Julien Rouquès, físico y músico, tenía 3 meses libres y decidió emplearlos en «lo más importante»: buscar al Dios en el que no creía

 

* «Este sacerdote me dio un soplo: «Cada día, durante tres meses, dedícale diez minutos a Dios. Verás lo que pasa». Y es lo que hice, diariamente, por las noches en mi cama. Me dirigía a Dios y lentamente se estableció una cierta intimidad entre los dos. Puedo decir con exactitud que encontré al Señor el último domingo de junio a las doce y media de la noche. Sentí una alegría indecible. No dormí nada esa noche y a la mañana siguiente estaba en una forma deslumbrante. En ese diálogo le confié a Dios que me gustaría dedicarme a la música y comprendí que este deseo se cumpliría»

17 de agosto de 2016.- (Julien Rouquès / Religión en Libertad / Camino Católico) Julien Rouquès no creía en Dios, pero sí era consciente de la importancia de cerciorarse de su existencia. Así contó en L’1visible (página 10) la experiencia que le cambió la vida:

Persona siempre en búsqueda, yo vivía en los Estados Unidos. Cuando volví a Francia, tenía a mi disposición tres meses de libertad antes de empezar mi doctorado en Física. ¿Qué haría con tanto tiempo libre? Me hice esta reflexión: «Si Dios existe, quiero encontrarle. Tengo tres meses para responder a la pregunta, la más importante de mi vida».

En esa época creía que los cristianos no eran personas muy listas. Con una excepción: un hombre con el que había estudiado Física. Le llamé y le pregunté: «¿Qué es tu fe? ¿Sólo una muleta porque tienes miedo de la muerte? ¿Una creencia heredada de tus padres?». Este amigo me sugirió que fuera a ver a un sacerdote que él conocía y que podría responder  a mis preguntas. ¡No tenía ni idea de lo que era un sacerdote!

Fui a conocerle. Era  muy simpático y le pregunté: «Pero, ¿por qué te has hecho sacerdote?». No lo entendía. Me explicó su conversión: «Tal día a tal hora encontré a Dios». Esto avivó mi curiosidad: «Es decir, ¿podemos encontrar a Dios sin lavado de cerebro? ¡Es genial! ¡Tengo que saber cómo se hace!». Entonces este sacerdote me dio un soplo: «Cada día, durante tres meses, dedícale diez minutos a Dios. Verás lo que pasa».

Y es lo que hice, diariamente, por las noches en mi cama. Me dirigía a Dios y lentamente se estableció una cierta intimidad entre los dos. Puedo decir con exactitud que encontré al Señor el último domingo de junio a las doce y media de la noche. Sentí una alegría indecible. No dormí nada esa noche y a la mañana siguiente estaba en una forma deslumbrante. En ese diálogo le confié a Dios que me gustaría dedicarme a la música y comprendí que este deseo se cumpliría.

Un año después empecé mi aprendizaje en la música a partir de cero. Tenía 26 años. Actualmente soy barítono profesional y compositor. Mi encuentro con Dios cambió la dirección de mi vida radicalmente.

Recientemente he fundado la Asociación Passerelles para, entre otras cosas, suscitar en los artistas el deseo del encuentro con Dios organizando conciertos de ópera en lugares imposibles. Tras una experiencia definitiva en distintas barriadas donde niños y jóvenes, con sus familias, pudieron descubrir un repertorio que ellos desconocían y estar en contacto con artistas profesionales, pusimos en marcha otro proyecto en un centro penitenciario.

Se trataba de ofrecer a los detenidos un tiempo de calidad con sus hijos, que los descubrieron y aplaudieron en el escenario. Cada uno de estos dos públicos ensayó su parte: los niños ignoraban que verían a sus padres en el escenario y viceversa. ¡Qué alegría y sorpresa sintieron cuando vieron que compartían la escena cantando la misma aria de la ópera Carmen!

Al final de esta jornada fueron muchos los detenidos que dieron su testimonio: «Aquí somos tipos muy duros. Pero allí arriba era tan distinto, éramos otros. No sabía que era posible sentirse así«. «Me he equivocado en tantas cosas… Antes yo creía que ocuparme de mis hijos era regalarles cosas. Pero no son cosas lo que ellos necesitan. Lo que necesitaban era que fuera a verlos cuando jugaban a fútbol… Hoy es lo que ha pasado y ha sido un éxito».

Estos testimonios me animan a seguir adelante con este tipo de acciones. La música es un vector prodigioso para que las personas se relacionen entre ellas, abriéndoles además un camino hacia Dios.

Julien Rouquès


Testimonio recogido por Laurence de Louvencourt.
Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).
  

 

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