A Nikola Djukic drogarse desde los 13 años le costó 150 euros diarios hasta que conoció a Dios en la Comunidad Cenáculo

* «Yo creo que después de muchos años, he conocido una droga más fuerte que la heroína y la cocaína, he conocido a Jesús. Es la única cosa que te puede sanar, que puede llenar ese vacío. Porque un drogadicto no es un enfermo. Un drogadicto es solo un estado del alma, un estado del espíritu, un vacío que un chico o una chica, una persona joven, lleva dentro. Un vacío que no se puede llenar…”

Camino Católico.-  Nikola Djukic es serbio y vive ahora en Barcelona. Nació cuando sus padres todavía eran muy jóvenes, por lo que sus abuelos se encargaron de criarlo, dándole demasiada libertad. Esto hizo que, a la edad de trece años, estuviera ya metido en el mundo de las discotecas y de la droga.

En cuestión de pocos años se hizo adicto y necesitaba unos 150 euros diarios para mantener sus vicios. Deseó salir muchas veces, pero no tenía fuerza suficiente. Finalmente, sus padres lo echaron de casa y se encontró totalmente solo, pues sus amistades lo buscaban solamente por el interés.

No encontró más escapatoria que la de ir a una casa de «locos». Nos cuenta cómo cambió su vida junto a los chicos de la Comunidad Cenáculo. Él los consideraba locos, pero la realidad era que tenían la felicidad que él no conseguía encontrar. Además, esto le hizo conocer a la que ahora es su mujer. Explica su testimonio en el programa Cambio de agujas de HM Televisión y la transcripción completa de la entrevista es el siguiente:

– Estamos aquí con Nikola Djukic, bienvenido al programa. Estamos muy contentos de tenerte aquí con nosotros.

– Muchísimas gracias, Cristina. Yo agradezco en primer lugar al Señor, y a vosotros, el haberme invitado y poder compartir con vosotros todo lo que el Señor ha hecho en mi vida.

– Nikola, cuéntanos un poco de tu vida y de tu niñez. ¿De dónde eres?

– Soy de Serbia pero hace unos años vivo entre Medjugorje, en Bosnia Herzegobina y España. Yo he recibido esta gracia: soy un exdrogadicto. Yo digo esa “gracia” y digo que gracias a Dios fui un drogadicto, porque a través de esa cruz, Dios me ha permitido conocerlo.  Vengo de una familia donde no se hablaba de Dios. Nunca nos faltó nada, la verdad. Nada, ni siquiera amor. La mía no es para nada una de esas historias dramáticas, de un padre alcohólico… No. Mi padre era un deportista bastante conocido, y nunca me faltó de nada. Pero hoy, cuando lo pienso, entiendo qué lo que me faltaba era Dios.

– Nikola, ¿cómo entraste en el mundo de las drogas?

– Bien, mis padres eran bastantes jóvenes cuando yo he nací. Tenían dieciocho y diecinueve años. Yo pasaba mucho tiempo con mis abuelos. Entonces, ya sabéis como son los abuelos, ¿no? Tenías más libertad que la que tenían mis amigos. Por ejemplo, si mis amigos se quedaban en la calle hasta las nueve, mis abuelos me dejaban quedarme hasta las nueve y media, o incluso hasta las diez. Ya eso me hacía a sentirme distinto de los demás.

Muy pronto empecé a salir a la calle, a salir de fiestas, que fue algo que me encantó. Me gustaba mucho salir de noche a las discotecas. Y luego de eso, ¿qué pasó? Yo tenía trece o catorce años y vivía las cosas que vive un niño, pero yo quería ser más grande. Vivía las cosas que vive cada niño: miedos, inseguridades…

Todas esas cosas. Cuando empiezo a salir (los fines de semana) a la discoteca, te puedes imaginar… Yo llegaba el lunes a la escuela, (veía a) mis amigos del colegio. Mis amigos me contaban donde estuvieron con sus padres… No sé, por ejemplo que habían hecho una barbacoa… (O que habían ido) no sé donde… Y yo les contaba que había estado en una discoteca.

Todo el mundo me miraba con ojos así (de grandes), y yo me sentía ¡oooh! más grande que ellos, ¿no? Y todas esas cosas me hicieron mucho daño… Porque luego, para esconder mis inseguridades, mis miedos… todo eso que vive un niño, yo empecé primero con alguna cervecita, luego algún porro… Y entonces, mis miedos desaparecían, yo era una persona segura, una persona… ¡Un hombre! Con trece años (se ríe). Entonces… yo pensaba: “perfecto”.

