San Fructuoso, un mártir de actualidad: «Sea vuestro lenguaje: «Sí, sí»; «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» / Por Jordi Rion

Camino Católico.-  El día 21 de enero es la festividad de san Fructuoso, san Augurio y san Eulogio. Quizás no sean nombres muy populares en nuestros días, pero esto no disminuye su valor y firmeza para no ceder a las presiones gubernamentales de su momento histórico. Se trata de unos ejemplos cristianos venerados en la ciudad de Tarragona, la que fue capital peninsular en tiempos en los que el imperio romano se extendía por toda la Mediterránea y más allá.  Los hechos acaecieron el año 259, cuando Emiliano, gobernador de la provincia Tarraconense quiso agradar a Roma, poniendo en práctica el edicto del emperador Valeriano, mediante el cual pretendía obligar a los cristianos a realizar prácticas religiosas idolátricas participando en cultos paganos y limitar el derecho de reunión de la comunidad cristiana, como cosas más relevantes en aquellos tiempos y… en los nuestros. Los desobedientes eran condenados a la pena capital. También en nuestros días, existen países que mantienen estas condenas; mientras otras sociedades han evolucionado, encontrando otras formas de matar y perjudicar a los que han tomado la decisión de no claudicar bajo ningún concepto.

Aquellos que han podido visitar los restos del anfiteatro de Tarragona habrán podido observar la base de una edificación situada en la arena del mismo. Se trata de, la que seguro fue, una hermosa iglesia con la tradicional forma de cruz, construida durante el siglo V en el lugar del martirio de estos santos. ¡No deberíamos olvidar aquellos que han permanecido fieles a Cristo sin miedo a las consecuencias!. Y aunque nosotros olvidáramos, Dios no lo hará y sus nombres brillarán el en libro de la Vida.

Existen unas actas, realizadas por un testigo, que describen el arresto, juicio y martirio de estos tres valientes (http://ajubilar.arqtgn.cat/index.php?arxiu=actes_martiri). No voy a realizar un parafraseado de todo el texto, pues sería demasiado largo. Sin embargo, considero relevante destacar algunos pequeños fragmentos:

– El gobernador Emiliano le dijo: Han ordenado dar culto a los dioses. Fructuoso le contestó: Yo adoro al único Dios que ha hecho el cielo, la tierra, el mar y todo cuanto contienen.

En la antigua Roma, existía una cierta libertad o tolerancia religiosa y, de hecho, no parecían tener problemas para asimilar divinidades de los pueblos conquistados. En cambio, el cristianismo no tardó en ser combatido.  Pero, ¿cómo perseguir una creencia y mantener el estatus de tolerante? La diabólica idea consistía en la obligatoriedad de dar culto a unas divinidades impuestas, a parte de la opción personal. Pero Fructuoso y compañía no cedieron.

San Fructuoso, en el centro, en su capilla en la Catedral de Tarragona con san Augurio y san Eulogio a su lado

También nosotros convivimos con una estrategia parecida. Nuestros gobernantes alardean de tolerancia religiosa pero cada vez legislan introduciendo más obligaciones contrarias a la fe cristiana, incorporando castigos a los desobedientes. Cuanto parecido, ¿verdad?. No prohíben nuestras creencias, pero, al igual que en el siglo III, quieren imponer la adoración a sus dioses modernos: ideologías, hedonismos, humanismos, narcicismos, egolatrías, filosofías, ciencias, personas, divinidades ancestrales y orientales, etc… De esta manera, siempre se ha pretendido relativizar el único Camino de salvación: Jesús. En la actualidad, puede no ser políticamente correcto atacar frontalmente al cristianismo, pero sí se favorecen opciones contrarias como ataque indirecto. Aunque cada vez se disimula menos.

– El gobernador Emiliano dijo a Fructuoso: ¿Eres tú obispo?. Fructuoso respondió: Lo soy. Emiliano replicó: Lo fuiste. Y ordenó que los quemasen vivos.

¡Dichosos los que se mantienen firmes y responden como estos santos!. Nadie dice que sea fácil resistir a las presiones, pero el acogedor abrazo divino no tiene comparación con nada de este mundo. Ellos supieron entender las palabras de Cristo: «no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma» (Mt 10,28).

Ante esta situación, alguien puede preguntarse, ¿hasta qué punto uno debe ser radical?. Este es uno de los dilemas de muchos creyentes. Una vez, durante una comida de empresa, tuve la fortuna, o no, de coincidir en la mesa junto al director general. Él tenía fama de ser un cristiano comprometido. Aproveché para preguntarle cómo conseguía conciliar la moral con las exigencias de su puesto. A lo que respondió que siempre intentaba conseguir el acuerdo menos doloroso. Pero, evidentemente, siempre había que ceder en algo. En ese momento recordé la cruz de Cristo… ¿os imagináis a Jesús negociando con las autoridades una condena más llevadera que la Cruz? ¿Podría san Fructuoso haber cedido un poco y adorar, aunque fuera falsamente, una de aquellas divinidades?. «»Sea vuestro lenguaje: «Sí, sí»; «no, no»: que lo que pasa de aquí viene del Maligno» (Mt 5,37). Gracias a que muchos han rechazado la tibieza millones han recibido la Palabra de Dios. Más, qué lastimosa pérdida de conversiones por causa de otros tantos tibios. Vale la pena morir para vivir; así nos lo dice Jesús: «Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Seguro que estas palabras nos confortan más que estas otras: «puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca» (Ap 3,16)

San Augurio y Eulogio, al igual que su obispo, reciben la misma corona de gloria por permanecer fieles a Dios y, aunque el relato focaliza más la figura del obispo, también relata la fidelidad de estos dos diáconos, compañeros de martirio. Todo el proceso está marcado por un rastro de paz, mansedumbre y oración. Y es que, hasta en los peores momentos somos llamados a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y orar por los que nos ultrajan y persiguen (cf. Mt 5,44)

Jordi Rion


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