Joaquina Gregorio, 19 años, jugadora de básquet: «Tuve crisis de fe al diagnosticarme un cáncer. Hay que luchar con la familia, los amigos y Dios. Quiero parecerme más a Jesús»

* «Tengo mi rutina, mis momentos de oración, de mañana y de tarde. Trato de descubrirlo en las personas y en cada instante. Entendí que Dios no se deja ganar en generosidad. En el deporte veo cómo Dios me exige en su amistad con él, en perseverar en ella y en la fidelidad.. Esta relación me potencia todas las actividades que hago, Dios está en todas mis cosas.  No hace falta vivir lo extraordinario para poder disfrutar, se trata de poner amor en todo lo que haces; de esa manera se convierte en extraordinario»


* «En mi equipo saben que tengo fe, que soy creyente y católica, y me respetan. Eso no quiere decir que ellas lo vivan. Con las compañeras hemos tenido charlas sobre la existencia de Dios. Hasta el día de hoy intento ver cómo incidir ahí y que puedan ver a Dios de alguna forma. De pronto viene una y me pregunta si rezo el rosario todos los días. Te descolocan. Otras me preguntan sobre la creación del mundo. Algunas van a colegios católicos, pero no practican. Tienen presente que soy una mujer de fe. Para mí es importante que a ellas les muevan esos cuestionamientos. No pierdo las esperanzas de que alguna se convierta. Rezo antes de un partido. A la Santísima Trinidad y a la Virgen María»

Camino Católico.- Joaquina Gregorio es jugadora de básquetbol, base de Hebraica Macabi Femenino, aspira a jugar en las grandes ligas del mundo. Nació en Young, en el departamento de Río Negro. Tiene 19 años y su familia está compuesta por sus padres y una hermana de 14 años. Actualmente vive en Montevideo, Uruguay, y estudia la Licenciatura en Fisioterapia.

Hace cinco años llegó a la capital desde Young, departamento de Río Negro, con el firme objetivo de perseguir sus sueños. Se define como una persona tranquila y humilde, aunque muchas veces, el básquetbol saca lo peor de ella. El pasar por la Fundación Pérez Scremini para afrontar un cáncer le ayudó a ver las cosas de otro modo, y comenzó a preguntarle a Dios para qué, en lugar de por qué. Joaquina Gregorio comparte su testimonio de fe y conversión y como ha afrontado el cáncer entrevistada por la Iglesia Católica de Montevideo.

– ¿Cómo te defines?

– Me defino como una persona tranquila y humilde. Me cuesta mucho hablar de mí… (risas). Tengo muchos sueños que quiero cumplir. Me mudé para Montevideo para poder alcanzarlos porque en Young no hay nada; es demasiado tranquilo, no hay oportunidades. Es cierto que el básquetbol saca, en muchas ocasiones, lo peor de mí. Me gusta buscar las oportunidades, mi papá siempre me dice que nada va a caer del cielo. Aspiro a crecer en todo lo que hago.

– ¿Cómo describes a tu familia? 

– Está compuesta por mis padres y mi hermana de catorce años. Mis papás son comerciantes, dueños de una librería y una juguetería. Siempre viví con ellos, se preocupan mucho por nosotras. Son personas de fe. Mis primeros estudios fueron en el Colegio San Vicente de Paúl, donde recibí formación humana y cristiana. Cursé los últimos tres años de secundaria en el Colegio Santa Luisa de Marillac, en Montevideo. La fe siempre estuvo presente en mi casa.

– ¿Por qué decidiste ser jugadora de básquetbol? 

– Empecé a jugar a los seis años en una escuelita de Young, me movía mucho el deporte. Practiqué fútbol, pero no me gustaba totalmente. En el básquet había más niñas, logré una constancia que no había logrado en otro deporte. El básquetbol despertó todo en mí. Al principio viajaba a Paysandú para jugar en Wanderers y en el Club Allavena. Después, con mis padres, decidimos que era buena idea jugar en Montevideo y empecé a viajar todos los fines de semana. Jugué en los clubes Cordón, Malvín y Goes; actualmente estoy en Hebraica Macabi. Soy hincha del club al que pertenezco. Soy base, juego en la categoría “mayores”.

– En la adolescencia, ¿tuviste crisis de fe? 

– Sí, tuve crisis. Fue un momento muy clave, me diagnosticaron cáncer, estuve con quimioterapia. Fue una circunstancia donde me pregunté: ¿por qué a mí? Luego lo transformé en para qué a mí; fue un momento de quiebre. Le pregunté a Dios qué estaba haciendo mal para pasar por eso. No lo entendía, soy deportista, me alimento bien, tenía una vida sana, una familia… Dios te pone a prueba, eso lo entiendes con el tiempo.

El síntoma que despertó la enfermedad fue ganglios inflamados en el cuello. Mi hermana se dio cuenta. Pensamos que era una contractura por un mal movimiento hecho en el básquetbol, me puse hielo, y nada que ver. Empecé con los estudios, luego la biopsia y por último el tratamiento. Fueron siete meses que estuve en la Fundación Pérez Scremini.

– ¿Cuál fue el diagnóstico? 

– Linfoma de Hodking, cáncer en ganglios linfáticos. En el momento no entendí. Me surgieron dudas, me negué, pero después me di cuenta de que no valía la pena huir. En la vida hay que perseverar y luchar, no solos, si no con Dios, la familia y los amigos. Le fui encontrando el sentido. No es un proceso de la noche a la mañana, es cuestión de tiempo, me llevó mucho entenderlo y aceptarlo. Después entendí que Dios no se deja ganar en generosidad. Ahora lo veo y digo: ¡qué salado!, En el deporte veo cómo Dios me exige en su amistad con él, en perseverar en ella y en la fidelidad. Veo mi pequeñez delante, lucho por estar y parecerme cada día más a Jesús. Esta relación me potencia todas las actividades que hago, Dios está en todas mis cosas.