Era una máscara perfecta para poder esconderme, para poder esconder mis miedos, mis inseguridades… Para poder aparecer como un hombre, ¿no? Y luego, ¿qué pasó? Que la droga es una mentira. Y todo eso que te parece (que consigues es) todo lo contrario. Porque a mí, en ese momento, me parecía que yo volaba. Pero no (volaba), yo caía hasta el fondo.

– ¿Cuánto tiempo duró esta situación de engañarte a ti mismo?

– Fueron varios años, porque yo empecé a drogarme con trece o catorce años. Ahora no sé exactamente cuánto tiempo duró todo esto, pero empecé con porros, luego unas pastillitas… Poco a poco. Como dije antes: la droga es una mentira, es un demonio que te está tomando el pelo… ¡Pero mucho! Tú te crees que eres libre, pero te conviertes poco a poco en un esclavo. Por ejemplo, yo al comienzo necesitaba diez euros para un fin de semana. Con eso era perfecto para pasármelo bien.

Luego, después de unos ocho o diez años, llegó un momento en que yo necesitaba ciento cincuenta euros diarios… ¡Diarios! Yo vengo de Serbia, donde no se encontraba la droga tan fácilmente. Costaba bastante, y yo necesitaba ciento cincuenta euros diarios… Y yo los conseguía, estaba dispuesto a hacer de todo.

Pero después de un tiempo, cuando entendí dónde estaba, yo quería salir de ahí. Cuando empecé a entender que yo no podía vivir sin la droga, yo intenté salir, pero eso ya no era tan fácil. Era bastante difícil. Y mis padres querían ayudarme también, pero – como he dicho antes – cuando se entra (en esto de la droga) es como un demonio. Un demonio que hoy creo que tiene un lugar muy especial abajo -Satán-, porque está llevando muchísimas almas. Sí, creo que tiene un lugar muy especial ahí abajo este demonio.

– ¿Y cómo empezaste a salir de la droga?

– Empecé a salir porque toqué fondo. Llegó a momento, como digo, en el que mis padres querían ayudarme pero… Yo intenté salir de la droga una vez, dos, tres, cuatro… ¡diez veces! Y siempre lo intentaba por mis propias fuerzas. Me decía: “Vale, ahora empiezo a buscar un trabajo, dejo la droga”… Sí, estaba bien dos meses, tres meses… Luego volvía a caer. Después decía: “Busco una chica que sea muy distinta de mí, una universitaria”… Después de un tiempo, nada… Más tarde empecé a hacer deporte… y caigo de nuevo, caigo.

Yo creo que al menos diez veces he tratado de dejar la droga para volver a caer en ella. ¡Una vez estuve limpio un año entero! Pero recaí de nuevo. Y hoy tengo muy claro por qué recaía una y otra vez: porque la droga no es el problema. La droga es el resultado de problemas que llevas dentro. Entonces, no se trata de quitarte de la droga, se trata de resolver esos problemas que llevas dentro. Cuando se deja la heroína, la cocaína, o algún tipo de droga, en tu alma y en tu corazón queda un vacío, un vacío tremendo que tú tienes que llenar con algo. Y empiezas a llenarlo con cosas del mundo, para decirlo de alguna manera: con deporte, con trabajo… Pero son cosas que pasan.

Lo único que te puede salvar es que lo llenes con una droga más fuerte, (es que lo llenes) con algo que no pasa. Yo creo que después de muchos años, he conocido una droga más fuerte que la heroína y la cocaína, he conocido a Jesús. Es la única cosa que te puede sanar, que puede llenar ese vacío. Porque un drogadicto no es un enfermo. Un drogadicto es solo un estado del alma, un estado del espíritu, un vacío que un chico o una chica, una persona joven, lleva dentro. Un vacío que no se puede llenar… Yo (digo esto) con todo mi respeto para todos los psiquiatras y psicólogos, pero yo he visitado muchos y les he tomado mucho el pelo. Sabía muy bien lo que tenía que decir para que me recetaran las pastillas que me gustaban.

– ¿Pero cómo fue que de repente descubriste a Jesús?

– Bueno, de repente, de repente no era. Es un camino que todavía recorro, un camino que me parece cada día más largo. Pero, gracias a Dios, que estamos en ese camino.

