Jesús Cabello, cantautor católico al que la Virgen salvó de una leucemia: «Tuve un encuentro con Jesucristo impresionante y supe que está vivo y que tengo una misión»

*  «Sentí un abrazo que me cambió la vida. El cantante cristiano debe tener una historia con Dios, una relación constante de acercamiento y perseverancia. De lo contrario, podemos cantar como los ángeles pero no llegaremos al corazón de los que nos oyen. Dios sólo es el que puede cambiar las vidas, no un músico. Si quieren hacer música católica, aprendan a hacer oración»

El cantautor Jesús Cabello cuenta su testimonio de vida en la Catedral de Córdoba ante el obispo de la diócesis y más de mil jóvenes de los colegios religiosos de la provincia en octubre de 2018

*  «Recuerdo que siempre he sido muy enamoradizo. Me quedaba prendado de muchas chicas. Eso me hacía pensar que tenía vocación de casado. Pero por otro lado, nunca podía iniciar una relación con ninguna de ellas, mientras el sentimiento religioso se acentuaba, más si cabe con la ordenación de sacerdote de mi hermano mayor. A los dieciocho años estaba decidido a dar un paso adelante para ser cura. Antes de empezar la licenciatura en la universidad, mientras maduraba la idea de ser sacerdote, fui a unos ejercicios espirituales para jóvenes. Fue una semana en silencio, de oración. Una noche me senté a cenar con gente que no conocía de nada, de otras provincias. Justo enfrente de mí había una chica de ojos grandes y brillantes. Nos miramos, nos sonreímos. Antes de saber su nombre, tenía la certeza de que me iba a casar con ella, y así fue. Sentí mucha paz, algo así como un “¡te encontré!”. Siete años después, Paloma y yo nos casamos en esa misma casa de espiritualidad»

Camino Católico.- Jesús Cabello vive en Córdoba con su mujer Paloma y su hijo de siete años. Tiene 36 años y es de Puente Genil, un pueblo de la zona. Es el pequeño de 4 hermanos y ahora mismo es profesor de Lengua y Literatura en un colegio público. Hasta aquí, todo muy normal. Pero más bien podría verse desde fuera como algo totalmente anormal, desde que tenía 18 meses de vida. Jesús Cabello explicó su testimonio de vida en la Catedral de Córdoba ante el obispo de la diócesis y más de mil jóvenes de los colegios religiosos de la provincia en octubre de 2018, que se escucha y visualiza en el vídeo, y entrevistado por Javier González García y Jonatan Narvaez en Aleteia complementa su experiencia de conversión.

Cuando solo tenía año y medio, a Jesús Cabello le diagnostican una leucemia. Una grave enfermedad con un índice alto de mortalidad. Siendo tan pequeño, le ponen un tratamiento muy fuerte, pero él se convierte en un caso distinto: «No se me cayó el pelo ni perdí la vitalidad, pero muchos compañeros tuvieron secuelas irreversibles. Pero los análisis decían que el tratamiento no funcionaba».

Jesús sufre una grave recaída con solo cuatro años y sus padres se «pelean con Dios». El trasplante de médula es demasiado peligroso y en ese momento de «abandono, desesperación y rendición» su madre acude a una iglesia y se pone frente al sagrario. «Delante de la Virgen le dice: ‘si es tu voluntad, que se vaya… pero si se queda, será para ti».

El milagro

Todo pasa muy deprisa. En el transcurso de apenas dos horas, montan al pequeño Jesús en el coche, le llevan al hospital, le ingresan de urgencias y le vuelven a practicar una analítica. La respuesta de los médicos es cuanto menos sorpresiva: «En los análisis aparece que la enfermedad está remitiendo. A los ocho años me quitaron un linfoma en el cuello que no habían visto hasta entonces y estuve cuatro años viviendo con ello más sano que una pera».

Los médicos atribuyen el suceso «a que a los niños les cambia muy rápido el metabolismo y que es imprevisible». Pero la familia de Jesús tiene otra teoría: «La causa efecto de la oración de mi madre y el análisis con esa noticia…pues hace que parezca algo sobrenatural».

«Mis padres con la mejor intención me hicieron creer que yo había sido un niño normal. Pensaba que todos los niños pasaban por eso, que les pinchan en la espalda, que les ingresaban…»

«Mi madre siempre ha tenido una fe muy fuerte, forjada a base de superar dificultades. Ella fue la que compartió conmigo el tratamiento contra mi leucemia. Recuerdo que me hablaba de Dios con la naturalidad del que habla de su familia. Dios siempre ha estado en mi casa como uno más.

Mi padre, personaje de gran carácter, se emocionaba cada vez que recordaba estos episodios de mi infancia, y creía firmemente en que mi repentina recuperación se debió a un milagro por intercesión de la Virgen».

Jesús se entera de que pasó por esta enfermedad «a los 14 años». En ese momento «mi adolescencia se parte en dos». Entonces empieza a obsesionarse con una pregunta: ¿Qué hace en este mundo? ¿Qué quiere Dios de él?

