Vivien Betland: No practicaba la fe, se hizo cristiana baptista, pero la conversión de un hermano y la burla de un pastor le llevaron al catolicismo esta Pascua

«La fe católica parecía ser el único lugar donde podía encontrar algo que diese sentido a la unidad entre la fe y las obras. Cuando más lo estudiaba, más comprendía que lo católico es realmente bíblico»

31 de mayo de 2012.- Los caminos de Dios son inescrutables. En unos casos, como el de San Pablo, la llamada tira del caballo a su destinatario. En otros el recorrido es mucho más sutil. Así sucedió con Vivien Betland, estudiante de enfermería en la Universidad de Minnesota, que acaba de incorporarse a la Iglesia católica esta última Pascua, cuando fue bautizada bajo condición (es de origen baptista) y confirmada, e hizo la Primera Comunión. En su blog, que ilustra una imagen de Santa Gianna Beretta Molla (1922-1962), ha contado el proceso que le llevó hasta ese punto.

Creció en una familia poco religiosa. Tenían Biblias, pero nunca la leían. Celebraban la Navidad y la Pascua, pero más por las vacaciones que por su significación religiosa, y nunca iban a la iglesia, salvo que su hermano menor cantase en el coro. «No diría que era atea, y mis padres sin duda no lo eran, pero no compartieron su fe conmigo ni me enseñaron nada sobre Dios. Había oído hablar de Jesús y sabía que había muerto en la cruz, pero realmente no entendía por qué ni tenía ni idea de la importancia de ese hecho. Mi madre había crecido como baptista, así que de esa forma me identificaba yo cuando me preguntaban», recuerda en cuanto al aspecto espiritual de una infancia que fue feliz y con sus padres volcados con sus hijos.

(C.L. / Religión en LibertadLa primera señal le vino cuando, durante la enseñanza secundaria en el colegio, en poco tiempo murió su única abuela viva y a su madre le diagnosticaron un fallo renal grave. La adaptación de su dieta provocaba continuas discusiones y la pérdida de energías que empezó a padecer cambió la vida en el hogar. La familia empezó a tener deudas como resultado de la situación y su padre estaba cada vez más estresado en casa, hasta que descubrieron que estaban en bancarrota.

Todas estas dificultades las pasaron sin referencia alguna a Dios ni pedirle ayuda. El carácter de Vivien comenzó a retraerse: «Me sentía sin nadie con quien hablar, muy sola. Ni siquiera me veía hablando con mis padres para contarles mis problemas adolescentes, porque ellos ya tenían sus propios problemas. El Único que lo sabía todo era el Único a quien yo no conocía. Yo no sabía que mi mejor Amigo me estaba esperando para que fuese con Él».

Su hermano, cristiano pero anticatólico

Cuando ella estaba en su segundo año de bachillerato, su hermano comenzó a acudir con un amigo a un campus cristiano, y cuando volvió a casa en invierno le propuso a su hermana ir a la iglesia. A Vivien le gustó la idea: «Estaba en cierto modo entusiasmada. Algunas veces le había pedido a mis padres que fuéramos a la iglesia, pero siempre había alguna excusa para no ir».

Y ella empezó a ponérselas a sí misma también cuando la invitaron del grupo dominical del templo… hasta que acudió. «¡Todo el mundo era tan acogedor! Sentí que querían que estuviese allí aunque aún no me conociesen», recuerda. Y empezó a confiarse con ellos y a contarles sus problemas familiares: «Siempre se ofrecían a rezar por mí, y me sentía muy querida. Así aprendí sobre Dios y su amor a sus criaturas, y que Jesús había muerto en la Cruz, Él, un hombre perfecto, para que mis pecados fuesen perdonados y pudiese recobrar la relación con Él».

Vivien entra entonces en el meollo teológico del cambio que estaba dando en el seno de una comunidad protestante. «Me consideraba salvada porque rezaba pidiendo a Jesús que viniese a mi corazón y perdonase mis pecados, pero no permití que eso realmente me cambiara. No es que yo fuese una mala chica, pero sí era egoísta y presumida. Era animadora del equipo del instituto y vivía para ser muy popular. Siempre iba a lo mío», cuenta.

Siguió yendo a la iglesia y al grupo juvenil, pero confiesa que no vivía mucho su fe fuera de ese ámbito, e incluso era algo «cruel» al separarse de las personas que no le interesaban para sus objetivos: «Había algunas líneas rojas que no traspasaba, pero nunca por Dios, sino para no desagradar a mis padres o estresarle aún más».

Su hermano… católico ahora

El verano antes de graduarse, fue a una misión a México con su grupo de la iglesia, a visitar un orfanato. Allí se encontró niños que nunca podrían conocer a sus padres, u otros que les habían visto y les habían perdonado. «Pude ver que Dios estaba actuando en sus vidas y que ellos se habían rendido a Él. Había tanta alegría en sus vidas en vez de dolor, que yo quería tener eso. Fue entonces cuando decidí vivir la vida según la voluntad de Dios, y no según la mía», explica.

