Tatiana Góricheva, filosofa rusa atea, se refugió en el yoga y «un libro proponía recitar el Padrenuestro como mantra, lo dije 6 veces y comprendí que Dios existe y me ama»

* «Hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y no conocía realmente oración alguna. De repente me sentí trastornada por completo. Comprendí —no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser— que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado! En aquel instante comprendí y capté el «misterio» del cristianismo, la vida nueva y verdadera. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo dejé mis valoraciones e ideales anteriores, sino también las viejas costumbres… Estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres. ¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor»

* «Me acerque a la Iglesia para poder practicar la confesión y la eucaristía con plena conciencia y sintiendo que estos dos sacramentos nos reconcilian con Dios y hasta nos unen a Él. He intentado convencer a mis amigas occidentales de que la Iglesia es lo más vivo que existe en el mundo, que es el cuerpo místico de Cristo. Solo la oración es capaz de oponerse al parasitismo de la moderna sociedad de consumo»

Camino Católico.-  Tatiana Góricheva estaba perdida. Se sentía sola y triste en un mundo que no comprendía. No era la única. Algunos de sus amigos se habían incluso quitado la vida pero ella encontró un precioso salvavidas, la oración. Tatiana había nacido en Leningrado, en 1947, en la Rusia de Stalin. Su vida transcurrió como la de muchos otros jóvenes de su tiempo. Ella misma recordaba años después, cuáles eran los valores que le enseñaron en la escuela: “Solo se fomentaban las cualidades externas y ‘combativas’. Se alababa a quien realizaba mejor un trabajo, al que podía saltar más alto, al que ‘se distinguía’ por algo. Con ello se reforzó aun más mi orgullo […]. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerza que los demás”.

A Tatiana, esa manera de enfocar el mundo no la satisfizo. “Nadie me dijo nunca – aseguró – que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos”.

En aquellos años, Tatiana se centró en sus estudios y terminó la carrera de filosofía. Tenía una vida intensa, asistiendo a clases, acudiendo a conferencias intelectuales y exprimiendo la noche “en compañía de marginados y de gentes de los estratos más bajos, ladrones, alienados y drogadictos. Esa atmósfera sucia me encantaba. Nos emborrachábamos en bodegas y buhardillas”. Pero aquella vida en realidad no la hacía feliz. No estaba quieta ni un momento pero seguía sin encontrar sentido a nada:

“Yo quería convertirme en un dios. Quería ser la más inteligente y la más fuerte. Deseaba fundirme con el absoluto y sumergirme en la felicidad eterna. Ahora tenía que luchar contra ciertos sentimientos negativos como el odio y la irritabilidad, porque sabía muy bien que «consumen energía» y me arrojan a un plano más bajo de la existencia. Mas el vacío, que desde largo tiempo atrás venía siendo mi sino y me rodeaba de continuo, no estaba aún superado. Al contrario, se hacía cada vez mayor, se convertía en algo místico y amenazador que me angustiaba hasta la locura.

Me invadió entonces una melancolía sin límites. Me atormentaban angustias incomprensibles y frías, de las que no lograba desembarazarme. A mis ojos me estaba volviendo loca. Ya ni siquiera tenía ganas de seguir viviendo”.

Cuando todo parecía indicar que Tatiana iba a terminar como muchos de sus amigos, perdiendo toda esperanza en el mundo, encontró un pequeño pero poderoso refugio en el yoga y aprendió a relajarse con los mantras. Una de las propuestas de su libro de yoga era recitar el Padrenuestro. Ella no había rezado nunca esta oración ni ninguna otra. Sus padres la habían bautizado nada más nacer pero más como un ritual que por una fe profunda. Desde entonces, no había recibido ningún tipo de formación religiosa.

Una conversión inmediata pese a que nunca había rezado

Pero el intenso efecto que provocó en ella rezar por primera vez aquella oración fue purificador:

“Pero el viento, que es el Espíritu Santo, sopla donde quiere. Cansada y desilusionada realizaba mis ejercicios de yoga y repetía los mantras. Hasta ese instante yo nunca había pronunciado una oración, y no conocía realmente oración alguna. Pero el libro de yoga proponía como ejercicio una plegaria cristiana, el Padrenuestro. ¡Justamente la oración que nuestro Señor había recitado personalmente! Empecé a repetirla mentalmente como un mantra, de un modo inexpresivo y automático. La dije unas seis veces; entonces de repente me sentí trastornada por completo. Comprendí —no con mi inteligencia ridícula, sino con todo mi ser— que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que ha creado el mundo, que se hizo hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!

En aquel instante comprendí y capté el «misterio» del cristianismo, la vida nueva y verdadera. En aquel momento todo cambió en mí. El hombre viejo había muerto. No sólo dejé mis valoraciones e ideales anteriores, sino también las viejas costumbres.

