Giorgio Ponte, homosexual, víctima de abusos en la niñez, clamó a Dios y Él le respondió y ahora vive en la Iglesia en castidad

* «Yo seguía pidiéndole a Dios amigos. Y llegó un momento, después de un verano entero que me pasé llorando, que le dije: “O Tú me vienes a salvar o yo te dejo”. Porque me habían enseñado que la vida de un cristiano es una fiesta, y la mía no lo era. Le di un ultimátum. Y Dios me respondió. Pues bien, al día siguiente de hacer esta oración, llegó a clase una nueva profesora de religión. Era una religiosa, y nos propuso participar de un grupo juvenil ligado a su congregación y cuyo tema anual era “hagamos fiesta”, porque “la vida de un cristiano tiene que ser una fiesta”. Es decir, las mismas palabras que yo había usado la noche anterior cuando le di el ultimátum a Dios. Y esto me hizo entender que Alguien me había escuchado»

 Camino Católico.- Giorgio Ponte es un joven escritor italiano que, en 2015, salió del anonimato al decidir contar su historia de persona con atracción homosexual que desea vivir en la Iglesia y en castidad. Giorgio reflexiona sobre las heridas afectivas sufridas a causa de la ausencia de relación con su padre, y el modo en que esto afectó a sus sentimientos con respecto de los otros chicos. Giorgio Ponte explica su testimonio de conversión en el programa “Cambio de Agujas” de H.M. televisión, que se visualiza y escucha en el video superior. Giorgio comienza el programa presentándose: 

«Yo, en la vida, soy escritor. Escribo novelas. Siempre he deseado hacerlo, siempre he deseado narrar la esperanza. He trabajado también como profesor de religión durante un par de años, y esta ha sido una gran oportunidad para contar lo que Dios ha hecho en mi vida a través de la enseñanza y sobre todo ha sido una oportunidad para poder experimentar la paternidad. He hecho muchas cosas en mi vida (…) Pero lo que últimamente me ha hecho salir del anonimato ha sido el hecho de que, hace un par de años, decidí contar mi historia como persona con atracción homosexual, que vive en la Iglesia, en castidad o, al menos, que desea vivir en la Iglesia en castidad. Y me he expuesto en defensa de la Iglesia, de la doctrina de la Iglesia, del evangelio y de la familia natural, sobre todo en un periodo en el que se está discutiendo a nivel político, de las leyes etc… Y esto es lo que me lleva a estar aquí con vosotros hoy».

Giorgio nació en Sicilia (Italia), en una preciosa familia donde recibió la fe de sus padres. Pero Giorgio miraba al Señor con un cierto temor:

«La imagen que nos hacemos de Dios cuando somos pequeños está unida a la imagen que tenemos de nuestros padres. Y como, de alguna manera, he recibido —no digo una educación rígida— pero sí que había la costumbre de tener unas reglas fuertes, exigentes… Y aprendí que, si no me portaba bien, no merecía el cariño. Por eso, si Dios se parece a mis padres, si se parece a mi papá, entonces será como un papá multiplicado por un millón. Por lo tanto, si mi papá es exigente, Dios lo será mucho más. Por eso, tenía esa sensación de sujeción». 

Abusos en la niñez y confusión

Aunque en su familia conoció el amor verdadero, esa familia tenía una enorme carencia de figura paterna. En efecto, el padre de Giorgio era un hombre ya mayor cuando su hijo pequeño nació, educado además en la forma de entender la paternidad y la masculinidad en la Italia meridional de la postguerra. Frente a esa carencia paterna, en la familia de Giorgio destacaba la personalidad de las mujeres de la casa: madre, abuela, hermanas… Todas eran casi unas heroínas para Giorgio que, tras una etapa más infantil de confusión acerca de su género, comienza a percibir en la adolescencia la atracción por chicos de su mismo sexo. Algunos abusos acabaron de confirmarle en su confusión. Giorgio lo describe así: 

«La confusión nació ya cuando era muy pequeño. A eso de los 7 años. No era tanto una confusión ligada a la orientación, es decir, no era una atracción hacia los hombres, sino que más bien era una confusión sobre la percepción de mi masculinidad. Yo fantaseaba con convertirme en una princesa, una mujer. Seguramente fue debido al hecho de que tenía en la familia figuras femeninas muy fuertes. Todas, desde las abuelas, las hermanas, mi madre… 

Mientras que las figuras masculinas eran muy distantes. Primero, por la edad. Porque cuando yo nací mi padre tenía ya 48 años. Pertenecía a una generación diferente, donde padre e hijo tenían más dificultades para comunicarse. Él con su padre tuvo muchas más dificultades de las que tuve yo con él. Mi hermano mayor es diez años mayor que yo. Por eso, yo tenía estas figuras masculinas lejanas, y en cambio las femeninas mucho más presentes.

