Anielska: «Tuve dos novios, me alejé de la fe,  creía en Dios y en la Virgen  a mi manera, volví a la Iglesia, estaba enamorada del Señor y me llamó a ser monja carmelita»

* «Un día fui al grupo de carismáticos en el Buen Pastor. Éramos tres y yo me senté en medio. Nada más llegar uno de los sacerdotes se acercó por detrás, me puso una mano en el hombro y me dijo: “Entrégale tu corazón al Señor. No le entregues las llaves de tu corazón a nadie más que al Señor”. Se marchó por donde había venido y a las otras no les dijo nada. Por dentro me enfadé un poco y pensé: ¿Qué significa esto? Yo ya le estoy dando mi corazón al Señor. Y repetía todo el rato en mi cabeza: ¿Qué es lo que quieres de mí? Dame una señal clara porque no alcanzo a entender… dime algo. Hago todo lo que puedo y parece que no es suficiente… DIME LO QUE QUIERES. Pasé toda la noche con esto en la cabeza, inquieta y sin poder dormir. Ya por la mañana me dormí pero cuando sonó el despertador lo que me vino a la cabeza fue: “Carmelitas descalzas”. Me sonaba que eran monjas pero no sabía nada más. Interpreto que lo que el Señor quiere es que sea monja… Así que me quedo contenta y aliviada de tener una respuesta. Lo que entiendo es que el Señor quiere que me consagre y entregue mi vida entera»

Camino Católico.-  Anielska es una mujer joven que como cualquiera viste jeans, calza zapatillas y lleva a la espalda una pequeña mochila. Mientras camina hacia donde la estoy esperando puedo verla hablar por teléfono tranquila y despreocupadamente.

Nada en ella hace pensar que dentro de tres días ingresara en un convento Carmelita, si Dios quiere, para toda la vida. Marta León en Aleteia entrevista en profundidad a Anielska.

Nacida en Nicaragua y con una hermana menor, tuvo una infancia feliz y muy normal. Cuando tenía 17 años ella, su hermana, y su madre deciden seguir con su vida lejos de su padre, con el que rompen toda relación, debido a sus problemas con el alcohol. Pero esto no hace de Anielska una niña traumatizada o rencorosa, la relación con su hermana y con su madre siempre ha sido extraordinaria y fluida.

Estudia informática en la universidad y pronto consigue un trabajo que le satisface y le gusta.

Por aquel entonces un novio casi perfecto le pide matrimonio pero la independiente y feliz Anielska se da cuenta de que no está realmente enamorada de él, sino de la idea de un novio así.

Dos años después se enamora perdidamente (esta vez sí) de alguien que la corresponde de igual manera.

Pero no tarda en darse  cuenta de que aquel chico tan guapo, inteligente y divertido, no controla bien cuando bebe y el recuerdo de los problemas con su padre hace que rompa con él.

“Esta ruptura supone un dolor grandísimo que tardé años en olvidar…”, recuerda.

 “Pensé que no lo olvidaría en la vida… Tan rota estaba que decidí venirme a España para cambiar de aires y empezar en otro sitio”.

Así llegó a San Sebastián con 26 años, el corazón roto y mucha soledad.

Pero Anielska es una mujer que mira de frente y pronto comenzó a trabajar con personas mayores. Este trabajo, tan diferente a la informática que ella dominaba, le llena de satisfacción. De esto hace ya diez años….

Anielska es de Nicaragua y pese a ser llamada por Dios a ser monja ha tenido dos novios / Foto: Marta Leon @MartaLenMartin1

– ¿Cómo era tu fe por aquel entonces?

– Mi madre es una persona con mucha fe y siempre ha tratado de inculcarnos eso a mi hermana y a mí.

Pero cuando llegué a esa edad en la que una ya se cree la dueña de su propia vida, me alejé por completo de la fe.

No iba a misa ni en las bodas. Yo era la típica que iba directamente a la fiesta. Así que cuando llego aquí, a España, no tengo ninguna relación con la Iglesia aunque, a mi manera, creía en Dios y en la Virgen.

