¿Cómo vivir en profundidad la Misa, la liturgia y la Hora Santa del Jueves Santo comprendiendo lo que celebramos? / Por P. Fernando Simón Rueda

P. Fernando Simón Rueda / Camino Católico.- El Triduo Pascual de la pasión y de la resurrección del Señor comienza con la misa vespertina de la cena del Señor, tiene su centro en la vigilia pascual y acaba con las vísperas del domingo de resurrección.

JUEVES SANTO: MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

  • Contexto histórico: la celebración de la pascua

Como leemos en el Evangelio de este día, fue en el contexto de la celebración de la Pascua cuando el Señor instituyó la Eucaristía. En la vida de Israel, el acontecimiento de la Pascua fue nuclear y marcó la memoria y la vida litúrgica del pueblo judío (primera lectura). No olvidemos que todo el Antiguo Testamento es un anuncio y una preparación para el cumplimiento de la salvación que se da en el Nuevo Testamento. Todo es un anuncio de Cristo. Por eso, la Pascua de Israel es signo, «tipo» de la verdadera Pascua que es la muerte y resurrección de Nuestro Señor.

En la Pascua judía se hacía memoria y se celebraba el «paso» del pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto a la liberación, cuando el pueblo elegido parte hacia la tierra prometida (cf. Ex 12, 1-42). Aquel día, con la sangre de los corderos se rociaron las jambas y el dintel de las casas mientras las familias comían, durante la noche, la carne asada, los panes sin fermentar y las hierbas amargas. Los primogénitos de Egipto murieron, pero los de Israel fueron salvados: los corderos murieron en lugar de los hijos.

Ahora comprendemos el sentido tipológico. Quién ha muerto es el verdadero Cordero, Cristo, que quita el pecado del mundo para que nosotros, los hijos de Dios, podamos vivir la vida nueva en el Espíritu. Por eso, Cristo quiso adelantar la hora de la pascual celebrándola un día antes con sus discípulos. De esta manera, en la hora tercia del Viernes Santo, mientras los corderos pascuales eran sacrificados en el templo, el Cordero Inmaculado entregaba la vida por nosotros.

Así lo recordamos en cada Eucaristía cuando el sacerdote presenta a Cristo «partido», ofrecido por nosotros diciendo: «este es Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor» (en referencia a Ap 19.9: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero”).

Era una fiesta de familia como lo va a ser en estos momentos en que los hogares cristianos más que nunca ejercen su misión de iglesias domésticas. Familias puestas bajo el signo del Cordero, congregadas por el amor de Jesucristo.

En la Pascua judía, los jefes de las familias se dirigían al atrio del Templo para la inmolación del cordero pascual. Una vez que los sacerdotes habían recogido la sangre y la habían vertido en el altar de los holocaustos, el padre llevaba el cordero a casa para la celebración de la passah.

El cabeza de familia se colocaba a la cabecera de la mesa recostado sobre unos cojines. De modo semejante, a su lado, se recostaba la señora de la casa. Tras servir la segunda copa de vino, el hijo menor preguntaba al padre el significado de los ritos y éste llevaba a cabo la explicación del núcleo de la fe bíblica. Los hijos comprendían así el sentido del sacrificio del cordero que había sustituido a los primogénitos de Israel. Por eso, el día de la passah el primogénito de cada familia si tenía más de trece años ayunaba como recuerdo de la liberación de los primogénitos de Israel. Librando al primogénito Dios confirmaba la bendición originaria de fecundidad pronunciada sobre los primeros padres (cf. Gén 1,28).

La diferencia radical con la pascua judía fue el momento de la Consagración, cuando Jesús tomo el pan y el vino diciendo: «tomad y comed, esto es mi Cuerpo»; «tomad y bebed, esta es mi Sangre». Soy Yo en persona sacrificando mi vida por amor. Soy Yo en persona ofreciendo mi Sangre portadora de la Vida, del Espíritu Santo. Es el momento en que Cristo anticipa la muerte transformándola desde el amor. Última Cena, Cruz y Resurrección son el único e indivisible origen de la Eucaristía. Es el sacrificio del verdadero cordero que es Jesucristo. Como el gran día de la Expiación, Jesucristo es sacerdote y víctima que se ofrece a sí mismo como expiación por el pecado de muchos y así alcanzar la reconciliación de los hombres.

La última cena anticipa la cruz, pero anticipa también la resurrección, la certeza de que el amor es más fuerte que la muerte. En la Eucaristía recibimos también este amor, medicina de la inmortalidad.

Celebración litúrgica     

El sentido de esta celebración lo expresa la oración colecta de la Misa:

«Señor Dios nuestro: nos has convocado esta tarde

para celebrar aquella misma memorable cena en que tu

antes de entregarse a la muerte, [Hijo,

confió a la Iglesia el banquete de su amor,

el sacrificio nuevo de la alianza eterna».

