El dominico vietnamita Hung Phuoc Lam bautizó a su padre después de décadas que le prohibiera ir a la Iglesia y de no querer que se ordenara sacerdote

* “Mi padre no aceptó mi vocación. Fue entonces cuando entendí las palabras del Evangelio: <<No vine a traer paz, sino espada>> (Mt 10, 35-36). De hecho, no sabía qué responder cuando mi padre me dijo: << ¡Te prohibido ser católico y ahora quieres ser sacerdote católico! ¿No te das cuenta de cómo son los sacerdotes y las monjas? >> Tomó una actitud indiferente hacia mí y casi me abandonó”

* “Días, meses y años pasaron. Dios cambió a mi padre. Lo hizo de verdad. Mi padre aceptó mi vocación cuando presenció la profesión de mis primeros votos. Luego hice mis votos finales en la orden dominicana. Participó en la celebración y gradualmente fue desapareciendo su prejuicio contra la Iglesia. Antes de mi ordenación le dije que me gustaría mucho que dejara a mi madre ir a la iglesia. Él aceptó y mi madre rebosaba de felicidad; después de 33 años podría finalmente practicar su fe”

28 de octubre de 2005.- (Hung Phuoc Lam, OP, Saigón (Vietnam) / Camino Católico) <<Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo>>. Estas son las palabras que todo ministro usa al bautizar. Pero para mí tienen un significado muy especial, porque yo bauticé a mi propio padre.

Nací en una familia pagano-católica. Mi padre veneraba a sus ancestros y mi madre era católica; mi tía era monja budista, pero aun así fui bautizado cuando era bebé. Mi padre era muy severo y prohibía a mi madre ir a la iglesia –y por lo tanto también estaba prohibido para mí–. Quizá la razón era que, en una ocasión, su taxi se descompuso y tuvo que dejarlo frente a la iglesia para repararlo, pero mientras lo hacía el sacerdote vino y lo reprendió. Desde entonces se llenó de prejuicios contra los sacerdotes y contra la Iglesia, y el resultado inevitable era esta prohibición a los miembros de mi familia.

También hubo otro incidente relacionado con esto. Aquí,  cuando llueve, diluvia. Un día, durante un fuerte aguacero, él y su familia se refugiaron en una iglesia, pero una monja los expulsó porque no quería que ensuciaran. Desde entonces la fe de la Iglesia perdió todo su significado para él.

Sólo puedo decir que esta situación era muy triste. Yo seguí confiando en Dios. Rezaba. Le rogaba que cambiara el corazón de mi padre costara lo que costara. No excluí mi propio llamado. Y fue así como él quiso responder.

Dios me llamó a la orden dominicana. Tenía 26 años. Mi padre no aceptó mi vocación. Fue entonces cuando entendí las palabras del Evangelio: <<No vine a traer paz, sino espada>> (Mt 10, 35-36). De hecho, no sabía qué responder cuando mi padre me dijo: << ¡Te prohibido ser católico y ahora quieres ser sacerdote católico! ¿No te das cuenta de cómo son los sacerdotes y las monjas? >> Tomó una actitud indiferente hacia mí y casi me abandonó. De todos modos yo seguí adelante, en silencio, confiando en Dios. Y todos los días recé por él con mi madre.

Días, meses y años pasaron. Dios cambió a mi padre. Lo hizo de verdad. Mi padre aceptó mi vocación cuando presenció la profesión de mis primeros votos. Luego hice mis votos finales en la orden dominicana. Participó en la celebración y gradualmente fue desapareciendo su prejuicio contra la Iglesia. Antes de mi ordenación le dije que me gustaría mucho que dejara a mi madre ir a la iglesia. Él aceptó y mi madre rebosaba de felicidad; después de 33 años podría finalmente practicar su fe. Fue una gran alegría el día de mi ordenación, pues la paz regresó a mi familia. Recibí aquello que pensaba haber perdido.  En mi ordenación mi padre reconoció: <<He sido derrotado por Dios; no le puedo arrebatar a mi hijo. Mi hijo es sacerdote. Está decidido; es un hecho>>.

Cuatro años después sucedió algo maravilloso. Mi padre expresó su deseo de ser cristiano y lo bauticé en 2006. Bauticé a mucha gente, pero jamás olvidaré el momento en que bauticé a mi padre.

Dios derrotó a mi padre. El Señor hizo cosas grandes por mi familia: yo era un chico normal en una familia pagana, y ahora soy sacerdote; mi padre pasó de perseguir la fe a ser un buen padre católico.

Esto fue obra de Dios. Todo es para su gloria. Me dio más de lo que yo le pedí en más de 20 años de oración silenciosa y persevérate. Él con su poder, hace milagros en cosas normales. Me sentí muy inspirado por el ejemplo de oración silenciosa y perseverante de Santa Mónica. Dios me usó como su instrumento para su gloria  y para la salvación de los demás. ¡Con Dios todo es posible!

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