Papa Francisco en homilía de conmemoración de los fieles difuntos, 2-11-2020: «La esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna»

* «Una esperanza que es un don: no podemos tenerla. Es un don que debemos pedir: «Señor, dame esperanza». Hay tantas cosas feas que nos llevan a la desesperación, a creer que todo será una derrota final, que después de la muerte no habrá nada… Y vuelve la voz de Job, vuelve: ‘Sé que mi Redentor está vivo y que, en el final, se levantará sobre el polvo y lo veré, yo mismo, con estos ojos’»

Video completo de la transmisión en directo de Vatican News con la homilía del Papa traducida al español

* «Y luego, el Señor confirma esto, esta esperanza que no defrauda: «Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí» (Jn 6, 37). Este es el fin de la esperanza: ir a Jesús. Y «al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6, 37-38). El Señor que nos recibe allí, donde está el ancla. El Señor nos recibe allí, donde está el ancla. La vida en la esperanza es vivir así: aferrándose, con la cuerda en la mano, fuerte, sabiendo que el ancla está ahí. Y esta ancla no decepciona: no defrauda»

2 de noviembre de 2020.- (Camino Católico)  La esperanza no defrauda, sino que nos atrae, y da un sentido a nuestra vida: ella es el don de Dios que nos atrae hacia la vida y la alegría eterna. En la Conmemoración de los fieles difuntos el Santo Padre Francisco celebró la Santa Misa en la Iglesia del Camposanto Teutónico del Vaticano. La homilía improvisada del Sumo Pontífice fue un himno a la esperanza, «regalo de Dios y ancla» de la que debemos sujetarnos en los momentos más oscuros de nuestra vida.

En la homilía el Papa reflexiona sobre el pasaje de la Primera Lectura de la liturgia de hoy, tomado del Libro del Profeta Job, que narra el término de su existencia a causa de la enfermedad. “Con la piel deshecha casi al punto de morir, casi sin carne”, Job – dice el Papa – «tiene una certeza y la dice»: “Yo sé que mi Redentor vive y que, al fin, se levantará sobre el polvo”. “Mis ojos lo verán, y no otro”. “Esa certeza, en el momento finito, casi terminada la vida – explica el pontífice – es la esperanza cristiana”.

La esperanza de la que habla el pontífice es un regalo de Dios que “debemos pedir”: “Señor – dice orando el Papa -, dame la esperanza”. “La esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna”.  En el video de Vatican News se visualiza y escucha la homilía del Papa traducida al español, cuyo texto completo es el siguiente:

Derrotado Job, en efecto, terminado en su existencia, por enfermedad, con la piel desecha, casi a punto de morir, casi sin carne, Job tiene una certeza y dice: «Yo sé que mi Redentor vive y que, al fin, se levantará sobre el polvo» (Job 19:25). En el momento en que Job está más abajo, más abajo, más abajo, hay ese abrazo de luz y calor que le asegura: Veré al Redentor. Con estos ojos lo veré. «Lo veré yo mismo, mis ojos lo verán y no otro» (Job 19:27).

Esta certeza, en el momento finito casi terminada la vida, es la esperanza cristiana. Una esperanza que es un don: no podemos tenerla. Es un don que debemos pedir: «Señor, dame esperanza». Hay tantas cosas feas que nos llevan a la desesperación, a creer que todo será una derrota final, que después de la muerte no habrá nada… Y vuelve la voz de Job, vuelve: «Sé que mi Redentor está vivo y que, en el final, se levantará sobre el polvo y lo veré, yo mismo, con estos ojos».

“La esperanza no defrauda» (Rom 5: 5), nos dijo Pablo. La esperanza nos atrae y da un sentido a nuestra vida. Yo no veo el más allá. Pero la esperanza es el don de Dios que nos atrae hacia la vida, hacia la alegría eterna. La esperanza es un ancla que tenemos del otro lado: nosotros, aferrándonos a la cuerda, nos sujetamos(cf. Hb 6, 18-20). “Sé que mi Redentor está vivo y lo veré”: repetir esto en los momentos de alegría y en los malos momentos, en los momentos “de muerte”, por decirlo así.

Esta certeza es un don de Dios, porque nunca podemos tener esperanza con nuestras propias fuerzas. Tenemos que pedirlo. La esperanza es un don gratuito que nunca merecemos: es dada, es donada. Es gracia.

Y luego, el Señor confirma esto, esta esperanza que no defrauda: «Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí» (Jn 6, 37). Este es el fin de la esperanza: ir a Jesús. Y «al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 6, 37-38). El Señor nos recibe allí, donde está el ancla. La vida en la esperanza es vivir así: aferrándose, con la cuerda en la mano, fuerte, sabiendo que el ancla está ahí. Y esta ancla no decepciona: no defrauda.

Hoy, en el pensamiento de tantos hermanos y hermanas que se han ido, nos hará bien mirar los cementerios y mirar hacia arriba y repetir, como hizo Job: “Sé que mi Redentor vive y lo veré, yo mismo; mis ojos lo contemplarán, y no otro”. Esta es la fuerza que nos da la esperanza, este don gratuito que es la virtud de la esperanza. «Que el Señor nos lo dé a todos

Francisco

Santa Misa presidida por el Papa Francisco en la conmemoración de los fieles difuntos, 2-11-2020


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