Los esposos Erin y Jennifer Conely esperaban trillizas y una doctora les propuso abortar a una de ellas, pero su fe en Dios les hizo confiar y las niñas han nacido bien

“Esperábamos una hija. Que tuviésemos tres, todas ellas eran un regalo de Dios para nosotros”

* “Nunca dejamos de confiar en que Dios estaría con nosotros”

* ”Nuestra fe en Dios es muy fuerte. Creemos en Él y dependemos de Él en los momentos buenos y malos, y le damos gracias por ambos, porque todo lo que tenemos es gracias a Dios”

3 de noviembre de 2011.- Son las 10 de la mañana en la casa de Erin y Jennifer Conely, en Holly Springs, Carolina del Norte, y es la hora del desayuno para sus trillizas, Jillian, Rebeca y Sara. Las tres niñas de nueve meses de edad se sientan en sillas idénticas cuando su mamá, con una cuchara, le da verduras y cereales a cada una de ellas. Adam, el hijo de 3 años de edad de Erin y Jennifer, se sienta en la sala de estar con su perro Labrador Retriever, Madison, rodeado de juguetes.

Como las chicas han crecido, han comenzado a surgir su apariencia y personalidades. Rebeca, que al nacer era la más pequeño de las tres, es ahora la más grande, mientras que Jillian, la primera en nacer y que era la más grande, es ahora más pequeña que las otras dos. Sarah se concentra en el desayuno, mientras que las otras dos parecen curiosamente felices respecto a los visitantes que han venido a escuchar la historia de sus padres.

¿Qué es más reconfortante que la visión de un niño feliz? ¡Aquí hay tres! Es imposible imaginar que alguien pueda haber deseado alguna vez hacerles daño. Sin embargo, no hace mucho, una doctora que ese especialista en embarazos y partos había sugerido que una de las chicas fuese “sacrificada”.

(Rich Reese* / NotifamA las doce semanas, cuando se hizo evidente que Jennifer estaba esperando trillizas, su obstetra la derivó a una especialista. Una ecografía mostró que las bebés, ahora conocidas como A, B y C, se encontraban bien. Por eso los padres se sorprendieron cuando la médica comenzó a pintar un cuadro aterrador.

Ella recitó estadísticas sobre los peligros especiales en los embarazos y en el desarrollo fetal cuando hay trillizos, los defectos de nacimiento y complicaciones potenciales que podrían acompañar a los partos múltiples. “El vaso estaba siempre medio vacío”, recuerda Erin, “nunca medio lleno”.

“¿Hay algo malo en las niñas”,los padres querían saber. “No en este momento”, dijo la doctora. “Pero tener trillizas es peligroso. Y ustedes ya saben, si todas ellas sobreviven al nacer, ello obliga a los padres más de 24 horas al día para atender adecuadamente a tres niñas”.

Después de enumerar todas las cosas que podrían salir mal, la doctora propuso una solución: “reducción selectiva”. Abortar a una de las niñas, dijo ella, proporcionaría más espacio en el útero a las otras dos, mejorando las posibilidades para un embarazo y parto “saludables”.

Erin afirma que “en realidad, no hizo mella en mí hasta más tarde lo que ella estaba sugiriendo realmente. Teníamos tres bebés que estaban bien. La doctora reconoció que ellas eran hijas vivas, nuestras hijas; ellas tenían letras como ‘nombres’ para distinguirlas. ¡Y nos estaba aconsejando que matáramos a una de ellas!”.

“Yo no podía creer lo que estaba oyendo”,asegura Jennifer. “La dejé terminar, y luego dije que no había manera que yo pudiera permitir algo así. Esto iba en contra de mi fe”. Jennifer dijo que se dio cuenta que esto no sólo iba en contra de su fe católica, sino en contra de ella y de la fe de Erin en Dios.

“No las concebimos in vitro”,explica Erin, refiriéndose a un procedimiento en el que se fertilizan fuera del útero varios óvulos, luego de lo cual se los implanta quirúrgicamente. La Iglesia se opone a este procedimiento, porque “disocia el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, sino que ‘confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y biólogos…’” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2377).“Esperábamos una hija. Que tuviésemos tres, ellas eran un regalo de Dios para nosotros”.

Pero la doctora no se había entregado. “Si se da el caso, al avanzar el proceso”, dijo, “que uno de los bebés amenazara la salud de los otros, ¿ en ese momento considerarían ustedes una “reducción?”.

Jennifer reiteró su oposición a cualquier cosa que pudiera dañar a alguna de las trillizas. “Salimos traumatizados de la oficina”, dice ella. “No creo que Erin hubiese digerido por completo lo que ella estaba diciendo. Más tarde me llamó desde el trabajo y estaba llorando”.