Más tarde, esta confusión sobre mi percepción como hombre, cambió. Podemos decir que pasó, en el sentido de que me estabilicé en mi ser hombre. Pero, en la adolescencia, más bien en la preadolescencia, en torno a los 11 años, comencé a sentirme atraído por los hombres. No tanto por los que tenían la misma edad que yo, sino por hombres mayores que yo. Todo esto sufrió una fuerte sacudida porque, entre los 11 y 13 años, sufrí abusos por parte de hombres mayores que yo. Por suerte, puedo decir que a nivel físico no fueron nunca verdaderas violencias, pero de todas formas fueron abusos. Abusos que se injertaron en un terreno que era ya confuso, y que después se convirtió en lugar de enfrentamiento fuerte, incluso —en términos de fe— con Dios». 

A Giorgio le faltó la ayuda adecuada para poder enfrentar todos estos problemas. No le faltó el amor en casa, a pesar de las carencias, pero le faltó la persona que supiera guiarle:

«Una vez fui perseguido hasta el portal por un hombre que me había “encontrado” en el autobús. Era siempre en ese contexto, en autobuses rebosantes de gente. Por lo tanto, los míos sabían lo que estaba sucediendo, pero no sabían la turbación que todo esto había desatado dentro de mí. No era solo el problema del abuso, sino también la confusión, y un sentimiento de culpabilidad que después he descubierto que es común a todas las víctimas de abuso, que se sienten corresponsables: como si hubieran permitido que eso se diera; como si, un poco, lo hubieran querido.

Hoy me doy cuenta que, en el fondo es verdad que yo no conseguía oponerme a lo que me sucedía porque, en el fondo, yo sentía que había un hombre adulto que me prestaba atención. Una atención torcida, una intimidad torcida pero, con todo, era “algo” respecto a una distancia que yo percibía en casa, que no era culpa de nadie, pero que me hacía sentir solo. Los míos me podían ayudar hasta un cierto punto. Después sí, hubo confesores que me ayudaron, es cierto. Pero no tenía ninguno que pudiera sostenerme de forma estable a lo largo de estos años, de manera sólida. Y con todo, no había ninguno que tuviera una formación adecuada para poder sostenerse en esa situación. Al menos hasta que no cumplí catorce años».

Soledad y oración a Dios para que le diera amigos

El mayor sufrimiento de Giorgio en eso años de la adolescencia era la soledad. No encontraba amigos que le comprendieran, con los que realmente pudiera encajar:

«Yo seguía pidiéndole a Dios amigos. Y llegó un momento, después de un verano entero que me pasé llorando, que le dije: “O Tú me vienes a salvar o yo te dejo”. Porque me habían enseñado que la vida de un cristiano es una fiesta, y la mía no lo era. Le di un ultimátum. Y Dios me respondió. Pues bien, al día siguiente de hacer esta oración, llegó a clase una nueva profesora de religión. Era una religiosa, y nos propuso participar de un grupo juvenil ligado a su congregación y cuyo tema anual era “hagamos fiesta”, porque “la vida de un cristiano tiene que ser una fiesta”. Es decir, las mismas palabras que yo había usado la noche anterior cuando le di el ultimátum a Dios. Y esto me hizo entender que Alguien me había escuchado».

«Yo respondí a su propuesta. Fui donde estaba la hermana y le conté que la noche anterior había rezado… No le conté todavía, claro está, todo lo que había detrás, pero le dije: “Yo voy a ir al grupo”. Porque entendí que Alguien me estaba tendiendo una mano».

Algunas circunstancias adversas hicieron difícil que Giorgio pudiera asistir a esa reunión, el joven siciliano comprendió que «cuando Dios te hace una propuesta, enseguida llega el Mal a proponerte otra cosa». Pero luchó y llegó a tiempo:

«Esta oportunidad que yo acogí, abrió las puertas a la gracia. Desde aquel momento, yo tuve una “familia de amigos”. Yo había pedido un amigo, un solo amigo. Pero me dieron tantos amigos con los cuales pude —finalmente— compartir la fe y tener conversaciones profundas. Porque yo ya estaba cansado de los chicos de mi edad. Yo estaba acostumbrado a pensar, a ver las cosas de un modo más profundo a como lo veían los chicos de mi edad. Encontré personas que funcionaban como yo, y con las que podía vivir cosas normales pero impregnadas de Dios: de la pizza a la oración».