La siguiente sorpresa llegó esa Navidad, cuando su hermano soltó en casa que quería convertirse al catolicismo: «¡Todos nos quedamos anonadados! Él había sido uno de las personas más anticatólicas que yo había conocido. Yo no sabía mucho del catolicismo, pero en mi iglesia baptista se enseñaba que era un error, y yo así lo creía. Creí que mi hermano estaba loco, pero si es lo que quería hacer, tampoco me importaba mucho. Luego fui sabiendo más del catolicismo, pero chocaba tanto con lo que le escuchaba a mi pastor, que no podía ser algo bueno».

Los grandes obstáculos para Vivien eran la Eucaristía y la Virgen María. Y aunque su hermano le arguyó al respecto, no le hizo mucho caso: «Tampoco me importaba mucho: él amaba a Dios y en mi opinión eso era lo que contaba».

El verano de 2010, Vivien fue bautizada en el río Mississippi por su pastor baptista: «Mi hermano se alegró, porque aunque yo no era católica, el bautismo borraba mis pecados. De nuevo pensé que estaba loco: el bautismo era sólo un símbolo de nuestra obediencia y nuestra fe en Cristo, pero no obraba realmente nada en nosotros», cuenta, señalando la gran diferencia entre la idea de ese sacramento en la Iglesia católica y en las comunidades evangélicas.

Tras su bautismo, Vivien empezó a tomar su fe más en serio, y a cambiar la forma con la que se relacionaba con los demás, a rezar más a menudo y a meditar en la palabra de Dios, e incluso se convirtió en catequista de un grupo de niñas.

La burla de un pastor

En el invierno de 2010 fue con su hermano a una adoración eucarística: «Me dijo que leyera Juan, 6 y que rezara mientras estaba allí. Lo hice y empecé a comprender por qué los católicos creen que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero yo seguía encontrando inaceptables el bautismo infantil y el culto a María. Pero mis ojos se estaban abriendo».

Finalmente, en el verano de 2011 decidió que no podía seguir aparcando esas cuestiones y debía estudiarlas a fondo: «Debía estudiar con mente abierta lo que realmente enseña la Iglesia».

Y -los caminos inescrutables de Dios- el paso final lo dio gracias a un pastor baptista. Un domingo, al llegar el momento de la comunión, dijo en torno de burla hacia la creencia católica: «Te damos gracias por este pan, que no se convierte mágicamente en tu cuerpo, sino que sigue siendo pan, símbolo de tu sacrificio».

«El tono en que lo dijo claramente se reía de la fe católica, y aunque yo todavía negaba que el pan fuese el cuerpo de Cristo, me molestó que se riese abiertamente de la fe católica durante un servicio. Y me sentí ofendida porque eso significaba que se estaba riendo de mi hermano»,afirma Vivien.

Todos estos hechos le hicieron profundizar cada vez más en el estudio de la doctrina: el carácter puramente simbólico que para los baptistas tenía el bautismo le chocaba, hasta que comprendió que tenía que «significar algo» objetivo.

Atando cabos

También le chocaba la mentalidad de «una vez salvado, ya estás salvado para siempre», característica del protestantismo, porque cuando había en ella una lucha entre el bien y el mal, le quedaban dudas sobre su salvación. Tampoco entendía la oposición entre la fe y las obras que planteaba su comunidad: «La Biblia dejaba claro que ambos son necesarios. La fe católica parecía ser el único lugar donde podía encontrar algo que diese sentido a la unidad entre la fe y las obras. Cuando más lo estudiaba, más comprendía que lo católico es realmente bíblico».

También vio cómo el capítulo 1 de San Lucas («bienaventurada te llamarán todas las generaciones») justificaba en las Sagradas Escrituras el culto a la Virgen que tanto rechazaba antes.

Cuando comprendió que el capítulo 6 de San Juan implicaba la presencia física de Cristo bajo las apariencias de pan, el cambio se acercó un poco más: «Si Cristo me ofrece todos los días su Cuerpo y su Sangre, ¿cómo podía ignorar ese hecho?».

Y por último, la necesidad de la autoridad para interpretar la Biblia, y la evidencia de que la Iglesia católica era la única que se remontaba a los tiempos apostólicos, hicieron el resto.

Fidelidad en las dificultades

El pasado septiembre se unió a un catecumenado, y en la Pascua de 2012 fue confirmada y recibió la Primera Comunión.

«Por supuesto, mi transición no ha sido fácil»,concluye su testimonio: «Encontré mucha resistencia en mis amigos protestantes y mi antiguo pastor. Al principio me costó, pero luego comprendí que también Jesús perdió amigos y lo pasó mucho peor que yo. Y tampoco tengo derecho a quejarme. Sigo teniendo amigos, y por supuesto me ha ayudado mucho mi hermano. Ahora soy muy feliz de formar parte de la Esposa de Cristo».

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