Daniel Talavante convertido por Cristo de la atracción homosexual, de la magia, la adivinación y el ocultismo

* «Tomo la decisión de que tengo que volver a mi vida, que no sirve de nada escapar del sufrimiento, que hay que afrontarlo. (…) Me voy a confesar con un sacerdote, confieso todo lo de la sexualidad, todos los pecados que yo había cometido. El sacerdote me absuelve y yo salgo de esa confesión como si saliera volando, parece que voy levitando. Como si fuera un hombre nuevo, con la decisión de irme a casa”

Camino Católico.- Daniel Talavante es un joven español de treinta y tres años. Aunque nació en una familia de tradición católica en la que fue bautizado e hizo la Primera Comunión, realmente nunca vivió en un ambiente cristiano, ni recibió formación cristiana, no escuchó hablar de Dios en su hogar o entre sus amigos.

Su infancia quedó marcada por la traumática separación de sus padres y el rompimiento de la familia. Su hermano pequeño, de solo un año, quedó en Madrid, bajo la custodia de su madre. Él, que tenía tres años, marchó a Guadalajara con su padre y sus abuelos paternos.

La urbanización donde se encontraba el chalet en el que vivían estaba comenzando a construirse y, de momento, era el único chalet. No había vecinos, no había amigos. El colegio estaba a veinte minutos de coche. Imposible quedar con nadie, ni siquiera para hacer un trabajo juntos. Su padre no pasaba mucho tiempo en casa. Siempre estaba fuera. La soledad le llevó a inventar su propia realidad, llena de amigos imaginarios. Daniel se preguntaba por qué no había nacido en una familia normal, con unos padres unidos, como veía en sus amigos del colegio: “Aquella época la recuerdo siempre llorando”.

Las consecuencias de toda esta situación de sufrimiento, empezaron a notarse muy pronto. Daniel se dio cuenta que empezaba a mirar a los chicos de una forma distinta de los demás. De momento es solo una atracción, que no estallará hasta años más tarde. Paralelamente, Daniel se introduce en el mundo de la magia, de la adivinación y de lo oculto, en parte animado por el ambiente familiar. Cuenta su testimonio de conversión en dos programas de “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que se visualizan y escuchan unidos en el video que publicamos.

Con solo diez años vive un trágico acontecimiento que le introduce definitivamente en el mundo de lo oculto:

“El momento cumbre es a los diez años, cuando tengo una experiencia que desencadena mi entrega total a la magia y a la brujería. Para ir al colegio me tenían que llevar en coche. Se tardaba veinte minutos más o menos, normalmente me llevaba siempre mi abuelo, a veces mi padre. Íbamos en una furgoneta que teníamos. En un momento de ese viaje, recuerdo que yo llevaba en las manos un estuche o algo así. Se me cae el estuche en el suelo de la furgoneta, me agacho al cogerlo y, al levantarme, me da como un mareo, se me va así como la vista. Y, en ese momento, veo un espejo que se rompe, y que de él sale sangre. Yo me asusto y se lo cuento a mi abuelo. Él no le da importancia y dice: «Bueno, no te preocupes, que conmigo a tu lado nunca te va a pasar nada».

Yo me quedo tan tranquilo pero, a los cinco minutos de que pasara esto me dice: «Dani, se me nubla la vista». Yo, en ese momento, pienso que me está gastando una broma y le digo: «Será el frío que te está empañando las gafas». Entonces él dice: «No, no». Da un volantazo, aprieta el acelerador, y cae muerto sobre mí. Yo me doy contra el cristal de la furgoneta y empiezo a gritar. La furgoneta se sale de la carretera, campo a través porque eso era como unos arados… Y yo gritando, gritando, gritando, hasta que hay un momento en el que mi abuelo hace como si fuera la última respiración.

En ese momento yo me centro y digo: «Estoy en una furgoneta campo a través, la furgoneta no para, mi abuelo se ha muerto, y yo tengo que salir de aquí como sea». Entonces, intento quitarme a mi abuelo, pero no puedo. Intento llegar al freno, pero mi pie no llega al freno. Lo único que se me ocurre es quitar el contacto de la furgoneta. Quito el contacto, la furgoneta se detiene, abro la puerta, me quito del abrazo que, yo no sé cómo, mi abuelo me tenía abrazado, y salgo corriendo a la carretera. Me pongo de rodillas delante de la carretera pidiendo auxilio, y paran dos coches, uno de ellos era de unos vecinos. 

