¡No dejéis de alabar! “Bendice al Señor en todo momento” ante la pandemia del coronavirus y el confinamiento / Por el P. Fernando Simón Rueda

Camino Católico.- Bendice al Señor en todo momento”, Tb 4,19.

Que se eleve al Señor un canto de alabanza, de agradecimiento y de humildad

¡No dejéis de alabar! Aunque ahora nos cueste más o no parezca una prioridad. Es normal que ahora, en este tiempo asombroso que estamos viviendo por la pandemia y el prolongado confinamiento en las casas, gran parte de nuestra oración se centre en la intercesión, suplicando al Señor que entre a través de nuestra oración en cada casa, sostenga a los médicos, nos ilumine a todos para que sirvamos de modos creativos, sane la desunión de los matrimonios y las familias, para que el Espíritu Santo haga que los mil roces diarios sean vistos con ternura y misericordia. Súplica e intercesión por la sanación de los enfermos; para que el Señor, a través de nuestra oración humilde y en fe cure a una multitud que ahora se agolpa clamando como sucedía en el comienzo de la misión salvadora de nuestro Señor: “al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos enfermos y endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba a la puerta. Y curó a muchos”, Mc 1, 32. Es normal que nos centremos en la súplica para que nuestro Salvador proteja a los seres queridos y todos los que sufren de mil maneras, salve a los difuntos y nos libere de este mal.

De la súplica a la alabanza invocando la promesa de Dios

Pero la súplica nos debe llevar a la alabanza: así lo vemos en la oración de los tres jóvenes, Ananías, Misael y Azarías, cuando son arrojados al horno encendido por Nabucodonosor (cf. Dn 3, 19-90). Recordar: el pueblo (como en cierto modo ahora nosotros) está en el exilio en Babilonia sin templo ni culto. No pueden unirse en familia para celebra la Pascua. No pueden hacer la vida que amaban cuando vivían en Israel. Sin embargo, igual que Job, Abrahán o Moisés, no se rebelan contra Dios; no se escandalizan poniendo en duda la Providencia y Bondad de Dios Creador y Padre misericordioso. No le dan la espalda con indiferencia como hizo el pueblo en el Sinaí cuando Moisés tardó ¡cuarenta! días en bajar con el pacto de la Alianza de amor que Dios había ratificado con su pueblo. No protestan mirando con melancolía el pasado tal y como hizo el pueblo de Israel cuando se les hizo tan duro los ¡cuarenta años! en el desierto y añoraban las verduras de Egipto. No. Los tres jóvenes, como Abrahán, tras años y años de espera sin que se cumpliese la promesa, como tantos justos sufrientes, como María en la noche de la fe en la cruz,  hacen un profundo acto de humildad y confianza:

Confiesan en primer lugar la verdad de Dios, Señor y Padre amoroso: “Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, digno de alabanza y glorioso es tu nombre. Porque eres justo en cuanto has hecho con nosotros y todas tus obras son verdad y rectos tus caminos y justos tus juicios”.

En segundo lugar, reconocen su propia verdad confesando con humildad su debilidad y su propio pecado:porque hemos pecado y cometido iniquidad apartándonos de ti (…) Somos el más pequeño de todos los pueblos”.

Y, finalmente, miran con esperanza el futuro invocando la promesa que Dios hizo con amor a su pueblo. Apelan a la «memoria» de la fe, a la extraordinaria tradición transmitida durante generaciones de padres a hijos en cada plegaria, en cada salmo y, especialmente en la pascua, cuando el hijo pequeño preguntaba al padre cual era el significado de esa cena y éste respondía proclamando la verdad de Dios Creador y Padre misericordioso que en el momento de la esclavitud en Egipto salvó a los hijos de Israel y, a cambio, murieron los corderos que sirvieron de ofrenda en la cena pascual (que bien nos suena esto ¿verdad?, los corderos por los hijos, el Cordero inmaculado y precioso que es Jesús por nosotros, pequeñas criaturas convertidos en hijos amados). Este es la memoria contenida en los salmos de bendición como el Salmo 136 o Gran Hallel (gran alabanza) que repasa los bienes comunicado por Dios y va respondiendo: “porque es eterna tu misericordia” (misericordia significa el amor de Dios que es fiel a la alianza).

