Testimonios de los presos de la cárcel de Estremera que participaron en la JMJ Madrid 2011: «La Palabra de Dios es vida y por eso te cambia la tuya»

Víctor: «Haber encontrado a Cristo, dentro de la cárcel, me ha cambiado la vida. Es algo que he notado, sobre todo, al tratar con mi familia, con mis hijos y mis nietos»

Guido: «En la cárcel he descubierto la luz de la vida: la Palabra de Dios. He visto cómo muchísimos presos se han retirado de la droga, han recuperado sus hogares y, sobre todo, se han recuperado a sí mismos, apoyándose en la fe»

José: «Yo no habría conocido a mi mujer, ni hubiese nacido mi hija, si no hubiese entrado en la cárcel y me hubiese encontrado con Cristo. En la cárcel, Dios me devolvió la vida que había ido perdiendo fuera»

Edison: «Cuanto más conozco a Dios, tengo más hambre de su Palabra. Los cambios por la Palabra son inmensos»

29 de septiembre de 2011.- El día 24 de septiembre, la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, Patrona de los encarcelados. Sin embargo, la atención pastoral a los presos no se limita a este día. Gracias a la labor desinteresada de miles de sacerdotes, religiosas y voluntarios, incontables personas cambian de vida dentro de los muros de la cárcel, por haberse encontrado con Cristo. Presos como Víctor, Dicher, Guido o José, que participaron en la JMJ.

(José Antonio Méndez / Alfa y Omega) «Hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento. Estas tentaciones siempre están al acecho. Es importante no sucumbir a ellas, porque, en realidad, conducen a algo tan evanescente como una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios». Cuando Benedicto XVI lanzó estas palabras, durante la Jornada Mundial de la Juventud, entre los casi dos millones de jóvenes presentes, pocos las entenderían tan bien como Víctor, Edison, Guido, José o Dicher. Ellos eran parte del grupo de presos, de la cárcel de Estremera, que pudieron acudir a la JMJ gracias a un permiso que les concedió la dirección de la prisión. Les acompañaba un grupo de voluntarios, entre los que se encontraba sor Mari Luz, una Hija de la Caridad que recorre las cárceles de España para llevar la Palabra de Dios.

Más libre que en un permiso

Un día antes de que el Papa aterrizase en Madrid, recorrieron las calles del centro, con camisetas de la JMJ y dando su testimonio a quienes se lo pidieran. Porque, si algo tienen claro, es que Dios ha transformado sus vidas, y eso no se lo pueden callar. Así lo asegura Víctor, un preso de Madrid, que cuenta cómo «haber encontrado a Cristo, dentro de la cárcel, me ha cambiado la vida. Es algo que he notado, sobre todo, al tratar con mi familia, con mis hijos y mis nietos».

Al valorar su breve salida de prisión, Víctor no pone el énfasis en su libertad de movimiento, sino que asegura que «venir a la JMJ, para rezar y ver a tanta gente joven que cree en Dios, me da más libertad que un permiso. La fe es la que te da la verdadera libertad; la libertad del espíritu, que es mucho mayor que la del movimiento».

Hemos cometido errores…

Guido, de Colombia, añade su propia experiencia: «En la cárcel he descubierto la luz de la vida: la Palabra de Dios. He visto cómo muchísimos presos se han retirado de la droga, han recuperado sus hogares y, sobre todo, se han recuperado a sí mismos, apoyándose en la fe. La Palabra de Dios es vida y por eso te cambia la tuya».

Guido reconoce que «los que estamos en la cárcel es porque hemos cometido errores; pero, gracias a que personas como sor Mari Luz nos han mostrado a Jesús, hemos podido reconocerlo, arrepentirnos y cambiar. Gracias a que nos han mostrado el amor de Dios, hemos empezado a valorarnos, a valorar a nuestra familia, a tener confianza en nuestros hermanos dentro de la cárcel…» Y esto último no es especialmente fácil: «En la cárcel todos te abandonan; el único que está siempre es Dios. Así que, en nuestras reuniones de fe, dentro de la cárcel, tenerle a Él en medio nos ayuda a compartir nuestro testimonio».

En lo más duro, está ahí

José, un preso de Valencia, sólo tiene que girar la cabeza para comprobar hasta qué punto la fe en Cristo genera una vida nueva: a pocos metros de donde se encuentra, están su mujer, a la que conoció en prisión (Estremera es una cárcel mixta), y su hija, fruto de su matrimonio. Al preguntarle quién es Jesucristo para él, responde sin dudarlo: «Es mi Salvador; por Él tengo vida. Es Quien da sentido a todo y Quien más ayuda a mantenerse en pie a una familia».

José sabe que el camino hacia la cárcel no es un cuento de hadas, ni tampoco vivir en la prisión. Sin embargo, «en lo más duro, Dios te demuestra que está ahí». Y añade una evidencia a prueba de escépticos: «Yo no habría conocido a mi mujer, ni hubiese nacido mi hija, si no hubiese entrado en la cárcel y me hubiese encontrado con Cristo. En la cárcel, Dios me devolvió la vida que había ido perdiendo fuera. Ir a la cárcel parecía malo, pero ha sido una bendición de Dios, para formar un hogar cristiano».

También Edison, un preso ecuatoriano, explica que, «cuanto más conozco a Dios, tengo más hambre de su Palabra. Los cambios por la Palabra son inmensos, porque Dios nos quiere y nos ayuda a cambiar». Y Dicher, de Bolivia, remata: «La oración es increíble. Yo estaba solo, y, gracias a la oración, me di cuenta de que el Señor no se olvida de mí». José, un funcionario de prisiones que los acompañó durante la JMJ como voluntario, da cuenta de cómo actúa Dios: «La fe hace que hablemos el mismo lenguaje, de que nos sintamos hermanos, aunque ellos sean presos y yo trabaje en la cárcel. Son cosas que sólo Dios puede hacer». Y que, de hecho, hace.

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