Estamos cumpliendo el mandato de perpetuar el sacrificio de la eterna alianza; «pues cada vez que celebramos este memorial de la muerte de Cristo se realiza la obra de nuestra redención». Como decíamos antes, en virtud de este sacramento, nos hacemos contemporáneos a la «hora» de Jesús en la que se ofrece al Padre por nosotros. Se actualiza el santo sacrificio, participamos en él ofreciéndonos junto con Cristo, damos gracias con el Señor al Padre y recibimos el santo alimento, el Pan de vida que alimenta el alma y nos transforma interiormente.

  • Lavatorio

Tiene un valor no sacramental, sino de testimonio mientras se canta la antífona: «Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor» (Jn 13,34). El Señor se abaja realizando el servicio propio del esclavo para lavarnos y hacernos dignos de participar en la mesa donde entramos en comunión con Dios. Su amor nos lava y purifica rescatándonos de la soberbia de Adán. Como se dice en el apocalipsis, somos los que hemos lavado los mantos en la sangre del Cordero (cf. Ap 7,14). Los hombres de corazón puro pueden ver a Dios (cf. Mt 5,8).

Con este gesto, Jesús muestra su amor hasta el extremo (cf. Jn 13,1) y ejemplifica el amor que quiere de sus amigos. Por eso el rito trae el recuerdo el otro gran tema del día, el mandamiento de la caridad fraterna: “os he dado ejemplo para que, como o he hecho con vosotros, también lo hagáis vosotros”, Jn 13,15.

Este signo tiene su lugar propio en la Eucaristía ya que es el sacramento del «amor hasta el extremo» que hace presente a Cristo ofrecido por nosotros, amor que nos lava de nuestros pecados y nos concede la gracia de transformar nuestro amor en la caridad de Cristo. Con la gracia del sacramento podemos amar como Cristo nos ama y vivir de modo eucarístico siendo «carne» y «sangre» entregadas para que los demás tengan vida.

  • Liturgia eucarística

Se celebra de modo solemne la Institución de la Eucaristía. Por eso, este día, celebramos también la institución del sacerdocio ministerial: «haced esto en memoria mía».

  • Reserva de la eucaristía – Hora Santa

La santa misa concluye con el traslado solemne del Santísimo Sacramento al lugar de la reserva para la comunión del día siguiente. Es el momento de la adoración eucarística, que en este día aparece en dependencia clarísima de la celebración de la misa. El misal invita a los fieles a que dediquen algún tiempo de la noche a la adoración, según las circunstancias y costumbres de cada lugar.

En esta hora santa acompañamos a Jesucristo en su prendimiento, su agonía en Getsemaní y la noche que pasó en la cárcel tras el juicio en el Sanedrín.

Mientras comienza la «hora» de la redención, los discípulos duermen en el huerto de los olivos. Por eso se nos invita a velar para colaborar con el Señor en la obra de la salvación.

Es un momento culminante ya que se repite la tentación del principio de su misión cuando el tentador intentó apartar al Señor del camino de la Cruz querido por el Padre. Es el momento en que la voluntad humana de Cristo se adhiere “con gritos y lágrimas” (Heb 5, 7), a la Voluntad del Padre.

Comienza la agonía porque es el momento en que Dios permite que Jesucristo asuma todos y cada uno de los pecados, de todos los hombres de todos los tiempos, en una verdadera sustitución vicaria para ofrecerse por nosotros, en el altar de la Cruz y así satisfacer la justicia que nuestros pecados reclamaban. Es el momento en que «se hizo pecado», (cf. 2Cor 5,21). «Soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros dolores», fue «traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes», «sus cicatrices nos curaron» (Is 53,4-6)”,

Hay unas palabras de san John Henry Newman que nos pueden acercar al infinito dolor de amor de Nuestro Señor:

“¡Cuál fue su horror cuando, al mirarse, no se reconoció; cuando se sintió semejante a un impuro, ¡a un detestable pecador (…) cuando vio que sus ojos, sus manos, sus pies, sus labios, su corazón eran como los del maligno y no como los de Dios! ¿Son estas las manos del cordero inmaculado de Dios, hasta ese instante inocentes, pero rojas ahora por mil actos bárbaros y sanguinarios? (…) su misma memoria está oprimida por todos y cada uno de los pecados cometidos desde la primera caída del hombre… los pecados de los vivos y los muertos, los pecados de los no nacidos todavía (…) ¡Verdaderamente sólo Dios es capaz de soportar tanto peso!

  • Despojo de los altares

Al finalizar la celebración de la Cena del Señor, el altar queda desnudo por completo, sin cruz, candelabros ni manteles.

Este rito quiere expresar el despojo y expolio de Cristo que, apresado, es abandonado por los suyos. A partir de este momento los signos de alegría desaparecen (gloria), las campanas enmudecen, y el corazón de la comunidad creyente guarda un silencio emocionado participando en el «drama de Jesús».

P. Fernando Simón Rueda

Párroco de la Parroquia de san Juan Crisóstomo. Madrid

Asesor espiritual y miembro del Consejo de Redacción de Camino Católico

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