Paco Arango, director de cine, acompaña a niños que no sobreviven al cáncer: «He visto a Dios llorar por las esquinas de los hospitales, porque Él no quiere este sufrimiento»

* «Me faltan muchas respuestas, pero sí sé que en estos casos no está en juego ni la vida ni la muerte, está en juego el amor. Yo no he visto a nadie flotando… pero sí he visto milagros.  Yo soy muy creyente, pero tengo los pies en la tierra. Sin embargo, lo que voy a decir lo digo con toda firmeza: sé rotundamente que el cielo existe, por los niños. Muchos, muchos niños que he perdido a lo largo de estos años, en los últimos momentos me han hablado del mismo cielo, sin conocerse entre ellos y con separación de años. Coinciden al describir figuras, personas, sensaciones, el famoso túnel de luz… También he sido testigo de cosas increíbles que no puedo contar por respeto a las familias. He visto sucesos ocurrir para que el padre de un niño que perdimos no se quitase la vida. Señales de Dios inequívocas, que convencieron a ese padre de que su hijo seguía vivo en el cielo y estaba bien»

Fotografía: Dani García

* «Jesús es lo más importante de mi vida, somos absolutamente colegas. Vivir tu día a día junto a Dios es cojonudo. Pero me di cuenta de que, si me llamaba para irme arriba, no sabía si iba entrar por la vida que llevaba. El mayor atajo a Dios es la caridad. Para el que diga “no sé cómo creer en Dios”, la caridad es como un comodín en las cartas: hacer el bien te lleva a una relación íntima con Él, lo veas o no… Quien esté flaqueando con su fe, deje la puerta abierta, porque a Dios le importan muchísimo nuestras cosas»

Camino Católico.-  La vida del cineasta Paco Arango es como un cubo de Rubick: diferentes facetas que se entremezclan, llenas de color, para entretener y hacer felices a los demás, y siempre manteniendo una gran coherencia interna. De todo ello hablan sus películas, su labor en la fundación Aladina, y él mismo, en esta entrevista interpelado en la Revista Misión por José Antonio Méndez y con fotografías de Dani García.

Nos clava sus ojos azules, hace una pausa y nos pregunta, cambiando las tornas de la entrevista: “¿Te sabes la historia de la semana que cambió mi vida para siempre? No quiero cansarte con cosas que ya sepas”. Y aunque conocemos esa historia gracias al proceso de documentación, le pedimos al director de cine y presidente de la fundación Aladina Paco Arango (Ciudad de México, 1966) que nos la cuente con sus palabras. De pronto, por el salón de su casa, entre obras de arte, imágenes de la Virgen de Guadalupe, muñecos de folclore mejicano, figuritas de libélulas, una guitarra hecha a medida, fotos de niños enfermos y unas espectaculares vistas al Jardín Botánico de Madrid, comienzan a desfilar los protagonistas y escenarios de ese momento: su hermano Plácido, el cantante Bono, de U2, Javier Bardem, el Vicente Calderón, la doctora Blanca López Ibor, una carmelita descalza, la Renovación Carismática, Antonio, un adolescente con cáncer que fallecería poco después y que inspiró su primera película, Maktub, y sobre todo, Dios, a quien él llama “el Míster”. Más que para una entrevista, su vida da para un guion de cine. “Sí, pero está tan llena de diosidencias –nos dice, cuando se lo hacemos notar– que mucha gente no se lo creería. Lo mío es tremendo”.

– Empezó en la música, ha producido series de televisión, dio el salto a dirigir cine, ha creado la fundación Aladina que ayuda a niños con cáncer… ¿De dónde surge una personalidad tan poliédrica como la suya?

– De la suerte que tuve con la vida que he recibido. Nací en una familia simpática, maja económicamente y saludable. Es cierto que he hecho las cosas que he querido hacer y, gracias a Dios, he tenido éxito para seguir haciéndolas. Pero lo más importante en mi vida ha sido ser consciente de que esta vida no es mía, es un don que nos han regalado y que yo tengo que agradecer, devolviendo con creces todas esas cosas buenas que se me han dado. Por eso compagino todo lo que hago con algo de caridad.

