La Dra. Ana Grau se encontró con Dios a los pies de la Virgen de Covadonga: «La clave para vencer el Covid-19 es el amor y es Jesús, que nos enseña a llevar el amor a los demás»

* «Falleció una doctora de 28 años. Nos habían informado que empezábamos a ver pacientes con coronavirus, además de las guardias. Siempre pensaba que cuando llegara ese momento iba a tener una actitud súper heroica y no iba a tener miedo, que iba a entregar la vida como la entregó Jesús. Sin embargo, recuerdo estar en casa aterrorizada pensando: ‘Tengo 26 años no quiero morir, ya ha fallecido una compañera de 28. Y peor todavía: ¿Qué pasa si le sucede algo a mi madre y encima por mi culpa? Yo no quiero esto’. Entonces tuve un momento muy bueno porque estaba mirando la cruz y fui a sacar una tarjetita del Padre que tiene frases de Dios y decía: ‘Yo nunca te dejo sola porque lo que haces es de mi agrado’»

* «Me acuerdo la primera guardia que fue horrible. Llegué y había pacientes tirados por el suelo ahogándose sin oxígeno. No sé la cantidad de certificados de defunción que firmamos o a las familias a las que informamos. Y  pensé: ‘Esto es la guerra estamos en una guerra y nadie lo sabe’ Recuerdo llegar a casa y llorar, pero Dios siempre ha estado ahí y en esos momentos tan duros nunca me ha dejado sola, como me lo prometió al sacar la tarjetita. Si algo he aprendido de todo esto es que hay cosas mucho más importantes que el miedo: como cogerle la mano a una persona que se está muriendo, poder rezar un último Padre Nuestro con ella y que no se sienta sola en el último momento de su vida. Eso es lo más importante. Si el coronavirus lo que consigue es quitarnos la humanidad y que tengamos miedo de cogerle la mano a quien sufre, significa que lo habremos perdido todo porque eso es lo más valioso que tenemos: El amor que es por lo que Jesús murió por nosotros»

Dra. Ana Grau / Camino Católico.- La doctora Ana Grau, tiene 26 años, es geriatra, médico residente en el Hospital Gregorio Marañón en Madrid, y cuenta su testimonio de conversión y vocación a Razón en Cristo – REC de la Pontificia Universidad Católica de Chile, que se visualiza y escucha en el vídeo.

A los 13 años, cuando sus padres se divorciaron, Ana decidió que “si existía un Dios tan cruel como para permitir que me pasara eso a mí, no merecía la pena creer en él”. Tiempo después, fue a un campamento, “engañada por mi madre”, que terminaba a los pies de la Virgen de Covadonga “y ahí fue donde me encontré con Dios y me cambió la vida, porque cuando llegué a los pies de la Santina le ofrecí todo el dolor y todo el daño que había en mi vida, la Virgen me curó. Y todo ese dolor que tenía dentro dejó paso a una paz y una alegría inmensas, desde entonces la Virgen me ha estado acompañando en el camino y nunca me ha soltado la mano”.

Frente al Covid-19, Ana Grau comparte lo importante que han sido para ella la ayuda de Jesús y la Virgen María para afrontar la muerte de una compañera, sus miedos y atender a los enfermos moribundos y a sus familiares con el amor de Cristo y orando por ellos. Así lo cuenta en primera persona:

Me llamo Ana Grau, tengo 26 años, soy médico residente del Hospital Gregorio Marañón de Madrid y os voy a contar cómo fue y cómo está siendo mi lucha contra el coronavirus y para hacerlo os voy a empezar contando un poquito de mi vida

Cuando tenía 13 años mis padres se divorciaron y frente a todo ese dolor yo decidí que si existía un Dios tan cruel como para permitir que me pasara eso a mí, no merecía la pena creer en él. Y así fui poquito a poco encerrándome en mí misma, porque prefería no sentir nada a sentir todo ese dolor.

Mi actitud se prolongó hasta que un día mi madre me llevó engañada a un campamento católico, que se hacía en España, que consistía en subir a los Picos de Europa y en dormir bajo las estrellas y caminar muchas montañas hasta llegar a los pies de la Virgen de Covadonga. Y ahí fue donde me encontré con Dios y me cambió la vida, porque cuando llegué a los pies de la Santina le ofrecí todo el dolor y todo el daño que había en mi vida, la Virgen me curó. Y todo ese dolor que tenía dentro dejó paso a una paz y una alegría inmensas, desde entonces la Virgen me ha estado acompañando en el camino y nunca me ha soltado la mano.