       Llegó un momento en el que mis padres ya no pudieron más, gracias a Dios. Mi padre tiene un carácter fuerte, y llega un momento en el que dice: “No, no puedo más”. Me echó fuera de casa. Yo me encontré solo en la calle, y empecé a buscar la manera de…  Mis padres no querían vivir… Soy hijo único y, es verdad que suena un poco duro, pero eso fue lo que me salvó la vida: que por primera vez en mi vida me encuentro solo, que mi familia no me quiere porque ya la he engañado diez veces, y (soy) un sufrimiento muy grande dentro de mi familia.

Por otra parte, “amigos” que a mí me parecía que eran mis amigos, habían desaparecido. Porque “amigos” en el mundo donde yo vivía, son “amigos” cuando tienes droga, cuando tienes dinero… Pero luego, cuando no tienes esas cosas, ya no tienes ni “amigos”. Me encontré solo. Y yo -como he dicho- necesita unos ciento cincuenta euros al día. Empecé a hacer todo, de todo, para conseguir dinero para poder drogarme.

Llegó un momento donde ya no podía más. No tenía ganas de vivir, no tenía valor para suicidarme, aunque lo pensaba muchas veces. Fue un momento donde -no sé cómo- me puso el Señor. Me puso a su lado. Me encontré con un amigo una noche. Le dije: “Mira, no puedo más”. Me estaba buscando policía, me estaba buscando gente a la que le debía dinero… Porque cuando vives en un mundo así, son problemas constantes.

Entonces este amigo me empieza a hablar de un lugar que se llama Medjugorje, que está al lado de Mostar. Yo algo había oído de Medjugorje, pero no tenía ni idea, y de una comunidad que se llama Comunidad Cenáculo. Y me dijo: “Mira, ahí te acogen.” Más bien, no me ha dicho todo, porque me ha dicho: “Sí, bueno, un poco trabajas, un poco rezas…” ¡Un poco! ¡Tres rosarios al día de rodillas! Pero él me dijo esto: “Un poco rezas y un poco trabajas, y lo más importante de todo es que es gratis”. Eso para mí era lo más importante.

Medjugorje estaba a quinientos kilómetros de mi ciudad, porque yo soy de Serbia y Medjugorje es Bosnia-Herzegovina. Yo lo he visto como un lugar perfecto para esconderme un tiempo, y dejar que las cosas se calmaran un poco. Era jueves cuando me hablaron de la comunidad Cenáculo en Medjugorje, y el lunes yo estaba allí. Y cuando llego a Medjugorje, cuando llego, veo ahí mucha gente, de diferente color, muchos grupos… Y pregunto “¿Qué está pasando aquí?” Y me dicen: “Que aquí se aparece la Virgen”. ¡Madre mía, qué…..!

Luego, me voy directo a la Comunidad Cenáculo. Allí encuentro un chico que me esperaba a la puerta, empiezo a hablar con él, le digo todo: que quiero entrar en la comunidad, que no puedo más, que no tengo ganas ni de vivir… Se lo conté todo. Y él me empieza a explicar qué es esa comunidad. Yo descubrí que mi amigo no me lo había explicado muy bien. Me dice que en la comunidad no se fuma, no se bebe, no hay alcohol, no hay televisión, no hay radio, no hay teléfono, no hay periódicos, no puedes salir cuando quieres, no puedes llamar a tu casa cuando quieres, no hay chicas…  Yo dije ¿Pero qué hay? ¡Vamos, no hay nada! Y él me dice: “Mira, está la Virgen”. Y yo he dicho: “Madre mía, qué loco, dónde estoy. He viajado quinientos kilómetros para llegar hasta aquí, y para que este me hable de la Virgen y de Dios. ¿Dónde, dónde he venido?”

Este primer encuentro con la Comunidad del Cenáculo era bastante duro para mí, porque yo decía: “Estos son unos locos”. Porque me hablaban de Dios… Al final dije: “Vale, he hecho muchos kilómetros. Me voy a quedar un mes, mientras las cosas se calman. Luego, ya veremos”. Al final me quedé seis años. Allí me enamoré de la Virgen, me enamoré del Señor. Y luego, ¡me enamoré de mi mujer también! Nos conocimos allí, porque ella vino como peregrina… Y nos hemos conocido allí. Porque a mí me habían dicho: “La Virgen es una Madre. La puedes pedir todo a Ella” “¿Todo?” “Sí. Todo, todo”. “Esto no sé… Yo voy a ser muy concreto: “Quiero una chica guapa, morena, de unas islas tropicales”. Y resulta que mi mujer es guapa, morena, de las Islas Canarias.

