María al Pie de la Cruz quería ser monja a los 15 años aunque su padre no la dejó, tuvo novio, se escapó de casa, se alejó de Dios pero volvió a Él: «Dios no quita nada, lo da todo»

* «Me vi sola, como yo estaba, ante Dios. No tenía nada que ofrecerle porque me había alejado de Él. Y entonces lo vi: esto es la felicidad… Dios me llamaba. Me llamaba a seguirlo, dejar todas mis comodidades, ser pobre y obediente, algo que a mí me costaba tanto, y ser casta para siempre»

Camino Católico.-  La hermana María al Pie de la Cruz, decidió llamarse con ese nombre tras su profesión religiosa en las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, congregación de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado. Esta joven nació en una familia muy católica, eran cuatro hermanos y sus padres les inculcaron la fe y y la importancia de seguir la voluntad de Dios en todo. Ella lo valora como el don más grande que ha recibido de Dios en un testimonio vocacional que explica en un video de Jóvenes Católicos.

“La fe ha sido el don más grande que he recibido, pero no siempre lo he apreciado. Y hubo momentos de muchas rebeldías, pero siempre hubo en mí un fuego dentro. Mis padres siempre me decían que tenía que aprender a obedecer y a mí me costaba un poco porque era bastante rebelde”, asegura esta joven religiosa.

Las primeras inquietudes vocacionales a ser religiosa

Desde los 8 años, tras un campamento atendido por monjas, le llamó mucho la atención la alegría con que vivían: “Me gustó mucho que fueran muy alegres. Tuve un pensamiento: ‘¡qué grande sería si Dios me llamara a algo grande’. Tenía como un fuego dentro que me llamaba a dar más, pero no sabía qué”.  Esta inquietud le acompañará siempre, pese a que  desde niña María pensó que ella querría ser madre de una familia muy numerosa porque su madre  siempre les hablaba de la familia cristiana.

Cuando cumplió los 12 años fue a otro campamento y durante una homilía el sacerdote contó la historia de Santa María Goretti, que había dado su vida por defender la pureza. Entonces –explica la ahora monja- “quise dar mi vida para defender la pureza. Quería vivir solo para Dios. Creí que Dios me llamaba a ser religiosa. Se lo dije a mis padres, y pensaba que estarían muy felices porque fuera religiosa, pero a mi padre no le gustó nada”. Esta inquietud de llamada a la vocación religiosa se mantuvo presente en el corazón de María hasta cuando cumplió los 15 años, momento en que cambió de colegio: “Comencé a tener amistades muy mundanas. Me gustaba uno de los chicos del grupo y nos hicimos novios”.

La rebeldía y el alejamiento de Dios

Se dejó de plantear el combate entre ser madre y tener familia numerosa o religiosa y era consciente que cada día se alejaba más de Dios: “sólo pensaba con mis compañeras qué íbamos a hacer el fin de semana, qué ropa nos compraríamos, las marcas… Todo era el tema de la belleza y de agradar a los demás, que es a lo que te lleva el mundo”.

Antes de cumplir 16 años, había dejado de rezar y se había alejado totalmente de Dios y fue entonces cuando se rebeló contra sus padres:  “No sé para qué estoy aquí, me voy de casa y buscaré aires nuevos… Me fui de casa. Fue una mala decisión. Dios se valió de eso y lo permitió para mi bien para mostrarme el camino. Tomé el primer bus que encontré y me fui a cuatro horas de distancia de mi casa, sin nada de dinero, era cómo pedir a Dios que quería de mí”, relata María.

De un pensamiento peligroso a la acción de la Providencia y a la llamada definitiva

Todavía viajaba en el autobús cuando eran las 10 de la noche y entonces tuvo otro pensamiento, que aclara que no debe ser imitable por peligroso. “Con la primera persona que se baje de este bus me bajaré yo”. A pesar suyo, la providencia hizo el resto puesto que la persona que primero se bajó y con la que ella se bajaría era un sacerdote. Tirándole de la sotana le preguntó si podía bajarse con él. Él estaba completamente desconcertado y ella ni siquiera sabía dónde ir. Ambos caminaron hasta llegar al seminario. “Me dijo que ahí no me podía quedar pero que sabía que había una peregrinación que se hacía durante toda la noche con un grupo de religiosas que llevaba discapacitados. Allí podría ayudar pues duraba desde las 12 de la noche hasta las 6 de la madrugada”, asegura la joven religiosa.

María reconoce que en aquel momento “no quería ayudar a los enfermos ni ir con las monjas. Fui porque no sabía dónde quedarme. Llevando las sillas de ruedas empecé a pensar en qué era lo que movía a la gente para hacer esos sacrificios y esos actos de caridad. Y entonces tuve como un pensamiento: ‘tienes que cambiar de vida’. Entonces volvió a renacer ese fuego y esa sed de eternidad… A mí se me acaba la fiesta, el baile, el gustar a los demás… Me vi sola, como yo estaba, ante Dios. No tenía nada que ofrecerle porque me había alejado de Él. Y entonces lo vi: esto es la felicidad”.

Al día siguiente llamó a sus padres por teléfono. Les dijo dónde estaba y que quería ser monja. Ellos no se lo podían creer pero un día más tarde, justo cuando cumplió los 16, les confesó que “todo era verdad y que Dios me llamaba. Me llamaba a seguirlo, dejar todas mis comodidades, ser pobre y obediente, algo que a mí me costaba tanto, y ser casta para siempre”.

No conocía muchas congregaciones ni a monjas pero supo que estaba llamada a ser cómo las religiosas que conoció aquella noche. Y una semana más tarde ingresaba en el Instituto del Verbo Encarnado. Tuvo que dejar al novio que tanto deseaba y a todos los proyectos y placeres que el mundo le ofrecía. “Pero había algo mucho más grande. Un amor eterno. Por eso mi vocación siempre estuvo unida al misterio de la cruz. Cuando me dieron el nombre en la congregación mi padre lo entendió menos: me llamo María al pie de la Cruz. Yo pedí un nombre relacionado con el misterio de la cruz porque me parecía que en la cruz está la fecundidad, todo lo que toca la cruz lo salva.  Cuando me cambiaron el nombre pensé que mi misión como religiosa era ser madre de muchas almas, pero esa maternidad estaría siempre unida al sufrimiento al pie de la cruz. Es como el amor más grande de todos”. Y ha experimentado que “Dios no quita nada, lo da todo”.

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