Daniele, adicto recuperado en la Comunidad Cenáculo: De la droga a los brazos de Dios

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"Una de lasdaniele.jpg cosas más extraordinarias que me ha dado la Comunidad es la fe en Dios: ha transformado mi grito de desesperación y de tristeza, en fe y esperanza de que hay algo bello para cada uno de nosotros. He descubierto un Dios misericordioso a través de los chicos que están a mi lado y las personas que he encontrado, que perdonan mis errores y mi pobreza"

19 de agosto de 2010.- (Daniele / Comunidad Cenáculo) Me llamo Daniele y tengo treinta y un años. Soy un chico que ha hecho mucho daño, tanto a mí mismo como a los que me rodeaban. He vivido muchos años en la ilusión de la droga, en el egoísmo, en la soledad, siempre a la búsqueda de “algo más”. Estaba habituado a hacer todo lo que quería. Hoy veo que fui esclavo del mal aún antes de encontrar a la droga, por aquella necesidad de emociones fuertes, de algo que me hiciera escapar de la fatiga y de los sufrimientos de la vida.

Mis padres me han querido mucho y me han dado todo lo que pudieron, pero no era eso lo que necesitaba. Nunca sentí a mi padre como “amigo”, nunca tuve verdaderos diálogos con él lo que me condujo a vivir con un profundo sufrimiento en el corazón y a buscar la amistad fuera de la familia.
Buscaba la felicidad en cosas que me llevaban a depender cada vez más, huyendo de los que me querían, cerrándome en mi egoísmo y en una soledad que me destruía.

fiesta_de_la_vida_de_la_comunidad_cenculo_2010.jpgVeía a los muchachos más grandes como personas fuertes y quería ser como ellos. Todo esto me llevó a elegir un camino equivocado, el camino de la droga, que ha sido una total ilusión.

Empecé a drogarme a los dieciséis años fumando cigarrillos y marihuana y frecuentando chicos más grandes. Estaba convencido que lo normal era fumar y hacer “lío” de noche. Iba a trabajar y el dinero que ganaba lo usaba para la droga; a veces no me alcanzaba y me lo procuraba de otras formas, combinando travesuras, robando todo a todos: a mis padres, amigos… Me levantaba a la mañana y enseguida el pensamiento que me atormentaba era cómo procurarme la droga: era mi única preocupación, todos los días. Finalmente, caí preso, conocí la cárcel, donde rige la ley del más fuerte, del más astuto. Allí toqué fondo.

Entré en la Comunidad Cenáculo por mis padres porque ¡¡yo pensaba todavía que podría salir solo de la droga!! Aquí encontré muchos chicos que habían tenido los mismos problemas pero ellos tenían muchas fiesta_de_la_vida_de_la_comunidad_cenculo_2010_6.gifganas de vivir y de luchar para el bien, por algo verdadero. Las primeras veces que los vi a la mañana arrodillados en la capilla para rezar fue un “shock”, pero con sus fuerzas, sus ganas de seguir adelante, al final me han conducido, convencido y empujado también a mí. Luego de medio día de estar en la Comunidad Cenáculo encontré a Madre Elvira; no sabía nada de ella. Lo primero que hizo fue preguntarme el nombre, darme un abrazo y después me dice: “¡Debes poner empeño y voluntad!”. Me dijo en seguida lo que tenía que hacer, y lo recordaré para siempre.

Pensando en mis padres, sobre todo en mi padre, al que perdí después de un mes de entrar en la Comunidad Cenáculo, entendí que no puedo juzgarlos porque ha sido difícil criar un hijo como yo. Me doy cuenta de cuántas veces no he aceptado lo que me decía, y él siempre me ha querido mucho dándome lo que podía y tenía, lo que también él había recibido de la vida. He comprendido esto aquí en la Comunidad haciendo de “ángel custodio” a otros chicos, a veces jóvenes de edad, y tratando de trasmitirles lo que he aprendido. En el "amar", superando mis impaciencias y aprendiendo a sufrir con madurez, he probado sobre mi piel lo que han vivido mis padres conmigo.

En la vida comunitaria estoy recorriendo finalmente el camino del bien, aprendiendo día tras día a poner mis energías y mis fuerzas en esta dirección; me empeño a vivir una cotidianidad hecha de pfiesta_de_la_vida_de_la_comunidad_cenculo_2010__4.gifequeñas cosas y también de renuncias, de sacrificios… todo a lo que antes me escapaba. Estoy descubriendo los valores verdaderos de la vida, la amistad y el perdón que antes eran para mí “pilotados” solo del interés. Hoy estoy aprendiendo que perdonando a mí mismo, mis errores, a quien está cerca o a quien me hiere, me siento mejor, más bueno, capaz de amar y sufrir por algo bello y verdadero.

Una de las cosas más extraordinarias que me ha dado la Comunidad es la fe en Dios: ha transformado mi grito de desesperación y de tristeza, en fe y esperanza de que hay algo bello para cada uno de nosotros. He descubierto un Dios misericordioso a través de los chicos que están a mi lado y las personas que he encontrado, que perdonan mis errores y mi pobreza. Me siento afortunado por todo aquello que estoy recibiendo gratuitamente de Dios y de la Comunidad, de esta escuela de vida en la cual se aprende algo nuevo cada día. Agradezco de corazón al Señor por esta vida nueva. Gracias.