– Pero espera, antes de que llegue lo de tu mujer – porque también quiero escuchar cómo conociste a tu mujer- pero, ¿qué paso antes? ¿De verdad estaba allí la Virgen?

– Esto fue todo un proceso, todo un proceso. Porque cuando yo entré en la comunidad -como digo- el primer día (de estar allí) me han presentado un chico y me han dicho: “Este es tu ángel de la guarda” “¿Pero por qué es mi ángel de la guarda?” Era un chico que estaba conmigo las veinticuatro horas (del día). Era muy difícil… ¡uff!, era muy difícil soportar a alguien que cuando vas al baño, se queda esperándote en la puerta del baño. Yo, cuando mis padres me preguntaban: “¿Dónde vas?” Yo respondía: “¿Qué te importa dónde voy? Cierro la puerta y me voy”. Pero él tenía que conducirme los primeros días, (más bien) los primeros meses de mi vida en comunidad. Y yo, como ya he dicho, pensaba estar solo un mes allí. Yo le dije: “Mira eso de rezar y eso, a mí no me interesa. No quiero convertirme en un sacerdote. Eso de rezar, a las seis de la mañana, ahí de rodillas… No lo voy a hacer”.

Y me han respondido: “No hay problema. A las seis de la mañana, cuando todo el mundo se vaya a rezar, tú te vas con tu ángel de la guarda a trabajar”. Yo pensé: “Perfecto”. Pero cuando yo llegué a Medjugorje era ya época de frio. Era finales de octubre, comienzos de noviembre, y en Medjugorje ya empieza a hacer fresquito, hace frío y en esos días hacía un viento muy fuerte. La primera mañana hemos salido a las seis de la mañana, todavía noche. Todos los chicos se fueron a la capilla a rezar, y nosotros a trabajar con una pala. Y yo, después de diez minutos con ese viento frío que se te metía en los huesos, me puse a mirar dentro de la capilla, a través de los cristales, y veo que dentro están calentitos. Y yo, después de quince minutos, digo: “Tío, mejor nos vamos rezar”. Porque hacía frío. Él sonrió y me dijo: “Vamos”.

Entramos en la capilla y para mí fue un shock. Te lo puedes imaginar… Yo ni una sola vez en mi vida había escuchado una oración. No sabía nada. Entonces, entro en una capilla donde veo a ochenta chicos arrodillados delante de un disco blanco.  Unos dicen: “Ave María…” y otros, “Santa María…” Y yo digo: “¡Madre mía, dónde estoy! Estos son todos unos chiflados. Aquí están todos locos. Me parecía una secta, una película de terror, porque yo nunca había escuchado una oración. Y además, como es una comunidad italiana, se reza en italiano. Y además, ¡media hora de rodillas! Media hora larga, porque se reza un misterio, luego se canta una canción, luego se reza otro misterio… Y el rosario se alarga un poco.

Para mí, los primeros días, era aguantar media hora de rodillas. Después de unos días empiezo a comprender: “¡Ajá! Son cinco misterios”. Y después del tercero ya decía: “¡Uff! Ya es la mitad, vamos a aguantar la otra mitad”. Y así era. Y luego, después de un tiempo, cuando empecé a aguantar (mejor) de rodillas, yo decía: “Sí, estos chicos están locos, pero una cosa que yo no puedo negar es que estos chicos tienen una luz en los ojos. Estos chicos tienen una sonrisa que yo hace ya años que no consigo si no tomo droga”. Era una cosa muy rara, muy curiosa. Porque yo estaba acostumbrado a vivir con gente que cuando te habla, no te mira a los ojos. Con gente que tenía oscuridad en los ojos. Pero esto era una cosa distinta. Entonces yo empecé a decirme: “Sí, ellos están locos, pero son felices. Y yo quiero ser feliz, quiero sonreír, quiero tener una risa sana…” Yo sabía en mi corazón que hacía ya años que yo no sonreía. Era de verdad una cosa curiosa…

Y luego, poco a poco, empiezo a enamorarme de la vida de comunidad. Yo creo que el don más grande que Dios me hizo fue permitirme vivir una libertad verdadera. Porque yo empiezo a entender que todo lo que buscaba en la calle, estaba ahí. Una libertad, porque yo en el fondo buscaba la libertad. Pero lo único que te hace libre, es la verdad, es el Señor. No tener miedo de reconocer tus miserias, cuando fallas… Y esos chicos, decían la verdad y eran libres. Yo empecé a entender que esa verdad es la que me hace libre. Que la verdad te rompe corazón, para que puedas salir de ti mismo.

