Fragmentos de «La infancia de Jesús», el nuevo libro del Papa, para meditar en Navidad: Lo que el ángel ha dicho es verdad / Por Joseph Ratzinger-Benedicto XVI

23 de diciembre de 2012.- (Camino CatólicoCon su nuevo libro, Benedicto XVI ejerce este año de excepcional Cicerone para millones de cristianos, a quienes guía hasta la gruta de Belén, e introduce en el acontecimiento del nacimiento del Salvador, que tuvo lugar allí hace ahora unos 2020 años. He aquí unos fragmentos de La infancia de Jesús, reproducidos por Alfa y Omega y publicado en España por Planeta:

He tratado de interpretar, en diálogo con los exegetas del pasado y del presente, lo que Mateo y Lucas narran al comienzo de sus evangelios. ¿Es cierto lo que se ha dicho? ¿Tiene que ver conmigo? ¿De dónde sacan Mateo y Lucas la historia que relatan?

Lucas alude a veces a que María misma fue una de sus fuentes. También de este modo, la aparición tardía especialmente de las tradiciones sobre María tiene su explicación en la discreción de la Madre y de los círculos cercanos a ella: los acontecimientos sagrados en el alba de su vida no podían convertirse en tradición pública mientras ella aún vivía.

Conviene considerar primero la narración del anuncio del nacimiento de Jesús a María. En el saludo del ángel llama la atención el que no se dirija a María el acostumbrado saludo judío, shalom -la paz esté contigo-, sino que use la fórmula griega chaire, que se puede traducir por ave, salve. Pero conviene comprender su verdadero significado: ¡Alégrate! Con este saludo del ángel, comienza en sentido propio el Nuevo Testamento.

La misma palabra reaparece en la Noche Santa en labios del ángel, que dijo a los pastores: «Os anuncio una gran alegría». Vuelve a aparecer en Juan con ocasión del encuentro con el Resucitado: «Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor». En los discursos de despedida en Juan hay una teología de la alegría que ilumina, por decirlo así, la hondura de esta palabra: «Volveré y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría». La alegría aparece en estos textos como el don propio del Espíritu Santo, como el verdadero don del Redentor. Así pues, en el saludo del ángel, se oye el sonido de un acorde que seguirá resonando a través de todo el tiempo de la Iglesia.

María y José

Es importante escuchar también la última frase de la narración lucana de la Anunciación: «Y el ángel la dejó». El gran momento del encuentro con el mensajero de Dios, en el que toda la vida cambia, pasa, y María se queda sola con un cometido que, en realidad, supera toda capacidad humana. Ya no hay ángeles a su alrededor. Ella debe continuar el camino que atravesará por muchas oscuridades, comenzando por el desconcierto de José ante su embarazo. En esas situaciones, cuántas veces habrá vuelto interiormente María al momento en que el ángel de Dios le había hablado.

A diferencia de Lucas, Mateo habla desde la perspectiva de san José. Nos dice que María era prometida de José. Según el Derecho judío, el compromiso significaba ya un vínculo jurídico, de modo que María podía ser llamada la mujer de José. Ha de suponer que María había roto el compromiso y -según la ley- debe abandonarla. A este respecto, puede elegir entre un acto jurídico público y una forma privada. José escoge el segundo procedimiento para no denunciarla. Se trata de interpretar y aplicar la ley de modo justo. Él lo hace con amor, no quiere exponer públicamente a María a la ignominia. La ama incluso en el momento de la gran desilusión. No encarna esa forma de legalidad de fachada que Jesús denuncia en Mateo 23. Vive la ley como evangelio, busca el camino de la unidad entre la ley y el amor. Y, así, está preparado interiormente para el mensaje nuevo, inesperado y humanamente increíble, que recibirá de Dios.

Una desconcertante promesa

Mientras que el ángel entra donde se encuentra María, a José sólo se le aparece en sueños, pero en sueños que son realidad y revelan realidades. Se nos muestra, una vez más, un rasgo esencial de la figura de san José: su finura para percibir lo divino y su capacidad de discernimiento. Sólo a una persona íntimamente atenta a lo divino, dotada de una peculiar sensibilidad por Dios y sus senderos, le puede llegar el mensaje de Dios de esta manera. Y la capacidad de discernimiento era necesaria para reconocer si se trataba sólo de un sueño o si verdaderamente había venido el mensajero de Dios y le había hablado. El mensaje que se le consigna es impresionante y requiere una fe excepcionalmente valiente. ¿Es posible que Dios haya realmente hablado? Podemos, por tanto, imaginar cómo luche ahora en lo más íntimo con este mensaje inaudito de su sueño: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo».

