«No juzguéis y no seréis juzgados»

Autor: Jaime Burke O.P.

En el Evangelio de San Juan nos dice Jesús que Él es el Pan de Vida. Todos tenemos hambre de nuestro Creador. Jesús ha venido a este mundo a satisfacer el hambre en el corazón humano. Los discípulos de Jesús le siguieron porque experimentaron el amor de Dios. Todos tenemos el deseo profundo de ser amados y Jesús viene a satisfacer ese deseo.

Cada uno de nosotros es amado personalmente por Dios. Él es alguien que nos comprende que ve nuestro carácter, que nos ama. San Pablo nos dice que antes de la creación del mundo ya nos amaba y nos veía como perfectos y El siempre nos ha visto desde al principio de la creación del mundo.

Ser Pan de Vida y tener misericordia

El sabernos y sentirnos amados satisface nuestro corazón, ese deseo de amor. Dios quiere manifestar ese amor a nosotros. Debemos ser pan para los demás, Pan de Vida, alimentar ese deseo en los corazones. Jesús viene a nosotros amándonos y enseñándonos a perdonar, para que crezcamos como personas. Que tragedia cuando crecemos en el cuerpo y no crecemos en el amor. Dios ama a todos y sirve a todos y nos enseña a amar y a crecer. Él es el Pan de vida. Se cuenta en la vida de San Vicente de Paul que un día envió a una señora rica a repartir pan a los pobres. Cuando ella repartía el alimento los pobres le tiraban el pan delante de ella despreciando su donativo. La mujer se fué a quejar a San Vicente y él le dijo que cuando lo hiciera otra vez que tuviera humildad, que se hiciera pobre con los pobres. Que alejara de ella toda altanería por el hecho de ser rica.

Hay personas que dicen que son ateos pero aunque en el fondo de su corazón siempre tienen hambre de conocer a Dios.

En el Evangelio de San Juan 13, dice Jesús: «Un precepto nuevo os doy que os améis los unos a los otros como yo os he amado». San Juan usa mucho la palabra Ágape, de origen griega que significa amor de caridad. Jesús nos ama a todos sin excepción con un amor real, efectivo, que toca a las personas, como el amor del Padre que manda su sol sobre buenos y malos.

Jesús no dice: «yo les doy un mandamiento nuevo, que ustedes amen como yo les he amado». Es una invitación a la vida. Si amamos como Él nos ama, encontramos la vida. Para encontrar la vida el único precepto es el Amor.

Somos débiles y no sabemos como amar. Jesús viene a liberarnos para que podamos amar, encontrar la vida, para enseñarnos y sacarnos de nuestro egoísmo. En Mateo 12 afirma Jesús: «Yo os digo que toda palabra ociosa que hablaran los hombres habrán de dar cuenta en el día del juicio». Jesús nos dice en algún sentido que nuestras palabras tienen poder, para edificar para dar vida, pero también podemos matar con las cosas que hablemos. En el capítulo quinto de San Mateo nos dice «no matarás y el que matare sea reo de muerte». ¿Qué nos está diciendo San Mateo?. Que nuestras palabras pueden matar, tienen poder.

En San Lucas dice Jesús: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados». Damos lo que recibimos. Si recibimos amor, damos amor. Si recibimos críticas, criticamos. Asegura Santa Catalina que si nosotros tiramos piedras a otras personas ese acto se vuelve hacia nosotros.

Salir del odio

Esta mujer tan santa de la que siempre os hablo se llamaba Fe. Ella explicaba: «si yo hubiera escuchado lo que la gente me decía no conocería a mis mejores amigos». Hay tantas palabras que hacen un daño tremendo. Un día, cuando era un muchacho, dije delante de otros chicos de otro que estaba loco, y estos asintieron con la cabeza. Mi papá que me había escuchado, me dijo: nunca hables mal de otro cuando él no esté presente. Mi papá había comprendido pronto la verdad de las cosas. Jesús nos da la directriz en el Evangelio que cuando estemos contrariados con otra persona vayamos a hablar con ella. No lo expliquemos antes a todo el mundo. Jesús nos explica que es lo mejor para sanar diferencias: «no juzguen para no ser juzgados». Es tan fácil que nosotros juzguemos. Leemos en san Pablo como él juzgaba a la Iglesia, a Jesús. Yo no tengo duda de que muchos de los primeros cristianos oraron por Saulo y por eso le vino la conversión.

En Irlanda un joven llamado David odiaba a los católicos. Él era protestante. Cuando tenía 17 años fue condenado por poner explosivos en una casa de católicos. Salió de la cárcel y lo condenaron de nuevo a seis meses. Volvió a salir y lo condenaron de nuevo a 44 años. La madre decía: «David estará toda la vida en la cárcel». En cambio, una tía de David le respondió: «nunca digas eso. Yo rezaré por él para que le salga ese odio que tiene en su corazón».

David vino y me dijo que él quería salir de ese odio que tenía hacia los católicos. Me contó que una vez le dieron, estando en la cárcel tabaco sin liar, y se fumó las páginas de los cuatro Evangelistas, Lucas, Mateo, Marcos y Juan. Pero poco a poco el Señor le sacó todo ese odio de su corazón. Me explicó que hablando con un amigo de la cárcel llamado Marcos, le preguntaba como había sido ese cambio y si era capaz de amar a los católicos y el dijo que si, y le contó su conversión. David oró por Marcos y ambos tuvieron un cambio maravilloso y llegaron a evangelizar conmigo.