– Su padre fue un empresario de éxito [Plácido Arango fue fundador del Grupo VIPS], y también uno de los mayores mecenas y filántropos de España. Su madre es una mujer discreta y creyente. ¿Qué valores ha recibido de su familia?

– A mis hermanos y a mí, mi padre y mi madre nos inculcaron que nada está por encima del interés común. Por eso los tres hermanos tenemos la inquietud de hacer el bien, de ser generosos y de hacer lo correcto. No tenemos la respuesta de por qué hemos nacido en una familia así, ni por qué justo nosotros hemos recibido tanto; pero sí sabemos la forma en que podemos devolverlo. En casa hemos mamado la honestidad, la generosidad y detenerte cuando hay un semáforo rojo.

– Explíqueme lo del semáforo…

– Pues que se puede vivir muy bien sin saltarte un semáforo. Se pueden hacer las cosas correctamente, sin trampas, y tener una vida muy plena. Yo no tengo hijos, pero en mis sobrinos veo la misma inquietud, así que es algo que sale bien.

Fotografía: Dani García

– Comenzó una carrera musical de la mano de Sony, aunque dice que tenía más fama que éxito. ¿Por qué cambió el rumbo?

– Ocurrió un día en que iba corriendo por un parque. Yo había tenido fecha de boda y dos meses antes de mi matrimonio, rompimos y todo se fue a la porra. Mientras corría, un niño me reconoció y dijo a su mamá: “¡Mira, un famoso!”, pero no dijo “un cantante”. Y como en las películas, paré de correr y dije: “¿Qué estoy haciendo con mi vida? Este no es el camino”. En ese momento opté por cambiar radicalmente. Y me tuve que hacer un detox en la fama (ríe)

– ¿Y cómo hace eso quien ya ha nacido siendo famoso?

– Yo siempre había pensado que tenía los pies en la tierra, pero cuando te dejan de reconocer, tu ego se resiente. Antes iba a un restaurante y al verme me decían: “¡Una mesa, cómo no!”. Pero llegó un día en que pedía una mesa y me decía: “¿Puede esperar usted un momento, señor?”. ¡Y es un cortocircuito! Pero fue una bendición, porque fue el principio de mi felicidad: estar detrás de la cortina, pendiente de otras cosas que no fuesen yo mismo, y, sobre todo, poder dedicarme a temas filantrópicos, que es mi vocación.

– Muchos famosos ayudan con dinero o con su imagen a una causa, pero su implicación va más allá. ¿Por qué antes de empezar a ayudar a niños con cáncer pidió a un sacerdote que le ayudase a “mancharse las manos”?

– Tengo mucha fe y una relación muy, muy estrecha con “el Míster”, como le llamo yo. Jesús es lo más importante de mi vida, somos absolutamente colegas. Vivir tu día a día junto a Dios es cojonudo. Pero me di cuenta de que, si me llamaba para irme arriba, no sabía si iba entrar por la vida que llevaba. Yo ayudaba esporádicamente, pero quería que formase parte de mi rutina. Por eso pedí ayuda a un amigo sacerdote, y fue él quien me buscó el voluntariado en el área de oncología del Hospital Niño Jesús.

– ¿Qué le sucedió al entrar en contacto con el cáncer infantil?

– Cuando te topas con esta realidad, puedes tener muchas reacciones, y todas válidas: rechazo, porque no puedes soportar tanto dolor, te puedes asustar, sentir rabia… Yo el primer día rompí el protocolo de la fundación con la que iba, y entré en el cuarto de una adolescente (algo que no estaba permitido, solo nos dejaban estar con los pequeños) que estaba vomitando. A los diez minutos, se estaba riendo. Y me sentí muy útil.

– ¿Por eso empezó a ir a diario?

– Sí. Empecé a ir todos los días, saltándome los protocolos de la fundación. Pero como en esa época era conocido por la serie Ala… Dina [emitida por TVE entre 2000 y 2002], me permitían hacerlo. Estuve cuatro años yendo a diario, hasta que la fundación me mandó a una psicóloga para preguntarme si estaba enganchado y para decirme que lo que hacía no era sano. ¡Pero lo era, sobre todo para los niños!