Mirada limpia de fe que, en momentos de oscuridad, cuando parece que Dios está ausente, reconoce su absoluta y total grandeza

Esta es la memoria de Israel, la transmisión de una verdad esencial: Dios, contra toda lógica y aspiración humana, se ha inclinado y ha hecho Alianza de amor con nosotros. Nos ha amado y se ha comprometido realizando la Gran Promesa (como hacen los esposos, porque no hay amor sin promesa. El amor nos promete que construiremos un futuro de fecundidad y grandeza. Y esa promesa sostiene la fidelidad diaria). Por eso, el pueblo de Israel hace constante memoria del pasado, del momento fundante de la Alianza con Abraham, Isaac y Jacob, del instante de la liberación del faraón y del momento extraordinario de la Alianza en el Sinaí. Recordando las maravillas de Dios pueden mirar al futuro con esperanza: el Dios que nos eligió nos sigue eligiendo en el desierto y en el destierro. El Señor, que infinidad de veces nos salvó, nos seguirá salvando ahora cuando parece que su mano nos ha abandonado y no tenemos ni templo, ni culto sacrificial y somos perseguidos. Pase lo que pase, dure lo que dure esta prueba, de aquí saldrá un pueblo realmente humilde, pobre, con corazón limpio que dará culto en espíritu y verdad.

Así lo hacen nuestros protagonistas en la extraordinaria oración del joven Azarías. No lo olvidéis: oración en el destierro cuando parece que Dios les ha olvidado y están a punto de ser arrojados al horno encendido:

«Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia. Por Abrahán, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste multiplicar su descendencia, como las estrellas del cielo, como la arena de las playas marinas”.

Es la oración de María (Lc 1, 46-56): el Poderoso “Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo (…). Auxilia a Israel su siervo acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”.

Es la memoria agradecida, la mirada limpia de fe que, en momentos de oscuridad, cuando parece que Dios está ausente, reconoce su absoluta y total grandeza. ¡Su amor primero y originario! La fuente de la inmensa e incesante comunicación de bien que se nos ha dado y que no mueve la humildad reconociendo que ante Él no hay derechos que revindicar sino dones que agradecer. Y estos son los dos pilares de la alabanza: descubrir la majestad, gloria y amor de Dios y la humildad, reconociendo nuestra pequeñez amada y ensalzada. Caridad y humildad, bases de la santidad.

Reconocer que todo es don de Dios

¿Quiénes somos? Pequeños amados. El polvo de la tierra que ha sido ensalzado y elevado para ser imagen de Dios, elegidos para una alianza de amor siendo el «tú» del Señor. “Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria”, 1 Sam 2, 8. Hemos sido ensalzados para ser amigos de Cristo, carne de su carne, portadores de su Espíritu, divinizados, herederos de su reino, ungidos, príncipes, profetas y sacerdotes.

Los tres jóvenes reconocen que todo, absolutamente todo es un don y ofrecen el mejor sacrificio, el de la humildad: “ahora, Señor, somos el más pequeño de todos los pueblos; hoy estamos humillados por toda la tierra a causa de nuestros pecados. En este momento no tenemos príncipes, ni profetas, ni jefes; ni holocausto, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso; ni un sitio donde ofrecerte primicias, para alcanzar misericordia, Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde”. Es la oración de María: “porque ha mirado la humillación de su esclava”.

Padre, ¡perdón! Acepta nuestro corazón humilde. Danos un corazón puro

¡Señor!: cuanto pecado en la historia, en la Iglesia, en los hombres de esta hora. El pecado original esta unido a la extraordinaria suma de todos los pecados personales de la historia, ¡los míos que son diarios! A las extraordinarias estructuras de pecado que se han arraigado. Al increíble olvido de los dones de Dios. A nuestros pecados diarios y faltas de desagradecimiento al Padre de la ternura y la fidelidad que nos lo ha dado todo hasta darse Él mismo en su Hijo. Es el pecado, origen del mal y del sufrimiento. ¡De qué manera nos hemos apropiado la gloria de Dios! ¿Quién le alaba? ¿Quién bendice con profundo respeto y agradecimiento su Nombre? ¿Quién acoge su Amor, sus dones? ¿A su Hijo y a su Espíritu? Cuántas veces, como el hijo mayor de la parábola del Padre misericordioso, llenos de orgullo no hemos escuchado: hijo mío, “todo lo mío es tuyo” (Lc 15,31). Hemos olvidado corresponder y nos hemos habituado a exigir y quejarnos cuando, como ahora, se nos viene abajo la falsa autonomía a la que nos aferrábamos y perdemos nuestro «poder». Padre, ¡perdón! Acepta nuestro corazón humilde. Danos un corazón puro.

