José Ángel Zubiaur se alejó de la Iglesia, estudió Derecho, tenía novia, se deprimió y adorando sintió la llamada a ser sacerdote: «Dios me bendijo: “Serás padre de muchos”»

* «El último curso que hice en la universidad, habiendo suspendido unas cuantas asignaturas me planteo qué va a ser de mi vida. Necesito descansar y no sé por qué pensé en el Monasterio de Leyre. Y ahí fue cuando el Señor realmente derribó todas las barreras. Me acuerdo del día y la hora porque el Señor toca tu corazón y tienes la certeza de que eres para Él. Luego, empieza un período de prueba en el que van surgiendo nuevos miedos, nuevas barreras, nuevas inseguridades. Poco a poco este camino me llevó a servir a la Iglesia. Primero, a los enfermos en el Hospital de Navarra y cuidando a sacerdotes mayores en la Residencia del Buen Pastor. Aquello me ayudó muchísimo. Después pasé por la Parroquia Ermitagaña y de ahí fui destinado a Elizondo donde terminé los dos años de seminario de pastoral»

Camino Católico.-  “Nunca piensas que esto te pueda pasar a ti”. José Ángel Zubiaur nació en una familia católica, en su adolescencia se alejó de la Iglesia, intentó llenar el hueco de Dios con el amor que le ofrecía el mundo pero, al final, siempre le perseguía la misma pregunta: ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Cómo voy a ser yo sacerdote? El pasado 17 de marzo fue ordenado diácono en la Capilla del Seminario Diocesano «San Miguel» de Pamplona y el 30 de junio de 2019, por fin, será ordenado sacerdote. Cuenta su testimonio de conversión y vocación en un video de la Delegación de Juventud del Arzobispado de Pamplona y Tudela:

El pasado 17 de marzo, en la Capilla Seminario Diocesano «San Miguel» de Pamplona, los seminaristas José Ángel Zubiaur Mayans y Juan Ruiz Royo recibieron la Ordenación diaconal, de manos de Mons. Francisco Pérez González, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Soy José Ángel Zubiaur, diácono de la Iglesia de Pamplona y Tudela, y en los próximos meses me ordenarán sacerdote.

De niño mi vida fue muy sencilla. Nací en una familia cristiana gracias a Dios. El mayor tesoro que mis padres me han podido regalar ha sido la fe. Fue una infancia normal. Sí es cierto que de muy pequeño la idea del sacerdocio pudo rondar por mi cabeza, luego creces y la inquietud desaparece.

Dios escribe recto con renglones torcidos y tuve un encontronazo con una persona de la iglesia y ese momento fue justo anterior al viaje del Papa en 2003 a Madrid. Y sí que recuerdo aquella frase que dijo: “Si sientes la llamada de Dios que te dice ven y sígueme, que tú sí sea gozoso como el de la Virgen”. Yo lo recibí como con mucho gozo, con lágrimas, pero aquello quedó aparcado detrás, en lo más profundo de mi corazón, porque a partir de ese momento tuve una crisis con la Iglesia: decidí ser el señor de mi vida. Ahí empezó un poco un periodo de baches.

En aquella época, pasado aquel bache, sí es cierto que yo identifico, a día de hoy, que Dios puso su dedo en mi corazón. Cuando tú pones el dedo en una superficie queda la huella dactilar y yo ese hueco del dedo de Dios lo intenté llenar con el amor que el mundo nos ofrece y más en la sociedad actual: salir de fiesta, buscar otro tipo de actividades para llamar la atención y también tuve novia.  Al final es intentar saciar ese anhelo de amor y de sed que tiene el hombre y que la sociedad actual te dice que seas tú el señor de tu vida. Tienes que ir dándote cuenta de que ese no es el camino, que tu vida está vacía y ese hueco el mundo no lo llena.

Cuando terminé en el colegio, comencé los estudios de Derecho teniendo una novia, con la que estuve bastante tiempo. Fue el intentar llevar el noviazgo bien llevado lo que me impulsó en la vocación, al entender que estamos llamados a algo. Yo, en aquel momento, pensaba que podía ser el matrimonio.

Durante los estudios de Derecho sufrí una depresión por ansiedad que me hizo replantearme mi vida muchísimo: ¿Por qué Dios permite esto y tengo que sufrir?

Me ayudó mucho ver a familiares, mis padres y hermanos, amigos que tienen hijos con minusvalías tanto físicas como psíquicas y plantearme: ¿Por qué esta gente que está tan necesitada de los demás sonríe y yo no? El Señor va poniendo semillas en nuestro camino. Una de ellas fue esa. Otra, fue aprender a amar a los enfermos, cuidar de mi abuelo y de otra gente mayor. Me descubrió que salir de uno mismo es algo fundamental y es lo que Dios quiere.