José recibe la orden de dar un nombre al niño, adoptándolo legalmente como hijo suyo. Es el mismo nombre que el ángel había indicado también a María para que se lo pusiera al niño: el nombre Jesús (Jeshua) significa YHWH es salvación. El mensajero de Dios que habla a José en sueños aclara en qué consiste esta salvación: «Él salvará a su pueblo de los pecados». Con esto se asigna al niño un alto cometido teológico, pues sólo Dios mismo puede perdonar los pecados. Pero, por otro lado, esta definición de la misión del Mesías podría también aparecer decepcionante. La expectación común de la salvación estaba orientada, sobre todo, a la situación penosa de Israel: a la restauración del reino davídico, a la libertad e independencia de Israel. La promesa del perdón de los pecados parece demasiado poco y, a la vez, excesivo. En el fondo, en estas palabras, se anticipa ya toda la controversia sobre el mesianismo de Jesús: ¿ha redimido verdaderamente a Israel? ¿Acaso no ha quedado todo como antes?

El nacimiento virginal

Karl Barth ha hecho notar que hay dos puntos en la historia de Jesús en los que la acción de Dios interviene directamente en el mundo material: el parto de la Virgen y la resurrección del sepulcro. Estos dos puntos son un escándalo para el espíritu moderno. A Dios se le permite actuar en las ideas y los pensamientos, en la esfera espiritual, pero no en la materia. Esto nos estorba. No es ése su lugar. Pero se trata precisamente de eso, a saber, de que Dios es Dios, y no se mueve sólo en el mundo de las ideas.

Naturalmente, no se pueden atribuir a Dios cosas absurdas o insensatas, o en contraste con su creación. Pero aquí no se trata de algo irracional e incoherente, sino precisamente de algo positivo: del poder creador de Dios, que abraza a todo ser. Por eso, estos dos puntos son piedras de toque de la fe. Si Dios no tiene poder también sobre la materia, entonces no es Dios. Pero sí que tiene ese poder, y con la concepción y la resurrección de Jesucristo ha inaugurado una nueva creación. Así, como Creador, es también nuestro Redentor. Por eso la concepción y el nacimiento de Jesús de la Virgen María son un elemento fundamental de nuestra fe y un signo luminoso de esperanza.

La plenitud de los tiempos

«En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero». Lucas introduce con estas palabras su relato sobre el nacimiento de Jesús. Es importante el contexto histórico universal. Por primera vez, se empadrona al mundo entero. Por primera vez, hay un Gobierno y un reino que abarca el orbe. Y por vez primera hay una gran área pacificada, donde se registran los bienes de todos y se ponen al servicio de la comunidad. Sólo en este momento, en el que se da una comunión de derecho y bienes en gran escala, y hay una lengua universal que permite a una comunidad cultural entenderse en el modo de pensar y actuar, puede entrar en el mundo un mensaje universal de salvación, un portador universal de salvación: es, en efecto, la plenitud de los tiempos.

Jesús no ha nacido y comparecido en público en un tiempo indeterminado, en la intemporalidad del mito. Él pertenece a un tiempo que se puede determinar con precisión y a un entorno geográfico indicado con exactitud: lo universal y lo concreto se tocan recíprocamente. En Él, el Logos, la Razón creadora de todas las cosas, ha entrado en el mundo.

El decreto de Augusto para registrar fiscalmente a todos los ciudadanos de la ecumene lleva a José, junto con su esposa María, a Belén, la ciudad de David, y así sirve para que se cumpliera la promesa del profeta Miqueas. La historia del Imperio romano y la historia de salvación, iniciadas por Dios con Israel, se compenetran recíprocamente. La historia de la elección de Dios, limitada hasta entonces a Israel, entra en toda la amplitud del mundo, de la historia universal. Dios, que es el Dios de Israel y de todos los pueblos, se demuestra como el verdadero guía de toda la Historia.

