Comentario del Evangelio del Domingo: Experimentar en Cristo el amor de Dios para que nuestro ser se centre en Él y viva por Él / Por P. José María Prats

“Nuestro mundo vive esclavizado por multitud de pasiones y fascinaciones: el afán de poder, la codicia, la vanidad, el ejercicio desordenado de la sexualidad… y es imposible vencer a estos gigantes con nuestras solas fuerzas. Sólo puede vencerlos una pasión más intensa y poderosa: la experiencia del amor de Dios manifestado en Cristo suscitada y avivada por el Espíritu Santo”

Domingo XI del tiempo ordinario – C:

2 Samuel 12, 7-10.13  /  Salmo 31  /  Gálatas 2, 16.19-21  /  Lucas 7, 36-8, 3

12 de junio de 2016.-  (P. José María Prats / Camino Católico«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí». Estas palabras de San Pablo que hemos proclamado en la segunda lectura son uno de los pasajes de mayor fuerza y profundidad de la Escritura. San Pablo ha tenido una experiencia tan intensa del amor de Dios manifestado en el sacrificio de Jesucristo por nosotros que desde entonces vive fascinado por este amor: «para mí, la vida es Cristo» (Flp 1,21). Todo su ser –mente, afectividad, proyecto de vida– se ha centrado de tal manera en esta experiencia espiritual, que todo lo demás –vanidad, pasiones, aspiraciones mundanas– ha sido barrido y destruido: «el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).

Este texto es clave para entender la Nueva Alianza sellada por el sacrificio de Cristo. Dice San Pablo que «Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada.» (Ef 5,25-27). Es decir, Jesucristo nos ha amado hasta el extremo de derramar por nosotros «la sangre de la alianza para el perdón de los pecados» (Mt 26,28). Y los que por la fe y el bautismo han acogido este misterio de amor han sido purificados y santificados, y la experiencia de este amor y de la liberación del pecado que suscita en ellos el Espíritu Santo les mueve espontáneamente a consagrar su vida a Dios: «mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí». Ésta es la Iglesia en su sentido más profundo y espiritual: la comunidad de los que han sido santificados por su participación en el sacrificio de Cristo y viven por la fe y el amor consagrados a Él.

La mujer pecadora que nos presenta el evangelio de hoy es, como San Pablo, un miembro eminente de esta Iglesia santa. Ella, habiendo estado esclavizada por el pecado, ha experimentado en Cristo el amor de Dios con tal fuerza que todo su ser se ha centrado en Él y vive apasionada por Él: «vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.» Y esta pasión ha barrido y destruido  todas las otras pasiones que la tenían esclavizada: «tus pecados están perdonados … tu fe te ha salvado, vete en paz».

Nuestro mundo vive esclavizado por multitud de pasiones y fascinaciones: el afán de poder, la codicia, la vanidad, el ejercicio desordenado de la sexualidad… y es imposible vencer a estos gigantes con nuestras solas fuerzas. Sólo puede vencerlos una pasión más intensa y poderosa: la experiencia del amor de Dios manifestado en Cristo suscitada y avivada por el Espíritu Santo.

Oremos con San Pablo, para que el Señor nos conceda acceder a esta experiencia que nos libera y nos salva: Que Dios Padre «por la riqueza de su gloria, consolide con la fuerza de su Espíritu nuestro hombre interior; que, por la fe, haga habitar a Cristo en nuestros corazones, y así, arraigados y fundamentados en el amor, seamos capaces de comprender, con todo el pueblo santo, la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo; que lleguemos a conocer este amor que sobrepasa todo conocimiento y, así, entremos del todo en la plenitud de Dios» (cf. Ef 3,16-19).

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume, y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:

-«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».

Jesús respondió y le dijo:

-«Simón, tengo algo que decirte».

Él contestó:

-«Dímelo, maestro».

Jesús le dijo:

-«Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?»

Respondió Simón y dijo:

-«Supongo que aquel a quien le perdonó más».

Le dijo Jesús:

-«Has juzgado rectamente».

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:

-«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».

Y a ella le dijo:

-«Han quedado perdonados tus pecados».

Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:

-«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?»

Pero él dijo a la mujer:

-«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que le servían con sus bienes.

Lucas 7, 36-8, 3

 

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