“Esa fue mi primera reacción”,explica Erin. “En ese momento me sentí increíblemente enojado”.

Los padres regresaron a la doctora de referencia. “Yo dije que si no podían encontrar un médico que comprendiera lo mucho que estas niñas significaban para nosotros, yo misma iba a encontrar uno. Mis bebés estaban sanas”, comenta Erin. “Afortunadamente, nos derivaron a un segundo especialista que se mantuvo totalmente positivo durante todo el embarazo”.

Cuando Jennifer avanzó con las trillizas en las semanas siguientes, “Dios estaba con nosotros a cada paso del camino”, asegura ella. “Mis amigos en el trabajo dijeron: ‘Si hay alguien que conocemos con una fe firme en Dios, son ustedes dos, y sabemos que ustedes siguen perseverando’”.

¿Las advertencias de la primera doctora no les habían dado miedo a Erin y Jennifer?“Todavía teníamos esas cosas en nuestras mentes, por supuesto”, asvera Erin, “pero nunca dejamos de confiar en que Dios estaría con nosotros”.

“Yo pensaba en esas cosas”, dice Jennifer, “pero simplemente dejando correr esos pensamientos. Nuestra fe en Dios es muy fuerte. Creemos en Él y dependemos de Él en los momentos buenos y malos, y le damos gracias por ambos, porque todo lo que tenemos es gracias a Dios”.

Jennifer también comenzó a asistir a reuniones de apoyo con el Triángulo de Madres de Mellizos y Trillizos. “Fue genial ir allí y ver lo que era posible”, explica Erin. “Pensé que si ellas podían, ¿por qué no yo?”.

Cuando una madre está embarazada con varios hijos, especialmente con tres o más bebés, “hacerlo” viene con las expectativas un poco limitadas. Los bebés probablemente nazcan antes de tiempo, y con frecuencia requieren alguna hospitalización después del parto. Cuando Jennifer habló con una enfermera sobre la programación de una cesárea, la enfermera sugirió una “fecha estimativa” a las 32 semanas de gestación. “Nadie hace eso”, dijo ella, “pero es una meta. Si es antes, podemos manejar la situación”.

Jennifer llegó con facilidad a las 32 semanas, luego a la 33 y a la 34. A las 36 semanas, ingresó al hospital. Horas más tarde, sus hijas vinieron al mundo. Jillian fue la primera, a las 6 libras y 3 onzas; a continuación Rebecca, con cinco libras, y finalmente Sarah, algunas onzas por debajo de las seis libras.

En casa, de repente su familia se duplicó en tamaño, Erin y Jennifer aceptaron gustosamente la ayuda de los padres de ella, que vinieron a Carolina del Norte desde su casa en el estado de Nueva York y pasaron tres meses ayudándola. También contrataron a una acompañante familiar, Vanessa Fernández, de San Pablo, Brasil.

Su llegada a la familia Conley fue una respuesta a las oraciones de Vanessa. Después de firmar con una agencia que encuentra empleo en Estados Unidos para las acompañantes, Vanessa, una católica devota, encontró más de una pareja dispuesta a contratarla. “La elegimos porque era católica”, asegura Jennifer.

Mientras Jennifer avanzaba con el embarazo de sus hijas, Vanessa rezaba para encontrar una familia en la que pudiese trabajar. “Cuando vi que iban a tener trillizos”, afirma Vanessa con una sonrisa, “yo no estaba tan segura que pudiera manejar eso”. Pero cuando se enteró de la fecha prevista para la cesárea de Jennifer en noviembre de 2010, eso tuvo un significado especial para ella. Su padre había fallecido cuatro años antes. Ella todavía lo echaba de menos y rezaba por él, y la fecha de parto de Jennifer resultó ser el día del cumpleaños del papá de Vanessa.

Erin, Jennifer, Vanessa y todos sus hijos asisten todos los domingos a Misa en la Parroquia San Miguel Arcángel, en Cary, pero encuentran cada día, con sus altibajos, una ocasión para dar gracias, y una afirmación de la confianza que siguen teniendo en el Señor.

“¿No es un poco extraño a veces”,dice Jennifer, “la manera en que Dios nos habla? Sólo tenemos que abrir nuestros oídos, nuestros corazones y nuestras almas y escuchar”.

*Rich Reese es el editor del semanario católico diocesano estadounidense North Carolina Catholics (Los Católicos de North Carolina) de la Diócesis de Raleigh en el Estado de North Carolinadonde fue publicado originalmente este artículo

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