Marco Gallo, adolescente italiano de 17 años, la noche antes de morir en accidente escribió: «¿Por qué buscas entre los muertos al que vive?»

Antonio, su padre, responde así a sus compañeros de trabajo que le mandan mensajes de condolencias: «Mi hijo Marco habría querido que os dijera esto: sólo si Cristo ha resucitado es que algo realmente nuevo ha sucedido: algo capaz de cambiar el mundo y la situación de cada hombre, incluso la de mayor desesperación»

22 de marzo de 2012.- Monza, Italia. Un edificio blanco al lado de Villa Reale. Desde el parque, la niebla de la mañana se levanta, derritiéndose junto al edificio que, durante casi 18 años, fue la casa de Marco Gallo. Tras el accidente que se llevó a Marco la mañana del 5 de noviembre de 2011, se entra en estas paredes con pudor. La primera cara que uno se encuentra es la de la joven y guapa madre, Paola, cuyo semblante se oculta tras un velo que, instintivamente, se retrae ante cualquier pregunta. El padre es ingeniero; ella, profesora. Dos hijas: Francesca y Verónica, de veinte y catorce años. Todos, pertenecientes al Movimiento Comunión y Liberación; todos testigos de un testimonio único: el de su hijo y hermano.

(Marina Corradi / TempiMarco cursaba el último curso de secundaria. Un buen tipo: es el que sonríe en las fotos pegadas con imanes en la nevera de la cocina. El PC de su escritorio está siempre encendido, repleto de imágenes. Como la de aquellas vacaciones en California «en la carretera»: Marco obligó a la familia a recorrer cientos de kilómetros para ver el árbol más antiguo de Estados Unidos, una conífera que brotó hace 4500 años. Al verlo, sus palabras brotaron con entusiasmo: «¿Se dan cuenta? Este árbol ha vivido durante 4500 años».

Así era Marcos: anhelaba las cosas que durasen para siempre. Tenía un cuaderno titulado «Hipótesis sobre el deseo de la felicidad», en donde escribió con su letra pequeña: «Necesitamos una respuesta actual y eterna».

«Fue un volcán»,dice Paola. Uno que estaba loco por los fuegos artificiales, llegando a comprar salitre para hacer una explosión más fuerte aún. Se apasionaba por todo lo que iniciaba, como cuando sin haber hecho nunca la carrera de obstáculos, un día llegó a la pista, pidió prestados un par de zapatos y de inmediato hizo el tiempo mínimo requerido para estar en la selección nacional. Al muchacho parecía que lo quemase siempre el fuego de los retos: nadaba en mar abierto, escalaba montañas, se sentía atraído por las actividades al aire libre, siempre iba más allá de las apariencias. Así lo cuenta la mamá: «Siempre estaba preguntándose sobre el sentido de las cosas; nada le parecía suficiente».

Un voraz deseo de sentido

¿Un santo de altar? No parecería a simple vista. Era un muchacho muy vivo, espontáneo e indisciplinado. Escribía en todas partes, incluso en los escritorios y en las paredes. «Gallo, no escribas en el pupitre o lo limpiaras con la lengua» era una frase continuamente repetida por un profesor… al que luego Marco recordaría, pues lo menciona en una carta a Lucas, un compañero de clase. Marco Gallo, a fin de cuentas, era él mismo. Algo muy similar a esa otra imagen del niño sonriente en la nevera con un bocadillo de Nocilla en la boca y otro en la mano, insaciable…

Sin embargo, en sus últimos días Marco desarrolló un deseo voraz por el sentido de las cosas. Un día de excursión con sus compañeros, los mantuvo despiertos durante la noche, hablando sobre el significado de la vida. En otras ocasiones, pegaba en el refrigerador frases como ésta: «Siento el deseo de ser un mendigo de amor por todos los seres vivos […] La amistad es verdadera sólo si me conduce a lo verdadero, a la verdad del hombre, o a la compañía del misterio».

