Miguel Ángel, maquillador, se crió sin padre y la violencia del padrastro lo llevó a relacionarse con hombres, pero peregrinó a Tierra Santa: «Dios me tocó el corazón con su amor»

* «El primer día en misa sentí que Dios me hablaba a través de las bienaventuranzas. Pero cuando realmente me tocó el corazón fue con la lectura del paralítico: “Tus pecados te son perdonados, coge tu camilla y vete”. Fue la primera vez que me sentí limpio, perdonado y en paz en toda mi vida. A partir de ahí, cada momento de la peregrinación fue una afirmación del amor de Dios hacia mí. Me confesé por primera vez y decía: “Señor, el corazón me va a estallar, ya no necesito más pruebas de que me amas. No necesito nada más”. En el vuelo de vuelta a Madrid borré de mi móvil todas las aplicaciones de citas y los contactos que no quería mantener. Y nada más llegar, volví a casa de mi madre. Necesitaba cambiar de vida al cien por cien, porque pensaba que este subidón podía desvanecerse»

Camino Católico.-  La historia de Miguel Ángel es la de un niño atormentado, la de una sociedad que fomenta la confusión y el desenfreno autodestructivo… y también la de un hombre rescatado por Dios, que jamás ha dejado de amarlo Lo entrevista Marta Peñalver en la Revista Misión.

Miguel Ángel nació en Chile en 1980, y se crió con su madre, su hermana, su tía y su prima. Cuando tenía 6 años, su madre conoció a un hombre con el que conviviría durante otros 6 años. Este hombre impuso en casa una férrea disciplina “que con el tiempo derivó en malos tratos y vejaciones hacia mí”, explica. “Esto, sumado a que durante mi más temprana edad estuve rodeado de mujeres, hizo que me refugiara en mi madre y mi hermana, y que me desvinculara de todo lo masculino”. Cuando su madre entendió la situación, huyó con sus hijos.

“Despreciaba la imagen paterna por lo que me había hecho mi padrastro. Y, a la vez, echaba en falta la protección de mi padre”, explica. Y a medida que fue creciendo, Miguel iba idealizando la figura masculina: “Buscaba a mi padre en el resto de los hombres”.

A los 18 años conoció a un hombre que daba respuesta a su anhelo de protección y tuvo su primera relación homosexual.  “A partir de ahí comencé a experimentar con otros hombres, buscando su cariño y amparo”. En esa época, Miguel estaba integrado en la iglesia protestante y sintió la necesidad de hablar con su pastor sobre su situación. “Me dijo que no podía llevar esa vida y seguir yendo a la iglesia”. Buscó al pastor de otra iglesia y, de nuevo, le dijeron que ese no era sitio para él. “Me sentí excluido y dejé de ir a la iglesia”. A partir de ese momento, Miguel comenzó a llevar una vida abiertamente homosexual.

Fotografía: Dani García / Revista Misión

– ¿Cómo cambió de vida?
– Con 22 años vine a España siguiendo a mi madre y a mi hermana. Poco antes de venirme había localizado a mi padre y había llegado a hablar con él, pero sin llegar a conocerlo en persona. Ya en España mantuve una relación de 8 años con un hombre, y entré en una espiral de autodestrucción con una vida de desenfreno. Hasta que conocí a una mujer católica con la que entablé amistad. Yo le hablaba de mi vida sin tapujos y, para mi sorpresa, no percibí ningún atisbo de rechazo por su parte hacia mí. Me invitó muchas veces a Tierra Santa, pero me resistía. Hasta que una vez, no sé muy bien por qué, me apunté con ella y con su grupo de la Universidad Francisco de Vitoria a una peregrinación.

¿Cómo fue la experiencia?
– Nada más llegar a Israel pensé que me había equivocado. Nos sentamos en una mesa redonda a explicar qué esperábamos cada uno del viaje, y no sabía qué decir. No entendía nada de lo que hablaban los demás. Así que tiré de lenguaje protestante y salí del paso.

– Pero Dios no tardó en tocarle…
– El primer día en misa sentí que Dios me hablaba a través de las bienaventuranzas. Pero cuando realmente me tocó el corazón fue con la lectura del paralítico: “Tus pecados te son perdonados, coge tu camilla y vete”. Fue la primera vez que me sentí limpio, perdonado y en paz en toda mi vida. A partir de ahí, cada momento de la peregrinación fue una afirmación del amor de Dios hacia mí. Me confesé por primera vez y decía: “Señor, el corazón me va a estallar, ya no necesito más pruebas de que me amas. No necesito nada más”.

– ¿Cómo fue la vuelta a la rutina?
– En el vuelo de vuelta a Madrid borré de mi móvil todas las aplicaciones de citas y los contactos que no quería mantener. Y nada más llegar, volví a casa de mi madre. Necesitaba cambiar de vida al cien por cien, porque pensaba que este subidón podía desvanecerse. Pregunté a uno de los hombres que había conocido en la peregrinación: “¿Qué tengo que hacer para seguir viviendo esto?’, y me mandó a hablar con Miguel Ángel Turmo, un sacerdote del Camino Neocatecumenal, quien me invitó a unirme a una comunidad. Ahí he conocido la Iglesia, me han enseñado a rezar y, poco a poco, a tener una relación de tú a Tú con Dios. Mi madre y mi hermana se convirtieron al catolicismo y comenzaron a acompañarme a la parroquia. El 7 de noviembre de 2014 los tres fuimos bautizados. Los protestantes siempre rezan por entrar en el Cielo junto a su familia, y esa oración que había rezado de niño se cumplió cuando vi a mi madre y a mi hermana vestidas de blanco entrando a mi lado a formar parte de los hijos de Dios.

– ¿Qué pasó con su padre?
– Tras mi conversión, sentí la necesidad de conocer a mi padre, compré un billete de avión y me fui a Perú. Yo había sufrido mucho su abandono y ponerme delante de él me hizo entender que tenía un padre, más aún, que siempre había tenido a un Padre que nunca me había dejado. Comprendí que Dios me había pensado perfecto, no como la sociedad me decía que tenía que ser. Ahora sé que el Espíritu Santo me inspiró a buscar a mi padre.

– ¿Conocer a Dios lo transformó?
– Dios no me cambió de repente, me fue iluminando poco a poco, y transformó la percepción que tenía de mí mismo. En mi infancia viví situaciones traumáticas que bloquearon la capacidad de identificarme con mi propio ser, con mi masculinidad. Me di cuenta de que buscaba fuera de mí una masculinidad que creía que no tenía. Ahora sé que soy tan masculino como cualquiera, pero que por mis circunstancias no había podido madurar bien. No me sentía bien con mi estilo de vida y comprendí que mi inmadurez sexual era el síntoma de que tenía heridas que necesitan ser sanadas.

Fotografía: Dani García / Revista Misión
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