Todo esto desemboca en un deseo voraz por mi parte de controlar este poder. En ese momento yo estaba convencido de que tenía un poder de adivinar el futuro, de adelantarme en las cosas del futuro. Quiero controlarlo para que no me vuelva a pasar lo de mi abuelo. No tanto porque yo no quiera que me vuelva a pasar un acontecimiento así, sino que lo que no quiero es que me sorprenda. Habiéndolo visto antes, a partir de ahora yo quiero saber las cosas antes de que pasen.

A partir de ahí, de los diez a los doce años, antes de venirme a Madrid, aprendo a echar las cartas, empiezo a leer las runas, la bola de cristal, también a través de las llamas del fuego… Y acierto. Había una parte psicológica –efectivamente- en que deduces cosas por los gestos que ves en la gente. Pero hay una parte espiritual que yo en ese momento no soy capaz de explicar pero que la acepto totalmente bienvenida en mi casa, y es que yo tengo intuiciones, visiones de cosas del futuro o de cosas que están pasando en ese mismo momento en otros lugares. Y de este poder yo me aprovecho, y mi familia lo alimenta por esto de que todos teníamos ese don y cosas de estas”.

En esos momentos, Daniel piensa que el poder viene de él. Con el paso del tiempo, comprobará que el poder que tiene viene del diablo: “Yo, en ese momento, como no creo en Dios ni creo en nada, pienso que ese poder viene de mí, que lo tengo yo. Pero, a medida que crezco, voy experimentando que este poder no viene de mí, ni de Dios sino que viene del diablo”.

¿Cómo llega Daniel a esta conclusión? Con doce años se había trasladado a vivir a Madrid, a casa de su madre. Un Miércoles de Ceniza, Daniel tendría alrededor de quince años, su abuela materna le dio algo de dinero para que fuera a recibir la ceniza. Y algo inesperado pasó entonces: 

“Yo no había estado nunca en esa ceremonia, no tenía ni idea de estas cosas, pero me levanto también yo a que me impongan la ceniza. Y el cura, al hacerlo, me dice: «Polvo eres y en polvo te convertirás». Esa frase marca, digámoslo así, mi proceso de conversión. Cuando el cura me dice: «Polvo eres y en polvo te convertirás», para mí fue como si me diera una bofetada y me dijera: «Te vas a morir, y después de la muerte no hay nada». En ese momento, toda mi vida entra en crisis, (…) porque todo eso que me habían dicho mis padres de «sé bueno, sé responsable, estudia»… Yo empiezo a decir: «Y todo eso, ¿para qué?» Porque si me voy a morir y luego no hay nada, y voy a desaparecer”… 

A Daniel le resulta tan inconcebible la idea dejar de existir un día, incluso no teniendo fe en Dios, que el sufrimiento que le provoca este pensamiento le lleva hasta a tener pesadillas. Al cabo de un mes de darle vueltas a esta cuestión, decide hablar con el sacerdote: “Le digo: «Usted me dijo que después de la muerte no hay nada». El cura se quedó sorprendido. Empezamos a dialogar y, por primera vez en mi vida, oigo decir que Dios es bueno, que Dios  me quiere”.

Daniel nunca había oído algo así. Fascinado por estas primeras nociones de un Dios que es todo amor, acepta la invitación del sacerdote a hacer unas catequesis con el Camino Neocatecumenal en una parroquia cercana. Daniel comienza un proceso de conversión, pero sin abandonar en ese primer momento el mundo de la magia y de la adivinación: 

“En ese tiempo había pasado de la adivinación a la magia de ritual, de invocación, que me fascina en ese momento: dibujar tentáculos en el suelo, invocar espíritus, que se aparezcan los espíritus, poder preguntarles, poder mandarles… Hacía cosas para otras personas, tanto para que pasaran cosas buenas como para que pasaran cosas malas. Sigo teniendo visiones. Yo, cuando tenía una visión, me empiezan a pitar los oídos. Entonces, enseguida reconocía lo que iba a pasar, que iba a tener una experiencia rara… Yo seguí alimentando esto”.