– ¿Cómo son tus encuentros con Él? 

– Tengo mi rutina, mis momentos de oración, de mañana y de tarde. Trato de descubrirlo en las personas y en cada instante. La tecnología me ha ayudado a encontrarme con Dios. Hay muchas páginas e influencers de verdad, sobre todo en Instagram, eso es muy bueno. Vivo en la residencia Del Mar, somos 38 chicas, tenemos oratorio, misas y muchas actividades relacionadas con la vida espiritual.

La calidez humana te ayuda un montón; es mi quinto año. Solo tengo palabras de agradecimiento, me han dado mucho, es una vida en familia. Interiormente he crecido, me han ayudado a desarrollar mi personalidad. Siempre tenemos algo que hacer. Cada una reza cuando quiere. Hay muchas chicas que no tienen fe, ninguna está obligada a nada.

– ¿Con qué santo te identificas? 

– Me identifico con el beato Álvaro del Portillo, obispo español, sucesor de san José María Escrivá de Balaguer. Todos sus escritos y palabras me llegan mucho, al igual que su personalidad y carácter. También su amor por las cosas del día a día. No hace falta vivir lo extraordinario para poder disfrutar, se trata de poner amor en todo lo que haces; de esa manera se convierte en extraordinario.

– La Fundación Pérez Scremini, ¿qué significa para ti?

– Fueron siete meses en la fundación. Sabía que iba a salir de esa. Cuando uno entra, conoce niños que no saben si van a poder recuperarse y salir. Eso me llamó mucho la atención. Son chiquitos, no lo entienden, pero se lo toman con mucha alegría. En esos momentos veía esperanza en ellos, me enseñaron muchísimo. Todos los días veía uno nuevo. Hoy sigue pasando lo mismo. La atención, tanto de médicos como de secretarias, es excelente.

Es importante, además, porque allí surgió mi vocación. Al ver a los niños elegí estudiar fisioterapia. Quería involucrarme en algo referido a la salud. Me interesó la parte de la recuperación física y eso me emocionaba mucho, además estaba relacionado con el deporte. Me tiré y estoy más que convencida de que Dios me lo mostró. Curso segundo año.

– ¿Cuál es tu estado de salud hoy? 

– Estoy de alta. En marzo cumplí tres años. Voy a la fundación a controles, cada seis o siete meses. No tengo más tratamiento de quimioterapia. En un momento tuve que dejar de jugar al básquetbol porque no me daban las fuerzas, pero terminé el tratamiento y al mes volví a la cancha. Estoy muy bien.

– ¿Qué importancia tiene el básquetbol femenino en Uruguay? 

– El básquetbol femenino ha tomado un rol destacado en estos últimos años. Se tiene en cuenta y se fomenta a través de los medios de prensa. Las jugadoras siempre estamos en esa lucha de poder llegar a cobrar por jugar. Hacemos un esfuerzo grande. En estos momentos pagamos por jugar.

Hoy pertenezco a Hebraica. No tengo palabras de agradecimiento para con el club, siempre nos dieron el espacio para todo: el lugar, los entrenamientos, la cancha, los vestuarios… Quieren que el básquetbol femenino crezca, contamos con el apoyo de entrenadores, dirigentes. Me dieron la oportunidad de trabajar como profe, con un grupo de chicas. Estoy contenta de poder darlo todo con ellas.

– ¿Se habla de Dios en el básquetbol? 

– A veces es difícil estar ahí. Se hace complicado dar una opinión, sabes que las demás no piensan igual. A veces prefiero callarme, el ejemplo habla por sí solo. Tengo una amiga que juega hockey y le pasa lo mismo, es el mismo ambiente, pasan las mismas cosas. Hasta el día de hoy intento ver cómo incidir ahí y que puedan ver a Dios de alguna forma. En mi equipo saben que tengo fe, que soy creyente y católica, y me respetan. Eso no quiere decir que ellas lo vivan. Con las compañeras hemos tenido charlas sobre la existencia de Dios.

De pronto viene una y me pregunta si rezo el rosario todos los días. Te descolocan. Otras me preguntan sobre la creación del mundo. Algunas van a colegios católicos, pero no practican. Tienen presente que soy una mujer de fe. Para mí es importante que a ellas les muevan esos cuestionamientos. No pierdo las esperanzas de que alguna se convierta. Rezo antes de un partido. A la Santísima Trinidad y a la Virgen María. Mi entrenador es Luis Pierri, ex jugador olímpico. Me apoya muchísimo, hemos tenido muchas charlas, siempre quiere el bien para mí.

– ¿Cómo visualizas tu futuro? 

– Aspiro a seguir creciendo y dar el salto en lo deportivo y académico en el exterior; siempre lo he tenido, pero por algo se detiene. En este último año el motivo fue la pandemia. Sigo con la esperanza de poder conocer otros lugares y realidades, disfrutar. Me quiero ir a estudiar y a jugar al básquetbol, puede ser a Estados Unidos. Me está ayudando un amigo contratista. También visualizamos Europa.

La situación mundial no es la mejor, pero hay que moverse y nunca descansarse. Mi papá siempre me dice que nada nos cae del cielo. El básquet en Norte América es profesional, las jugadoras son pagadas, estudian y tienen becas. También sucede eso en España.

Vídeo de Joaquina Gregorio, en algunas de sus mejores jugadas en el Hebraica Macabi de Uruguay 


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