La providencia de Dios

La religiosa que tanto le estaba ayudando le dijo una frase del psiquiatra Nicolosi:«Nosotros no somos nuestras heridas. Y nuestras heridas no son nuestra condena»:

«Con respecto de mi homosexualidad, sentía dentro de mí que había razones, que de alguna manera esa atracción hacia los hombres, sobre todo los hombres mayores, nacía de una búsqueda de paternidad, de búsqueda de relaciones con el mundo masculino que yo no tenía porque no tenía ni siquiera amigos. Yo lo sentía dentro de mí, pero ella me ayudó a ponerlo en evidencia. Fue la primera en acogerme en nombre de la Iglesia. Me hizo sentir el amor. Pero, al mismo tiempo —cómo explicarlo…— no rebajó la llamada tan grande y tan alta de Dios. Me dijo: “Ok. Tú has sufrido y yo acojo ese sufrimiento. Pero quiero ayudarte a mirar más allá del sufrimiento. Porque, si tú te quedas en tu dolor, pensarás que tu dolor es el más grande de todos y permitirás que ese sufrimiento decida sobre tu vida”. Ella volvió a poner entre mis manos la llave de mi existencia. Fue un gran trabajo, obviamente, pero me permitió salir de mi victimismo e iniciar un camino».

Giorgio repasa su vida y se admira al comprobar que el Señor lo ha esperado a cada paso, con las abiertas y los brazos tendidos: 

«El Señor se encargó de poner delante de mí —providencialmente— a las personas que pudieran acompañarme en este camino, en todos los aspectos… Ya sea de forma espiritual, económica, humana, psicológica… Tantos años de terapia “encontradas”, no buscadas; o vivir cosas que he descubierto después que eran sanadoras para las heridas de las cuales nacía la homosexualidad…. aunque yo no lo sabía en ese momento. Hasta que llegó a un punto de mi vida en la que hice las paces con el hecho de que existía esta parte de mí, que me partía en dos.

Estaba mi vida pública, donde tenía tanto que vivir. Pero después estaba la homosexualidad, que era la cosa fea, que debía odiar, con la que tenía que tener tanto cuidado. Pero, en un cierto momento, entendí que, si quería ser libre, debía amarme completamente, incluida la parte de mí que me hacía sufrir y que, sin embargo, no me identificaba. Era una parte de mí, y no me identificaba, pero no podía tampoco ser borrada. Debía escuchar y comprender lo que me quería decir ese sufrimiento. Y acogerlo, porque cada vida tiene su sufrimiento. Y esto me permitió descubrir nuevas cosas. Me permitió incluso enamorarme de una chica, cuando ya había dejado de desearlo y había dejado de experimentar esa necesidad para sentir que iba bien».

El seminario de Luca di Tolve le llevó a hablar con su familia y se abrió a la gracia

Luca di Tolve,  al que entrevistamos recientemente en Cambio de Agujas, ocupa un puesto importante en el proceso de Giorgio«Toda la vida había deseado conocer a alguien que tuviera una historia como la suya. Porque yo sabía que era verdad —lo sentía dentro de mí— que se podía cambiar la orientación sexual». Giorgio Ponte aconseja el seminario de sanación de la afectividad que imparte Luca incluso en personas que nunca han experimentado tendencias homosexuales porque, como bien dice: «Yo creo que no existen personas sin heridas en la afectividad».

El seminario de Luca di Tolve fue crucial para comprender la secuencia de heridas que arrastraba su familia y que les estaba afectando —de una u otra manera— a todos: 

«El seminario me permitió poner en orden toda la cadena de sufrimientos que, de padre a hijo, estábamos arrastrando desde mis abuelos en nuestra familia. Ese sufrimiento, en mí se manifestó en homosexualidad, pero que en mis hermanos generó otras inseguridades, otras heridas. Yo entendí de repente, por gracia, que toda nuestra familia estaba sufriendo de un mal del cual nadie hablaba y que solo el perdón podía liberarnos de este mal. Pero no podemos perdonar si primero no nos damos cuenta que hay un mal que hay que perdonar, si primero no se habla de este mal, aunque sea con dolor.

Así que, cuando volví del seminario de Luca, hablé con mi familia, no para “salir del armario” y decirles “soy gay”, porque no era esto lo que buscaba y nunca me he reconocido en esta definición, sino para decirles: “Estamos sufriendo todos. Por eso os cuento mi historia, para deciros cómo he sufrido yo, y para deciros cómo este sufrimiento se ha metido en nuestra vida, porque con la verdad podemos ser libres y perdonar”. Esto fue una puerta que permitió la entrada de grandes gracias».

