Javier González García, periodista de 26 años, vivía en la fiesta, la popularidad y el dinero, pero fue de misiones sin quererlo y se convirtió: «La Virgen me dijo que me quería»

Camino Católico.-  Javier González García es un joven de 26 años, periodista que trabaja en información religiosa. Como parte de su quehacer profesional conoció los Premios  Cari Filii y decidió presentarse en el apartado audiovisual ofreciendo su testimonio de conversión, en el que una imagen de la Virgen obró como Puerta del Cielo -ése era el lema bajo el que fueron convocados los premios 2019- para apartarle de un camino que llevaba a puertas muy distintas. La historia que voy a contar es el título de su trabajo del video testimonial, que obtuvo el segundo Premio, entregado, como los demás, el pasado 6 de junio en un acto que presidió el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla.

Fiesta, popularidad, amigos y amigas, fiesta, dinero… Esa era la vida de Javier antes de encontrarse con Dios y la Virgen. Su testimonio de conversión no tiene «rayos, ni apariciones». De hecho, se define como un «chico normal», pero la historia que cuenta es la de «cómo la Virgen salvó mi vida». Ese es el único milagro que ve en cuanto ha vivido, y se lo atribuye a la Virgen María: «La Virgen me vio triste, me cogió un día, me apartó del mundo y me dijo que me quería», asegura.

Su vida antes era de crecimiento, pero en «vacío, tristeza y sentimiento de soledad». Él estaba haciendo todo lo que «supuestamente ‘tenemos que hacer'» – salir los fines de semana, beber o viajar – pero aun así estaba «decepcionado, hundido y rendido». ¿Y Dios? «No es que lo rechazara, simplemente, me daba igual». Sin embargo, se acuerda del pequeño cuadro de la Virgen que sigue estando hoy en su habitación. Para Javier, Ella es la responsable de lo que ha pasado a ser su «gran aventura».   

Javier González García con 19 años

Un correo electrónico, una foto y una «niña que está loca» fueron las tres circunstancias que se juntaron para lo que ha sido la mejor semana de la vida de este periodista. El correo electrónico le llegó reenviado de su madre. El mensaje era una invitación a jóvenes para irse de misiones a Córdoba. Al principio, Javier rehusó. Pero su madre continuó intentándolo.

Primero, con una cena con sus amigas en la que le enseñaron fotos de sus hijas, de su edad, como aliciente para que se animase a ir y, después, el tema volvió a salir en la ceremonia por el 25 aniversario de sus padres. Casualmente, las hijas de una de esas amigas organizaban la experiencia y le dijo a Javier que, por lo menos, llamara a preguntar. «Por supuesto, ya llegaba tarde», reconoce. Pero decidió cumplir, por lo menos, «para que dejaran de darme la plasta».  

Esa chica le llamó. «El problema era que, si quería ir, tenía que ser…al día siguiente», con un chico que también iría tarde. También, le contó en qué consistía el plan: «Rezaban por las mañanas, todos los días había misa, por la tarde llamaban a las puertas de la gente para hablar con ellos». «Esta niña está loca, yo no voy a hacer eso», afirma.

Por eso, intentó rechazar el plan, y también la idea de ir. De hecho, lo tenía todo perfectamente pensado. Le había surgido una entrevista de trabajo, la excusa perfecta para salirse con la suya. No obstante, el otro joven tenía también un examen, por lo que el horario no iba a ser un problema. Además, le mandó un mensaje: «Vente, que no tenemos nada que hacer, yo tampoco conozco a nadie y, en el fondo, si no, me quedaría bebiendo cerveza como otro fin de semana». 

Así que, pensó: «Se han alineado los planetas para que yo vaya».

El cuadro de la Virgen que Javier González tenía colgado en su cuarto

El miércoles amanece en Villanueva del Duque, Córdoba. «Ese día…comenzó la mejor semana de mi vida». Javier comenzó a ver cosas que pensaba que no existían y a compartir experiencias con personas diferentes a todas las que había conocido. «Sacerdotes normales, fieles y entregados» o  «jóvenes felices de verdad» son sólo dos ejemplos.

La misión incluía su parte espiritual. Allí, también se encontró con algo que unía todo lo bueno que le estaba ocurriendo. «Cada palabra, cada adoración, cada misa me decía algo». Hasta que se dio cuenta, y se acordó de ese pequeño cuadro en su habitación, que también estaba en la misión.

«No sé en qué momento comprendí que Dios me estaba hablando, que ese cuadro de la Virgen que me acompañaba en mi cuarto, estaba ahí también, mirándome y no podía dejar de devolverle la mirada», explica.

Al regreso de Córdoba, decidió dar un paso al frente y redefinir sus prioridades. «La fiesta dejó de ser el centro de mi vida». Después, invertir en todo lo que había experimentado: «Encontré un grupo de amigos y quería hacer de cada día esa misión».

Recuerda otros regalos que considera que le ha hecho la Virgen en esta «gran aventura»: «Esa chica de la fotos de fin de año, es ahora mi novia y ese chico que me llevó a un pueblo dejado de la mano de Dios, es uno de mis mejores amigos».

El enfoque de su vida, es otro: «Ahora sólo puedo darle las gracias y dedicarle mi vida a Ella, para que todo el mundo pueda sentir aquello que un día me hizo feliz».

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