Rachel María Hernández empezó a vivir una doble vida en la adolescencia hasta que fue a uno peregrinación, Cristo la tocó y hoy es monja: «Lo tenía todo porque tenía a Dios»

* «De los trece a los quince años deseaba ser cualquier persona menos yo. Me parecía que todo el mundo tenía una vida mejor que la que yo tenía. Pero ahora, no cambiaría mi vida por nada del mundo, porque he comprendido que Dios me ama y que tiene un proyecto para mí, para hacerme feliz. Abrir el corazón a Dios te llena, porque estamos hechos para Dios y para realizar el proyecto que Él eternamente ha pensado para cada uno de nosotros. Por eso soy feliz, muy feliz”

Camino Católico.- La Hna. Rachel María Hernández es la mayor de nueve hermanos, nacidos en el seno de una familia profundamente católica. Todo fue bien hasta que Rachel fue entrando en la adolescencia. A los trece años tomó la decisión de elegir el mundo y, a espaldas de sus padres, comenzó a vivir una doble vida. No entendía por qué su familia no podía ser una “familia normal”. Estaba convencida de ser una “niña buena” por la sencilla razón de que había cosas que sus amigos hacían y que a ella no le permitían hacer. Cuando tenía dieciséis años, participó en una peregrinación. En esos días, durante una confesión, comprendió cuánto estaba ofendiendo a Dios con su vida, quizás no con sus pecados, pero sí con su deseo de pecar. Poco después recibió otra gracia, comprendió que Dios la quería feliz, por eso no debía temer lo que Él la pidiera: el que había creado su corazón, sabía perfectamente lo que ella necesitaba para poder ser plenamente feliz. En el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión cuenta su testimonio de vida, que puede visualizarse y escucharse en el vídeo superior. Este es un resumen de su historia que nuestra la infinita misercordia de Dios:

La hermana Rachel María Hernández es una joven religiosa de veinticuatro años que pertenece a la comunidad Siervas del Hogar de la Madre. Nació en Florida (Estados Unidos) en el seno de una familia profundamente católica, de la que ella fue la primera de nueve hermanos, entre los que se cuenta Helen, una niña nacida con síndrome de Down.

Sus padres procuraron darla, a ella y a todos sus hijos, un ambiente sano y una buena formación religiosa. “Tengo el recuerdo de que, desde que era muy pequeña, mis padres me enseñaron a rezar, a conocer a Jesús y a la Virgen. Mi madre siempre me leía historias de santos. Puedo decir que mi infancia ha sido una infancia feliz”.

Todo fue bien hasta que Rachel fue entrando en la adolescencia. Entonces, las cosas comenzaron a cambiar: “A los trece años, un tanto influenciada por lo que vivían mis amigos y por lo que veía a mi alrededor, tomé la decisión de elegir el  mundo. No de rechazar a Dios, al menos no lo formulé así, porque eso me sonaba muy fuerte. Pero sí quería elegir el mundo, y eso tiene como consecuencia el alejarse de Dios”.

La Hna. Rachel María confiesa cuáles fueron las claves de ese alejamiento de Dios: “Mi alejamiento de Dios comenzó porque en la catequesis para la confirmación tenía un ambiente muy malo. Mis compañeros eran muy mundanos y esto me afectó. Pero lo que realmente me hizo caer fue la música que comencé a escuchar. Siempre me había gustado mucho la música, pero mi madre  cuidaba de que lo que hubiera en casa fuese bueno: la música, los libros, programas de televisión… Se preocupaba de que todo esto fuesen cosas que no nos apartasen de Dios. Pero yo tenía una radio en mi habitación y en una ocasión encontré una emisora que transmitía enseñanzas muy malas. Desde entonces, a escondidas de mis padres, comencé a escuchar frecuentemente esa emisora de radio. Y eso, para mí, fue motivo de abrirme al pecado”.