Su ignorancia en materia religiosa era tan grande que jamás había pensado que la magia podía ser un terrible pecado contra el primer mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Su primera confesión va a cambiar radicalmente su vida. Aunque el demonio hará un último asalto –físico- tratando de asustarle y no dejarle escapar: 

“En una convivencia decido confesarme de todo esto que, hasta ese momento, yo jamás había pensado era pecado. Me confieso y el sacerdote me dice que todo eso viene del demonio, que Dios acepta mi arrepentimiento, que me perdona, pero que yo he jugado con el demonio y que el demonio no me va a dejar tan fácilmente, que tengo que mantenerme en la oración… Cosas de estas ¿no?  Y nada, me confiesa, me da la absolución, estamos un ratillo en una hostelería que había en el Valle de los Caídos y, en un momento determinado, serían las doce y media o una de la noche, decido que yo ya me quiero ir a dormir. Pero, antes de irme a dormir, decido irme ante el Sagrario y arrodillarme allí, como para darle las buenas noches al Señor.

La capilla estaba así muy oscura. Abro la cortina, veo la luz del Sagrario y me arrodillo para decirle buenas noches Señor. En el momento en el que yo me arrodillo, siento de pronto como una sombra gigantesca, inmensa, espesa, pesada, que se agarra a mi espalda, como cuando alguien se monta a caballito… Pero, imagínate, una cosa así, impresionantemente grande… Me entró un pánico tremendo. Me quedé a mitad de arrodillarme, no fui capaz ni de terminar, ni de levantarme… Lo primero que siento en mi interior es el impulso a recurrir a la magia, hacer alguna especie de conjuro de protección o cosas de esas. Y, en ese momento, me viene la lucidez de decir «Pero, ¿qué estoy haciendo si está el Señor aquí?» Entonces, miro al Santísimo, veo la vela, y en ese momento siento como que algo me suelta, como si desapareciera. Terminado ese momento, salí corriendo”.

A partir de ese momento, Daniel no volvió a tener los poderes que tenía antes. La gracia de Dios lo había arrancado del poder de las tinieblas: 

“A partir de ese momento no volví a tener ninguna visión, no volví a tener pitidos en la cabeza, no volví a tener ninguno de estos poderes que yo tenía antes. Y ahí es donde yo veo que todo esto de la magia, todo esto de que yo tenía un poder, es falso, viene del demonio. Y que la confesión, el Sacramento de la confesión, ha logrado apartar o separar al demonio que yo tenía conmigo, que era el que me daba estas capacidades. Lo ha apartado de mí. Y entonces a partir de ahí toda esta parte mágica desaparece”. Otras señales de influencia demoniaca desaparecieron también con el poder exorcizador de la confesión. 

La batalla contra la magia y el espíritu de adivinación había sido vencida, pero faltaba la segunda y decisiva batalla: contra la tendencia homosexual que viene arrastrando desde niño, fruto de las heridas de su infancia. Con diecisiete años, dos años después de su primera conversión -tras la que abandona el mundo de la magia- Daniel comienza la batalla con una estrepitosa derrota: 

“Desde que tengo uso de razón, recuerdo que tengo una atracción hacia el cuerpo masculino, hacia todo lo que es masculino. A la par también siento atracción por las chicas. A mí, de joven, me gustaban las chicas, hay chicas de mi curso, una especialmente de la que estaba perdidamente enamorado… Cuando yo me vengo a Madrid a los doce años, sigo con esa doble atracción. Sigo fijándome en los chicos, en el cuerpo de un chico, quizá también por esto que comentaba del miedo a lo desconocido. Incluso a lo mejor, como mi padre no estaba mucho en casa, por echar un poco en falta la parte masculina, y de forma inconsciente buscarla en los chicos. No lo sé”.

Daniel reconoce ahora que cometió un grave error. De los quince a los diecisiete años él se confesaba, pero buscaba cada vez un sacerdote distinto, alguien que no le conociera. Eso imposibilitaba una labor continuada de dirección espiritual que seguramente le hubiera evitado la entrada en un túnel de enorme sufrimiento. El paso a la universidad se convierte también en la entrada al mundo de la homosexualidad. El contacto con jóvenes que proclaman abiertamente su homosexualidad, la adicción a páginas pornográficas, los chats dedicados solo a contactos homosexuales… Hasta que con dieciocho años toma la decisión de marchar a Cataluña para comenzar una relación homosexual con un joven al que ha conocido a través de un chat.

