La relación de nuestros hijos con Dios. La familia en manos del verdadero Padre

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9 de septiembre de 2009.-Nuestro hijo Artur de 9 años, ha recibido su primera comunión. Comparte habitación con su hermana Rut de 7 años. Cada noche desde bien pequeñitos hemos intentando acercarlos a que empiecen a relacionarse con Dios. Oramos con ellos en su habitación. En las comidas les invitamos a bendecir la mesa con el pan de la Palabra. Uno lee una parte de la oración y el otro el resto. Ellos saben que vamos a la Eucaristía, ven con normalidad como nos preguntamos cual debe ser la voluntad de Dios para nuestras situaciones cotidianas.

No hacemos nada extraordinario para educarlos en la fe, sólo compartir nuestra vida espiritual con ellos de forma natural, poniendo al Señor en el centro de nuestra familia. Artur y Rut, como dos hermanos de edades muy próximas, tienen celos el uno del otro, cada uno viviéndolo de una forma diferente. Ellos saben que cada uno es amado como ser único e irrepetible por nosotros. Sólo cuando están en momentos de sosiego reconocen que lo que se hacen el uno al otro, no está bien ni es la voluntad de Dios. Además, los dos son muy inteligentes y muy distintos. Ambos saben cuando están actuando bien o mal. Realmente sus actos se convierten en auténticos terremotos llenos de vida. 

Ahora Artur participa los domingos en la Eucaristía y Rut siempre le acompaña. También a veces, tanto en casa como en cualquier lugar comparten un rato de nuestras oraciones. Un día que estuvimos en la parroquia en unos 20 minutos de adoración al Santísimo optaron por quedarse en lugar de jugar. Ellos estuvieron callados, pero son niños activos por lo que se movieron con frecuencia. Artur empezó a agitar la mano haciendo el gesto de despedida cuando el sacerdote hacía la reserva. Su rostro estaba iluminado por una sonrisa de niño asombrado como si tuviera ante él algo nunca visto. Mientras ocurría esto nosotros no dijimos nada. Fue al salir que Artur comento: «¿habéis visto como me he despedido del Señor? Nosotros asentimos: «Sí y nos ha gustado mucho. Jesús es el amigo que nunca te fallará».

Es en estos detalles donde el Señor nos muestra que Él nos acompaña en la educación cristiana de nuestros hijos. Muchas noches cuando oramos están hablando o riendo y quieren participar menos, pero no por eso dejamos el hábito de hacer al Señor presente en algunos minutos de sus vidas. Tenemos la seguridad que sólo Dios puede cuidar auténticamente de su crecimiento. Barajamos incluso que cuando sean adolescentes puedan dejar a Dios de lado. Sabemos que no son inmunes a las dificultades de la vida. Por eso, optamos por hablarle más al Señor de nuestros hijos que a ellos de Dios. Pero lo que no les escondemos es que cada decisión de nuestra vida y la cotidianidad de cada acto los procuramos realizar de acuerdo a la voluntad de Dios, ofreciendolo todo al Señor. Nuestro pobre testimonio como padres es
desear vivir para el Señor.

Nosotros, padres terrenales acostumbramos a contar los dientes que salen y les caen a nuestros hijos, alegrándonos de que su evolución biológica va bien. No obstante, no somos conscientes de la gran Providencia de Dios Padre en sus vidas y la nuestra: Él nos tiene contados siempre el número de cabellos que hay en nuestra cabeza. Nada se le escapa. No para controlarnos sino para Amarnos profundamente. Todos debemos hacernos como niños. Ponernos en manos de Dios nosotros y los que nos rodean para que suceda siempre lo mejor que será sin duda la voluntad de Dios.

Hacerse como niños no supone ser buenos. Los pequeños muchas veces son crueles, egoístas con sus hermanos y compañeros. En ocasiones no controlan las reacciones a sus frustraciones. Deben aprender continuamente poniéndose en manos de sus padres con la seguridad que ellos los aman y aunque no actúen correctamente no dejarán de ser amados. Así debemos actuar nosotros con Dios. Él no está de acuerdo con nuestros pecados y egoísmos. Desea que crezcamos en el Amor que nos quiere comunicar cada día. Si aprendemos del Señor que es manso y humilde de corazón podremos enseñar en su nombre a nuestros hijos. No dejemos de hacernos como niños si queremos que el Reino de los cielos crezca en nosotros. Como dijo Jesús, permanezcamos en su Amor.

Oremos pues por nuestros hijos, nuestra familia y para que sepamos ser niños en manos de nuestro Padre Celestial:

Oración por los Hijos

Señor, ilumina la mente de nuestros hijos para que conozcan el camino que tú has querido para ellos, para que te puedan dar gloria y alcancen la salvación. Y a nosotros padres danos la gracia de permanecer siempre como niños cogidos de tu mano para ser guiados por el don de tu Espíritu Santo. Susténtanos con tu fuerza, para que anhelemos en nuestra vida los ideales de tu Reino. Haz de nuestra familia una auténtica comunidad cristiana donde todos nos ayudemos a reconocer nuestra vocación cristiana y a realizarla generosamente, colaborando con tus inspiraciones interiores. Amén.