2. El Amor de Dios derramado por el Espíritu Santo

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Jesús, en el Evangelio de San Juan, hablando del amor expresa: «Yo les he daespiritu_santo_3333.jpgdo a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos»[1]. El Señor promete dar un gran conocimiento espiritual, el cual implica la expansión a todos sus seguidores del mismo amor con que el fue amado por el Padre, pero no como algo externo sino como un obsequio que se instalará en el interior del hombre. En la Carta a los Romanos leemos que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»[2]. Pablo supedita el amor emplazado en nuestros corazones a la presencia del Espíritu en ellos, y de esta forma nos enseña como se realiza la promesa de Cristo. Se podría afirmar que las palabras de Jesús prometiendo un mayor conocimiento de Dios implican también un conocimiento del Espíritu, el cual llevaría en sí mismo el amor del Padre destinado a morar en el interior de cada ser humano. Relacionado con el nuevo conocimiento encontramos el siguiente texto enviado a los efesios: «… arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios»[3]. Se trata de un conocimiento del amor sobrenatural gracias a la presencia del Espíritu en nosotros, lo cual presupone una experiencia percibida conscientemente por la persona.

San Pablo, en la Carta a los Colosenses, hablando del testimonio que daba Épafres, de la comunidad de Colosas, dijo: «nos informó también de vuestro amor en el Espíritu»[4]. Destaco que dice amor en el Espíritu, es decir que se exterioriza gracias a la acción interna que realiza el Espíritu Santo en la persona. Pidiendo ayuda espiritual mediante la intercesión de los romanos, el Apóstol menciona el amor del Espíritu como la causa de unión a su lucha: «os suplico, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que luchéis juntamente conmigo en vuestras oraciones rogando a Dios por mi»[5]. Existe una relación explícita entre el amor y el Espíritu de Dios. Y puede observarse que el amor d eDios recibido gracias a su Espíritu no permanece prisionero en el corazón del hombre, sino que emerge dándose al prójimo, ya sea en el trato humano y directo o en la intercesión a favor de otros.

El Espíritu Santo y el amor de Dios van siempre unidos. La Primera Carta de Juan ilumina un poco más la habitación del amor divino en nuestro interior, aunque se refiere a Dios como su origen sin nombrar su Espíritu: A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a toros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud»[6]. En la misma Carta de Juan se pueden encontrar otros textos que hablan del amor de Dios: «quien guarda su Palabra ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud»[7]; «amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios»[8]. Ya sea vinculado a la acogida de la Palabra o al amor hacia otros, se especifica claramente de donde procede el amor: viene de Dios. Cuando Pablo escribe que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo[9], se entiende que en Dios hay amor, sino no podría derramarlo. A los hermanos corintios también se les informa de esta realidad cuando se designa al Señor como «el Dios de la caridad»[10]. SE puede deducir que el amor proviene de la fuente, la cual es Dios. Ahora bien, la Primera Carta de Juan da la razón de tal procedencia cuando afirma: «Dios es amor»[11]. El amor tiene procede del mismo ser de Dios y lo recibimos gracias a su Espíritu. Dándonos el amor, el Todopoderoso no nos obsequia con una parte de el sino que se trata de su esencia. Por este motivo, cuando el amor divino llega a nosotros es porque ya se ha cumplido la venida real del Señor en nuestros corazones mediante su Espíritu.

Algunos teólogos han llegado a identificar el Espíritu con el Amor como si se tratara de la misma cosa. San Agustín, defendiendo el Filioque identificó el Espíritu como el amor mutuo entre el Padre y el Hijo: «Según las Sagradas Escrituras, este Espíritu no lo es del Padre solo, o del Hijo solo, sino de ambos; y por eso nos insinúa la caridad mutua con que el Padre y el Hijo se aman»[12]. Tomás de Aquino defiende el Amor como una realidad subsistente: «En Dios, ser, conocer y amar son una sola cosa. Por consiguiente, Dios que existe en su intelecto, Dios que existe en su propio ser natural y Dios que existe en su amor no hacen sino uno, pero cada uno de los tres es una realidad subsistente»[13]. La tradición nos ayuda a entender la inseparable identificación entre el Espíritu Santo y el Amor de Dios.