A espaldas de sus padres, Rachel comenzó a vivir una doble vida. Había cosas que no podía hacer, porque sus padres no se lo permitían, pero todo lo que podía hacer a escondidas de ellos lo hacía. “Exteriormente no se notaba mucho, porque en mi casa disimulaba como si fuera una chica buena. Pero, en realidad, lo que ocupaba mi mente todo el  día eran los chicos, la ropa, las fiestas… Deseaba cumplir dieciocho años solo para  irme de casa. En EEUU, cuando uno cumple los dieciocho años, se gradúa del instituto y se va de casa para ir a la Universidad y hacer su propia vida. Esa era mi única meta, eso era lo que yo quería: hacer lo que me diera la gana y no tener que escuchar los consejos de mis padres. Estuve viviendo así desde los trece hasta los quince años. Seguía asistiendo a Misa todos los domingos con mi familia, pero yo no vivía la Misa, era solo una rutina. Me confirmé a los quince años y, aunque sabía que era una gracia, al no tener ninguna relación personal con Dios, no supuso ningún cambio en mi vida”.

Pero ese verano en el que Rachel se confirmó y cumplió quince años, pasó algo que fue fundamental en su vida: “Mi madre, que estaba un tanto desesperada por mi actitud, que deseaba que yo tuviese buenos amigos que me influyesen bien y que rezaba por esta intención, se enteró de que ese verano se iba a realizar un campamento  dirigido por las Siervas del Hogar de la Madre y experimentó que eso era lo que yo necesitaba. Llevó a casa un tríptico con la información sobre esta actividad y me lo enseñó. Yo, al ver que era solo de chicas y que había religiosas, le dije que no me interesaba. Acababa de llegar de otro campamento que había hecho al otro lado del país, con actividades relacionadas con el arte y la música que era lo que me gustaba, y que además era mixto, habíamos tenido un montón de fiestas y me lo pasé fenomenal. Habiendo tenido esa experiencia, no me atrajo para nada la idea de hacer un campamento solo de chicas y con monjas. Pero como mi madre me dijo que no le importaba que no asistiese, decidí ir, solo por llevarle la contraria”.

“Asistí con una actitud muy escéptica, pensando en lo que me iba a encontrar… Pero, cuando llegué, me encontré con un ambiente tan sano, tan bueno y a la vez tan alegre que me atrajo muchísimo. Yo tenía la idea de que  los que vivían la fe católica, eran aburridos y gente rara, y yo no quería ser así. Siempre me había quejado de tener unos padres estrictos y muy católicos. No entendía por qué no podíamos ser una familia “normal”. Comparaba mi familia con las de mis amigos y no aceptaba que me impidiesen hacer cosas que a mis amigos sus padres sí les dejaban hacer. Ahora doy gracias a Dios por esto, pero mis pobres padres tuvieron que sufrir mucho conmigo”.

En el campamento conoció chicas que vivían su fe con generosidad y mucha alegría: “En este campamento conocí a chicas, especialmente me impresionaron algunas universitarias, que eran muy alegres, muy auténticas y eso me llamó mucho la atención, y sabía que yo tenía sed de tener eso que ellas tenían, de ser así de  auténtica. Las veía y quería ser como ellas. No pensaban en sí mismas, siempre se entregaban a las demás y eso me impresionaba mucho”.

Rachel confiesa que no vivió demasiado bien ese campamento. Con todo, descubrió cuál era la raíz de su problema. Había crecido en un ambiente profundamente católico que la había protegido de muchas cosas malas, pero no había tenido aún una experiencia personal de Dios. Por eso, el camino de la fe se le hacía pesado como un yugo impuesto, y esa sensación le dificultaba ver el regalo que era haber recibido la fe desde tan pequeña y no haberse manchado con tantos pecados que dejan sus heridas en el alma: “Aunque no viví demasiado bien el campamento porque no iba con una buena actitud, al final de éste, me di cuenta de que me faltaba algo, y lo que me faltaba era una relación personal con Dios para poder ser feliz”.

De regreso a casa, aunque llegó con buenas intenciones, le faltó la fuerza de voluntad para perseverar en los propósitos que se había hecho. Los deseos de mundo y de cosas mundanas seguían ocupando su mente y su corazón.