Llegado a Cataluña, Daniel tira el móvil a la basura para que su familia no pueda contactarle. Y tira también su relación con Dios e incluso su fe en Él: “Yo pensaba (..) si existe Dios, como me ha dicho la Iglesia, lo ha hecho todo mal en mi vida. Y ahora me toca arreglarlo a mí, y lo voy a arreglar. Entonces, voy y me invento mi vida, me invento mi historia”. 

Su nueva vida comienza con esta relación homosexual con este joven. Al principio todo parece ir sobre ruedas: “Empiezo una relación con este chico, al principio, los primeros meses, estupenda. Relaciones sexuales cada dos por tres, salir de fiesta, amigos que me quieren… Pues el Dani, mira tal, qué bien, qué libre”. Pero al cabo de muy poco tiempo, Daniel comienza a comprender que ese chico y él, no se aman, solo se utilizan. Porque desconocen el verdadero amor, y les mueve solo un profundo egoísmo, su relación es un infierno.

El deterioro en la relación con su pareja homosexual, le lleva a iniciar relaciones paralelas con otros chicos. Su pareja no tarda en hacer lo mismo. Daniel sufre interiormente y comprende que su vida –esa vida nueva que él se había inventado- sigue siendo un desastre: “Lo único que me quedaba para mitigar un poco todo este sufrimiento, es emborracharme. Todos lo días me emborrachaba, todos lo días. Emborrachado, bien emborrachado. Nunca he llegado a un coma etílico, pero sí he estado muchas veces tirado en la calle, no sabiendo volver a casa”.

En esa situación tan penosa, empieza a comprender algo: “Yo me acuerdo de acabar tirado en el suelo, de ver pasar a la gente, la gente mirar con cara de qué pena, pero ver cómo nadie nunca ha hecho nada por mí, nadie me ha levantado y me ha dicho: «Venga, que yo te llevo a casa», ni me han dicho: «Chico, ¿pero no te das cuenta de que te estás equivocando? Como mucho una cara de pena, o también cara de desprecio, pero nadie nunca ha intentado sacarme de ahí, de mi error, salvo Jesucristo”.

Durante una conversación con una amiga lesbiana que acaba de sobrevivir a un intento de suicidio, un“abrazo” invisible -pero lleno de amor- marca un nuevo inicio en su vida: 

“Por aquel entonces yo vivo en la casa con dos amigas que son lesbianas, y a las que les pasa algo parecido. Una de ellas está enamorada de otra chica, y la otra sabe que la primera le está poniendo los cuernos. Entonces en un momento determinado de esta historia, una de estas chicas decide suicidarse y se inyecta para ello insulina. Le dio un bajón de azúcar que estuvo a punto de morirse.

Cuando se recupera, después de un tiempo en el hospital, decide hablar conmigo. Me llama para tomar  café y hablar conmigo. Vamos a una cafetería y entonces ella empieza a hablarme, y hablarme, que no puede con su vida, que su vida no tiene sentido, que no sé qué, que no sé cuánto. Y yo me acuerdo que yo la escuchaba, pues con esa parte humana de escuchar, pero yo recuerdo, aunque suene muy egoísta, pero yo recuerdo que la escuchaba y según la escuchaba pensaba: «¿Y a mí qué me importa? ¡Con lo que yo tengo en mi vida! ¿Sabes?, me importa tres pimientos el sufrimiento que tú tienes, yo también estoy y a mí nadie me pregunta… pues apáñate tú con el tuyo y yo con el mío».

Pero bueno, eso interiormente, por fuera no. Le decía: «Pues venga tal, no sé qué»… Pero tampoco sabía qué decirla, salvo: «¡Ánimo! Pues sí, vaya mierda de vida que llevas, pues como la mía». Pero no una palabra de aliento, ni nada por el estilo.

