Comentario del Evangelio del Domingo: La vida de Dios en nosotros es nuestro tesoro, que no se puede comparar con nada de este mundo / Por P. José María Prats

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cristoresucitado23.jpg Domingo 26 del tiempo ordinario. Ciclo B:

Números 11, 25-29; Santiago 5, 1-6; Marcos 9, 38-43.45.47-48

27 de septiembre de 2015.- ( P. José María Prats / Camino CatólicoEl evangelio de hoy nos transmite de una forma tremendamente contundente, casi brutal, el mensaje central de nuestra fe: que solamente la comunión con Dios y la participación en su plenitud de vida es un absoluto. «Si tu mano te hace caer, córtatela: más vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno.» Tener mano, pie u ojo es muy importante, pero si ellos nos separan de la comunión con Dios, mejor sería no tenerlos.

Contestemos sinceramente a esta pregunta: ¿Qué es lo más valioso para nosotros? ¿Qué es lo que custodiamos con mayor interés y cuidado? ¿La salud? ¿Los bienes que poseemos? ¿Nuestra situación social y profesional? El evangelio nos recuerda hoy que todas estas cosas, aunque son importantes, no son nada comparado con la gracia de Dios, con el don del Espíritu Santo habitando en nosotros.

¿De qué nos servirán la salud, las riquezas, o el poder en el momento de la muerte? San Pablo, en cambio, nos recuerda que «si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquél que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).

La vida de Dios en nosotros es nuestro tesoro, un tesoro que no se puede comparar con nada de este mundo. Y este tesoro lo tenemos que defender con uñas y dientes. ¿cristoresucitado20resucitado.jpgVamos a dejar de ser templos del Espíritu Santo por tener más dinero o más bienestar o por mantener una relación ilícita o por lo que sea? ¡De ninguna manera! Y si por nuestra debilidad –que Dios no lo permita- el Maligno nos ha hecho caer, correremos arrepentidos al encuentro del Señor en el sacramento de la reconciliación para recuperar nuestro tesoro: la vida de Dios en nosotros.

San Juan Crisóstomo tiene una homilía preciosa en la que comenta aquella frase que Jesús dice a sus discípulos cuando los envía a misionar: «sed astutos como serpientes y sencillos como palomas». Y dice que la serpiente es astuta porque cuando la atacan no le importa perderlo todo, aunque sea seccionando su cuerpo, con tal de salvar la cabeza. Nosotros actuamos con astucia cuando estamos dispuestos a perderlo todo con tal de salvar la fe y la comunión con Dios.

Hace poco salió en la prensa la historia de una enfermera de un hospital de Mallorca a quien el director comunicó que estaban contemplando la posibilidad de comenzar a realizar abortos y le pidió que investigara el material que se necesitaba para este fin. La enfermera le respondió que aunque amaba su trabajo y se sentía muy a gusto en ese hospital, si eso llegaba a materializarse, presentaría su dimisión y abandonaría el hospital. La actitud de esta enfermera, que tuvo luego el apoyo de sus compañeras, hizo que finalmente el hospital desestimara este proyecto.

Es un ejemplo precioso de fidelidad al evangelio que hoy hemos escuchado: Esta enfermera puso su fe y su comunión con Dios por encima de cosas tan importantes como su trabajo y la seguridad material de su familia. Ella fue astuta como las serpientes y amó heroicamente a los hombres.

Pero es que todavía hay más: cuando estamos dispuestos a perderlo todo por conservar la gracia de Dios, entonces nada ni nadie nos puede vencer. Recuerdo, por ejemplo, que tras el crac bursátil de 1929 mucha gente, arruinada, se suicidó tirándose por la ventana. Con el dinero lo habían perdido todo: su dignidad, su autoestima, su esperanza, su futuro. En cambio, si nuestro tesoro es la vida en el Espíritu Santo, si nuestra dignidad se fundamenta sobre nuestra condición de hijos de Dios, si nuestra esperanza está puesta en Reino que Dios ha preparado para nosotros desde toda la eternidad, entonces nada ni nadie puede vencernos.

San Pablo, en la carta a los romanos, canta lleno de pasión esta profunda convicción de que nada ni nadie podrá separarle de aquello que se ha convertido en el centro y sentido de toda su vida: nada le separará del amor de Dios.

salvaciz_resucitadoapostoles.jpg«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? (…) En todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.» (Rm 8,35-39).

P. José María Prats

Evangelio

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús:

– «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.»

Jesús respondió:

-«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga.

Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno.

Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

Marcos 9, 38-43.45.47-48