La humildad, el estremecimiento ante su grandeza y nuestra pequeñez amada y ensalzada, el reconocimiento de que la vida es un don gratuito, inmerecido, el convencimiento de que Dios siempre es fiel y no deja de actuar para comunicarnos sus bienes y que todo concurre a nuestra santificación, conduce necesariamente a la alabanza llena de amor y de agradecimiento. Por eso no nos debe sorprender que los tres jóvenes, cuando parece que están sentenciados a muerte, “como una sola boca, empezaron a cantar himnos, a glorificar y a bendecir a Dios dentro del horno diciendo:

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres: a ti gloria y alabanza por los siglos.

Bendito tu nombre, santo y glorioso: a él gloria y alabanza por los siglos.

Bendito eres en el templo de tu santa gloria: al ti gloria y alabanza por los siglos (…)

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

Cielos, ángeles, aguas del espacio, sol y luna, astros del cielo (….) bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos (…)

Almas y espíritus justos, santos y humildes de corazón bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos·

Tenemos que recuperar la alabanza para devolver a Dios la gloria que el mundo y el demonio le han quitado

Como estos tres jóvenes que alaban en medio de grandes dificultades, cuando Pablo y Silas son molidos a palos y encarcelados, en la medianoche “se pusieron a orar y a entonar alabanzas a Dios, mientras los presos les escuchaban. De repente se produjo un terremoto tan fuerte, que se conmovieron los cimientos de la cárcel, e inmediatamente se abrieron todas las puertas”, Hch 16, 25-26. “La devoción y fuerza que inflamaba los corazones de los Apóstoles se expresa en la oración, y llegan a cantar himnos hasta en la misma cárcel. Su alabanza conmueve la tierra, hace temblar los fundamentos de la prisión, abre las puertas y, para terminar, libra a los preso de sus cadenas. Igualmente, aquel fiel que goza de toda alegría, cuando encuentre tentaciones, alégrese entonces con gusto en sus debilidades, para que habite en él la fuerza de Cristo. Y una vez cumplido esto, alabe al Señor con himnos, junto con Pablo y Silas en las tinieblas de la cárcel, y cante con el salmista: Tú eres mi refugio y mi alegría ante la adversidad que me rodea (Sal 32,7)”, San Beda, Expositio Actuum Apostolorum.

Es la oración de los pequeños, los petayim a los que María pone voz en el Magníficat porque son como Ella. Los pobres de corazón a los que Jesús alaba porque se identifican con su Corazón (“Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños”, Mt 11, 25)

Qué gran verdad profética proclamaba hace pocos días en un retiro un gran sacerdote cuando casi gritaba: tenemos que devolver a Dios la gloria que el mundo y el demonio le han quitado. Necesitamos grupos de alabanza y adoración donde se vuelva a proclamar con amor agradecido y humilde el Nombre, la grandeza, la bondad, la belleza, la luz, la verdad del Dios que lo ha dado todo por nosotros hasta darse a sí mismo asumiendo cada dolor, cada pecado y cada muerte.

Pedir perdón en nombre propio y en nombre de todos los hermanos y volver a mirar al Señor

Por eso tenemos que recuperar la alabanza. Estamos en un momento precioso para pedir perdón en nombre propio y en nombre de todos los hermanos y volver a mirar al Señor, levantando el corazón con amor y nuestras manos en alabanza. Bendecir su nombre con el amor, la dulzura y la fe de María. Volver a bendecir con poder de amor y de fe el Nombre, el dulce Nombre de Jesús, el único Nombre que contiene la presencia que significa (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2666).

Recordad que la alabanza es la forma de oración que “reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es”. Y por eso “integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término”, (Catecismo de la Iglesia Católica, 2639).