Entender que nace de una herida

El 12 de mayo de 2015, Giorgio Ponte decide contar su historia, publicarla en un periódico. Le preguntamos por qué: 

«Siempre he sentido la responsabilidad de devolver todo lo que yo he vivido. Siempre. Las novelas eran ya una forma de contar la esperanza, de hacer que todas las personas sepan que la vida vale la pena, que no hay ninguna vida insignificante, que no hay ninguna vida que no tenga un objetivo. (…) En un cierto momento, entendí que mi historia y la gracia que yo había vivido, de conocer una Iglesia que me acogió con la verdad y con el amor, no era la historia de todos. Hay tantos que se han sentido rechazados por la Iglesia, incluso tantos que han sido guiados hacia el mal…

Y después, a nivel de la sociedad, se ha ido trasmitiendo, poco a poco, día tras día, en los últimos 30 años, esta información falsa sobre la homosexualidad, sobre el hecho de que se nace así… Se impone el no hacerse preguntas sobre estos temas…  Y esto ha sumido a millones de personas en un sufrimiento enorme, siguiendo una imagen de sí mismos que no es real. Veía a los grupos homosexuales, los así llamados lobbies gays, los LGTB, etc… hablar en mi nombre de cosas en las que yo no me reconocía. Comprendí que tenía la responsabilidad de hacer algo porque hay muchos que si supieran que existe un modo distinto de vivir… 

Hay personas que están buscando una respuesta distinta. Y debo hablar para que sepan que existe una respuesta distinta, para que sepan que no están solos. Yo conozco miles de personas como yo que, lamentablemente, en Italia viven en el terror, en el miedo, porque hay tanto terrorismo sobre esto. Y yo rezo mucho, para que todos ellos tengan la valentía de mostrarse, porque si todos juntos levantáramos la cabeza, seríamos un ejército al que ningún estado podría hacer callar».

Giorgio es consciente de que se expone hablando así. De hecho, ya ha sufrido las consecuencias de haber hablado: «Decir las cosas que yo digo, incluso habiéndolas vivido en mi propia carne. Decir que la homosexualidad no es una identidad, que se puede cambiar, que existen causas… es considerado homófobo. Yo soy considerado clínicamente un “homófobo interiorizado”, porque dicen que yo me odio a mí mismo y a mi homosexualidad, cosa que no es verdad porque a mí no me molesta nada mi homosexualidad. Ni la odio, ni la exalto.

Si mantengo toda la vida una atracción hacia los hombres, no me importa. Me importa si esa atracción me hace caer, eso sí. Si me encuentro haciendo cosas que me humillan o que sé que no responden al deseo profundo de mi corazón. Y, sin embargo, sé que en el momento en que me encuentre haciéndolas, que puede suceder, son solo un signo de que estoy mal. Pero no odio en sí mi tendencia, así como nadie debe odiar su fragilidad, cualquiera que sea. Pero esto es lo que me dicen, porque hay un mundo que no quiere que nadie se haga preguntas sobre esto, fundamentalmente porque es más sencillo decir: “Sí, yo he nacido así”. Como si decir: “Yo tengo está herida”, fuera un culpabilizarse. Nadie elige tener una herida, como nadie elige nacer de una cierta manera. Pero, es cierto que si entiendes que lo que estás viviendo nace de una herida, te viene devuelta la libertad de poder hacer algo, que es lo único que a mí me interesa». 

Giorgio termina así su testimonio: «Quiero decir que no existen vidas inútiles, que nosotros no somos nuestras heridas, y que desde toda la eternidad existe un Dios que nos está buscando. Y también, a quien no crea en este Dios, o en ningún dios, que de todas formas, aún en el plano humano, su homosexualidad no es una condena y no es ni siquiera una etiqueta. Es algo solo que debemos conocer y entender, porque nos habla de un deseo de identidad que no puede ser satisfecho en una relación homosexual, una relación donde haya sexo. Ni siquiera a nivel psicológico puede satisfacer.

Deseo que el que busca caminos diversos sepa que se puede hacer algo, sepa que es posible perder completamente esos impulsos, aunque no se hable de ello. Y que, de todas formas, incluso aunque los impulsos persistan, la vida es digna de ser vivida y nuestra fecundidad nos es dada prescindiendo del hecho de que podamos tener o no hijos. Cualquier persona sobre la faz de la tierra puede generar vida a su alrededor, desde el momento en que hace aquello que le pide el Señor: dar la vida por nuestros amigos. No siempre podemos tener un compañero o una compañera, pero estoy seguro de que todos podemos tener amigos por los que dar la vida».

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Fuente:Eukmamie
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