Ana, 26 años, sufrió bullying, anorexia, depresión e intentos de suicidio, fue a Medjugorje y la Virgen la cambió: «Soy monja contemplativa. Necesito estar con Cristo»

 

* «Todas las noches recuerdo llorar y le preguntaba a Dios ‘¿por qué me has hecho tan fea, tan horrible?’. Yo no quería vivir, quería irme con Dios, no quería estar aquí. No entendía nada, solo sentía vacío y ganas de morir. Pero algo o alguien me decía que había una esperanza…  En junio de 2019 me dieron el alta del hospital de día y no ha vuelto a pisar un hospital desde entonces. Me replanteé mi vocación porque me he dado cuenta en estos años que cuando estaba feliz era cuando estaba con Dios, en una adoración, en misa, cuando pasaba un ratito con Él… Quiero decir a todos los jóvenes que están pasando un mal momento que Dios está ahí y no nos abandona nunca porque él nos ha creado por amor y para amar. Y el vacío en tu corazón solo lo va llenar Él. Y con esto no quiero decir que tengan que dedicarse a la vida consagrada para nada. Cada uno tiene su camino y cada uno tiene que descubrir cuál es su camino su vocación. Dios tiene pensada una vida para cada uno de nosotros y si le dejamos hacer él puede hacer obras muy grandes con nosotros. Estoy segura»

A.L.M. / Camino Católico.- Cuando tenía 22 años y medio,  el 7 de abril de 2017, “me pareció una buena edad para morir” explica Ana, que actualmente tiene 26 años en un vídeo testimonial de Mater Mundi TV. Complejos, bullying y desorientación marcan su adolescencia y desembocan en diversos trastornos, desde anorexia, depresión y autolesiones, hasta intentos de suicidio, han sido su particular calvario de 10 años. En 2019 peregrina a Medjugorje y solo llegar sufre una transformación inmediata que ella atribuye a la Virgen María y Dios la ha llamado a ser monja:  El 17 de septiembre de 2021, una semana después de grabar este testimonio, Ana ha ingresado en una orden religiosa contemplativa.

Así cuenta Ana como vivió esos diez años de oscuridad:

Ana Cuando era pequeña

“Nací con una catarata congénita en el ojo y eso hizo que tuviera bastantes complejos en la niñez y además empezaron en primaria a hacerme bullying en el colegio, aunque yo no fui consciente hasta los 12 años porque hasta entonces era bastante bastante feliz. Empecé a entrar en un mundo de tristeza de soledad, aunque estuviera rodeada de gente mi familia que siempre me apoyó pero yo me lo callaba todo.

Con 14 años en 3º de la ESO no pude más y caí en el mundo poco a poco de la anorexia yo no sabía qué es lo que me estaba pasando y decidí contárselo a mi cuñada, a la mujer de mi hermano mayor, y me prometió que juntas íbamos a salir adelante. Pero llegó un día en que no pude más y me desmayé montando en bici y salto la voz de alarma ese verano mis padres se enteraron yo destapé todo, decidí dejar de comer, hacer mucho deporte y la cosa empeoró pero tanto que cuando empecé cuarto de la ESO un día en colegio me desmayé y fuimos al Hospital del Niño Jesús aquí en Madrid donde me dijeron que estaba muy grave, que mi corazón latía muy lento y se podía llegar a parar”.

“Preguntaba a Dios ‘¿por qué me has hecho tan fea, tan horrible?’”

“Durante el verano estaba muy bien pero cuando empezaba el curso, empezaba el bullying. Nunca me pegaron ni nada, me abucheaban me llamaban fea y cosas similares y a mí me hundía mucho, me sentía muy sola. Cuando empezó el primero de bachillerato llegó el ingreso y estuve mes medio en el hospital. A raíz de ahí la verdad que mi vida empezó a ser un auténtico infierno porque se, sucedieron muchos ingresos en hospitales”.

Pese a toda la contrariedad e hundimiento que vivía, Ana se esforzaba en ser una ‘chica 10’ refugiándose en los estudios y en sacar buenas notas, lo que consiguió tanto en bachillerato como en la universidad cursando Magisterio, pero seguía su vacio y su tristeza:

“Todas las noches recuerdo llorar y le preguntaba a Dios ‘¿por qué me has hecho tan fea, tan horrible?’. Yo no quería vivir, quería irme con Dios, no quería estar aquí. No entendía nada, solo sentía vacío y ganas de morir. Pero algo o alguien me decía que había una esperanza”.

Aunque también, y sin saber qué, percibía alguna luz a su lado, sigue para ella un penoso tiempo en el que nadie sabía lo que le estaba pasando. “Por entonces nadie sabía qué hacer conmigo”, recuerda Ana. Incluso llegó a recibir varias sesiones TEC (terapia electro convulsiva).

