Priscille Roquebert odiaba desde niña a su padre alcohólico: «Sufría su cólera, me sentí abandonada por Dios, pero viendo ‘La Pasión’ me encontré con Jesús y el perdón»

* «Comprendí que Jesús, mi hermano, había muerto por la salvación del mundo, que había muerto por mí y para salvarme a mí. ‘Él conoce todas mis heridas. Jesús, el Hijo de Dios, las ha padecido mucho antes que yo’ pensé. El camino del perdón se abrió ante mí. Comprendí que el perdón no es una simple casilla que una marca para ser buena cristiana. Es un camino de paciencia, de sanación y de humildad. Comprendí que Dios quería mi bien y que necesitaba que yo le dejase hacer. Y que cuando se plantase el perdón, tendría que darlo gratuitamente.  El odio es  un veneno. Se apoderó de mi corazón y de todo mi ser. Si no le hubiese perdonado, no sé dónde estaría hoy. El perdón no lo borra todo, pero quienes no conocen el perdón deben ser muy desgraciados. El perdón es exigente, pero nos libera»

Entrevista de Cyril Lepeigneux a Priscille Roquebert para el programa «Un coeur qui écoute» [Un corazón que escucha] del canal católico francés KTO. El vídeo puede verse con los subtítulos en español entrando en subtítulos C, acto seguido en la ruedecita de la derecha de configuración, luego en subtítulos, después en traducir automáticamente y eligiendo el español

Camino Católico.-  Priscille Roquebert padeció dos realidades diferentes en su mismo padre: el que intentaba cumplir su responsabilidad de padre y el alcohólico, para quien ella no existía. Pronto llegaría la violencia, los gritos de su madre, los conflictos, las detenciones policiales, las celdas de borrachos, los tribunales, el miedo. Recorrió un largo camino hacia el perdón… Ha compartido numerosas veces en encuentros de oración su testimonio de vida,  que ha puesto por escrito en el libro Du poison au pardon [Del veneno el perdón] y que recoge en primera persona  L’1visible:

«El perdón me ha liberado»

Desde que era pequeña, mi padre se ha tomado muy en serio su papel como cabeza de familia. La educación era estricta y junto a mis hermanas conocimos la norma de la vara. A medida que iba creciendo, lo veía dormir cada vez más, mientras mi madre siempre estaba agotada y lloraba mucho. No lo entendí todo, pero mi padre terminó siendo hospitalizado por depresión. Durante tres años, viví con un padre que entraba y salía del hospital, durmiendo en casa todo el día y tratando de trabajar para mantener a su familia. El alcohol apareció y yo sólo vivía para soportar su ira y sus humillantes castigos.

De niña, amaba a mi padre a pesar de su dureza. Bromeaba y se acurrucaba cuando las cosas iban bien y yo sabía que me amaba. ¡Cuando llegó el alcohol, era obvio para mí que él se iba a quedar mal! Desde los 7 u 8 años, rezaba mucho para que se curara, ponía agua de Lourdes en su vaso, colgaba cuadros de Jesús misericordioso en el garaje junto a sus botellas… En vano. Se estaba poniendo cada vez peor. Me sentí abandonada por Dios y por este padre que estaba destruyendo mi vida. Crecí con el odio y el deseo de la muerte pegados a mi cuerpo.

Unos años más tarde, durante una proyección de La Pasión de Cristo en el cine, me encontré con Jesús, que es mi hermano, el que nunca tuve: Comprendí que Jesús, mi hermano, había muerto por la salvación del mundo, que había muerto por mí y para salvarme a mí. ‘Él conoce todas mis heridas. Jesús, el Hijo de Dios, las ha padecido mucho antes que yo’ pensé. El camino del perdón se abrió ante mí, pero ¿cómo podría entender que me tocaba a mí perdonar?

Comprendí que el perdón no es una simple casilla que una marca para ser buena cristiana. Es un camino de paciencia, de sanación y de humildad. Comprendí que Dios quería mi bien y que necesitaba que yo le dejase hacer. Y que cuando se plantase el perdón, tendría que darlo gratuitamente.

Me encuentro con Mathieu, mi futuro esposo, y me acompaña un hermano de la comunidad de las Bienaventuranzas. Con ellos, y agarrando con fuerza la mano de Dios mi Padre, me reconstruí. Mi camino hacia el perdón durará tres años. Visito a mi padre en su apartamento. Es sucio, poco saludable, tengo miedo de que recaiga, me lastime, pero ese día decidí perdonarlo y decírselo. Rezamos juntos por un momento.

Visité a mi padre en su apartamento. Estaba sucio, insalubre. Yo temía que él recayese y me hiciese daño, pero aquel día había decidido perdonarle y decírselo. Rezamos juntos unos instantes. Le pedí que bendijese a mi novio. Fue un momento muy tímido, pero lo esencial nos lo dijimos. Comprendí que ambos éramos prisioneros del odio que nos unía.

Mi padre dejó de beber. La familia recobró una cierta armonía. Sería de corta duración: Seis meses más tarde, recayó en su enfermedad psiquiátrica y tuvo que ser internado. Un periodo de tranquilidad le permitió llevarme al altar el día de mi boda (¡yo, que había proclamado que jamás aceptaría que lo hiciese él!). La medicación no conseguía estabilizarle. Volvieron las crisis y los accesos de violencia, así como los intentos de suicidio, hasta que uno de ellos fue demasiado y se quitó la vida.

Vivió su purgatorio en la tierra. Estoy convencido de que el Señor pronunció sobre él las palabras que dijo al Buen Ladrón: ‘Hoy estarás conmigo en el Paraíso’. Al final de su vida, él lo entregó todo a Dios. La enfermedad puede ser más fuerte que el hombre, pero no hasta el punto de arrebatarle todo lo que hay de bueno en su corazón.

El odio es  un veneno. Se apoderó de mi corazón y de todo mi ser. Si no le hubiese perdonado, no sé dónde estaría hoy. El perdón no lo borra todo, pero quienes no conocen el perdón deben ser muy desgraciados. El perdón es exigente, pero nos libera.

Priscille Roquebert


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