Papa Francisco en la Audiencia, 11-3-2020: «El Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer a la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella»

*  «Pidamos al Señor Jesús que nunca nos haga faltar el agua viva del Evangelio, única capaz de saciar nuestra sed de Dios, y nos conceda también su Espíritu Santo para poder cumplir la voluntad del Padre, con un corazón lleno del amor de Dios y bien dispuesto al servicio de los hermanos»

Video completo de la transmisión en directo realizada por 13 TV  de la síntesis de la catequesis que el Papa ha hecho en nuestro idioma

* «En este momento, me gustaría dirigirme a todos los que han contraído el virus y sufren esta enfermedad, y a los muchos que sufren la incertidumbre sobre sus enfermedades. Mi más sincero agradecimiento al personal de los hospitales, a los médicos, enfermeras y enfermeros, a los voluntarios que están al lado de las personas que están sufriendo en este momento tan difícil. Doy las gracias a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que rezan por esta situación, todos unidos, cualquiera que sea la tradición religiosa a la que pertenezcan. Gracias de todo corazón por este esfuerzo. Pero no quisiera que este dolor, esta epidemia tan fuerte, nos haga olvidar a los pobres sirios, que sufren en la frontera entre Grecia y Turquía: un pueblo que sufre desde hace tantos años. Deben huir de la guerra, del hambre, de las enfermedades. No olvidemos a los hermanos y hermanas, a los tantos niños, que están sufriendo allí»

11 de marzo de 2020.- (Camino Católico)  El Papa Francisco ha afirmado que en todas las personas existe un rayo y un anhelo de luz, “incluso en los corruptos”, en aquellos donde ese rayo de luz “está enterrado bajo escombros de engaños y mentiras”. El Pontífice ha presidido la Audiencia General de este miércoles 11 de marzo desde la Biblioteca del Palacio Apostólico al estar suspendidas las celebraciones públicas en el Vaticano y en Italia como consecuencia de la epidemia del coronavirus COVID-19.

En su catequesis, el Pontífice ha continuado con la serie sobre las bienaventuranzas y se centró en la cuarta: “Bienaventurados aquellos que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Francisco ha recordado que “hambre y sed son necesidades primarias que afectan a la supervivencia”. Pero en este caso concreto, “¿qué significa tener hambre y sed de justicia? No estamos hablando de aquellos que quieren venganza, de hecho, en las bienaventuranzas anteriores hemos hablado de piedad”.

El Papa reconoce que “las injusticias hieren a la humanidad, la sociedad humana tiene urgencia de igualdad, de verdad y de justicia social. Recordemos que el mal infringido a las mujeres y hombres del mundo llega hasta el corazón de Dios Padre. ¿Qué padre no sufriría por el dolor de sus hijos?”. No obstante, ha subrayado que “en toda persona, incluso en las personas más corruptas y alejadas del bien, hay escondido rayo de luz, incluso si se encuentra enterrado bajo escombros de engaño y de errores, pero siempre está la sed de la verdad y del bien, que es la sed de Dios”.

“Es el Espíritu Santo el que suscita esta sed”, ha insistido, “es Él el agua viva que dio forma al polvo del que estamos hechos, es el aliento creativo le dio la vida”.Por ello, “la Iglesia está mandada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesús es la más grande justicia que se puede ofrecer al corazón de la Humanidad, que tiene una necesidad vital, incluso si no es consciente de ello”.

Por ejemplo, “cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intención de hacer algo grande y bello, y si conservan viva esta sed, siempre encontrarán la manera de avanzar en medio de los problemas con la ayuda de la Gracia”. “También los jóvenes tienen esta hambre y no la deben perder”. “Es necesario proteger y alimentar en el corazón de los niños este deseo de amor, de ternura, de acogida expresan en sus impulsos sinceros y luminosos”. Porque “toda persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, aquello de lo que realmente tienen necesidad, aquello que hace vivir bien y, al mismo tiempo, qué es lo secundario, qué es aquello de lo que tranquilamente podemos prescindir”.

Por último, el Papa Francisco ha cerrado su catequesis señalando que “Jesús anuncia en esta Bienaventuranza que hay una sed que no será defraudada, una sed que, aunque permanezca escondida, será saciada y llegará siempre a buen fin, porque corresponde al corazón mismo de Dios, a su Santo Espíritu que es amor”. En el vídeo superior de 13 TV se visualiza y escucha  la síntesis de la catequesis que el Santo Padre ha hecho en nuestro idioma, cuyo texto completo es el siguiente:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la audiencia de hoy seguimos meditando sobre el luminoso camino de la felicidad que el Señor nos ha dado en las Bienaventuranzas, y llegamos a la cuarta: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados”

Ya hemos encontrado la pobreza de espíritu y el llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed. El hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia. Hay que subrayarlo: no se trata de un deseo genérico, sino de una necesidad vital y cotidiana, como es la alimentación.

Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? Ciertamente no estamos hablando de los que quieren venganza, al contrario, en la bienaventuranza anterior hablamos de mansedumbre. Verdaderamente las injusticias hieren a la humanidad; la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social; recordemos que el mal que sufren las mujeres y los hombres del mundo llega al corazón de Dios Padre. ¿Qué padre no sufriría por el dolor de sus hijos?

Las Escrituras hablan del dolor de los pobres y de los oprimidos que Dios conoce y comparte. Por haber escuchado el grito de opresión levantado por los hijos de Israel – como nos dice el Libro del Éxodo (cf. 3:7-10) – Dios ha bajado a liberar a su pueblo. Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Señor es aún más profunda que la legítima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón.