Antonio, su padre lo leía evasivo, incapaz de aceptar lo que su hijo estaba descubriendo. «¡No lo entiendes!», le decía Marco. Hoy, el padre llora recordando todo esto; esta muerte lo ha cambiado de modo total en pocos días. Tanto, que responde así a sus compañeros de trabajo que le mandan mensajes de condolencias: «Mi hijo Marco habría querido que os dijera esto: sólo si Cristo ha resucitado es que algo realmente nuevo ha sucedido: algo capaz de cambiar el mundo y la situación de cada hombre, incluso la de mayor desesperación». «Ahora, por fin -dice- me he quitado la máscara de las apariencias, esas que no te dejan decir lo que realmente te importa. Mi hijo odiaba esas apariencias y ahora que Marco está muerto, me estoy convirtiendo en un hombre».

Aquellos últimos meses de vértigo

Francesca, la hermana mayor, estalla con enojo: «A mí no me importa que alguien haya cambiado con la muerte de mi hermano. Yo lo que quiero es volverlo a ver». Uno de los dramas más fuertes y terribles, pero también más antiguos de la historia de la humanidad. Tras 17 años peleándose y pidiéndose perdón, Francesca siente que la muerte le ha arrebatado a su hermano para siempre. ¿De qué sirve entonces vivir, trabajar, tener hijos? Si la muerte es para siempre, la vida ya no es realmente algo soportable. Pero, después de todo, es la misma Francesca, rota e inquieta, la que dice que en un momento en el cementerio, mientras sus amigos cantaban, tuvo una certeza absoluta: «nos volveremos a ver, Marco, nos encontraremos de nuevo».

Paola comenta que el último mes de Marco estuvo marcado de una aceleración vertiginosa. En mayo, fue a Roma para la beatificación de Juan Pablo II. Al regreso, las palabras del Papa Beato resuenan en su cabeza: «Permitid que Cristo hable al hombre. Sólo Él tiene palabras de vida eterna». Marco escribió: «Es como si, por fin, alguien me hubiese entendido».

Otra cita con los santos que siempre le entusiasmaba era el recuerdo de aquella frase de los últimos días de Santo Domingo Savio: «¿Qué haría yo si supiese cómo iba a morir? Me gustaría seguir jugando al fútbol». Y por último, una noche insiste en volver a ver “Francesco” de Liliana Cavani, sobre todo esa escena en la que Francisco, marcado por los estigmas, dice: «Dios me ha respondido». Esa noche, Marco fija esa escena en el escritorio de su computadora. Era el 4 de noviembre. Al día siguiente, salió a la escuela… para no regresar.

La madre camina hacia el umbral de la habitación de su hijo adolescente. Carteles, fotos, la mesa marcada por una quemadura, fruto de esa antigua pasión de Marco por el fuego. En la pared junto a la cama, a la altura de la almohada, se lee esta frase escrita a lápiz: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?». El día antes del accidente, eso no estaba ahí. Sí, es de su última noche, dibujado justo antes de dormirse, siguiendo su vieja costumbre de escribir en las paredes. Leer ahora esa frase impresiona: es la prueba de estar tocando un momento de misterio.

Indicios razonables de la resurrección

Sólo hay una esperanza que sostiene cuando un niño muere. «Después de la muerte de Marco, he sentido su abrazo y el de Cristo a nuestra familia y a nuestros amigos como nunca antes», dice Antonio con una firmeza que contrasta con su cara marcada por el dolor. Son estas las marcas razonables de la resurrección de Cristo. Porque sin esto, cualquier palabra humana parece carente de sentido. Y así, en el abismo de vacío del hogar de un niño que no volverá, se levanta un asombroso desafío: una frase escrita con lápiz junto a una cama: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Algo escrito, justo la noche anterior, de eso que llamamos muerte.

Traducido del original italiano por Juan Antonio Ruiz J., LC del blog Con Tinta de Esperanza

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