Leo Sánchez se alejó de Dios en la adolescencia, pero por una amiga que tuvo un problema con el novio y por otra con cáncer terminal es monja y abadesa

* «Lo que me sigue enamorando y lo que me ha mantenido y me mantiene es Cristo. Él es mi vida. Él es mi fuerza. Él es mi alegría. De Él lo sacó todo. No quiero otra cosa, solo a Él»

Camino Católico.-  Sor Leonor Sánchez, a quien le gusta que le llamen sor Leo, tiene 35 años y el pasado mes de mayo de esta año 2022 fue nombrada abadesa de las  Hermanas Pobres de Santa Clara, en el monasterio de Santa Verónica, en Algezares, orden a la que ingresó cuando tenía 20 años. Sor Leo participó en la Vigilia de oración de la Peregrinación Europea de Jóvenes,  celebrada en el Monte del Gozo, en Santiago de Compostela, el pasado 6 de agosto, y contó su testimonio de vida, conversión y vocación ante los 12.000 jóvenes presentes, que puede verse en el vídeo.

No explicó que era abadesa pero enfatizó que “he podido experimentar, y es lo que me mantiene firme, que con Cristo se puede todo”. Sor Leonor Sánchez relató cómo Cristo la condujo a su vocación porque “en la adolescencia empecé a alejarme de Dios, a experimentar muchas cosas, a vivir una doble vida y eso, poco a poco, me fue separando del Señor”. Sin embargo, Dios escribe recto con renglones torcidos y fue a través de una amiga suya que tuvo un problema con el novio y otra a quien le diagnosticaron un cáncer terminal como Leo llegó a conocer a las hermanas y al convento.

Cuando llevaba tres años como religiosa de repente murió una hermana carnal y esa experiencia impactó para siempre en su vida: “Gracias a ese acontecimiento estoy segura de que nos aguarda el abrazo eterno, que la vida eterna es el mejor regalo que Dios nuestro Padre nos puede hacer”. Esta la historia vital de sor Leonor Sánchez contada en primera persona:

Sor Leonor Sánchez, en la última fila en el centro, con sus hermanas de comunidad
  «La vida merece la pena vivirla si es desde Cristo. Esa es la mejor apuesta. Lo importante es tener a Cristo en el centro y dejar que Él nos marque el camino»

¡Paz y bien! Buenas noches a todos.

Mi nombre es sor Leo, tengo 35 años, vengo de Murcia y pertenezco a la orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara.

Aunque a veces no lo parece, no nací con hábito, el hábito vino después. Y aunque esto parece evidente no lo es tanto. Muchas personas creen que los consagrados, los sacerdotes ya nacemos así.

Nací en una familia numerosa cristiana. Somos nueve hermanos y eso es uno de los mayores regalos que me han hecho mis padres. Pero el mayor regalo es que mis padres me transmitieron la fe desde pequeña y en mi casa siempre se ha vivido eso. La iglesia de nuestro barrio era como nuestra segunda casa.

Sor Leonor Sánchez

Pero llegó la adolescencia, un tiempo en el que ni yo misma me entendía por lo tanto tampoco nadie me podía entender. Empecé a alejarme de Dios, a experimentar muchas cosas, a vivir una doble vida y eso, poco a poco, me fue separando del Señor, que quedó relegado al cumplimiento para evitar siempre el conflicto con mis padres, pero yo no le di la espalda totalmente

Me dediqué a experimentar y a experimentarlo todo. Y todo es todo. No podía no experimentar porque como estaba tan vacía siempre necesitaba más y más y más. Y cuanto más experimentaba más vacía me quedaba.

En esta situación, cuando yo tenía 20 años, una amiga mía tuvo un problema con su novio y decidió retirarse a un convento. Y el novio me pidió que por favor la buscara y que le dijera que la quería y  eso hice.

Mi cabeza entonces no estaba bien y decidí con unos amigos montar un equipo de búsqueda y captura y nos fuimos a buscar a esta chica por los conventos de Murcia y alrededores. La buscamos durante tres semanas y no apareció porque estaba muy bien escondida.

Y un día cuando ya decidimos abortar la misión apareció en un momento que estábamos tomando no unas cervezas y lo primero que me dijo al verme es: ‘Tía tienes que conocer a estas hermanas’.

Y mi respuesta fue muy rápida: ‘No, yo ya he visto muchas monjas buscándote y no quiero ver más’.

Ella insistió y yo ahora entiendo que el Señor se empeñó. Y ante su insistencia le dije que sí y subimos a conocer a esas hermanas. Ese día os garantizo que ha sido el mejor día de mi vida, el  día donde Dios de repente se me apareció, se hizo el encontradizo y mi vida cambió. Y no tuvo nada de especial, únicamente una comunidad de hermanas que me miraron con cariño, una comunidad donde yo vi solamente felicidad y donde me vino la pregunta: ¿Y por qué ellas sí y yo que lo tengo todo no?