Tras un intento de quitarse la vida sintió que solo necesitaba a Dios

Fue tras un intento de quitarse la vida, a solas en una habitación de hospital, con solo la cama y un escritorio, sin nada familiar alrededor, “cuando sentí una enorme felicidad, precisamente por no tener nada. Algo pasó allí impresionante”, relata. “Es difícil de explicar, pero en aquel momento sentí que todo mi mundo no me era necesario”. Sus libros, películas, peluches, recuerdos, la gente… todo se desvaneció. “Sentí como muy fuerte que solo necesitaba a Dios”.

Empezaba a vislumbrar su vocación. Visitó una comunidad religiosa donde, después de una breve estancia de dos semanas le dijeron que aquel no era su sitio, porque Ana aún no estaba recuperada. “Me enfadé con el mundo y con todo, incluso me enfadé un poco con Dios”. Así que decidió mirar hacia otro lado y continuar con su vida de otra forma.

Pero el vacío y la depresión seguían, y volvió a atentar contra su vida. Entre hospitalizaciones y recuperaciones, Ana asistió a un retiro de Effetá “que fue como un chute de energía increíble. Descubrí una vez más que Dios me adoraba, que era la niña de sus ojos y que no me iba a dejar sola. Me dio mucha fuerza y conocí a muchas personas. Pero el vacío seguía. Creo que es esa tristeza que da no encontrar tu lugar en el mundo, eso hace sufrir muchísimo”, dice Ana.

Continuaron los ingresos y los duros tratamientos por la anorexia, la ansiedad y la depresión. Así pasó un tiempo hasta que Ana viajó con su madre a Medjugorje, de donde regresó a una vida nueva el 7 de abril de 2019. El mismo día pero dos años después de su primer intento de suicidio.

La transformación inmediata en Medjugorje

“Cuando llegué a Medjugorje llevaba un tiempo levantándome todas las mañanas con mucha ansiedad, llorando por no querer vivir, y pensando que esto no va a acabar nunca porque llevo ya diez años de médicos y de ingresos en hospitales. La felicidad no es para mí, este mundo no es para mí. Me levantaba todos los días con una ansiedad que no podía describir y no daban con una medicación que me la quitara.

En Medjugorje me desperté el primer día feliz sin nada de ansiedad. No sé qué pasó. Y los seis días que estuve allí me despertaba muy feliz y sin ansiedad, con cero sensación de agobio en el pecho y dispuesta a vivir un nuevo día junto a la virgen y a mi madre que fue la que me acompañó. La gente del grupo de nuestra peregrinación sí que recuerda verme en el aeropuerto en Madrid triste, antes de coger el avión para comenzar el viaje y al llegar allí ya me veían otra cara, sonriendo como no había sonreído desde hacía tiempo. Y desde ese día esa sonrisa no se me ha quitado.

En junio de 2019 me dieron el alta del hospital de día y no ha vuelto a pisar un hospital desde entonces”.

Ana con sus padres en Medjugorje en un viaje reciente, antes de ingresar en el convento, en el que han ido a dar gracias a la Virgen y ofrecerle la vocación relgiosa

“Necesito estar con Cristo y Él me irá marcando el camino”

“Me replanteé mi vocación porque me he dado cuenta en estos años que cuando estaba feliz era cuando estaba con Dios, en una adoración, en misa, cuando pasaba un ratito con Él.

Los dos años anteriores en los que yo me había planteado la vocación volvieron a mí. Desde 2018 había empezado a hablar con las hermanas de un monasterio de vida contemplativa y poco a poco iba participando en actividades con ellas y cuando iba allí tenía mucha paz.

Así que en durante la cuarentena de la pandemia pensé que tenía que plantearme realmente qué hacer con mi vida porque no era feliz con todo lo que hacía. Y fui a hablar con algunas hermanas que conocía de esta orden de este monasterio y me recomendaron hacer hablar con la superiora. Esto fue en julio de 2020.

Y todo este año he hecho un camino de discernimiento personal y he decidido entrar en este monasterio de vida contemplativa,  porque realmente es lo que más de feliz me hace. Sé de quién me fiado. Necesito estar con Cristo y Él me irá marcando el camino. Le pido a la virgen que no me suelte de la mano nunca”.

El pasado viernes 17 de septiembre, una semana después de grabar este testimonio Ana ingresó en el monasterio contemplativo.

“Dios tiene pensada una vida para cada uno de nosotros”

Para concluir se despide con un mensaje para los jóvenes que viven situaciones como la suya:

“Quiero decir a todos los jóvenes que están pasando un mal momento que Dios está ahí y no nos abandona nunca porque él nos ha creado por amor y para amar. Y el vacío en tu corazón solo lo va llenar Él.

Y con esto no quiero decir que tengan que dedicarse a la vida consagrada para nada. Cada uno tiene su camino y cada uno tiene que descubrir cuál es su camino su vocación. Dios tiene pensada una vida para cada uno de nosotros y si le dejamos hacer él puede hacer obras muy grandes con nosotros. Estoy segura”.


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