El padre Edward Y. Yew, de Tulsa (EEUU): De origen taoísta, investigó las religiones, fue protestante y la mística le llevó al catolicismo

«La presencia del Espíritu Santo y un cierto peso de santidad vinieron sobre mí tan intensamente que apenas podía soportarlo. Caí como en un trance, pero me daba cuenta de todo lo que pasaba a mi alrededor. Sentí el Amor de Dios haciéndose vivo, y su relación conmigo se hizo más real que nunca. Me pilló por sorpresa y me dejó perplejo, porque sentí por Dios lo mismo que sentía por mi novia, excepto que ¡mucho más!”

5 de febrero de 2013.- (Pablo J. Ginés / Religión en Libertad / Camino Católico)   No es difícil encontrar personas arreligiosas que dicen: «tú eres católico porque has nacido en un país católico; si hubieras nacido en el Sudeste Asiático serías budista o taoísta». Lo cierto es que en países católicos o en países taoístas, hay gente que desde joven se pregunta dónde está la verdad y la busca, le lleve donde le lleve. 

Esa es la historia de Edward Yew, que nació en Singapur en una familia taoísta, exploró diversas religiones desde muy joven y pasó por distintas comunidades cristianas hasta llegar al catolicismo. En su viaje no dejó casi ninguna posibilidad por examinar. Desde 2002 es sacerdote católico de la diócesis norteamericana de Tulsa. 

Singapur y las religiones orientales

Todo empezó en el lugar más remoto: una familia china de Singapur que en casa mezclaba budismo y taoísmo. En Singapur hay bastante diversidad étnica y religiosa. «Yo tenía que elegir un conjunto de creencias para vivir», recuerda Edward Yew. Ya de niño veía que el panteón popular taoísta no era razonable: si llovía, era el dios de la lluvia; si tronaba, el dios de los truenos. «Los dioses eran poco más que la humanidad deificada con sus mismos fallos, mezquindades y ambiciones egoístas», señala.

Entonces examinó el budismo y el hinduísmo, dos sistemas complejos y de filosofía muy elaborada. Pero el sistema de reencarnación era incoherente y no respondía de ninguna forma al problema del mal, las consecuencias de los actos buenos y malos, y el ascetismo budista pedía demasiado desapego de la misma realidad, como una deserción.

«Entendí que estas religiones parecían los productos de la mente del hombre al observar el universo, que si el taoísmo, el budismo o el hinduísmo no existiesen, yo mismo sin dificultad podía haberlos puesto en marcha. No respondían a mi sed insaciable de verdad».

El Dios Único del Islam y el judaísmo

Edward no quiso analizar el cristianismo por ser una religión «europea». Y miró hacia el Islam y el judaísmo: dos religiones que dicen ser divinamente reveladas; por Alá a Mahoma en el Corán, por Yavé a Moisés en la Toráh. Las dos ofrecen un Dios Único y trascendente y proponen servir al Creador. Pero Edward notó que el Dios islámico está tan lejos del hombre, que incluso para hablar con su mayor profeta ha de enviar un ángel, mientras que Yavé en el Sinaí «habló a Moisés cara a cara, como un hombre habla con su amigo» (Éxodo 33,11). 

El Dios hebreo es a la vez trascendente y cercano: puede abrir las aguas de un mar, pero lo hace para ayudar a los que ama. Después de mucho leer, el joven Edward decidió a los 13 años que en cuanto creciese y tuviese autonomía, se haría judío. 

Su reflexión le había llevado del politeísmo oriental, con sus dioses de distintas funciones, al Dios único de Israel, cuya única función es su ser: Ser el Que Es, el Yo Soy. «Mi deseo de encontrar a Dios no nacía de un temor a un juicio divino o del deseo de una recompensa eterna: me movía un sentido profundo de seguir una verdad filosófica mayor que yo y superior a todas las demás«, recuerda Edward.

El cristianismo pentecostal

Dos años después, a los 15 años de edad, un amigo le invitó a las Asambleas de Dios, una de las mayores iglesias evangélicas de tipo carismático o pentecostal. Y allí quedó intelectualmente convencido de que la revelación del Dios de Israel se completaba en el Nuevo Testamento. Empezó a leer el Nuevo Testamento cada día, y la Palabra de Dios encajaba con sus deseos e inquietudes. 