Mi padre siempre hablaba mal de la Iglesia y de los curas y yo creo que eso caló en mí de alguna manera.

– Cuéntame, ¿cómo vuelves a la fe desde ese momento hasta ahora?

– Mi madre, allá en Nicaragua, se reunía con un grupo  de la Renovación Carismática, y yo alguna vez fui con ella.

El caso es que cuando yo me vengo a España, mi madre me mete en la maleta un rosario y un librito explicando cómo se reza. 

Una vez ya  en España, yo seguía acordándome de aquel novio y lloraba mucho. Aunque estaba con unas primas, me sentía muy sola, la verdad.

Yo creo que por esa soledad o añoranza de mi madre, no sé… empiezo a rezar el rosario.

Pero es lo único que hago, espiritualmente hablando… rezaba cada día el rosario que mi madre me había metido en la maleta.

Trabajaba y tenía sueños de ahorrar para poder viajar y comprarme cosas. Siempre he pensado que después de un tiempo yo volvería a Nicaragua para estar con mi madre y cuidarla al final de su vida.

Me pasaba que empecé a recordar aquellas reuniones que mi madre y mi tía tenían con su grupo de oración. A veces las hacían en casa.

No sé por qué, pero tenía el deseo de tener algo así en mi vida, un grupo con el que compartir, aunque yo no tenía ninguna práctica de fe.

Un día una amiga me pidió que la acompañara a la iglesia del Buen Pastor porque quería encargar una misa. Allí me fui con ella.

A los días pensé que sería bonito encargar yo también una misa por una señora con la que había estado trabajando a la que cogí mucho cariño pero que finalmente falleció. Para mí era como mi abuela aquí en España.

– Pero tú no ibas a misa…

– No, y ahora que lo pienso no tiene mucho sentido, pero en el momento es lo que se me ocurrió.

El caso es que cuando fui a encargar la misa me atendió una señora muy cariñosa que me sorprendió por su amabilidad. Esta señora me presentó a otra persona que se interesó por mí y que con el tiempo se ha convertido en una buena amiga.

Con esta persona fui entablando una buena relación y comenzamos a hablar de la Iglesia y de la fe. Ella me preguntaba si yo era católica y yo le decía que estaba bautizada y que había hecho la primera comunión.

Después, al saber que yo no me había confirmado, ella se ofreció a darme catequesis para que me confirmara pero yo no tenía mucho interés… Le fui dando largas, diciéndole que yo no estaba muy segura de que la Iglesia católica fuese la verdadera y cosas así.

Pero un día se lo conté a mi madre y ella me dijo que me animara, que no tenía nada que perder. Como esta amiga se había portado tan bien conmigo, un día le dije que vale, y empezamos las catequesis.

– Entonces… ¿esta amiga es la que te llevó de vuelta a la Iglesia?

– ¡Qué va! Durante las catequesis discutimos mucho sobre la Iglesia, yo no estaba nada convencida.

Pero un día, por circunstancias que no importan me incluyeron en el grupo de Whatsapp de la diócesis. Yo no creía que allí hubiera nada interesante para mí, así que según me apuntan lo silencio y no lo miro nunca.

Hasta que un día que estaba muy aburrida, cansada de ver un montón de mensajes en rojo sin abrir. Lo miro así sin poner mucho interés. Leo que se va a poner en marcha un grupo de Renovación Carismática y una invitación a participar.

Me acuerdo del grupo de mi madre y de cómo deseaba yo algo así. Había buscado en internet pero lo que había no me cuadraba por horario. Este grupo era nuevo y decidí ir a la primera reunión.

Solo fue una reunión para poner en marcha el grupo, pero nos dijeron que tendríamos que ir a un retiro primero, que nos avisarían cuando se hiciera ese retiro.

Pero pasaron dos meses hasta que llegó el retiro, y todo ese tiempo yo estaba deseosa y pendiente de que llegara.

Cuando el retiro pasó, se puso el grupo en marcha. Nos reuníamos los domingos. La reunión consistía en una hora de alabanzas con el Santísimo expuesto y una misa después.

Recuerdo que yo fui con toda la intención de no quedarme a misa. Pero llegado el día, me dio vergüenza irme porque todos los presentes se quedaron a la misa y, claro… ¡me tuve que quedar!. Así paso domingo tras domingo…

Me fui dando cuenta de que no conocía nada de la misa. Fíjate que yo no era consciente de que durante la misa se consagra, no tenía ni idea.

La oración con el Santísimo era lo que más me gustaba, aunque tampoco sabía mucho qué era aquello.

Recordaba que mi madre nos llevaba los jueves a la exposición del Santísimo cuando era pequeña.

Y también recordaba que ella lloraba todo el rato y que yo con mi mente de niña no entendía a qué íbamos allí si todo el tiempo ella lloraba.

El Santísimo empezó a llamarme la atención, a intrigarme, pero seguía en la ignorancia. Me arrodillaba porque todos lo hacían.

Empecé a preguntar las partes de la misa y por qué se hacía en cada momento lo que se hacía.

Entre tanto seguía con las catequesis de confirmación y fui aprendiendo… Empecé a ver la Iglesia con otros ojos, poco a poco. Y llegó el momento de confirmarme.

Así me vi dentro de la Iglesia dando pequeños pasos pero yo misma era consciente de que algo estaba cambiando.

En 2019 fui a un encuentro nacional de la Renovación Carismática que se celebraba en Madrid.

Me lo planteé como tres días para estar con el Señor y fue increíble. Desde el minuto uno estaba entregada del todo.

Disfrutaba, gozaba…estaba feliz, feliz, feliz. Tenía una alegría en el corazón que no se puede explicar.

A la vuelta yo no veía la hora de que llegara el fin de semana para estar de nuevo con el Señor.

Tantas ganas tenían que sentí el impulso de ir a la parroquia un día entre semana. Fui y me encontré allí con el párroco que estaba delante del sagrario.

Cuando me vio y me preguntó qué tal en Madrid, no pude más que decirle: “Si hoy el Señor me pide que me case, yo me caso”. ¡Estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera!

Así seguía yo, pero de alguna manera sentía que el Señor me pedía más. Me sentía bendecida, estaba contenta y entendía que el Señor me cuidaba.

Estaba feliz con mi vida, no extrañaba nada. Lo más correcto es decir que estaba enamorada perdida del Señor.

– Espera, explícame cómo es ese enamoramiento…

– Mira, me apunté a un turno semanal en Adora a las 11 de la noche. Una amiga mía iba a las 10, así que la acompañaba y estaba de 10 a 12.

Al poco tiempo, esas dos horas se me quedaban cortas, eran poco para mí, yo quería más.

Ese tiempo lo disfrutaba muchísimo y sentía que cada vez era más íntimo. Me molestaba incluso la gente que entraba y salía.

Yo quería estar sola y más tiempo. Te prometo que el corazón me latía hasta más fuerte…

Entraba allí y me olvidaba de todo, de las preocupaciones, problemas… Eso dejaba de importarme y solo estábamos el Señor y yo.

Había veces que llegaba tan cansada, que me entraba sueño. Entonces me enfadaba conmigo misma porque quería estar atenta, despierta, no quería perder ni un minuto.

– Y esto que te pasaba, ¿lo hablas con algún sacerdote o con alguien?

– No, con nadie. Yo seguía adelante sin la ayuda de nadie…éramos solo el Señor y yo.

Creo que fue por entonces que empecé  a pensar que si estaba en este camino de crecer en la fe y en el amor a Dios, tenía un asunto pendiente que era mi padre.

Nos separamos de él cuando yo tenía 17 años y las cosas terminaron mal, con mucho resentimiento por mi parte. Así que pensé que quizá debería dar el paso de llamarlo aunque fuera solo una vez.

– Habían pasado muchos años… supongo que no sería fácil para ti.

– Pensé que debía ponerme en paz con él. Me acordaba de todo lo que nos hizo sufrir pero también me acordaba de otras veces que era muy cariñoso y dedicaba tiempo a su familia.

Mi pensamiento era: “no tengo por qué vivir con rencor hacia él”. De alguna manera lo estaba perdonando.

Y creo que esto fue la mano de Dios que me hizo verlo así. De mí misma no habría salido esta idea.

– Entonces, ¿lo llamas?

– Sí, un día lo llamé. Él no podía creérselo. Me preguntó qué tal la vida y luego me dijo que él siempre se acordaba de nosotras, que nos pensaba mucho.

Después intentó disculparse por todo lo que sabía que había hecho mal pero yo no lo dejé terminar y le hablé de todos los buenos recuerdos que tenía de él. Fue muy emocionante.

– Y ese enamoramiento ¿se te pasa o cómo sigue?

– Yo estaba super contenta y en mi corazón le decía al Señor: “Lo que Tú quieras, yo contigo…”

Entonces llegó el confinamiento y yo decido pasarlo en el trabajo con un matrimonio mayor al que yo atendía.

Pensé que era el momento de intentar hacerles vivir aquella situación con la máxima paz y normalidad posible. Y extrañé muchísimo el Santísimo, la misa y al grupo de oración.

Cuando acabó el confinamiento fui de las primeras que volvió al grupo de oración y aunque éramos muy pocos yo siempre le decía al sacerdote que aunque fuera solo para mí tenía que exponer el Santísimo.

– Creo que tienes una historia curiosa con santa Teresita, cuéntame…

– Una vez un sacerdote me dijo algo de santa Teresita de Lisieux. Yo era tan ignorante que pensaba que hablaba de santa Teresa de Jesus.

Me recomendó muy fervientemente leer Historia de un alma, pero sinceramente no me interesó nada.

Sin embargo, en el confinamiento había mucho tiempo y compré el libro por internet. Lo empecé a leer pero creo que aguanté solo las primeras páginas porque no entendía nada.

Dudé de si había comprado bien el libro…  lo dejé en un rincón.

Después de mucho tiempo me lo llevé a mi turno de oración delante del Santísimo y no te creerás pero fue como leer otro libro.

Lo vi todo claro. Comprendí muy bien cuando hablaba del daño que podemos hacer con nuestros actos a otros y a nosotros mismos.

Comprendí qué es la falta de Amor. Después santa Teresita siguió persiguiéndome… pero será más adelante.

Un día una compañera del grupo de oración quería que al salir de nuestra reunión nos fuéramos en directo a otra reunión de otro grupo de carismáticos en el Buen Pastor.

Yo no quería de ninguna manera, porque me parecía demasiado y además luego tenía que entrar a trabajar. Pero ella y otra insistieron mucho.

Las acompañé pero todo el camino fui diciéndoles que iba en contra de mi voluntad… Éramos tres y yo me senté en medio.

Nada más llegar uno de los sacerdotes se acercó por detrás, me puso una mano en el hombro y me dijo: “Entrégale tu corazón al Señor. No le entregues las llaves de tu corazón a nadie más que al Señor”.

Se marchó por donde había venido y a las otras no les dijo nada. Por dentro me enfadé un poco y pensé: ¿Qué significa esto? Yo ya le estoy dando mi corazón al Señor.

Y repetía todo el rato en mi cabeza: ¿Qué es lo que quieres de mí? Dame una señal clara porque no alcanzo a entender… dime algo.

Hago todo lo que puedo y parece que no es suficiente… DIME LO QUE QUIERES.

Pasé toda la noche con esto en la cabeza, inquieta y sin poder dormir.

Ya por la mañana me dormí pero cuando sonó el despertador lo que me vino a la cabeza fue: “Carmelitas descalzas”. Me sonaba que eran monjas pero no sabía nada más.

Interpreto que lo que el Señor quiere es que sea monja… Así que me quedo contenta y aliviada de tener una respuesta. Lo que entiendo es que el Señor quiere que me consagre y entregue mi vida entera.

Llamé a mi madre y le dije que el Señor quería que fuera monja. Ella se lo tomó con mucha tranquilidad.

Pero mi hermana que estaba escuchando se empezó a reír escandalosamente y decía: «¡Esto es lo último! ¿Ahora quieres ser monja?, ¿de dónde has sacado eso? Al oírla reír me sentí un poco ridícula.

– ¿Llegas a semejante conclusión y te quedas tan tranquila?

– Espera. Como no tenía ni idea busqué en internet quiénes eran las carmelitas descalzas y entonces empecé a leer: contemplativas, que permanecen en el monasterio toda su vida, que se entregan totalmente a Dios a través del silencio, el trabajo y la oraciónapartadas del mundo…

Cada cosa que leía me faltaba un poco más de aliento.

“Esto es imposible que sea para mí. Yo quiero volver a Nicaragua y cuidar de mi madre… Mi forma de ser es muy de este mundo”.

Me quedé helada y me dio un bajón grande. Aunque luego pensaba que lo que quería decir aquello era que simplemente fuera monja, de cualquier otro tipo, y otra vez me entraba la euforia.

Al día siguiente me llama una amiga y me dice que había soñado conmigo. No le di mucha importancia pero me cuenta que, en el sueño, ella iba a visitarme a una casa que no conocía donde había más mujeres que tampoco conocía pero que una de esas mujeres que estaban conmigo ¡era igual que santa Teresita de Lisieux!

– Pero qué dices… ¿en serio?

– Tal cual te lo estoy contando. Imagíname a mí como si me hubieran echado un balde de agua fría…

Pasé una semana más o menos entre el bajón y la euforia. Un sube y baja continuo. Pensé que me estaba volviendo loca, que tal vez tuviera Covid y me estuviera afectando, pensé hasta en la menopausia…

Yo lo que buscaba era encontrar una lógica a lo que me estaba pasando. Decidí que debía hablar con un sacerdote. No tenía mucho trato con ninguno, así que me fui a la parroquia y busqué al sacerdote que nos acompañaba en el grupo de oración.

Lo conocía de saludarnos y de algún comentario siempre divertido, pero nunca habíamos hablado en serio. Creía que le daría la risa al contarle, o que me diría que me había montado una película, así que antes de ir decidí lo siguiente:

“Voy a decírselo y si él, aunque sea mínimamente, se ríe, o pone alguna cara de burla, yo me largo y me olvido de esto para siempre. Si me escucha y se pone serio, cosa que creo imposible,  entonces aquí hay algo…”.

Fui y hablé con él. “Mire, me pasa esto y esto y esto…” mirándole fijamente, esperando la sonrisilla burlona.

Pero él se quedó inexpresivo del todo, sin hacer ni un gesto ni nada, mientras me decía:

“Tú tranquila, no te preocupes, vamos a ver que esto sea de Dios… Tienes que buscar un director espiritual que te ayude y tienes que empezar a confesarte cada 15 días para poco a poco ir discerniendo”.

Me fui de allí sorprendida por su reacción pero también muy tranquila y con mucha paz.

A la semana siguiente volví y le pregunté si el confesor y el director debían ser la misma persona y si quería ser él quien me dirigiera.

Ahí empezamos un camino largo y costoso, porque él me puso las cosas muy claras y fuimos muy poco a poco, cuando yo lo que quería era ir deprisa.

Él ha sido muy paciente todo este tiempo y me ha hecho esperar, con toda la razón.

Al poco de empezar yo sentía que lo que quería era irme ya. Así que por mi cuenta llamé a unas carmelitas que hay en Zarautz.

Y le conté a la priora lo que me estaba pasando: que yo tenía claro que me quería ir, que tenía como ansiedad de irme ya, que no sabía nada de las carmelitas pero que no veía que con mi director avanzara mucho, que me preocupaba no cuidar de mi madre en el futuro… y todo se lo dije llorando desconsoladamente.

Al otro lado del teléfono, con mucha dulzura, me dijo que debía ir despacio, viendo si esto era de Dios o no.

Que tenía que continuar con mi director dejándome guiar y que no debía sufrir por mi madre antes de tiempo si aún no sabíamos qué pasaría en el futuro.

La verdad es que me dijo lo que ya sabía, pero sentí que era un consejo maternal y entonces me tranquilicé mucho. Esto fue en diciembre de 2020.

Confesarme cada 15 días fue de las cosas que más me han costado porque yo no tenía costumbre y se me hacía muy cuesta arriba.

– ¿Y qué pasó después? ¿Vas a conocerlas?

– ¡Qué va! Eso es lo que yo pensaba, pero mi director espiritual estaba empeñado en hacerme trabajar otros aspectos o en que viera incluso otras comunidades.

Fui a ver a las dominicas porque a él le parecía buena idea y aunque fueron muy amables y acogedoras conmigo yo seguía pensando en las carmelitas.

También hice ejercicios espirituales con un sacerdote encargado de las misiones.

Yo no entendía qué tenía que ver un misionero con una contemplativa pero lo cierto es que esos ejercicios también fueron un descubrimiento.

El sacerdote me hizo entender que un misionero no sobrevive, no se mantiene fiel a su misión si no es porque muchos detrás le sostienen con la oración.

Me daba la risa cuando pensaba que mi director espiritual no se equivocaba cuando me envió allí.

– Pero,  ¿cuándo conoces a las Carmelitas?

– Tuve permiso para llamarlas después de Pentecostés y justo al día siguiente las llamé, después de 5 meses desde aquella primera llamada, para ver si podía ir a verlas.

Cuando por fin pude visitarlas me parecieron gente de lo más normal. Congeniamos enseguida y después de eso las llamadas pasaron a ser frecuentes.

Después pude ir un fin de semana y quedarme allí y conocer al resto de la comunidad.

En esa experiencia recuerdo que tenía todo el tiempo muy presente la casa de mis abuelos, todo en el convento me recordaba a mis abuelos y me sentí como en casa.

El viernes 25 de marzo de 2022, festividad de la Encarnación, Anielska ingresó en el Monasterio del Buen Pastor de Zarautz / Foto: Marta Leon @MartaLenMartin1

 – Ahora te quedan dos días para ir allí, ¿cómo lo estás viviendo?

– Pues con mucha tranquilidadHe recorrido un largo camino para llegar aquí.

Llevaba tiempo esperándolo. He ido arreglando asuntos prácticos y ya estoy lista.

Creo que me va a costar desprenderme del teléfono y de internet. También me gusta mucho ver series y películas pero supongo que una vez dentro dejaré atrás todo eso.

Les he dicho a mis amigas que cuando me visiten me cuenten cómo sigue Lady Gaga…

– Después de todo lo que me has contado solo puedo desearte mucha fidelidad y felicidad en este nuevo camino. He visto que eres una persona decidida, perseverante y que para llegar aquí no han  sido todo facilidades, que te lo has trabajado…

– He tenido que ir moldeando mi carácter y mi impulsividad. Poco a poco he aprendido a ser más obediente.

Una vez, delante del Santísimo, me pasó que de repente me vi tal cual era yo y entré en pánico, porque veía que era todo lo contrario de cómo debía ser una carmelita.

En aquel momento las carmelitas me parecieron de otra especie.

Pero ahora, mirando todo el recorrido, veo cómo el Señor ha ido haciéndome poco a poco. Me ha ido preparando.

El viernes 25 de marzo de 2022, cuando Anielska ingresó en el Monasterio del Buen Pastor de Zarautz estuvo acompañada de sus primas y un nutrido grupo de amigas en un ambiente  festivo y alegre/ Foto: Marta Leon @MartaLenMartin1

Me sacó de mi tierra, de mi familia, de mi zona de confort, y una vez fuera, me fue conquistando, enamorando, muy poco a poco.

En algún momento pensé que con 37 años que tengo ahora… ¿cómo es que el Señor no me llamó antes, cuando era joven y tenía toda la vida para entregarle?

Pero veo también que entonces yo no me hubiera dado cuenta de nada, porque he tenido que pasar por todo este camino para poder decirle ahora que Sí.

El viernes 25 de marzo de 2022, festividad de la Encarnación, Anielska ingresó en el Monasterio del Buen Pastor de Zarautz. Le acompañaron sus primas y un nutrido grupo de amigas en un ambiente  festivo y alegre.

Mientras la veía besar la cruz y  abrazar a la priora en el quicio de la puerta reglar, no pude evitar pensar que si el desamor fue lo que la trajo a España es precisamente el Amor lo que la mantendrá aquí.


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