Un año después, con dieciséis años, participó en una peregrinación con el Hogar de la Madre: “En esta peregrinación recibí una gracia muy grande, la de poder confesarme”. Esa confesión fue fundamental: comprendió cuánto estaba ofendiendo a Dios con su vida de “niña buena”: “Cuando era pequeña me confesaba cada mes porque mi padre nos llevaba, pero hacía muchos años que yo no hacía una confesión sincera”. Rachel comprendió finalmente cuánto estaba ofendiendo a Dios con su vida, quizás no con sus pecados, pero sí con su deseo de pecar: “Recibí una gracia que nunca había experimentado: la de sentir un verdadero dolor de haber cometido aquellos pecados. En ese momento comprendí que estaba ofendiendo a Dios con mi vida. Siempre me había comparado con mis amigos, que hacían cosas que a mí no me permitían hacer, y por eso me consideraba muy buena. Pero en ese momento comprendí que yo estaba ofendiendo a Dios con mi egoísmo, con mis deseos de pecar, con mi  vanidad, con mi soberbia…” 

La luz había sido grande pero, de regreso a casa, los propósitos le duraron de nuevo dos semanas. A espaldas de sus padres comenzó a salir con un chico: “Esta relación ocupaba todo mi pensamiento, todo mi mundo. No era capaz de abrir mi corazón a Dios porque pensaba que yo sabía lo que me iba a hacer feliz. Como mis planes y los planes de Dios eran incompatibles, elegí mis planes”.

El momento de gracia definitivo, llegó de la mano de su hermana menor. Ella comenzó a tomarse su vida cristiana muy en serio, y ese ejemplo de alguien a quien quería tanto y a quien estaba tan unida, hizo que Rachel comenzara a reflexionar sobre lo que estaba haciendo con su vida. Comprendió que Dios no es ningún aguafiestas y que con sus mandamientos no busca amargarnos la vida, sino hacernos plenamente felices. Comprendió que Dios la quería feliz, por eso no debía temer lo que Él la pidiera: “El darme cuenta de que Dios quería que yo fuese feliz, fue lo que me impulsó a cambiar. Me di cuenta de que Dios sabe mejor que yo lo que puede hacerme feliz, porque Él ha hecho mi corazón. Cuando me di cuenta de esto todo cambio”.

Esta vez, el cambio fue profundo y definitivo: “Comencé a ir todos los días a Misa. Dejé a mi novio, porque entendí que mi relación con él era superficial y vacía, y me estaba impidiendo abrir el corazón a Dios y comprender lo que Dios quería de mí. Después de esto, todo fue muy rápido, porque me di cuenta de que al asistir todos los días a Misa estaba feliz, y me daba igual el estar en casa mientras mis amigas se iban de fiesta. Antes me daba rabia el no poder ir con ellas, pero ahora me daba igual, ya no tenía ese deseo: sabía que si estaba haciendo lo que Dios quería de mí, iba a ser feliz. Como Dios conocía la atracción que yo sentía por ser feliz, me hizo comprender que  Él era el único que me podía hacer feliz”.

La Hna. Rachel María descubre la clave por la que muchos jóvenes se apartan del Señor: por el miedo a lo que Él les pueda pedir. “No puedo hablar de mi conversión sin hablar al mismo tiempo de mi vocación. Algo que me apartaba de Dios era pensar lo que Él me podía pedir. Esto era por la idea que yo tenía de que Dios quería fastidiarme la vida. Pero cuando comprendí que esto no era cierto, abrí mi corazón sinceramente, comencé a rezar de verdad y a ir a Misa todos los días. Esto me cambió totalmente. Comencé a ser feliz de verdad: sabía que lo tenía todo, porque tenía a Dios”.

La Hna. Rachel María termina su testimonio ofreciendo a quien la escuche el “secreto para ser feliz”: “De los trece a los quince años deseaba ser cualquier persona menos yo. Me parecía que todo el mundo tenía una vida mejor que la que yo tenía. Pero ahora, no cambiaría mi vida por nada del mundo, porque he comprendido que Dios me ama y que tiene un proyecto para mí, para hacerme feliz. Abrir el corazón a Dios te llena, porque estamos hechos para Dios y para realizar el proyecto que Él eternamente ha pensado para cada uno de nosotros. Por eso soy feliz, muy feliz”.

Fuente:Eukmamie
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