– ¿Fue así como decidió crear la fundación Aladina?

– Yo había visto cosas que se podían mejorar, pero ese día me di cuenta de que necesitaba crear una fundación que tratase de hacer las cosas de otra forma, sobre todo con los adolescentes, que eran los pacientes olvidados porque estaban entre niños y adultos. Cuando hay una dificultad, puedes esperar a que las cosas cambien, o pedirle a Dios las luces para cambiarlas tú. Con Aladina empecé como un paleto y ya ha cumplido 15 años. Hemos ayudado a miles de niños y a sus familias, hemos remodelado plantas enteras de varios hospitales infantiles… Y yo he seguido yendo a diario.

Fotografía: Dani García

– Darse a los demás, ¿qué aporta a quien lo hace?

– A mí me lo da todo. El mayor atajo a Dios es la caridad. Para el que diga “no sé cómo creer en Dios”, la caridad es como un comodín en las cartas: hacer el bien te lleva a una relación íntima con Él, lo veas o no.

– ¿Tocar el dolor tan de cerca le ha llevado a cuestionarse su fe?

– Cuando uno sufre mucho, nada queda igual. Es un movimiento sísmico del alma, como si un mago acabase de desvelar su truco. Pero en el sufrimiento se produce un amor extraordinario, y en mitad de lo malo, no todo es malo. Verás, el 80 % de los niños con cáncer se curan. Donde yo me especializo es en el 20 % de niños que no sobreviven. Cuando la cosa no acaba bien es cuando estamos con los niños en el último momento, y con las familias posteriormente. Es muy duro ver el sufrimiento de una familia que ha visto luchar a su hijo y que no acaba bien. Después de 20 años viendo estos casos, podría decir alguna burrada sobre un Dios que permite esas cosas. Pero yo solo puedo decir lo que he visto. Y yo he visto a Dios llorar por las esquinas de los hospitales, porque Él no quiere este sufrimiento. Me faltan muchas respuestas, pero sí sé que en estos casos no está en juego ni la vida ni la muerte, está en juego el amor. [Hace un largo silencio]. Yo no he visto a nadie flotando… pero sí he visto milagros.

– Sé que rechaza contar esos milagros para “no asustar a la gente”. Pero los lectores de Misión creen en los milagros, así que, ¿podría contarnos alguno?

– Yo soy muy creyente, pero tengo los pies en la tierra. Sin embargo, lo que voy a decir lo digo con toda firmeza: sé rotundamente que el cielo existe, por los niños. Muchos, muchos niños que he perdido a lo largo de estos años, en los últimos momentos me han hablado del mismo cielo, sin conocerse entre ellos y con separación de años. Coinciden al describir figuras, personas, sensaciones, el famoso túnel de luz… También he sido testigo de cosas increíbles que no puedo contar por respeto a las familias. He visto sucesos ocurrir para que el padre de un niño que perdimos no se quitase la vida. Señales de Dios inequívocas, que convencieron a ese padre de que su hijo seguía vivo en el cielo y estaba bien. Fuera de micrófono puedo contarte cosas que te dejarían con la boca abierta.

– En el mundo del cine hay mucha increencia. ¿Cómo da testimonio de la fe en entornos difíciles?

– No lo hago de forma consciente, pero es que no puedo distanciar a Dios de mi vida según con quién esté. Jesús es tan real como tú mismo: ¿cómo puedo convencer a alguien de que estás en mi salón haciéndome una entrevista? O confían en mí, o no puedo hacer más. Por eso el propósito de mis películas es que sean buenas, para entretener, que generen dinero para los niños, y que hablen bien de Dios. El cine tiene un gran poder para mejorar el mundo con historias que conmuevan.

– ¿Qué quiere decir para terminar esta entrevista?

– Que quien esté flaqueando con su fe, deje la puerta abierta, porque a Dios le importan muchísimo nuestras cosas.


Para entrar en el catálogo y en la tienda pincha en la imagen
Comentarios 0

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *