclavizadas por una visión puramente materialista de la vida, convertidas sin darse cuenta en piezas de un engranaje al servicio de oscuros intereses económicos. La Virgen de la Merced nos urge a liberar a estas personas mediante lo que Juan Pablo II llamó una nueva evangelización, “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”»

24 de septiembre de 2017.-  (P. José María Prats / Camino Católico) Para adentrarnos en el sentido de esta solemnidad de Nuestra Señora de la Merced es necesario remontarnos a los inicios del siglo XIII, cuando el levante y el sur de la Península estaban todavía en poder musulmán. El mar Mediterráneo estaba infestado de corsarios sarracenos que abordaban barcos y desembarcaban en las costas sembrando la destrucción en los pueblos y apresando a sus habitantes para venderlos luego como esclavos en el norte de África.

La cautividad de estos cristianos en tierras musulmanas llegó a constituir un problema social, político y económico gravísimo y los esfuerzos que se hicieron en un principio para paliarlo a través de hermandades, cofradías y gestiones diplomáticas no eran suficientes.

Conmovido por esta situación, el barcelonés Pedro Nolasco se echó a los pies de la Virgen para implorarle el remedio corporal y espiritual de los cautivos e, impulsado por la caridad, vendió los bienes que tenía y se dedicó a la compra y rescate de cautivos. Al poco tiempo, un grupo de jóvenes llenos de fe y de caridad se unieron a él en esta labor.

La noche del 1 de agosto de 1218, estando en oración, se le apareció la Santísima Virgen y le dijo que la obra que estaba realizando era muy agradable a Dios, y que para perseverar en ella, engrandecerla y perpetuarla, tenía que fundar una orden religiosa, cuyos miembros imitaran a su Hijo, Jesucristo, redimiendo a los cristianos cautivos en tierras musulmanas, dándose incluso en prenda a sí mismos en caso de que fuera necesario.

Con el aliento y apoyo del rey Jaime I el Conquistador y del consejero real San Raimundo de Pañafort, a los diez días de la aparición y ante el altar de Santa Eulalia de la Catedral, el obispo de Barcelona, Berenguer de Palóu, vistió canónicamente el hábito blanco a San Pedro Nolasco y a algunos de los jóvenes que trabajaban con él, quedando así fundada la Orden de la Virgen María de la Merced de la Rendición de los Cautivos de santa Eulalia de Barcelona.

Los mercedarios llevaron a cabo una labor heroica con la redención de decenas de miles de cautivos en la que cientos de ellos murieron mártires como San Serapio o San Pedro Pascual y muchos otros fueron encarcelados y torturados como San Ramón Nonato.

Cuando un barco llegaba a puerto cargado de cautivos redimidos, toda la ciudad salía a recibirlos en medio de gritos de alegría, de lágrimas y cantos de liberación, y se sacaba en procesión a la Virgen de la Merced, la Madre de misericordia que había intercedido ante su Hijo como en las bodas de Canaán para obtener la redención de todas aquellas personas.

Hasta aquí hemos visto el origen de la advocación de la Virgen como Nuestra Señora de la Merced y lo que supuso la orden mercedaria para la cristiandad y muy especialmente para la ciudad de Barcelona. Me gustaría ahora subrayar dos aspectos de esta historia y extraer de ellos alguna enseñanza para nuestra comunidad.

En primer lugar hay que señalar que la redención que la Virgen pidió a San Pedro Nolasco y que practicó la Orden de la Merced no era una mera redención material de los cuerpos, sino una redención integral de la persona donde primaba la dimensión espiritual. El redentor mercedario buscaba almas para Cristo, reintegrar a los perdidos, sostener a los débiles, prevenir la apostasía. Esto se pone claramente de manifiesto en el cuarto voto que, junto a los de pobreza, obediencia y castidad, emitían todos los mercedarios, y que consistía en “estar dispuestos a entregarse como rehenes y dar la vida, si fuese necesario, por el cautivoen peligro de perder su fe.” ¿Qué sentido hubiera tenido intercambiar simplemente una persona por otra? De lo que se trataba era de evitar que un cautivo, presionado por la dureza de la situación en que se encontraba, renegara de su fe cristiana para congraciarse con los musulmanes y se separa de Cristo.

En segundo lugar, es interesante notar cómo tras la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, la orden mercedaria tuvo que adaptar su carisma dirigiendo su actividad apostólica y misionera hacia las nuevas formas de cautividad: presos, refugiados, drogadictos, prostitutas, explotación infantil…

¿Qué nos dice todo esto hoy a nuestra comunidad?

Por una parte vemos que la labor social de nuestra parroquia con las personas en situación de exclusión social o con muy pocos recursos económicos tiene mucho en común con la obra de los mercedarios. Se trata de personas que han perdido su libertad para participar en la sociedad y desarrollar su vida con dignidad. Creo que la Virgen de la Merced nos dice hoy: “estáis haciendo una gran labor, pero no olvidéis nunca que no habrá verdadera redención si la ayuda material no va acompañada del amor y del testimonio que suscitan la conversión y la fe”.

Por otra parte, si la abolición de la esclavitud en el siglo XIX llevó a una nueva forma de entender la cautividad, algo parecido ha sucedido con la explosión de los materialismos ateos en el siglo XX. Hoy muchísimas personas han perdido el sentido de la trascendencia y viven esclavizadas por una visión puramente materialista de la vida, convertidas sin darse cuenta en piezas de un engranaje al servicio de oscuros intereses económicos. La Virgen de la Merced nos urge a liberar a estas personas mediante lo que Juan Pablo II llamó una nueva evangelización, “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”. Jesús nos lo dijo muy claramente: «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32).

Pidámosle hoy a la Virgen de la Merced que nos acoja a su servicio como comunidad que trabaja sin desfallecer en favor de la redención integral de los cautivos.

P. José María Prats

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