Más aún, cada vez disminuía su «yo», recuerda, y aumentaba su relación con Dios. Él había dado un «sí» intelectual a un sistema coherente (el cristianismo) pero ahora estaba teniendo una relación personal con Cristo en la Escritura y la oración.

Ese mismo año decidió bautizarse.«Para mis padres, significaba perder un hijo en una religión extranjera. A sus ojos, yo desertaba de mi cultura, raíces y tradición para abrazar un dios ajeno. A mi madre no le importaba que yo creyera en Jesús, pero me pedía llorando que no me bautizase: sentía que eso era un no retorno. Incluso mis padres no cristianos reconocían que el bautismo cristiano era algo más que un símbolo, que era una transformación ontológica y un compromiso con lo eterno. Mis padres intuían que el bautismo no era un cambio de opinión, sino una metanoia, una transformación del ser».

Una experiencia mística en el autobús

Un par de años después, ya bautizado, al empezar la universidad, Edward empezó a salir con una chica cristiana, de la que estaba bastante enamorado. Pero una noche, a mediados de su primer curso, tuvo una experiencia mística mientras estaba sentado en el autobús.

«La presencia del Espíritu Santo y un cierto peso de santidad vinieron sobre mí tan intensamente que apenas podía soportarlo. Caí como en un trance, pero me daba cuenta de todo lo que pasaba a mi alrededor. Sentí el Amor de Dios haciéndose vivo, y su relación conmigo se hizo más real que nunca. Me pilló por sorpresa y me dejó perplejo, porque sentí por Dios lo mismo que sentía por mi novia, excepto que ¡mucho más! Yo no sabía entonces que es posible enamorarse de Dios literalmente y mucho más intensamente de lo que uno puede enamorarse de una mujer. Sólo podía estar allí sentado en esa luz tabórica y empaparme en el calor de su amor tan inconmensurable sobre mí».

Dios lo exige todo: leer a los místicos

No cortó inmediatamente con su novia, pero empezó a pensar en el celibato: ¡Dios pedía un amor tan completo! «Tenía que darle todo, porque su amor lo exigía todo. Apunté en mi diario ese himno que dice: amor tan asombroso; tan divino, que pide mi vida, mi alma, mi todo».

Decidió leer sobre los místicos. Leyó un clásico medieval, «La imitación de Cristo«, de Tomás de Kempis. Empezó a leer las historias de San Francisco de Asís, los escritos de San Anselmo, de Santa Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz. ¡No eran las lecturas habituales de un pentecostal asiático! Pero los poemas de San Juan de la Cruz encajaban con su experiencia. 

Le asombraba un poco que los grandes místicos fuesen católicos… «decidí que o no eran verdaderamente católicos o que quizá no todos los católicos estaban equivocados».Empezó a escuchar música cristiana de John Michael Talbot (www.johnmichaeltalbot.com), muy frecuente en los círculos evangélicos de todo el mundo y en sus librerías. El primer disco que compró fue «El Amado y su Amada«, con poemas de San Juan de la Cruz… y luego descubrió que el mismo Talbot era un converso al catolicismo, llegado desde una familia de músicos metodistas, que vivía una vida semi-ermitaña de estilo franciscano en EEUU. 

«Escribes como si fueses católico»

En 1993 llegó a Estados Unidos y estudiaba artes y literatura. La profesora le pidió escribir sobre el tema «Como se siente uno cuando es…». ¿De qué escribir? Cuando uno es… ¿un chino, un chino de Singapur, un inmigrante, un cristiano? Escribió:«Cómo se siente uno cuando es un místico». La profesora, protestante metodista, leyó su ensayo y le dijo: «¿has pensado en hacerte católico? ¡Escribes como si lo fueses!» 

Edward protestó indignado, dijo que no, que de ninguna manera… pero luego tuvo que admitirse a sí mismo, avergonzado, que le atraía la Iglesia antigua, la liturgia. Una noche, rezando en su escritorio, empezó a recitar el «Te Deum», y reflexionó en la grandeza de Dios rodeado de sus santos y mártires. Muchos protestantes entienden que la comunión de los santos implica la unión entre los cristianos que están vivos en la Tierra: él entendió que había unión más allá del tiempo y el espacio también con los que ya están con Dios. 