Desde ese momento no pude dejar de hacerme esa pregunta: ¿Por qué, por qué y por qué? Volví a subir al convento en una situación muy dura para mí porque a una amiga mía se le había reproducido el cáncer con el que llevaba luchando unos años. Y ella cuando me llamó me dijo: ‘Leo vuelvo a tener cáncer y me han dicho que ya no se puede hacer nada’.

A mí me dio un bajón tremendo, me invadió una tristeza profunda y tenía que llamar a las hermanas para comentarles una cosa y cuando las llamé les pedí por favor que rezaran por mi amiga. La hermana que respondió al teléfono me notó mal y me invitó a ir a hablar con ella. Subí y lloré muchísimo.  Creo que me pasé tres horas sin parar de llorar. Y lloraba y lloraba y no le veía sentido a nada. Estaba agotada. Me pasaba la vida aparentando ser quien no era, dando la talla, y no era feliz.

Y lloraba y se lo decía a esta hermana y ella, después de escucharme durante tres horas con una paciencia tremenda, me dijo: ‘¿Y por qué no te pierdes con Dios?’

Y yo dije: ‘No sé si me ha escuchado, porque le estoy diciendo que Dios no está siendo bueno y encima me invita a que me pierda con él’.

Pero luego añadí: ‘Bueno. Tampoco tengo nada que perder’.

Sor Leonor Sánchez, a la derecha de la imagen, con hermanas de su comunidad

Y me fui y pasé nueve días en la hospedería con ellas y cambiaron mi vida. Yo no hice nada. A mí cuando me preguntaban mis amigos qué has hecho allí, decía: ‘Nada. Comer, dormir, rezar y hablar. Y cambió mi vida’.

Después de esos días, les pedí a las hermanas que por favor me dejaran dar un paso más, hacer una experiencia. Hice una experiencia de un mes y me enamoré. Me enamoré de esa sencillez, me enamoré de la fraternidad, de la forma de quererse, de mirarse, de cuidarse. Me enamoré locamente, tanto que al mes de terminar la experiencia entré en el convento y en septiembre de esta año 2022 hará 15 años desde entonces.

Si os digo que lo que me enamoro fue el seguimiento de Cristo, en parte os mentiría un poco. Al igual que cuando te enamoras de un chico, lo primero de lo que te enamoras es de su físico, de lo que ves por fuera, a mí lo que me enamoro lo primero fue el físico, la forma de vida, fueron las hermanas. Pero ahora, con el tiempo, lo que me sigue enamorando y lo que me ha mantenido y me mantiene es Cristo. Él es mi vida. Él es mi fuerza. Él es mi alegría. De Él lo sacó todo. No quiero otra cosa, solo a Él.

Quiero compartir con vosotros un acontecimiento que marcó mi vida y mi vida religiosa, que no las puedo separar.

Cuando yo llevaba tres años en el convento, una de mis hermanas carnales, Teresa, murió de repente, no lo esperábamos. Un día me llamó mi padre y me dijo: ‘Tu hermana está en la UCI, está muy mal y nos han dicho que la cosa no pinta bien’.

A los cuatro días mi hermana murió. La Virgen nos la regaló cuatro días porque tendría que haber muerto ese mismo día. Pero la Virgen siempre como una madre nos dio tiempo para prepararnos.

Sor Leonor Sánchez

Y después de la muerte de mi hermana, yo no entendía nada: No entendía cómo ese Dios al que yo le había entregado mi vida me arrebataba mi hermana de esa manera. No entendía. Pero en el fondo de mi corazón sentía que Dios era mi Padre y que era bueno y que estaba conmigo llorando la muerte de mi hermana.

Gracias a ese acontecimiento he podido experimentar, y es lo que me mantiene firme, que con Cristo se puede todo. Gracias a ese acontecimiento estoy segura de que nos aguarda el abrazo eterno, que la vida eterna es el mejor regalo que Dios nuestro Padre nos puede hacer y estoy convencida de que mi hermana me espera en el cielo y nos espera en el cielo para poder vivir alabando a ese Dios que tanto nos ama.

La vida merece la pena vivirla si es desde Cristo. Esa es la mejor apuesta, da igual la forma, da igual el modo, da igual el estado. Lo importante es tener a Cristo en el centro y dejar que Él nos marque el camino.

Que el Señor esté siempre con vosotros y vosotros estéis siempre con Él. Ser felices que merece la pena.

Sor Leonor Sánchez ohp.

Hermanas Pobres de Santa Clara, monasterio de Santa Verónica, en Algezares

Adoración Eucarística en la Vigilia de oración de la Peregrinación Europea de Jóvenes en el Monte del Gozo, Santiago de Compostela 

Homilía del Cardenal Antonio Marto en la Misa de clausura de la Peregrinación Europea de Jóvenes en el Monte del Gozo, 7-8-2022

Santa Misa de hoy domingo de clausura de la Peregrinación Europea de Jóvenes en el Monte del Gozo, 7-8-2022


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