Me contó un joven que su papá se volvió loco y que desde los ocho años hasta los quince todos los días le golpeaba. Yo pensé para mí que no podía juzgarlo porque no conozco su vida.

Palabras hirientes

Jesús quiere darnos ojos para que no vayamos juzgando a las personas. Una pareja vino a hablar conmigo. El muchacho era muy de Iglesia. La chica veía que su papá le era infiel a su mamá, y las palabras que tenía hacia su padre eran muy hirientes. De pequeña ya aprendió de su padre a decir palabras hirientes y pensaba que cuando se casara también hablaría igual a su marido creyendo que le sería infiel. Él era un muchacho muy bueno. Jesús conoce todos nuestros antecedentes. Para las personas que la conocían esta mujer tenía maldad, pero para Jesús era una chica llena de bondad. Ella desde niña llevaba a Jesús cada día sus celos y palabras hirientes y permitía que fuera cada día sanándola. Con el tiempo esta muchacha dejó de decir palabras de muerte y empezó a pronunciar palabras de vida, porque Jesús la fué sanando poco a poco. Jesús nos dice: «Ámense unos a otros como yo los he amado». El Padre a puesto en nosotros una belleza grande y su hijo ve esta belleza.

Jesús dijo; «no se pone vino viejo en cueros nuevos». Nos invita a limpiarnos por dentro. nosotros tenemos la costumbre de imponer las cosas. Jesús nos ama y no nos las impone.

Fe tenía el vicio de fumar y un día dando unas charlas una persona le dijo: «yo veo que tienes el Espíritu Santo, pero ¿porqué fumas?». Ella no sabía que contestar, pero el Señor le habló en lo profundo del corazón con estas palabras: «Yo tengo que hacer en ti cosas más importantes que eso». Nosotros imponemos las cosas, Jesús es más discreto.

Un hombre que conoció la Renovación Carismática estaba muy contento, había conocido al Señor y quería que su esposa también participara de esa alegría. Su mujer no quería. Él me contó lo siguiente: «oré cinco veces por ella durante la noche mientras ella dormía, y las cinco veces se despertó. Se enfureció conmigo y no entiendo porque se despertaba cada vez». Yo le pregunté que tipo de oración le hacía y él dijo: «Señor cambia a esta mujer». Yo le contesté: «por eso se ha despertado. El respeto hacia los demás supone no imponer las cosas por la fuerza».

La llamada y los dones de Dios

Es difícil que un rico entre en el Reino de Dios, porque no pone su confianza en el Altísimo. Es como una persona que va bebiendo hasta que se vuelve alcohólica. En este caso las posesiones toman posesión de nuestro corazón y no pensamos en los demás. Cuando tenemos riquezas nos sentimos superiores a los otros y nos creemos que somos mejores que los que nos rodean.

Cada persona tiene algo especial para ofrecer a los demás. Jean Vanier sintió la llamada del Señor a hacer el bien. Vendió todo y se fue a Francia. Acogió a dos muchachos retardados. Él aprendió escuchando al Señor a ver la belleza en cada persona y dice que la persona mas retardada tiene un don que no lo tiene nadie en este mundo. Todos tenemos dones y Dios quiere que los hagamos servir en la comunidad. Jean Vanier formó una gran comunidad, el Arca, con casas de acogida en distintos países del mundo.

Yo conocía a una muchacha que bailaba encima de las mesas de los bares. Nadie le había hablado de Dios. Su mundo era su trabajo. Fué a un centro carismático pero seguía bailando. Un día visitó al médico por molestias en el estomago y le diagnosticó que tenía cáncer. La operaron y un amigo mío le llevaba la comunión todos los días. Su estado era el de una persona de avanzada edad. Los médicos le dijeron que no tenía mucho tiempo de vida, de un mes y medio a dos meses. Este amigo le llevó al padre Cris. Este sacerdote le dijo: «ven cada día durante un mes y oraremos. Después ves a los médicos y verán como estarás sanada». Los médicos no sabían que decir. Ahora ella trabaja en la radio evangelizando para los jóvenes. Cada uno tenemos dones hermosos para los demás.

Un día estaba dando un retiro a 26 religiosas. Estábamos estudiando el Evangelio de San Juan y Jesús dice: «Yo no hago nada ni digo nada sin escuchar a mi Padre». Durante el retiro les pregunté a las hermanas que habían escuchado de Jesús. Todas compartieron y fueron tocadas por Jesús. Una de ellas me dijo: «si no amo a Detroit, Detroit morirá». Ella trabajaba en esta ciudad donde más violencia había. Yo empecé a llorar porque yo odiaba a Detroit y el Señor me dijo: «tu has pecado contra mi ciudad». Y es verdad yo no sabía que era pecado y empecé a amar a Detroit. Inmediatamente empecé a recibir invitaciones de predicar en Detroit que ha sido el lugar donde más charlas he dado. El Señor me tocó el corazón.

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