Vas dándote cuenta de que a lo mejor Dios te llama a otra cosa. Cuando todo lo que tú te has planteado se desmorona y desaparece, sencillamente tienes que agarrarte a Él. Dentro de esa crisis, al final,  uno tiene que salir de sí mismo.

Me voy dando cuenta de que todo lo que me enseñaron y aprendí de niño, todo aquello que he dicho que cumplía, no es cierto que yo cumpla toda esa serie de normas. Intento que Dios venga a mi terreno y acabo siendo muy pío, pero realmente estoy muy vacío y tienes que tomar una decisión.

Rezando un día en la capilla de la adoración perpetua  -donde yo solía ir todas las semanas muy de madrugada para que se demostrase que yo era capaz y era un tío super responsable- se me ocurrió preguntarle a Dios: ¿Qué quieres de mí?  Y vino a mi cabeza una frase que un sacerdote me dijo cuando tuve aquel bache con la iglesia: “¿Has pensado en ser sacerdote?”

En aquel momento me aterré, me morí de miedo. No cuentas con que te pueda pasar a ti y empieza una época durante el final del noviazgo en el que viene esa pregunta continuamente cada vez que voy a la adoración: “¿Has pensado en ser sacerdote?”

Una vez me planteo que Dios me puede estar llamando, surge el primer miedo: ¿Cómo te va a llamar a ti si eres un gran pecador, si hay gente infinitamente mejor que tú, un millón de personas? ¿Cómo me va a llamar a mí si lo he dejado de lado mil veces? ¿Por qué quiere Dios que tú le sirvas?

Entonces la primera barrera es: ¿Cómo voy a ser yo sacerdote? Y vas huyendo. Continúo con mi noviazgo pero te das cuenta de que no estás. Y el Señor sigue buscándote y no se cansa de volver a ti para amarte. Y la siguiente pregunta es: ¿Pero si yo quiero ser padre y tener una familia cómo voy a ser sacerdote?

Y Dios me bendijo un día en la oración: “Serás padre de muchos”.

Todas las trabas que yo le iba poniendo el Señor las iba desanudando. Son como nudos grandes que yo hacía para que no pudiese salir adelante. Y el último miedo que pude llegar a tener es el que buscamos seguridades: tienes una novia, unos padres, unos amigos y sabes que los tienes. Si yo dejo todo eso, ¿a quién me voy a sujetar?

Dios te pide que saltes a la piscina sin manguitos y él te dice: “yo te voy a coger”. Pero si no te fías es imposible que saltes.

El último curso que hice en la universidad, habiendo suspendido unas cuantas asignaturas me planteo qué va a ser de mi vida. Necesito descansar y no sé por qué pensé en el Monasterio de Leyre. Y ahí fue cuando el Señor realmente derribó todas las barreras. Me acuerdo del día y la hora porque el Señor toca tu corazón y tienes la certeza de que eres para Él.

Luego, empieza un período de prueba en el que van surgiendo nuevos miedos, nuevas barreras, nuevas inseguridades. Poco a poco este camino me llevó a servir a la Iglesia. Primero, a los enfermos en el Hospital de Navarra y cuidando a sacerdotes mayores en la Residencia del Buen Pastor. Aquello me ayudó muchísimo. Después pasé por la Parroquia Ermitagaña y de ahí fui destinado a Elizondo donde terminé los dos años de seminario de pastoral y una vez ya ordenado diácono fui destinado al servicio de la Parroquia de Santiago donde ejerzo mi ministerio como humildemente puedo.

A todo aquel que esté planteándose la vocación le diría que se la planteé en serio. Todos estamos llamados a concretar nuestra vida y nuestro amor con el amor de Dios. Tenemos que ver cómo. Cada uno que abra su corazón a alguien de confianza, que hable con un sacerdote o con alguien que le pueda orientar. Esto no es fácil, es una carrera de largo alcance donde descubres que Dios está contigo. ¡Ánimo! Si nunca empiezas a hacer la carrera, si no te pones en marcha, si no aprendes a sortear los obstáculos, a  pedir ayuda, nunca llegarás.

Y a mí había una cosa que me preocupaba: ¿Seré feliz? ¿Esto servirá para sanar, salvar y saciar mi inquietud? Pues sí merece la pena.  ¡Ánimo! Es la tarea más hermosa que hay.

José Ángel Zubiaur

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