Matt Gibson: Del sexo, las drogas, las juergas inacabables y las ideas de suicidarse a convertirse al catolicismo por una hermosa chica católica de quien se enamoró

Era luterano y «perfecto», hasta que un día dejó de ser casto. Luego se bastó él solo para meterse en líos

18 de abril de 2012.- «Mi nombre es Matt Gibson y tengo 33 años».Así empieza su historia un joven converso que la ha relatado a Stephen Ray, converso él mismo y que recoge y difunde testimonios similares de personas que encuentran a Dios y a la Iglesia tras un pasado alejado de ambos.

Matt empieza explicando que era luterano y casi «perfecto». Criado en una familia devota -dos de sus tíos abuelos eran pastores-, iba casi todos los domingos a la iglesia: «Formaba parte del coro y era monaguillo y presidente del club juvenil de la iglesia luterana de San Pablo en North Star (Ohio, Estados Unidos). Estaba orgulloso de mi fe y discutía hasta la extenuación con mis amigos católicos».

(Religión en Libertad) En la época del instituto, dice, «creía ser un buen chico: no salía de fiesta, no bebía, no tomaba drogas, estudiaba mucho y nunca tuve ningún problema. Quería conservar mi virginidad hasta el matrimonio. El futuro era brillante».

Espiral de destrucción

Pero al llegar a la universidad, dejó de ser casto: «Empecé a salir y me eché una novia formal. A medida que profundizábamos en la relación, la tentación del sexo se hacía cada vez más fuerte. Tan fuerte, que sucumbimos a ella. Durante los siguientes ocho años, eso se convirtió en un problema para mí. Empecé a vivir una vida muy poco casta. Ahora me doy cuenta de que no la quería, pero estaba esclavizado al sexo y a esa forma de vida. Mi estilo de vida se convirtió en muy destructivo, porque cuando nos separamos, empecé a beber en abundancia. Todos los días».

Roto el dique, no dudó en meterse en líos: «Comencé a fumar hierba y a probar otras drogas. Decidí que sería siempre el rey de la fiesta y durante dos años fui a tantas que tuve que abandonar los estudios universitarios, y me puse a trabajar a tiempo completo para tener dinero para más juergas. Salté de relación en relación, de chica en chica, sin consideración a si les estaba haciendo daño. Todo lo que quería era satisfacer mis deseos y caprichos. Pasaba la noche en los bares y debía miles de dólares».

En esa época sus padres se divorciaron, y Matt, totalmente roto, cayó en una profunda depresión: «Empecé a tener idea suicidas. Sabía que la espiral en la que me había metido iba a tener un fin, pero tenía miedo de que el precio fuese mi vida».

Melanie, el ángel

Justo entonces, apareció Melanie, una joven católica: «El Señor me envió un ángel», dice. «Para mí fue un amor a primera vista. Era hermosa, amable, simpática. Escuchó todos mis problemas. Me sentía mejor cuando estaba con ella. Quería ser un hombre mejor para ella».

Y a los tres años se casaron en Russia, Ohio, en la parroquia católica de St Remy. «Yo le había pedido que no me forzase a hacerme católico. Para ser sincero, no tenía la menor intención de hacerme católico. Pero, por otro lado, no sentía mi corazón lleno con la fe luterana. Intenté llenar ese vacío con asuntos mundanos, pero no lo conseguí. Al final decidí ir a misa con mi mujer los domingos, para estar más con ella y porque me quedaba más cerca que la iglesia luterana».

La conversión

Fue así como Matt, en plena inquietud religiosa, asistió durante unos meses a las que fueron realmente sus primeras misas, más allá de momentos protocolarios, como su propia boda: «Me sentaba y no participaba, pero empecé a prestar atención a la consagración y a la comunión. Hasta que un día vi cómo mi mujer se levantaba para ir a comulgar, y me invadió un deseo de acompañarla. Algo en mi alma empezó a decirme que yo también quería recibir la Eucaristía. Dios me estaba llamando».

Aquel día, obviamente, no lo hizo, pero al poco tiempo le confesó a Melanie y a mis suegros que quería ser católico: «Se quedaron con la boca abierta. Luego supe que habían estado rezando por mí, para que eso sucediera. Y empecé a asistir a las clases de catecismo».

Su testimonio es sencillo, pero claro. Todo cambió en su vida: «Tiré por la ventana mis prejuicios sobre el catolicismo. Había crecido sin saber nada sobre el rosario o sobre sacramentos como la confesión o sobre la Virgen María. Comprendí que la Iglesia católica es la Iglesia de Dios, y que es verdaderamente hermosa».

La vida de Dios

Y el día de su confirmación fue también el de su primera comunión: «Mi padrino me dijo que hay un momento en la vida en que tienes que dejar de vivir tu vida y la vida que el mundo quiere que vivas, y empezar a vivir la vida que quiere Dios. Porque Dios quiere que seas feliz en esta vida, pero sobre todo en la vida futura».

Hoy Melanie y él tienen dos hijos, y justo en estas fechas su mujer está saliendo de cuentas del tercero. No saben si es chico o chica: «Si es chico, le llamaremos José Gerardo. Si es chica, Catalina Faustina».