Testimonios de 3 personas que atienden la Pastoral de la Salud: “En cada enfermo está el amor de Dios, la expresión más grande que podemos recibir de Él”

* Pedro: En mis visitas a los enfermos, los domingos, antes de que éstos reciban el Cuerpo de Nuestro Señor, es Él mismo el que me habla de distintas formas, pero siempre con un mensaje muy claro: Aquí estoy Yo

Concha: Rafael nos decía que no creía en nada, que él sólo era comunista y bético. Me pidió que fuera un sacerdote. Empezó a ir dos o tres veces por semana, hasta que en febrero le pidió confesarse, y recibió la Comunión. Murió con el sacerdote y dos señoras del equipo al lado”

* Marisa: “La invité, si quería, a rezar juntas a Dios; yo le prestaría mi voz. Me dijo un rotundo  con los ojos y la cabeza. Le pedí a Dios, en su nombre, que la acompañara y le diera paz. Con sus labios silenciosos, marcaba conmigo el Padrenuestro

9 de octubre de 2011.- La asistencia humana y espiritual a los enfermos no sólo es una ayuda insuperable para éstos. Para quienes la ofrecen, la presencia de Dios en los enfermos, su fe y su gratitud suponen un aprendizaje continuo. Éstas son algunas de las experiencias de las diócesis de Sevilla y Bilbao compartidas en las XXXVI Jornadas Nacionales de Delegados de Pastoral de la Salud, que se han celebrado en septiembre en Madrid y que ha recopilado Alfa y Omega.

* Pedro: “En el  de Juana, el Señor me habla directamente, y me dice: Tú, mírame que estoy aquí; Reacciona, que éste es mi Cuerpo; Tú, quiéreme, que aquí está el amor

Soy Pedro, tengo 21 años y curso 5º de Derecho. En mis visitas a los enfermos, los domingos, antes de que éstos reciban el Cuerpo de Nuestro Señor, es Él mismo el que me habla de distintas formas, pero siempre con un mensaje muy claro: Aquí estoy Yo. Juana está postrada en una cama desde hace siete años, con más de la mitad de su cuerpo paralizado. No puede articular más palabra que . A todo lo llama así, a sus hijas, nietos, a los acontecimientos pasados… En el  de Juana, el Señor me habla directamente, y me dice: Tú, mírame que estoy aquí; Reacciona, que éste es mi Cuerpo; Tú, quiéreme, que aquí está el amor. En cada uno de los enfermos está el amor de Dios, la expresión más grande que podemos recibir de Él. El amor a nuestros hermanos, y en este caso a los preferidos de Dios, nos hace ablandar nuestro corazón de piedra. Siempre encuentro momentos en los que rezo a Dios por cada uno de ellos, y en los que le doy gracias por el don que me ha regalado, al haberse dado a conocer a través de sus preferidos, los enfermos.

Pedro

* Concha: “Le dijimos que lo hacíamos por amor, porque era nuestro prójimo y éramos cristianas. En todo el verano, surgieron conversaciones sobre Dios, porque él no se podía creer que no cobráramos”

Se presentó en la parroquia Rafael, un conocido del pueblo, pidiendo ayuda para su tía, que estaba impedida y se quedaba, en agosto, sin la persona que la asistía. Ella no quería que él la bañara. Nos reunimos el equipo [de pastoral de la salud de la parroquia], y aunque sabíamos que no era nuestra labor, decidimos hacerlo. El primer día, Rafael nos preguntó qué nos debía, y contestamos que nada. Le dijimos que lo hacíamos por amor, porque era nuestro prójimo y éramos cristianas. En todo el verano, surgieron conversaciones sobre Dios, porque él no se podía creer que no cobráramos. Rafael nos decía que no creía en nada, que él sólo era comunista y bético. A mediados de septiembre, la tía murió. A final de año, él enfermó de cáncer, y el equipo empezó a ir a verlo. No tenía más personas que se ocuparan de él.

Hacia principios de año, me dijo que fuera a verlo sola. Estas visitas se produjeron muy asiduamente. Yo pensaba cómo plantearle que era mejor que hablara con un sacerdote, pero fue él quien me lo pidió. Un sacerdote empezó a ir dos o tres veces por semana, hasta que en febrero le pidió confesarse, y recibió la Comunión. Murió con el sacerdote y dos señoras del equipo al lado. Para nosotros, todas las vivencias con Rafael fueron, aparte de un impacto muy grande, revitalizador. Comprendimos muchas cosas, aprendimos a vivir con el enfermo, a cuidarlo, a atenderlo.

 Concha (Sevilla).

* Marisa: “Tras un espacio de silencio, le dije que me daba la sensación de que estaba hablando con Dios. Ella me sonrió de una manera que me impactó, mientras asentía”

Tras una intervención aparentemente sencilla, Alicia cogió una bacteria de quirófano que le fue dañando el sistema nervioso y algunas funciones vitales de manera permanente. Me habían dicho que no hablaba (tenía una traqueotomía), que no podía moverse, que le fallaban distintos órganos, y que, probablemente, tampoco entendía. Me acerqué a verla varias veces, en silencio, hasta que me fijé, por sus ojos, en que sí comprendía. Ideamos un sistema de comunicarnos con preguntas de  o No y su abrir y cerrar de ojos.
Me presenté como miembro del equipo religioso del hospital, y le pregunté si era creyente. Me dijo con los ojos que sí. Ese día tenía mucho movimiento de cabeza y cuerpo. La invité, si quería, a rezar juntas a Dios; yo le prestaría mi voz. Me dijo un rotundo  con los ojos y la cabeza. Le pedí a Dios, en su nombre, que la acompañara y le diera paz. Con sus labios silenciosos, marcaba conmigo el Padrenuestro. Al acabar, la noté más relajada, con los ojos cerrados y la expresión tranquila. Tras un espacio de silencio, le dije que me daba la sensación de que estaba hablando con Dios. Ella me sonrió de una manera que me impactó, mientras asentía. –Te sientes acompañada por Él, ¿verdad? Volvió a sonreír y a asentir. –¿Quieres que nos pasemos desde el equipo cada día para rezar contigo? Asintió de nuevo, sonriendo. Al salir, yo tenía el corazón tocado, mientras le agradecía a Dios la fe de Alicia, a la par que le pedía que me ayudara a seguir siendo su instrumento.

Y Teresa se despertó

Teresa tenía una grave lesión cardiaca y pulmonar. Antes de empezar [la celebración de la Palabra], le hablé, aunque su familia me había dicho que estaba inconsciente. Para mi sorpresa y la de sus hijos, despertó y me respondió. Me presenté y le dije que me habían llamado por si ella quería que rezásemos poniéndonos en manos de Dios. Me sonrió y me dijo que sí. Hicimos la oración, con participación también de sus hijos: un recordatorio de su Bautismo y su significado; una lectura del Evangelio, seguida de un salmo de consuelo y confianza; un Padrenuestro uniendo nuestras manos en círculo, para sentir a través de nuestro tacto la presencia concreta y amorosa de Dios; una oración de confianza y abandono en las manos de Dios, y una petición de la bendición y compañía de Dios. Teresa recuperó un poquito el color y las fuerzas. Mostraba tranquilidad y aceptación. Es como si estuviéramos haciendo algo que ella quería hacer, y no se había atrevido a pedir por su cuenta»

Marisa (Bilbao).

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