Juan Pablo López se confirmó en 2013, después de estar 16 años lejos de Dios: Sus abuelos, sus mil preguntas y una confesión visitando Roma lo devolvieron a la fe

* “Hoy recorro el Camino en Jesús, fuente de Verdad y Vida, atendiendo a la vocación recibida en el Bautismo, con inmensa gratitud por ser hijo de Dios, tratando cumplir su Ley y acudiendo al sacramento de la Penitencia cuando me separo del Camino, todo ello con humildad, desde mi pequeñez, consciente y asumiendo la responsabilidad del don que me ha sido dado, en presencia de Cristo en el Sagrario, en la Palabra, en la Eucaristía y en el confesionario”

16 de diciembre de 2013.- (Juan Pablo López / Religión en Libertad Camino Católico) Juan Pablo López es un jefe administrativo municipal que como tantos españoles nació en una familia de tradición católica pero se alejó de la fe y la Iglesia en la adolescencia. El ejemplo de fe de sus abuelos, una inquietud en forma de muchas preguntas y un viaje a Roma le acercaron de nuevo a Dios. El 23 de febrero de 2013, con 33 años, recibía el sacramento de la Confirmación, un adulto gozoso en su retorno con Cristo. Esta es su historia contada en primera persona por él mismo:

He nacido en una familia de tradición católica. Me llamo Juan Pablo en honor al Papa Juan Pablo I y nací el día de la festividad de Santiago Apóstol, patrón de España. Fui bautizado al mes de nacer y recibí la primera comunión en tiempo y forma. Hasta ahí todo normal: la catequesis previa correspondiente, la misa de los domingos, algún campamento con otros niños de la parroquia, y ya.

Llegó la adolescencia, determinadas compañías, un espíritu rebelde y “hasta luego Lucas”. La cuestión, no tanto de Dios, sino de la Iglesia, paso a un sexto, séptimo u octavo plano en mi vida. Y de Dios, pues lo típico, pensaba que había “algo más” pero sin que me preocupara lo más mínimo. Corrían los primeros años de la década de los noventa.

Para mi historia, es importante presentar a mis abuelos.

Mi abuela paterna, Venancia, fue una mujer extraordinariamente buena, fiel y leal a Cristo, esposa, madre, abuela y ama de su casa. Muy devota ella, siempre me despedía con un abrazo y un susurro al oído, “que la Virgen te acompañe”.

Mi abuelo Salvador, igual.  Además de marido, padre y abuelo, fue secretario del Ayuntamiento del pueblo y por décadas, hasta su muerte en el 2003, el sacristán de la parroquia, organista y cantor. Por su religiosidad, y nada más, le condenaron a tres años de presidio en los dolorosos años de la Guerra Civil Española. Uno de sus hermanos fue asesinado por lo mismo y él salvó la vida gracias a un amigo del bando republicano. Tuvieron seis hijos.

Mi abuela materna, Lola, no falta ni un solo día a la oración. Hasta hace bien poquito acudía todos los días a la celebración de la Eucaristía en el convento de las Hermanas Clarisas. Hoy su avanzada edad se lo impide (88 primaveras), pero lo compensa escuchando al menos dos misas diarias por la televisión. Tiene una fe de hierro y cuando presencia algún interrogante al respecto su respuesta es clara, “porque Dios lo quiere así”.

Mi abuelo Pedro, un año mayor que ella, es su fiel y leal marido, la antítesis del egoísmo, la avaricia o la ambición. Un matrimonio de campesinos que viven cristianamente en la más hermosa sencillez y humildad. Tuvieron más de diez hijos pero vivieron cuatro. Me llena de orgullo decir que su matrimonio dura ya más de sesenta y cinco años. 

En 1997 murió mi abuela Venancia e inicié mis primeros estudios universitarios. Yo estaba alejado de la Iglesia y, por tanto, de Dios, pero creo que ya empezaba una nueva andadura. Terminé la carrera en junio del 2000 y en julio encontré trabajo.

Lo tenía todo, un buen empleo, familia, amigos para salir de fiesta, me compré la primera moto y empecé a viajar sin tregua. Sin embargo, sentía un cierto vacío en mi interior. En paralelo con todo ello seguía con mis inquietudes intelectuales: la literatura, el arte, el teatro, la historia, la filosofía, la política, la economía, etc., hasta que al final me di cuenta de que era el Hombre lo que realmente me interesaba.

La pregunta estaba clara: ¿quién soy, de dónde vengo, a dónde voy? Empezaron las dudas, surgió en mí una necesidad: averiguar la Verdad, aproximarme a ella, dar con ella.

En 2003 murió mi abuelo Salvador a los 89 años de edad. Lo viví como un mazazo. De entre sus innumerables escritos dejó un ensayo titulado Desde la cima de la colina, un trabajo elaborado después de muchos años de estudio e investigación. En él recorre y analiza la esencia de las distintas religiones, y concluye argumentando el porqué para él la fe católica es la única verdadera. 