No oramos primero para conseguir favores de Dios. Se que es duro decir esto en este momento en que la oración constante es la súplica ¡Así deber ser con María! Pero sin descuidar la alabanza. No solo por lo que nos das, sino por Ti Padre bueno. Por Ti Jesucristo Señor, Salvador y Amigo. Por Ti Espíritu Santo fiel que permaneces en cada uno de nosotros para renovarnos en este tiempo único de conversión.

Alabanza que admira la Majestad y el resplandor de su Bondad, Verdad y Belleza, es decir, su Gloría. Alabanza que se desborda en acción de gracias. Alabanza que movida por el don de piedad se estremece ante la presencia amorosa del Padre e impulsada por el don de sabiduría gusta a Cristo presente en la Eucaristía, presente en mi intimidad y presente en cuando dos o más oramos en comunión.

Cuando ores acuérdate de tu grupo, de tu pequeña comunidad y de la gran comunidad que es la Iglesia. Alaba uniéndote espiritualmente a tus hermanos

Humildad – Alabanza – Adoración – Acción de gracias.  Sin olvidar que lo hacemos en comunidad. En tu casa, con tu familia y, aunque oremos solos lo hacemos unidos en la comunión de los santos. Cuando ores acuérdate de tu grupo, de tu pequeña comunidad y de la gran comunidad que es la Iglesia. Alaba uniéndote espiritualmente a tus hermanos. Da gracias con ellos y por ellos. Pide humildemente perdón por ellos y pide, intercede sin cesar para sostenerlos en este tiempo en que hemos caído en tierra como el grano de trigo (cf. Jn 12,24) para rompernos y dar el fruto del hombre nuevo a imagen de Cristo.

Una última recomendación:

Ahora nos puede resultar más difícil orar en casa. No tenemos el ambiente adecuado. Es cierto que somos espíritu encarnado y nuestra corporeidad reclama signos que nos remitan a Dios: el Tabernáculo, el templo, la presencia física de los hermanos de fe, oírnos en el testimonio compartiendo la fe, vernos con los ojos del Espíritu, el ministerio de música, etc. Pero tenemos al Padre que nos mira y abraza. Al Espíritu, alma y vida de nuestra alma. Tenemos en casa la Palabra de Dios que hace presente al Verbo.  Y a Cristo, el Esposo en casa. Recuerda que desde el bautismo el Espíritu te unió a Jesús con un amor de amistad (caridad, fe y esperanza). Él no está «frente a ti» sino «en ti». En tu intimidad que es una intimidad compartida con Él. Por eso es absolutamente necesario aprender a vivir en presencia de Jesús, escuchándole, mirándole, compartiendo todo con Él. Pronunciando su Nombre con fuerza, fe y amor: “más el nombre de Jesús no es solo luz, también es alimento ¿No te sientes reconfortado tantas veces como lo recuerdas? ¿Hay algo que robusteza tanto el espíritu que piensa en él? ¿Qué otra cosa da tanto descanso a las mentes fatigadas, robustece las virtudes, desarrolla las buenas y honestas costumbres y fomenta los amores castos? (…) Si escribes, me resultará insípido si no leo el nombre de Jesús (… ) Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, jubilo en el corazón”, San Bernardo Comentario al Cantar de los Cantares, 15.6.

¿Puede haber más dificultades? Sí. Pero, atención, de aquí puede brotar una oración mucho más auténtica. Una oración de fe verdadera y, por eso, oración de mucho más fruto. Nos puede resultar aparentemente más fría, monótona, sin ese consuelo de la alabanza en el grupo, sin ese gusto cuando adoramos en comunidad ¡Sin sentir! Sin la paz y alegría que da compartir con los hermanos. Pues ahí, en la oración constante y quizás monótona es cuando más frutos habrá. No lo hacemos por los consuelos y gustos, sino por fe y amor al Señor y a los hermanos. Por eso advertía san Juan de la Cruz que en la vida espiritual podemos caer en la tentación de procurar “sentimiento y gusto más que en reverenciar y alabar en sí con humildad a Dios (….) porque pongan en Él los ojos de la fe, quita Dios muchas veces esotros gustos y sabores espirituales”, (Noche oscura del alma, 1,6.4-5).

P. Fernando Simón Rueda

Párroco de la Parroquia de san Juan Crisóstomo. Madrid

Asesor espiritual y miembro del Consejo de Redacción de Camino Católico


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