Y en un momento determinado en esa conversación, había una tele en la cafetería, y aparece Juan Pablo II en la televisión porque venía a España, no sé si para un encuentro de la familia, o para  algo, pero venía a España. Entonces, en ese momento, yo veo a Juan Pablo II en la televisión, y yo siento como que de pronto algo me abraza. Mi sensación en ese momento no es: “¡Ah, mira, Juan Pablo II! Ni nada por el estilo, sino que es como si algo, como si alguien, como si Juan Pablo II, o mi abuelo, como si un abuelo te abraza… Cuando te abrazan que te quieres fundir ahí, en ese abrazo que estás super a gusto. Pues yo siento como que de pronto alguien me abraza, con amor, y siento una voz dentro, o un pensamiento, no lo sé, que me dice: «Estás a tiempo, regresa, vuelve. Todavía estás a tiempo».

Entonces, en ese momento la conversación cambia, y Daniel empieza a hablarle de Dios a esta mujer: 

“Le digo que Dios la quiere, que su vida tiene sentido … Y por otra parte, yo tomo la decisión de que tengo que volver a Madrid, de que tengo que volver a mi vida, que no sirve de nada escapar del sufrimiento, que hay que afrontarlo. (…) Me voy a confesar con un sacerdote, confieso todo lo de la sexualidad, todos los pecados que yo había cometido. El sacerdote me absuelve y yo salgo de esa confesión como si saliera volando, parece que voy levitando. Como si fuera un hombre nuevo, con la decisión de irme a casa”.

Daniel revive en su propia vida la historia del hijo pródigo de la parábola: 

“Me acuerdo de mis amigos cristianos de Madrid, que eran hijos de padres cristianos. Hay un momento en que empiezo a decir: mis amigos cristianos, no hacen lo que quieren sino lo que les dicen sus padres, pero el recuerdo que yo tengo de ellos es que son felices. Y, sin embargo, yo he hecho lo que me ha dado la gana, lo tengo todo, o puedo tenerlo todo, y no soy feliz”.

Daniel vuelve a casa, más de un año después, con la cabeza gacha. Se había ido para quince días de vacaciones. Pero en su casa se alegran de su regreso. Tras la reconciliación familiar, había otro paso que dar, el regreso a la parroquia y a su Comunidad Neocatecumenal:

“Un día decido irme a la parroquia donde yo tenía la Comunidad, para ver al sacerdote, al párroco. (…) Él me ve, a lo lejos, y según me ve me reconoce. Entonces yo sonrío, con la cabeza agachada un poco. Y al llegar a él me abraza: «Pero Daniel, ¡qué alegría, cuánto tiempo sin verte!» Lo primero que yo veo de esta experiencia, es que en ningún momento este hombre me dice: «Te lo dije que te ibas a equivocar, que ibas a sufrir». No me echa nada en cara. Me abraza, y sin darme tiempo a nada me dice: «Tenemos Eucaristía, pasa a la Eucaristía». Recuerdo la frase del salmo, que decía: «El Señor levanta de la basura al pobre y lo sienta entre príncipes, los príncipes de su pueblo». Y en ese momento yo siento como si el Señor me revistiera de dignidad sin merecerla. Yo no he hecho nada para ser cristiano, para merecer su perdón, ni para merecer nada. Sin embargo, el Señor me reviste de esta dignidad”.

Daniel se emociona cuando recuerda estos momentos: 

“Esta experiencia queda como un hito en mi vida. Recordar que el Señor no me negó el perdón, sino que siempre ha estado ahí para revestirme de dignidad y para levantarme de nuevo. Y eso es lo que me hace seguir adelante y luchar. Yo veo que vivo un combate, digámoslo así, en el que yo he decidido ser célibe. Un combate que es una relación maravillosa con el Señor y que es un combate fascinante. Yo veo que el combate solo en sí, y mi relación con el Señor, me están ayudando a ser hombre, a ser valiente, a tener coraje, a estar dispuesto a sufrir. Y que si el demonio, a través de una tentación, que es como si fuera un ataque, me da un golpe que me duele, que es el pecado, pues decir: No pasa nada. Me hago el fuerte, me levanto otra vez, y vuelvo a empezar, y otra vez a la lucha, hasta la muerte”.

Daniel sigue caminando, dando testimonio de la misericordia que el Señor ha tenido con él. Su mirada está fija en la Cruz en la que Jesucristo muere de amor por él y por cada uno de nosotros. Ahora Daniel sí que ha conocido el amor, se ha descubierto inmensamente amado, y esa verdad de ser un hijo muy amado de Dios, ha dado sentido a toda su vida, a todos sus sufrimientos, y le ha enseñado a amar.

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Fuente:Eukmamie
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