La doctora Ana Grau con sus compañeras de campamento cuando se encontró con Dios a los pies de la Virgen de Covadonga

Aprendí muchas cosas en ese campamento. En primer lugar, que en la vida estamos la mayor parte del tiempo subiendo la montaña y muy poco tiempo en la cima. Hay que aprender a disfrutar también cuando uno sube la montaña con el macuto y el peso del mundo sobre los hombros, porque es la mayor parte del camino y aunque sea duro no tendría sentido disfrutar sólo de una parte que dura muy poquito y que es cuando estás arriba, porque luego encima toca volver a bajar.

Aprendí también que muchas veces en la vida nos frustramos con los ‘por qués’: ¿Por qué a mí con los nudos de la alfombra? ¿Por qué este nudo? ¿Por qué este dolor? En cambio, no estamos viendo que detrás de ese nudo Dios está tejiendo un tapiz precioso y a mí me cambió la vida, me ayudó a vivir muchísimo más feliz desde entonces acompañada de la Virgen.

También cuando desde pequeña pues vas creciendo y vas pensando a qué te quieres dedicar el resto de tu vida. Tenía un anhelo dentro de mí de ser médico y poder ayudar a los demás y con la ayuda de la Virgen así lo conseguí. Poco después llegó el momento de elegir especialidad y recuerdo que estaba otra vez en Covadonga, que para mí es un sitio especial de gracia. Estaba en un retiro con las universitarias y dudaba si hacer pediatría o geriatría porque me gustaban mucho los niños y los ancianos. Entonces pensé: Voy a decirle a la Virgen que elija por mí, porque sé que ella no se va a equivocar y yo me equivoco mucho más. Y que me dé una respuesta clara porque tengo muchísimas dudas. Entré unos minutos después en la iglesia y en todos los bancos había un periódico que en la portada hablaba sobre la soledad de los mayores. Para que luego digan que Dios no nos responde. Así fue como decidí que además de médico quería ser geriatra.

Tuve unos meses maravillosos al empezar a trabajar. Las dos voces del alma para elegir la geriatría fueron la Virgen María, que me iluminó, y mi abuelito Paco que desde que soy pequeña nos ha cuidado, ha estado con nosotros y nos ha enseñado los valores más importantes que hoy en día parece que se están olvidando un poquito. El valor del trabajo, del esfuerzo, de que una persona vale por lo que es y no por lo que aporta y produce para la sociedad. Y tenemos que cuidarnos mucho los unos a los otros porque es lo más valioso que tenemos. A día de hoy mi abuelito sigue enseñándome un montón, porque ahora es como un niño y dicen que para entrar al reino de los cielos hay que ser como un niño. Así que a día de hoy él sigue siendo un ejemplo enorme para mí.

La doctora Ana Grau,con su abuelo Paco

Después empecé a trabajar y de repente en enero se empezaron a oír bromas sobre un virus que había en Wuhan, que parecía que era serio pero no iba a llegar a Europa. Poco a poco las bromas fueron dejando espacio a una especie de temor que estaba ahí, hasta que de un día para otro estalló todo. Recuerdo que estando en el trabajo un día nos reunieron y nos dijeron que el hospital se iba a saturar en los próximos días, que habían cancelado los quirófanos y las listas de espera y que no había ventiladores para todos, ni los iba a haber. Que nos preparáramos porque iba a ser muy duro y probablemente muchos de nosotros también nos íbamos a contagiar y no se sabían los efectos que tenía este virus sobre nadie.

Poco después me acuerdo que falleció una doctora de 28 años. Yo pasé un fin de semana en casa y justo el lunes nos habían informado que empezábamos a ver pacientes con coronavirus, además de las guardias. Siempre pensaba que cuando llegara ese momento iba a tener una actitud súper heroica y no iba a tener miedo, que iba a entregar la vida como la entregó Jesús.

Sin embargo, recuerdo estar en casa aterrorizada pensando: ‘Tengo 26 años no quiero morir, ya ha fallecido una compañera de 28. Y peor todavía: ¿Qué pasa si le sucede algo a mi madre y encima por mi culpa? Yo no quiero esto’.

Entonces tuve un momento muy bueno porque estaba mirando la cruz y fui a sacar una tarjetita del Padre que tiene frases de Dios y decía: ‘Yo nunca te dejo sola porque lo que haces es de mi agrado’.