León XIII, influenciado por el pensamiento de San Agustín, en una Encíclica recordaba lo siguiente:

«Con gran propiedad, la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo, las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad extra no sean comunes a las tres divinas personas, pues indivisibles son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia, porque así como las tres Personas divinas son inseparables, así obran inseparablemente; sino que por una cierta relación y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter propio de cada Persona, se atribuyen a una más bien que a las otras, o como dicen, se apropian»[14]

Las palabras de los teólogos nos ayudan a entender un poco la forma de proceder de Dios. Entonces, cuando Pablo dice que Dios derrama su amor en nuestros corazones mediante su Espíritu[15], podemos entender que a esta Persona divina se le atribuye esta misión ad extra, la cual va acompañada de un nuevo conocimiento de Dios. Si Dios es amor[16] sería lógico pensar que cuanto más se conozca el amor más se conoce a Dios y a la inversa. De hecho, el amor del Señor no es una cosa teórica. Anteriormente se ha hecho referencia a algún texto bíblico[17] que mostraba determinados comportamientos de los cristianos, lo cuales exteriorizaban el amor recibido de Dios. Pero no sólo los hombres demuestran su amor, sino que Dios mismo lo ha manifestado personalmente de forma práctica y real antes que nadie.

2.1. Amor de Dios manifestado

En los Hechos de los Apóstoles aparece un relato en el cual Felipe, obedeciendo la voz del Espíritu, va al encuentro de un carruaje donde viajaba un eunuco etíope, y una vez lo alcanza le proclama la Buena Nueva de Jesús[18]. El relato gira alrededor de un fragmento del profeta Isaías[19] que estaba siendo leído por el eunuco. Felipe aprovechó este texto para evangelizar al etíope[20], lo cual significa que se existía alguna relación entre Jesús y el fragmento de Isaías. El pasaje del profeta expuesto en este fragmento de los Hechos de los Apóstoles dice lo siguiente: «Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos»[21]. En el mismo capítulo del libro de Isaías también podemos leer lo siguiente: «Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros»[22]. En el mensaje hay una referencia a un personaje llevado al sufrimiento y a la muerte, siendo esto beneficioso para otras personas que seguían su propio camino, como ovejas dispersas. San Pedro, recordando las palabras de los profetas dijo: «Dios dio cumplimiento de este modo a lo que había anunciado por boca de todos los profetas: que si Cristo padecería»[23]. Tomando como base el texto de Isaías, el de los Hechos donde aparece Felipe, y las palabras de Pedro, se puede identificar este ser despreciado con la persona de Jesucristo, como de hecho la tradición eclesial ha afirmado siempre.

Alguna cosa tenía que empujar a la víctima despreciada para que cargara con la culpa de otros. En el Evangelio de Juan podemos encontrar la causa de tal acción: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna»[24]; «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»[25]. El motivo de la donación del Hijo fue el amor de Dios, manifestado en Jesús, quien lleno del Espíritu Santo[26], amó hasta el extremo.

San Pablo, dirigiéndose a los romanos, escribió que Jesús «fue entregado por nuestros pecados»[27], y en otro lugar de la Carta a los Romanos dijo: «la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros»[28]. En la Carta a Tito podemos leer: «él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo»[29]. Observamos que el Señor vino a perdonar y a salvar por amor, pero no a personas justas, fieles, santas[30]…, es decir, gente merecedora de la salvación, sino a pecadores legítimamente rechazables. Aún existiendo una ley que nos condenaba[31] Dios prefirió seguir el impulso del amor y no la letra estricta de la Ley. Ciertamente, aplicó otra ley revelada en la Carta a los Romanos: «la ley del Espíritu que da la vida en Cristo Jesús»[32]. Y esta ley es el mismo amor que se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo[33] y que ha sido demostrado por Dios a través de su Hijo, y culminado en la pasión y muerte de Jesús. En la Carta a los Gálatas, Pablo menciona este hecho salvador: «la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí»[34]. Y, exhortando a los efesios encontramos: «…vivid como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma»[35]. Continua reforzándose la manifestación del amor de Dios mediante de la entrega de su Hijo.