Nacimiento de Jesús en Belén

«Y mientras estaba allí (en Belén) le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada». Para el Salvador del mundo, para aquel en vista del cual todo fue creado, no hay sitio. Esto debe hacernos pensar y remitirnos al cambio de valores que hay en la figura de Jesucristo, en su mensaje. Ya desde su nacimiento, Él no pertenece a ese ambiente que, según el mundo, es importante y poderoso. Y, sin embargo, precisamente este hombre irrelevante y sin poder se revela como el realmente Poderoso, como aquel de quien a fin de cuentas todo depende. Así pues, el ser cristiano implica salir del ámbito de lo que todos piensan y quieren, de los criterios dominantes, para entrar en la luz de la verdad sobre nuestro ser y, con esta luz, llegar a la vía justa.

María puso a su niño recién nacido en un pesebre. De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor, pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo. Ya en san Justino mártir (+165) y en Orígenes (+ca. 254) encontramos la tradición según la cual el lugar del nacimiento de Jesús había sido una gruta. El hecho de que, tras la expulsión de los judíos de Tierra Santa en el siglo II, Roma transformara la gruta en lugar de culto a Tammuz-Adonis, queriendo evidentemente borrar con ello la memoria cultural de los cristianos, confirma la antigüedad de dicho culto. Las tradiciones locales son, con frecuencia, una fuente más fiable que las noticias escritas. Se puede, por tanto, reconocer un notable grado de credibilidad a la tradición local betlemita, con la que enlaza también la basílica de la Natividad.

El buey y la mula

El pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamente relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1, 3: «El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no me comprende».

[Según Peter Stuhlmacher, a partir de la versión griega de Habacuc 3, 2], el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para el buey y el asno, para la Humanidad compuesta por judíos y gentiles. En la singular conexión entre Isaías 1, 3, Habacuc 3, 2, Éxodo 25, 18-20 y el pesebre, aparecen por tanto los dos animales como una representación de la Humanidad. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del Nacimiento renunciará al buey y al asno.

Los pastores

«En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad». Los primeros testigos del gran acontecimiento son pastores que velan. Es normal que ellos, al estar más cerca del acontecimiento, fueran los primeros llamados al pesebre. Naturalmente, se puede ampliar inmediatamente la reflexión: quizá ellos vivieron más de cerca el acontecimiento, no sólo exteriormente, sino también interiormente; más que los ciudadanos, que dormían tranquilamente. Y tampoco estaban interiormente lejos del Dios que se hace niño. Esto concuerda con el hecho de que formaban parte de los pobres, de las almas sencillas, a los que Jesús bendeciría.

El evangelista dice que los ángeles hablan. Pero para los cristianos estuvo claro desde el principio que el hablar de los ángeles es un cantar, en el que se hace presente de modo palpable todo el esplendor de la gran alegría que ellos anuncian. Y así, desde aquel momento hasta ahora, el canto de alabanza de los ángeles jamás ha cesado. Continúa a través de los siglos siempre con nuevas formas y, en la celebración de la Natividad de Jesús, resuene siempre de modo nuevo. Se comprende bien que el pueblo sencillo de los creyentes haya después oído cantar también a los pastores, y que hasta el día de hoy se una a sus melodías en la Noche Santa, expresando con el canto la gran alegría que, desde entonces hasta el fin de los tiempos, se nos ha dado a todos.

«Cuando los ángeles los dejaron, los pastores se decían unos a otros: Vayamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor. Fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre». Los pastores se apresuraron ciertamente por curiosidad humana, para ver aquello tan grande que se les había anunciado. Pero estaban seguramente también pletóricos de ilusión, porque ahora había nacido verdaderamente el Salvador, el Mesías, el Señor que todo el mundo estaba esperando. ¿Qué cristianos se apresuran hoy cuando se trata de las cosas de Dios?

El ángel había anunciado también una señal a los pastores: encontrarían a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Pero no es una señal en el sentido de que la gloria de Dios se había hecho patente, de tal modo que se pudiera decir claramente: Éste es el verdadero Señor del mundo. Nada de eso. En este sentido, el signo es al mismo tiempo también un no signo: el verdadero signo es la pobreza de Dios. Pero para los pastores que habían visto el resplandor de Dios sobre sus campos, esta señal es suficiente: lo que el ángel ha dicho es verdad.

Benedicto XVI

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