La capilla de la providencia

Estaba buscando respuestas y con 17 años -mientras aprende a tocar la guitarra en una familia donde se canta a todas horas- le invitan a unos ejercicios espirituales. Y conoce una capilla que va a ser determinante en su vida. El primer momento: «En un momento de oración tuve un encuentro con Jesucristo impresionante, sentí un abrazo que me cambió la vida. A partir de entonces supe que Cristo está vivo y que yo tengo una misión».

Jesús nunca había tenido novia así que se plantea la vocación religiosa.

«Recuerdo que siempre he sido muy enamoradizo. Me quedaba prendado de muchas chicas. Eso me hacía pensar que tenía vocación de casado. Pero por otro lado, nunca podía iniciar una relación con ninguna de ellas, mientras el sentimiento religioso se acentuaba, más si cabe con la ordenación de sacerdote de mi hermano mayor. A los dieciocho años estaba decidido a dar un paso adelante para ser cura».

Al año siguiente vuelve a esos mismos ejercicios espirituales y lo consulta con un sacerdote. «Me dijo: Dios te puede sorprender en estos ejercicios». Esa misma noche, con 18 años en unos ejercicios espirituales en silencio, la persona que tenía delante en la cena y que le sirve la sopa será su mujer siete años más tarde. Y en aquella misma capilla:

«El verano de los dieciocho años, justo antes de empezar la licenciatura en la universidad, mientras maduraba la idea de ser sacerdote, fui a unos ejercicios espirituales para jóvenes que se celebraron en Granada, cerca de Córdoba. Fue una semana en silencio, de oración. Una noche me senté a cenar con gente que no conocía de nada, de otras provincias. Justo enfrente de mí había una chica de ojos grandes y brillantes. Nos miramos, nos sonreímos. Antes de saber su nombre, tenía la certeza de que me iba a casar con ella, y así fue. Sentí mucha paz, algo así como un “¡te encontré!”. Siete años después, Paloma y yo nos casamos en esa misma casa de espiritualidad».

Once años después, Jesús ya tiene clara su misión junto a Paloma. «Dios me quiere aquí para alguien o para algo. Salgo porque sé que me voy a encontrar con Jesús», dice Jesús.

La música

Pero su historia no termina aquí. Jesús Cabello -entre clase y clase de sintaxis y de la Generación del 98- compone y graba canciones católicas. En su infancia-adolescencia se dan situaciones que le van acercando a la música:

«Mi abuelo materno, al que apenas conocí, aprendió a tocar el piano y la guitarra de forma autodidacta. También dicen que cantaba muy bien. Todos mis hermanos tocaban la guitarra y me molestaba mucho que no me dejaran acercarme para que no la rompiera.

A los diez años me propusieron en el colegio formar parte de una rondalla escolar y comencé tocando el laúd. Aquello me pareció superaburrido. El curso siguiente dejé la música y me apunté a balonmano.

Poco tardé en coger la guitarra de mi casa, casi en secreto, y aprendí a tocar prácticamente solo. Coincidiendo con los 17 años, después del encuentro con Jesús, empiezo a escribir».

«Un amigo me pide que le grabe una cinta, él se la pasa a otro, me invitan a tocar en un concierto, después me piden que toque en una parroquia… Y acabo cantando en Milán con el Papa en 2012 con un millón de personas delante, cantando en Cracovia, en la JMJ de Panamá…»

«La música de Dios es el silencio. Esa es la fuente de inspiración para todo el que quiera hacer canciones católicas. Aparte de eso, cantar música espiritual nos ayuda a interiorizar aquello en lo que creemos, lo hace vida en nosotros; y al cantarlo en público, se proclama, que es el fin último de la Palabra de Dios.

Me han preguntado muchas veces por qué hago música católica. La respuesta es muy sencilla: la vida es demasiado corta como para no cantar lo más importante.

Muchos comienzan a cantar música católica porque no son escuchados en otros ámbitos. Esto es muy peligroso porque podemos acabar teniendo una doble vida.

El cantante cristiano debe tener una historia con Dios, una relación constante de acercamiento y perseverancia. De lo contrario, podemos cantar como los ángeles pero no llegaremos al corazón de los que nos oyen.

Dios sólo es el que puede cambiar las vidas, no un músico. Si quieren hacer música católica, aprendan a hacer oración».

Jesús no ha tenido una ‘vida normal’. En el fondo, como ninguno de nosotros. Él descubrió esto, encontró su misión en el mundo -como la tienes tú- y apostó por ello. La música es su pasión, pero lo es más su familia. «Hay un don que hay que multiplicar y poner al servicio de Dios. Cuando nos casamos vimos que esto es una misión familiar. Pero no cambio mi vida por el ‘artisteo’. ¿Voy a sacrificar mi familia por un sueño personal? ¡Anda ya!»


 

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