En la Primera Carta de Juan también podemos encontrar algunos textos que muestran la manifestación del amor de Dios mediante la muerte de Jesús: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados»[36]. Estos versículos refuerzan las palabras de San Pablo. Sobretodo cabe destacar el hecho de que Dios nos ha amado primero, es decir, cuando aún éramos pecadores, y por tanto enemigos de Dios[37]. El tomó la iniciativa y vino al mundo[38] para manifestar su amor a los hombres[39]. Podríamos preguntarnos: ¿cómo pudo Jesús amar de esa manera?. Cristo, Hijo de Dios[40], nacido por obra del Espíritu Santo[41] y ungido de manera especial el día de su bautismo[42], gozaba del amor divino como ningún otro hombre.

Cuando se habló de los templos, se mostró que ser templo del Espíritu incluye también la presencia del Padre y del Hijo[43], entonces sería lógico pensar que en la misión del Hijo también estaba presente el Espíritu Santo. De esta manera, el amor que Jesús llevaba en su interior se exteriorizó, mostrándose públicamente con hechos concretos en la historia de la humanidad. Pero las acciones de Jesús se realizaban en un tiempo y en un espacio concreto. Entonces, ¿todo se acabó allí? ¿Su amor permanece sólo como un recuerdo que únicamente hace falta imitarlo? El siguiente punto habla de un amor siempre presente y activo en la historia, en todos los lugares y en las personas, por muchos enemigos y obstáculos que pueda tener.

2.2. Amor de Dios siempre presente y activo

El apóstol Pablo enseña a los romanos que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado»[44], y defendiendo la fidelidad de este gran gesto divino argumenta lo siguiente:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, […] en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni lo ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro»[45]

Podemos suponer que el amor divino reside permanentemente en el corazón humano desde el mismo momento que fue derramado en el, y ningún enemigo podrá separarle de el. Mucho más aún, pues aquel que nos da el amor también nos capacita para salir vencedores ante los siete agentes históricos narrados. Tampoco los diez agentes cósmicos o metafísicos tienen capacidad para alejarnos del amor de Dios. Estamos ante una realidad superior a todo lo que existe. La Primera Carta a los Corintios muestra aquello que es más grande: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad»[46]. El amor está por encima de la esperanza escatológica[47] y de la misma fe que nos justifica[48], lo cual no es poca cosa, pero la esperanza y la fe nacen en el corazón de la persona para alcanzar el objetivo de llegar a gozar del amor eterno e infinito de Dios. Son virtudes necesarias para conseguir lo más grande. En la misma Carta a los Corintios se compara el amor eterno con las cosas temporales aunque también espirituales, cuando dice: «La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía. Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial»[49]. El amor, considerado ilimitado, permanece para siempre. Desde el punto de vista cristiano esto es lógica ya que viene del Espíritu[50] de un Dios que es amor[51], y también infinito y eterno[52]. Ya desde antes de la venida de Jesús Yahveh se manifestaba fiel en su amor cuando decía cosas como estas: «los montes se correrán y las colinas se moverán mas mi amor de tu lado no se apartará»[53]; «Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti»[54].

Jesús dijo: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros»[55]. Y, los romanos recibían estas otras palabras: «el que ama al prójimo, ha cumplido la ley»[56]; «La caridad no hace mal al prójimo. La cariad es, por tanto, la ley en su plenitud»[57]. En la Carta a los Gálatas encontramos: «toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»[58]. Y a los efesios se les exhortaba: «vivid en el amor como Cristo os amó»[59]. Hay una llamada a compartir el amor recibido. No se trata de gozarse solo de manera espiritual y sentimental en el corazón de cada uno sino también de exteriorizar ese amor en medio de la comunidad cristiana y del mundo como una irradiación del amor eterno derramado en los corazones. San Pablo, que escribió mucho sobre la Ley, dijo: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor […] La caridad no hace mal al prójimo. La Caridad es, por tanto, la ley en su plenitud»[60]. El Espíritu Santo tiene su ley[61]: El amor de Dios, que ha sido derramado en las personas para que puedan deleitarse en todo momento, pero también se pide al cristiano que lo exteriorice en la sociedad y así hacer de alguna manera palpable este obsequio divino. Con la colaboración de los discípulos de Cristo, el amor siempre permanecerá y estará disponible para ser dado y recibido entre los hombres. Se podría afirmar que detrás de cada acto de amor se encuentra la acción del Espíritu Santo trabajando a través de quien realiza el acto. De esta manera, amando se abren vías de circulación para el Espíritu de Dios. El amor está siempre presente y activo porque el Espíritu nunca dejará de derramarlo en todo aquel que lo quiera acoger y porque podemos confiar en que no se acabarán las personas dispuestas a transmitir el amor que han recibido.

Como síntesis de este tema presento a continuación el siguiente cuadro:

 

            Dios es amor
Amor manifestado y demostrado por Dios Amor derramado y su exteriorización
·         Dios ha amado la humanidad por medio de  Jesucrist, el Hijo. A través de su obra redentora ha manifestado su amor con actos concretos en el curso de la historia.·         También, el Espíritu Santo estaba presente en Cristo, engendrado como hombre por el mismo Espíritu, y viviendo con su plenitud. ·         El Espíritu acompañaba al Hijo en unidad trinitaria. Jesús no realizaba la misión en solitario. Por tanto poseía en plenitud el amor divino que comunicaba y demostraba. ·         Dios, con su Espíritu derrama su amor en los hombres.·         Este hecho aporta un nuevo conocimiento de Dios en el interior de la persona, no solamente teórico sino también de forma experimentable.·         El amor recibido se exterioriza con el comportamiento caritativo y solidario.·         El amor permanece siempre presente y activo, ya sea porque el Espíritu Santo nunca deja de derramarlo, o porque los hombres llenos de el  lo dan constantemente con acciones concretas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así pues, de la presencia del Espíritu Santo en el interior de los eres humanos deriva este gran beneficio del amor, el cual considero promotor de toda la acción divina, supeditando a el la totalidad de los beneficios. Así como una madre ama a su hijo y le provee de alimento, vestido, protección, etc…, el Señor provee de todo lo necesario a aquellos que ama. Los siguientes temas, aunque nacen de la presencia del Espíritu en los hombres, son obsequios que Dios da porque ama y no quiere que nadie se pierda[62].




[1] Jn 17,26
[2] Rm 5,5
[3] Ef 3,17-19
[4] Col 1,8
[5] Rm 15,30
[6] 1 Jn 4,12; Cf. 1Jn 4,16b-17a
[7] 1 Jn 2,5
[8] 1 Jn 4,7
[9] Cf. Rm 5,5
[10] 2Co 13,11
[11] 1Jn 4,8; 1Jn 4,16a
[12] De Trinit., XV, 17, 27; en Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO. Pàg. 110
[13] Cap. 50: trad. Dondaine, op. Cit., t. II, p. 406; en Yves M. – J. Congar, EL ESPÍRITU SANTO. Pàg. 117
[14] Divinum Illud Munus, 5 ; extret de www.vatican.va
[15] Cf. Rm 5,5
[16] Cf. 1Jn 4,8

[17] Cf. cap. 2, primeros párrafos.

[18] Cf. He 8,26-38

[19] Se trata de Is 53,7-8

[20] Cf. He 8,35
[21] Is 53,7-8
[22] Is 53,5-6
[23] He 3,18
[24] Jn 3,16
[25] Jn 13,1
[26] Cf. Lc 4,1

[27] Rm 4,25; relacionado con Is 53,4-6

[28] Rm 5,8
[29] Tt 3,5
[30] Cf. M 9,13
[31] Cf. Rm 3,20
[32] Rm 8,2
[33] Cf. Rm 5,5
[34] Ga 2,20b
[35] Ef 5,2
[36] 1Jn 4,9-10: Cf. 1Jn 3,16
[37] Cf. Rm 5,10
[38] Cf. 1Jn 1,14
[39] Cr. Rm 5,8
[40] Cf. Mt 14,33
[41] Cf. Lc 1,35
[42] Cf. Lc 3,22; Mt 3,16
[43] Cap. 1.2
[44] Rm 5,5
[45] Rm 8,35-39
[46] 1Co 13,13
[47] Cf. Rm 8,18-25
[48] Cf. Rm 3,22
[49] 1Co 13,8-10
[50] Cf. Rm 5,5
[51] Cf. 1Jn 4,8
[52] Cf. Rm 16,26
[53] Is 54,10
[54] Jr 31,3
[55] Jn 13,34; Cf. Jn 15,12
[56] Rm 13,8
[57] Rm 13,10
[58] Ga 5,14; Cf. Mt 22,39; Cf. Mc 12,31; Cf. Lc 10,27; Cf. Rm 13,9; Cf. Jm 2,8; Cf 1Jn 5,1
[59] Ef 5,2
[60] Rm 13,8.10
[61] Cf. Rm 8,2
[62] Cf. Jn 3,16

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