Catecismo y orígenes apostólicos

En el siguiente semestre tomó una asignatura sobre «Introducción al Nuevo Testamento» con un profesor, James Shelton, que era un protestante muy pro-católico. Eso rompió el prejuicio anti-católico del joven chino, y decidió conocer el catolicismo a través de sus propios textos: el Catecismo, el Código de Derecho Canónico (que se leyó en un día) y los documentos del Concilio Vaticano II. Y notó que cada vez estaba más de acuerdo con todo eso. Llevaba medio año en Estados Unidos cuando llegó a la conclusión de que necesitaba «estar conectado con una Iglesia de orígenes apostólicos y que retuviese los ritos antiguos«. 

Y se sumó a una iglesia protestante de moral conservadora, no muy grande, de liturgia similar a la católica y de estilo carismático llamada Iglesia Carismática Episcopal, nacida en 1992, con unas 100 comunidades en EEUU y bastante presencia en Filipinas y países anglohablantes de África y Asia. Sus obispos decían tener sucesión apostólica a través de obispos veterocatólicos (grupos escindidos de Roma tras el Concilio Vaticano I), anglicanos y siríaco-jacobitas. Y Edward empezó a estudiar para ser ordenado en esta iglesia.

Unos protestantes muy católicos

El caso es que Edward, su amigo el profesor Shelton y su rector, que había estudiado en Roma, no sólo eran más católicos que la mayoría de los miembros de esta iglesia, sino que en algunos aspectos eran más católicos que muchos católicos: rezaban el Rosario juntos cada viernes por la tarde y una vez al mes rezaban la Coronilla de la Divina Misericordia, una devoción nacida en el siglo XX.

Un día, este grupito empezó a estudiar ¡la Encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo II! Y vieron la argumentación católica: si la Iglesia ha de proclamar la verdad, no meras opiniones, ha de tener autoridad para enseñar sin error. El profesor Shelton dijo: «sólo la Esposa puede interpretar correctamente las cartas de su Amado».

«Incluso un documento relativamente simple como la Constitución de EEUU necesita una autoridad magisterial, el Tribunal Supremo, que lo interprete: mucho más lo necesitan la Biblia y la Tradición», leyeron en el libro «Under the Mercy«, de Sheldon Vanauken. Y ya en la antigüedad Tertuliano se quejaba del hereje Marción y decía que él no tenía derecho a interpretar la Escritura fuera de la Iglesia… ¡la Católica! 

La fuerza atractiva de la unidad

Además, a medida que la teología heterodoxa y secularizadora se apoderaba de algunas iglesias protestantes, la lucha por la unidad de los cristianos y por la defensa de la doctrina ortodoxa se enlazaban y Roma se planteaba como una cuestión inevitable. En palabras de Vanauken: «si toda la fe evangélica y ortodoxa oriental se unieran otra vez al tremendo poder del magisterio católico, ¡qué fuerza para Cristo!» 

O en palabras de Chesterton: «una Iglesia que mueva el mundo», no una iglesia movida por el mundo.

Y esa petición incesante de Cristo: «¡Que sea uno!»

Llorando de rodillas ante la Virgen

Llevaba un año en la Iglesia Carismática Episcopal. Pero Edward tenía cada vez más inquietudes. Se había volcado en un estudio sobre apariciones marianas y había desarrollado una profunda devoción por la Virgen. En Navidad de 1995 fue en automóvil por la nieve hasta el santuario mariano de la Anunciación en Belleville, Illinois. Llegó de noche, ya no había gente. Miró a los ojos a la estatua de la Virgen y cayó de rodillas con lágrimas en los ojos y escribió en la nieve: «FIAT». «Hágase».

Contactó con el capellán del Centro Newman de la Universidad de Tulsa y se preparó para entrar en la Iglesia Católica, abandonando su entrenamiento para ser clérigo protestante. Fue acogido en la Iglesia en la fiesta de San Marcos de 1996, entró en el seminario de San Luis en 1997, y estudió en Roma de 1999 a 2001. 

Fue ordenado en la catedral de Tulsa en 2002 y hasta hoy es sacerdote de esta diócesis, llevado por un camino en el que no faltó la mística, pero que se inició con una búsqueda insaciable por llegar a la verdad, de niño, en su familia taoísta de Singapur.

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