Si mi abuelo se había tomado la molestia de profundizar en su fe, ¿a qué estaba esperando yo? En mi mente surgían nuevos interrogantes. ¿Conozco lo suficiente la fe que me ha sido dada en Cristo Jesús como para renunciar a ella sin más? ¿Qué o quién es realmente la Iglesia? ¿Qué significa exactamente el bautismo? ¿Y si el hombre viene del mono, por qué hay monos que no son hombres? ¿Y en su caso, de dónde procede el mono? ¿Por qué es el hombre la única especie capaz de crear, y más aún, de crear belleza?

¿Puede la ciencia explicar el origen del universo sin la existencia de un dios, el perfecto funcionamiento del cosmos, del sistema solar?

¿Acaso no es un milagro que de un óvulo y un espermatozoide nazca un Miguel Ángel capaz de pintar la Capilla Sixtina? ¿Acaso no es un milagro la música de Bach? ¿Qué misterio se esconde detrás de las catedrales? Suma y sigue.

En Roma, en el año 2005, un amigo y yo decidimos visitar la Basílica de San Pedro. Por primera vez en 16 años, acudí al sacramento de la Reconciliación. ¿Por qué me confesé allí? No tengo ni idea, el caso es que me puse de rodillas delante del sacerdote y sentí cómo el Padre me perdonaba con su absolución. Me marché con una gran alegría.

Empecé a acudir con cierta regularidad a misa y de cuando en cuando leía la Biblia y otros escritos relacionados con la Iglesia. Mi primera experiencia seria de silencio y oración -¡es tan importante!- se produjo en una estancia en el Monasterio de Santa María de Sobrado de los Monjes, La Coruña, en el puente de la Inmaculada Concepción del 2010.

Nunca hasta entonces había adorado al Santísimo, ni sabía muy bien lo que aquello significaba. Solicité una entrevista con un monje. “Si quieres profundizar en el misterio de nuestra fe”, me dijo, “acude principalmente a la Oración, la Palabra y la Eucaristía”. Tomé nota de ello.

Aquel domingo, después de comer, salí a dar un paseo por los alrededores del monasterio. Una alfombra de hojarasca cubría el camino en una tarde fría y húmeda, propia de la Galicia otoñal. Caminé en compañía de don José Luís, un sacerdote de Madrid que se encontraba de retiro en el monasterio.

La conversación fue muy agradable, intercambio de inquietudes y pareceres con Dios como centro de atención. Me recomendó que reservara una hora a la semana “para un Amigo”. Antes de volver al monasterio añadió, “me alegra decirte que te ha picado, y cuando –Dios– pica…”. ¡Vaya! A partir de aquí intentaría no faltar a esa cita con mi Amigo los domingos.

Al poco llegó la JMJ de Madrid, agosto de 2011. Lo vivido en ésta jornada es difícil de explicar. Miles de jóvenes de todos los rincones del mundo acudieron alegres al encuentro con el Señor y con el sucesor de Pedro, mi admirado y querido Benedicto XVI. Tres momentos:

– la celebración penitencial del parque del Retiro,

– el Vía Crucis del Paseo de Recoletos

– y la espectacular Vigilia del sábado por la noche en Cuatro Vientos.

Volví a mi lugar de residencia “confirmado” en el Camino hasta entonces recorrido y atento a ese “no tengáis miedo” de nuestro querido y admirado beato Juan Pablo II. Semanas después viviría unos días de silencio y oración en la Abadía Cisterciense de Santa María de Viaceli, en Cóbreces, Cantabria. De nuevo experiencias fundamentales en mi vida.

En palabras de Benedicto XVI “ser bautizado es la vocación a participar en la relación de Jesús con Dios”. Yo lo estaba pero, ¿realmente estaba participando de esa relación? La conversión creo que se produce cuando te das cuenta de que tienes la necesidad vital de participar de esa relación.Una necesidad que iba en aumento.

Como ven, la conversión no es algo que se produzca de un día para otro. Es un camino que se recorre a lo largo del tiempo, con intensidades diferentes, donde hay caídas y recaídas, pero te levantas con la ayuda de Dios y de su madre, María.

Cumplí los 33 años y sentí la necesidad de acudir al sacramento de la Confirmación. Así se lo manifesté a don Julián, mi párroco. Se puso en marcha un grupo de confirmación de adultos y felizmente, el 23 de febrero pasado, en 2013, recibí el don del Espíritu Santo. 

Hoy recorro el Camino en Jesús, fuente de Verdad y Vida, atendiendo a la vocación recibida en el Bautismo, con inmensa gratitud por ser hijo de Dios, tratando cumplir su Ley y acudiendo al sacramento de la Penitencia cuando me separo del Camino, todo ello con humildad, desde mi pequeñez, consciente y asumiendo la responsabilidad del don que me ha sido dado, en presencia de Cristo en el Sagrario, en la Palabra, en la Eucaristía y en el confesionario. Sabedor de que seguir a Cristo es una manera de “complicarse” la vida especialmente bella y alegre. Y en ello estamos, caminando en Cristo nuestro Señor de la mano de la excelsa Madre Virgen María.

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