Finalmente también mi corazón se abrió. Empecé a querer a las personas. Inmediatamente después de mi conversión todas las gentes se me presentaron como admirables habitantes del cielo y estaba impaciente por hacer el bien y servir a Dios y a los hombres.

¡Qué alegría y qué luz esplendorosa brotó entonces en mi corazón! El mundo se transformó para mí en el manto regio y pontifical del Señor”.

Desde entonces, Tatiana nació de nuevo, todo era distinto para ella. “No me resultó difícil entrar en la vida de la Iglesia. En los meses siguientes a mi conversión, viví en un estado tal de euforia, que el mero hecho de oír pronunciar la palabra ‘Dios’ era suficiente para inundarme de dicha”.

Sacramentos de la confesión y de la eucaristía con plena conciencia

El siguiente paso en su conversión fue acercarse a la Iglesia para poder practicar la confesión y la eucaristía con plena conciencia y sintiendo que estos dos sacramentos “nos reconcilian con Dios y hasta nos unen a él”. En aquella Rusia de mediados de los años setenta, en la que aún no se había desmoronado el Telón de Acero, Tatiana descubrió que eran muchos los que habían seguido sus mismos pasos de acercarse a Dios y a los santos, pasando de una existencia basada en el ateísmo y en la confianza en presagios y el destino, a una vida cimentada en la religión. En sus palabras, “el cristianismo los ha liberado”.

Estas personas que siguieron el mismo camino de conversión que Tatiana se unieron a ella y se organizaron para crear un seminario religioso – filosófico. “Ante nosotros acababa de abrirse un mundo nuevo y espléndido que nada tenía en común con ese otro mundo lastimoso, esclavo del materialismo, trivial, pusilánime, donde vivían los hombres que no conocían a Dios, como nosotros mismos poco antes”. La primera reunión tuvo lugar en 1973 en un sótano conocido como el “número 37”.

Desde entonces, y durante años, el seminario congregó a centenares de personas y tuvo que sortear las constantes amenazas del KGB. La propia Tatiana fue detenida en varias ocasiones e interrogada y llegó a perder su empleo como profesora. A pesar de las recomendaciones de sus propios padres, que no entendían la conversión de su hija, y las amenazas reales de terminar, como otros compañeros suyos, en el Gulag, Tatiana se mantuvo siempre firme.

“Hubo amenazas de internarme en una clínica psiquiátrica – recordaba años después – y presiones sobre mis padres”. Para sobrellevar aquellas duras situaciones, se apoyaba en la oración y con una capacidad increíble de autocontrol, “no permitía que se adentrasen en mi conciencia”. Así sobrevivió muchos años hasta que, sobre todo para impedir mayores consecuencias sobre sus aterrados padres, decidió dejar atrás su patria.

Amenazada abandona Rusia 

Antes, sin embargo, Tatiana dio un nuevo paso en su vida creando en 1979 una asociación femenina conocida como “María”, en honor a la Virgen, pues la gran mayoría de miembros de la nueva organización eran cristianas. “María se apoyaba en una revista, La mujer y Rusia. Allí, muchas mujeres empezaron a encontrar su propia voz, después de sesenta años de silencio, empezaban las mujeres rusas a hablar de sus problemas”. Sus actividades con la organización “María” también la pusieron en el punto de mira del KGB y ella y algunas de sus compañeras y amigas también fueron detenidas. Al final, se les planteó un ultimátum, si no salían del país serían encarceladas.

A finales de julio de 1980, Tatiana Goricheva dejaba su Rusia natal y se instalaba en Viena. Su llegada provocó mucha curiosidad y durante mucho tiempo fue invitada a dar conferencias “en auditorios gigantescos con acogidas entusiastas y aplausos”. Las feministas de occidente pronto se acercaron a aquella mujer y pronto también se sorprendieron de sus profundas creencias cristianas. “Han sido necesarios no pocos esfuerzos para explicar por qué nuestro ‘feminismo’ ruso adquirió en seguida un carácter religioso y por qué la mujer rusa moderna solo en la Iglesia encuentra libertad y consuelo”.

Tatiana tenía veintiséis años cuando el Padrenuestro la salvó de una vida sin rumbo. Desde entonces, ha dedicado su existencia a la filosofía y a la defensa del cristianismo: “He intentado convencer a mis amigas occidentales de que la Iglesia es lo más vivo que existe en el mundo, que es el cuerpo místico de Cristo”. E intenta difundir el poder de la oración: “Solo la oración es capaz de oponerse al parasitismo de la moderna sociedad de consumo”.

Vídeo del testimonio de conversión de Tatiana Góricheva en italiano

Citas textuales del testimonio extraídas de las obras de Tatiana Góricheva Hablar a Dios resulta peligroso y La fuerza de la locura cristiana.


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