Padre Juan Javier Martín, abad de la Trapa de Dueñas: “Sea cual sea tu vocación, hace falta silencio y lectura orante de la Palabra para discernir a dónde te lleva”

* “Mi vocación surgió en una JMJ… Yo también me sentía más llamado a vocaciones activas, pero el amor de Dios es un fuego que te quema por dentro, y sólo puedes fiarte de ese designio de amor si quieres ser feliz. No es una decisión fruto de tus apetencias o aptitudes, como cuando elegí estudiar Empresariales, sino una obediencia a la llamada de Dios”

* “Cristo colma mis ansias de felicidad y, en los momentos duros, me muestra que puedo identificarme con Él, en procesos de muerte y resurrección. Por eso, cualquier momento de dolor o de prueba, vivido desde Dios, se llena de sentido y esperanza”

14 de junio de 2012.- (José Antonio Méndez / Alfa y Omega / Camino Católico)Juan Javier Martín estudiaba Empresariales, tenía coche desde los 18 años y buenos amigos. Con 20 años, leyó la vida del Hermano Rafael, vivió la JMJ de Santiago de Compostela, visitó La Trapa…, y Dios le cambió los planes. Hoy, con sólo 43 años, ya ha sido abad del monasterio cisterciense de Oseira (El Escorial de Galicia, lo llaman), acaba de ser elegido nuevo abad de la Trapa de San Isidro de Dueñas, en Palencia, y se reconoce «convencido de lo que debe ser la nueva evangelización desde un monasterio»

-La vida cisterciense de estricta observancia no es, precisamente, cómoda y regalada. ¿Qué le atrajo de esa espiritualidad?

-La mediación que Dios utilizó fue el Hermano Rafael. Yo me movía en el ambiente de mi parroquia de Sonseca, en Toledo. Eran los últimos años de don Marcelo como arzobispo, en los que se enfatizó la pastoral juvenil, y el tiempo de las primeras JMJ y Guadalupadas. Y confluyeron dos factores. El primero, una insatisfacción interior: me iba bien en los estudios, tenía coche desde los 18 años, amigos…, pero estaba vacío por dentro. Y el segundo, encontrar una forma de vivir la fe sin miedo, con sacerdotes jóvenes que vivían la fe con ímpetu.

-¿Y el ejemplo de Rafael?

-Leí la vida del Hermano Rafael y me pareció heroica, pero nada más. Lo que pasa es que, al ver que seguía insatisfecho, un sacerdote me llevó a visitar La Trapa. Aquello me removió, pero las cosas no son rectilíneas en los planes de Dios, y pasé tiempo huyendo de mí mismo. Hasta que, con 20 años, en 1989, fui a la JMJ de Santiago de Compostela, y Juan Pablo II propuso a Rafael como ejemplo de vida. Ésa fue para mí la invitación a no tener miedo a lo que Dios quisiera. Con los consejos de un sacerdote, Dios fue desenredando la madeja de mi vida. Aun así, no es fácil dejarlo todo para meterte en un monasterio, así que, cuando luego hice la mili, pude tomar distancia de mi entorno, y reflexionar. De hecho, el tiempo de permiso lo utilicé para hacer el discernimiento sin levantar sospechas.

-Muchos piensan que la vida contemplativa es enterrarse en vida…

-Yo también me sentía más llamado a vocaciones activas, pero el amor de Dios es un fuego que te quema por dentro, y sólo puedes fiarte de ese designio de amor si quieres ser feliz. Por eso, sea cual sea tu vocación, hace falta silencio y lectura orante de la Palabra para discernir a dónde te lleva. No es una decisión fruto de tus apetencias o aptitudes, como cuando elegí estudiar Empresariales, sino una obediencia a la llamada de Dios.

-O sea, que en el siglo XXI, ¿sigue teniendo sentido la vida monástica?

-Mi vocación surgió en una JMJ y estoy convencido de lo que debe ser la nueva evangelización en un monasterio, cómo ser poroso para acoger a los peregrinos y buscar qué podemos aportar a la Iglesia y a la sociedad; pero no podemos dejar de ser lo que somos, ni de perseverar en el silencio y en la oración. Uno puede pensar: ¿qué pinta éste aquí, si con sus aptitudes podría ser enfermero en África o un buen profesor? Pero la vida monástica no se entiende con criterios humanos, sino desde Dios.

-Algunos prefieren un cristianismo más mundano, menos exigente.

-Cualquier cristiano que se tome en serio su fe tiene que estar dispuesto a sufrir por las elecciones que implica en su vida, a dejarse abrazar por el Espíritu y a dejarse llevar por Él a lo desconocido. Cuando te metes en Dios y buscas seguir a Jesucristo, entras en una nueva dimensión de tu vida. Y si no tomas conciencia de que Dios mueve los hilos de la vida, y de que Él vive en la Iglesia, te conviertes en tu propio diosecillo. Las cosas más importantes (el cuerpo, la familia, nuestras capacidades, la vocación…) se reciben como un don, no las eliges tú, y nuestra labor es acogerlas. Ser cristiano abre una pregunta: ¿Quién es ése Resucitado, que colma la vida y me vivifica por dentro? Porque encontrarte con el Resucitado es algo real, que se hace vida en cada generación.

-Pues ya que lo pregunta, ¿quién es Cristo para usted?

-Es el Señor en mi vida, que se me ha presentado siempre de modo suave, sin exigir nada a la fuerza. Hace 20 años que entré en San Isidro, y ha ido construyendo mi propia historia de salvación incluso con mis pecados y debilidades. El suyo es un amor tan peculiar que ha cambiado mi vida, a mejor, y la de las personas que quiero. Cristo colma mis ansias de felicidad y, en los momentos duros, me muestra que puedo identificarme con Él, en procesos de muerte y resurrección. Por eso, cualquier momento de dolor o de prueba, vivido desde Dios, se llena de sentido y esperanza.

-¿Qué es lo más difícil de ser abad?

-San Benito dice que el abad tiene que adaptarse a todos: con uno, ser más exigente; a otro tratarlo con más ternura; a otro, con más disciplina… Quizá lo complicado es que el abad tiene que adaptarse a cada hermano, y no cada monje adaptarse a mí, al humor con que me haya levantado o a los problemas que tenga sobre la mesa. Servir a los hermanos, como si fuese Cristo quien los sirviese, es una vocación dentro de la vocación. ¡Menos mal que Dios ayuda al abad a ser abad, a pedir lo máximo a los hermanos para ser verdaderos monjes, siendo siempre misericordioso!

-El orden de la vida monástica, ¿no hace rutinaria la oración?

-El ideal del monje es la oración continua, y dirigir los afectos al Señor. Vamos siete veces al día al coro, para la oración, pero barrer, envasar leche, o hacer la comida, en silencio y en presencia de Dios, es un trabajo ascético. A veces, es necesario pasar por la sequedad y por vernos apáticos para valorar la riqueza de Dios. El sentimiento no marca la autenticidad de la oración: a veces puedes tocar el cielo, y otras, pasar por tal desierto que te veas con las tentaciones a flor de piel. Pero, como dice un santo, los monjes, como cada cristiano, por la Gracia, podemos perseverar en Dios incluso a las puertas del infierno.