Estas fueron algunas cosas que, la verdad, me han tocado mucho. Y luego, la amistad, amistad verdadera con mi ángel de la guarda. Aunque varias veces ¡tuve ganas de matarlo! Porque era un chico muy pesado. Pero luego, era la persona que me decía: “Mira, eres un egoísta, eres un…” Y yo me enfadaba con él. Y luego pasaban milagros, pero pasaban milagros en la capilla. Yo estuve en el Cenáculo unos seis años. Después llevo viviendo otros seis en Medjugorje, y nunca he visto nada sobrenatural. Nunca he visto a la Virgen, nunca he visto a Jesús físicamente… Aunque sí que lo he visto en mi corazón, y los encontré en mi corazón.

Por ejemplo, justo esto que digo, que muchas veces quise matar a mi ángel de la guardia. Luego iba a la capilla, me ponía de rodillas, y empezaba… Ya sabes, cuando te enfadas con alguien, empieza la cabeza a dar vueltas, y todo es negativo. Y luego empieza el rosario, empiezo a rezar: primer misterio…, segundo… Ya el tercero un poco más sereno… (Aunque seguía mi cabeza): “Pero él me ha dicho que soy egoísta. ¿Por qué? Hoy en la comida me sirvió el agua primero a mí, pero es una tontería… O no sé, otra vez para la merienda había dos manzanas, una pequeña, una grande. Él era más pequeño que yo, entonces yo he cogido la grande. ¡Normal! Él me decía: “¡Mira qué egoísta eres! Tienes que coger la más pequeña.” Y yo, como un listillo, lo pregunté: Pero tú, cuando llegas, ¿cuál coges, la más grande o la más pequeña?” Y él me decía: “La más pequeña” Y yo respondía: “Entonces, ¿cuál es el problema? La tienes ahí…”

– ¿Cómo cambió tu actitud en la comunidad?

– Después de dos años de estar en Medjugorje me mandan a una cárcel en Rusia. Cuando llegué a Rusia, yo ahí comprendí que no había entendido nada, que mi fe no es fe, que todo eso es en nada. Porque ahí encontré una realidad distinta, y empecé a rezar de verdad, llorando muchas veces – no como un niño – sino como una niña. Y ahí, de verdad, en mi corazón, me encontré con el Señor, en cosas concretas, porque yo necesitaba ver cosas concretas. Pasé dos años en la cárcel en Rusia, donde la verdad, tuve un encuentro tremendo con el Señor, y luego volví a Medjugorjeotra vez.

Ya había hecho cuatro o cinco años de comunidad, y ya pensaba en salir de allí. Y cuando vuelvo a Medjugorje Porque muchas veces en Rusia me preguntaba: “Señor, ¿para qué me estás preparando? ¿Por qué tengo que vivir en Rusia? Las temperaturas bajaban hasta menos cuarenta grados, muchas veces sin comida, porque en la comunidad se vive de la Providencia. La verdad es que fue un poco difícil. Pero Él me preparaba para ir a las Islas Canarias. Porque cuando vuelvo a Medjugorje, durante un testimonio, empiezo a conocer a mi mujer, que estaba en un testimonio. Ella empezó a escribirme cartas, empezamos a escribirnos cartas y después de un tiempo nos casamos…

– ¿Pero es posible conocer a una persona solo mediante cartas y no pasando tiempo con la persona?

– A día de hoy yo creo que estamos acostumbrados eso, a un contacto físico, a conocer a una persona por fuera. Y muchas veces no llegamos a conocer a una persona por dentro. Yo creo que es mucho más fuerte conocer primero a una persona por dentro. Porque imagina nuestra situación…  

Madre Elvira nos había dicho que teníamos que escribirnos una carta al mes. Pero, ¿puedes imaginarme viviendo en una comunidad? Me levanto, rezo, trabajo, rezo. Entonces yo, en cada carta, podía escribir eso. Pero no se trataba de eso. Se trataba de darme a  conocer a otra persona, a través de cosas que vivo yo dentro, para que pueda ver cómo soy yo por dentro.