En el mismo «Sermón de la Montaña», un poco más adelante, Jesús habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfección personal, diciendo: «»Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos.» (Mt 5, 20) Y esta es la justicia que viene de Dios (cf. 1 Cor 1:30).

En las Escrituras encontramos expresada una sed más profunda que la sed física, que es un deseo en la raíz de nuestro ser. Un salmo dice: «Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua.» (Sal 63, 2). Los Padres de la Iglesia hablan de esta inquietud que habita en el corazón del hombre. San Agustín dice: «Porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.(1).Hay una sed interior, un hambre interior, una inquietud …

En cada corazón, incluso en la persona más corrupta y lejos del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque se encuentre bajo escombros de engaños y errores, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios. Es el Espíritu Santo quien despierta esta sed: Él es el agua viva que ha plasmado nuestro polvo, Él es el soplo creador que le dio vida.

Por eso la Iglesia es enviada a anunciar a todos la Palabra de Dios, impregnada de Espíritu Santo. Porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad, que tiene una necesidad vital de ella, aunque no se dé cuenta.(2)

Por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan, tienen la intención de hacer algo grande y hermoso, y si mantienen viva esta sed, siempre encontrarán el camino a seguir, en medio de los problemas, con la ayuda de la Gracia. ¡También los jóvenes tienen esta hambre, y no deben perderla! Es necesario proteger y alimentar en el corazón de los niños ese deseo de amor, de ternura, de acogida que expresan en su ímpetu sincero y luminoso.

Cada persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace la vida buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y de lo que puede prescindir tranquilamente.

Jesús anuncia en esta bienaventuranza, hambre y sed de justicia, que hay una sed que no será defraudada; una sed que, si se asecunda será saciada y siempre será satisfecha, porque corresponde al mismo corazón de Dios, a su Espíritu Santo que es el amor y también a la semilla que el Espíritu Santo ha sembrado en nuestros corazones. ¡Que el Señor nos dé esta gracia: la de tener esta sed de justicia que es precisamente la gana de encontrarle, de ver a Dios y de hacer el bien de los demás!

Después, al saludar a los fieles de lengua española, el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:

Nuestra reflexión de hoy nos lleva a considerar la bienaventuranza: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados», que no se refiere a un deseo genérico sino a una exigencia vital, cotidiana de todo ser humano: la necesidad de nutrirse para sobrevivir.

Pero aquí se habla de hambre y sed de justicia. ¿Qué quiere decir hambre y sed de justicia? No es la sed de venganza, tampoco es sólo el dolor de los pobres y de los oprimidos, que Dios conoce bien y que no le es indiferente. Es una justicia más grande, más grande que el derecho humano a la equidad, la verdad y la justicia social, más grande también que la perfección personal. Se trata de la justicia que viene de Dios: de esa inquietud, de ese anhelo que está presente en lo más hondo del corazón, aún en el corazón del más corrupto y alejado del Señor.

Es la sed de bien, de verdad, que el mal no puede borrar. Es la sed de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser, y que san Agustín nos recuerda cuando escribe: «para ti nos has hecho, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti».

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor Jesús que nunca nos haga faltar el agua viva del Evangelio, única capaz de saciar nuestra sed de Dios, y nos conceda también su Espíritu Santo para poder cumplir la voluntad del Padre, con un corazón lleno del amor de Dios y bien dispuesto al servicio de los hermanos. Que Dios los bendiga.

El Papa ha dicho al saludar a los fieles en otras lenguas:

En este momento, me gustaría dirigirme a todos los que han contraído el virus y sufren esta enfermedad, y a los muchos que sufren la incertidumbre sobre sus enfermedades. Mi más sincero agradecimiento al personal de los hospitales, a los médicos, enfermeras y enfermeros, a los voluntarios que están al lado de las personas que están sufriendo en este momento tan difícil. Doy las gracias a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que rezan por esta situación, todos unidos, cualquiera que sea la tradición religiosa a la que pertenezcan. Gracias de todo corazón por este esfuerzo. Pero no quisiera que este dolor, esta epidemia tan fuerte, nos haga olvidar a los pobres sirios, que sufren en la frontera entre Grecia y Turquía: un pueblo que sufre desde hace tantos años. Deben huir de la guerra, del hambre, de las enfermedades. No olvidemos a los hermanos y hermanas, a los tantos niños, que están sufriendo allí.

Os saludo con afecto, queridos hermanos y hermanas de lengua italiana. Os animo a que afrontéis cada situación, incluso la más difícil, con fortaleza, responsabilidad y esperanza.

También quiero dar las gracias a la parroquia de la prisión «Due Palazzi» de Padua: muchas gracias. Ayer recibí el texto del Vía Crucis que habéis escrito para el próximo Viernes Santo. Gracias por trabajar juntos, toda la comunidad carcelaria. Gracias por la profundidad de vuestras meditaciones.

Ahora dirijo un saludo especial a los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados: Vivid este tiempo de Cuaresma con la mirada fija en Jesús que sufrió y resucitó, recibiendo de su Espíritu consuelo y mansedumbre.

Francisco

(1) Confesiones,. 1, 3.

(2) Catecismo de la Iglesia Católica, 2017.- La gracia del Espíritu Santo nos confiere la justicia de Dios. El Espíritu, uniéndonos por medio de la fe y el Bautismo a la Pasión y a la Resurrección de Cristo, nos hace participar en su vida.

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