Me sentí muy aliviada porque me acordé de que Dios nunca nos deja solos, que en la vida hay mucho sufrimiento y muchas cruces pero si le pides a Él que te ayude a llevarlas todo cambia y es mejor. Y eso fue lo que hice porque ya no estaba sola: Dios estaba conmigo, me lo acababa de decir: ‘No te preocupes que no vas a estar sola yo voy a estar contigo’.

Así que decidí coronar a la Virgen y ofrecerle todos mis miedos, todas mis inseguridades, para tratar de ayudar al máximo número de personas posibles y para no tener miedo y de verdad poder ser su instrumento.

Me acuerdo la primera guardia que fue horrible. Llegué y había pacientes tirados por el suelo ahogándose sin oxígeno. No sé la cantidad de certificados de defunción que firmamos o a las familias a las que informamos. Y  pensé: ‘Esto es la guerra estamos en una guerra y nadie lo sabe’ Recuerdo llegar a casa y llorar, pero Dios siempre ha estado ahí y en esos momentos tan duros nunca me ha dejado sola, como me lo prometió al sacar la tarjetita. También se ha manifestado mucho a través de mi novio y de mi familia que me han acompañado y me han hecho ver que Dios nunca nos deja solos y siempre está con nosotros.

La doctora Ana Grau, a la izquierda en primer plano preparada para atender enfermos de coronavirus, y a la derecha junto a sus compañeras

Si algo he aprendido de todo esto es que hay cosas mucho más importantes que el miedo: como cogerle la mano a una persona que se está muriendo, poder rezar un último Padre Nuestro con ella y que no se sienta sola en el último momento de su vida. Eso es lo más importante. Si el coronavirus lo que consigue es quitarnos la humanidad y que tengamos miedo de cogerle la mano a quien sufre, significa que lo habremos perdido todo porque eso es lo más valioso que tenemos: El amor que es por lo que Jesús murió por nosotros.

Un momento especialmente duro fue en Semana Santa, nos habían informado de que teníamos que trabajar el Jueves y el Viernes Santo porque la situación estaba muy mal y no se podía prescindir de nadie del personal del hospital. Recuerdo decir entonces: ‘Es que ya no puedo ni descansar, estoy agotada, necesito descansar. Yo no he elegido esto’  Y miré la cruz y pensé: ‘Jesús no quería morir en la cruz. Lo hizo por amor para salvarnos a todos. Él  hace el camino al Calvario y  muere en una cruz para salvarnos a todos. Creo que es la primera vez que tengo la oportunidad de acompañar un poquito a Jesús en el calvario, especialmente con los enfermos que son sus favoritos’.

Así ha sido como Jesús me ha ayudado y me ha acompañado en toda esta lucha, porque lo que tengo claro es que al final la cruz forma parte de la vida. Nadie la elige, pero sí puedes elegir cómo la vives porque si le pides a Jesús que te ayude a llevar la cruz todo cambia, porque ya no estás solo, estás con él. Y sobre todo que al final Jesús murió por amor y el amor es lo más poderoso que tenemos, es lo que transforma los corazones y es lo único capaz de transformar el mundo.

He aprendido que es muchísimo mejor hacer las cosas por amor que por obligación, porque muchas veces si haces las cosas por obligación las acabas haciendo a medias o refunfuñando. En cambio, el hecho de hacer algo que tengas que hacer -aunque no quieras hacerlo y te dé miedo- con amor, lo cambia todo.

Y ahora que en España se están volviendo a poner las cosas un poquito mal, tengo el pensamiento recurrente de decir: ‘Otra vez no por favor, otra vez esto no’. Y le pido a Jesús todos los días que me ayude a cambiarlo y decir: ‘Señor ayúdame a ayudarte a ti a llevar almas al cielo, porque es lo más importante’.

Dios tiene un plan de amor para cada uno de nosotros y si este momento de mi vida es el mío y es un poquito más duro, pues bienvenido sea.  Sé que con Jesús todo va a ser para mejor.

Es un poquito la invitación que quiero haceros a todos. Yo he probado mucho tiempo a vivir sin Jesús y a vivir ahora con Jesús y te cambia la vida, porque ya no estás solo, porque todo tiene sentido y porque día a día Dios te demuestra que está contigo, que no te deja solo y que el amor es más grande y siempre gana.

Frente al coronavirus por supuesto que son muy importantes las vacunas y el lavado de manos, pero la clave para vencer el Covid-19 es el amor y es Jesús, porque si perdemos la humanidad lo hemos perdido todo. Y Jesús nos enseña a llevar ese amor a todos los demás.

Dra. Ana Grau


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