Entonces yo, todas las cartas, las he escrito delante del Señor, de rodillas… Porque necesitaba que el Señor me ayudara a darme a conocer. Y también hemos hecho una cosa, de verdad que es un poco difícil de entender. Nunca hemos tenido relaciones íntimas. Es la verdad, y para mí eso fue un don muy grande. Porque empecé a conocerla primero por dentro, y luego, cuando nos hemos visto, cuando nos hemos empezado a conocer por fuera… Era una cosa maravillosa, porque ya nos “conocíamos”.

Porque hoy en día, muchas veces los jóvenes -como he dicho-, muchas veces no llegan a conocer a las persona por dentro. Por eso yo creo que estamos sufriendo esas crisis de familias jóvenes, por eso está habiendo tantos  divorcios, porque no estamos acostumbrado a sufrir. No estamos  acostumbrados a amar. Porque, ¿qué quiere decir amar exactamente? Sacrificio. Y eso, muchas veces, no apetece.

– Bueno, aprovechando que estás delante de la cámara, y pensando cuantas personas van a ver este testimonio, si hay alguna cosa más que quieres decir, especialmente pensando en una persona que está en este mundo de la droga. O sobre elnoviazgo…

– Es un poco difícil. La verdad es que no me siento con la autoridad para dar consejos a nadie. Pero lo que es seguro, es que el Señor ama, y a cada uno le da una oportunidad. Pero el Señor, es como una persona que te llama a la puerta. No va a abrir y sacarte fuera. Hay una frase que el otro día vi en internet, muy bonita, de un padre jesuita. No quiero ahora disparar un nombre porque me voy a equivocar casi seguro. No estoy seguro… Pero la frase dice: “Dios lo pone casi todo, y tú casi nada. Pero Dios no pone su casi todo si tú no pones tu casi nada”. Y yo creo que eso es lo único que tenemos que hacer: poner nuestro “casi nada”, y luego, Dios pone todo.

– Ahora, como padre de familia, ¿cómo educas a tus hijos en la fe?

– Yo me doy cuenta lo difícil que es hoy educar hijos. Porque muchas veces les digo a mis hijos: “Vamos a rezar”, y me dicen: “No”. Y yo pienso: “Mi niña tiene tres añitos, ¿y yo tengo que respetar su no?” Pero poco a poco tengo que trasmitir esa fe a ellos. Tengo que testimoniar, pero con mi vida, con obras de misericordia, con un cariño, con una cosa que luego mis hijos ven. Porque yo creo que los jóvenes de hoy no escuchan… Eso siempre lo decía Madre Elvira: “No escuchan con las orejas, con los oídos… pero escuchan con los ojos”. Y creo que eso es muy importante, que nosotros tenemos que trasmitir que ser un cristiano no quiere decir ser un fanático, no quiere decir rezar cincuenta rosarios al día… Sino que también se tiene que trasmitir la alegría, que nuestro Señor es un Señor de Amor, un Señor de perdón… Pero también que existe la justicia de Dios: por eso hay cosas que se puede hacer y cosas que no se puede.

Pero creo que nosotros somos un poco tibios. Los cristianos se han convertido a día de hoy en tibios. Porque piensan solo en el amor de Dios, y dice “yo hago todo lo que me da la gana, porque el amor de Dios…” Perdón, pero no es asi. Hay una parte del Evangelio donde Él dice -y este fue el primer pasaje del Evangelio que me tocó- que dice: “Yo he venido por los pecadores”. Dice pecadores, no a por los santos.  ¡Oh, entonces ha venido por mí! Fue el primer evangelio en mi vida que me tocó. Y luego no tener miedo de eso.

Yo soy un pecador, pecador público, vengo de una comunidad de pecadores públicos, donde no tengo miedo de mis pecados porque el amor del Señor es mucho más grande. Todo lo grande que pueda ser el pecado, yo creo que la misericordia es diez veces…, ¡no! Diez millones de veces más grande que el pecado. Yo soy testigo de que misericordia de Dios es mucho más grande que el pecado. La verdad es que todo lo que vivo es gracias a su misericordia, aunque también me pide algunos pasos que tengo que dar, pero me lo pide con amor, no con amenazas de castigo.

– Muchas gracias, Nikola, por estar aquí con nosotros hoy.

Muchísimas gracias, Cristina, a vosotros por darme esta posibilidad de estar aquí con vosotros. De verdad, gracias a Dios por todo eso que hacéis, por esta misión que Dios y la Virgen han puesto en todo este equipo, en todo eso mosaico que todos hacemos. Que trabajemos juntos para hacer de ese mundo un poquitín mejor. Muchísimas gracias.

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